rainer maria rilke

lou andreas salomé

 

correspondencia

PROLOGO DE PIERRE KLOSSOWSKI

POSTFACIO DE MIGUEL MOREY

TRADUCCION DE JOSE Mª FOUCE

 

1997, para la presente edición:

José J. de Olañeta, Editor.

Palma de Mallorca.

 

LOU ANDREAS-SALOME A RILKE, EN PARIS

Góttingen, 24 de junio de 1914, miércoles

 

    

Después de dos días de ausencia (para ir a hablar con alguien) estoy de regreso hoy, e íntegramente con tus palabras y a solas con ellas ante este «viraje decisivo» que lo es y sin embargo ya no lo es, pues se preparaba desde hace mucho tiempo, casi realizado ya: tu cuerpo lo sabía, por decirlo así, antes que tú mismo, pero claro, del modo en que los cuerpos pueden saber —con una fidelidad, una rectitud infinitas, de manera que ello debía conducir a un nuevo malentendido con el espíritu por algún tiempo.

¿Sabes en qué podía reconocerse?. En los ojos, ellos, que miran, que conquistan la figura única de mil matices que «todavía no había sido amada»; los ojos que querían amar transgredieron el límite que les fue impuesto y (¿te acuerdas de lo que me habías dicho?) los ojos celebraron nupcias en una mirada, no solo en sentido poético sino, a decir verdad, en el sentido más corporal, hasta la agitación de la sangre, como si en aquellos momentos se hubiese producido mucho más que una simple mirada. (Así fue en el caso de la muchachita que se miraba en tus ojos como en un espejo, mientras se arreglaba; así, en otros casos más personales).

Pero, en cuanto a los ojos, abandonados al esfuerzo de su búsqueda, más allá del límite de lo que habitualmente sólo debieran llevar al espíritu, en su ver sólo podían hacerse cada vez más corporales, en cierto modo, aprovechándose de confusiones con hechos acaecidos (procesos subterráneos que no se realizaban en a superficie del cuerpo, dispuesta hacia lo exterior), solo podían conocer extraños tormentos; pues la «labor del corazón», al contacto con lo que no había sido más que un ver artístico, solo podía realizarse a partir del fondo más interior.

Así fue cómo ocurrió que, por ejemplo, la sangre afluyera a los ojos en forma de congestión, determinando dolorosas presiones; como si este flujo tendiera, por error, a transformar los ojos en órganos genitales, a transformarlos en aquello mismo de lo que proceden los milagros corporalmente generadores; y sufrían, en la lucha de su sincero esfuerzo, que sólo los conducía a una disensión con el cuerpo, en lugar de procurarle la calma. Hasta que el corazón se puso a latir al ritmo del gran amor en el cual lo exterior y lo interior se unen, el amor que, de repente, se da cuenta de todos sus tesoros y los examina como a las novias.

Lo que hace el amor de este modo es obscuro, grave y magnífico, y se sitúa del lado de la vida; ¡quién osará descubrir sus primeros frutos!

Por lo demás tú mismo los vivirás. No sin interrupciones ni dudas, ciertamente. Querido, mi querido viejo Rainer, creo que no debiera escribirlo aquí —por lo demás no hay nada aquí que pueda verdaderamente escribirse—, tengo la impresión de que estamos, en alguna parte, estrechamente el uno al lado del otro (poco más o menos como en Dresde cuando, consultando el indicador, de repente nos entraron ganas de volver a Munich), apretados el uno contra el otro como niños que se cuchichean mutuamente algo doloroso o tranquilizador.

Y me gustaría seguir escribiendo, decir y seguir diciendo: no porque sepa verdaderamente muchas cosas, sino porque los acentos de tu corazón, esos acentos profundos, nuevos, los percibo en lo más profundo de mi alma (aunque de muy distinto modo que tú por el hecho de que, en cuanto mujer, una se halla enraizada, en cierto modo, en este dominio).

Si tienes que ir a Leipzig, ¿no podríamos, no deberíamos, no querríamos vernos antes, en caso de que tú quisieras, a mitad de camino, a la orilla del Rhin?

 

Lou

 

 

RILKE A LOU ANDREAS-SALOME EN GÓTTINGEN

París, 26 de junio de 1914, viernes

 

Querida Lou, tú sabes y comprendes; y que yo no pueda ni por un segundo ver las cosas a partir de ti misma, tal como las imagino vistas por ti, que no pueda tener la inteligencia del otro… en todo caso, volveré fortificado al seno de mis intrincaciones sin fin, preparadas desde hace mucho tiempo.

Sabe Dios qué intervalo separa el poema del «viraje decisivo» del advenimiento de nuevas condiciones, yo sigo estando muy rezagado; sabe Dios si puedo todavía efectuar semejantes cambios, ya que las fuerzas continúan abusando de sí mismas y agotándose en los mayores malentendidos. Por eso me había prometido un número indescriptible de cosas de esta disposición al fin justa y llena de ternura con respecto a una naturaleza humana, ya que por esa misma razón todas las distancias se hubieran modificado: la relativa al mundo volvería a ser =. a infinito [Léase: = y después: = 0. (Nota del editor).], la relativa al propio cuerpo = a cero, y en el intervalo todos los números hubieran experimentado una gradación sin malicia.

Así, la atención excesiva acercó a mí muchas cosas, haciéndomelas aparecer más grandes que su tamaño natural, y por otra parte, insinuó entre yo y mi cuerpo, al mismo tiempo que lo excitaba, relaciones con —probablemente— el mismo tipo de error que mis relaciones con lo corporal en general. Así, el mal se ha fijado en cada vénula, y se ha arrugado cada músculo. Me viene la idea de que una apropiación espiritual del mundo, desde el momento en que se sirve tan completamente del ojo, lo que era mi caso, se haría de modo menos peligroso en un artista, porque ella se sosegaría más tangiblemente al contacto con los hechos corporales. Yo soy semejante a la pequeña anémona que vi un día en un jardín de Roma, tan ampliamente abierta durante el día que ya no podía cerrarse de noche.

Me horrorizaba al verla tan abierta en el obscuro césped, preparada para acoger de nuevo en su cáliz abierto como con rabia —habiendo demasiada noche sobre ella—, una noche que no acababa. Y cerca de ella, sus prudentes hermanas, cada cual encerrada en su pequeña medida de superfluidad. También yo estoy irremediablemente inclinado hacia el exterior, y por ello igualmente distraído por cualquier cosa, al no rechazar nada; mis sentidos se ocupan sin pedirme permiso de todo lo que molesta.

Que se produce un rumor… renuncio a mí mismo y paso a ser ese rumor; y como todo lo que es excitable quiere también ser excitado, en el fondo no pido más que ser molestado, y lo soy sin cesar. Huyendo de la claridad, una vida anónima se ha refugiado en mi interior, se ha retirado a un lugar más alejado y allí vive como la gente de una ciudad asediada, entre privaciones y aflicciones. Cuando le parece que han llegado tiempos mejores se hace notar por algunos fragmentos de las elegías, por algún versículo inicial, y luego debe replegarse otra vez, ya que en el exterior reina la misma inseguridad.

Y en el intervalo entre esta ansia ininterrumpida del exterior y esta existencia interior para mí todavía apenas accesible, se encuentran las moradas propiamente dichas del sentimiento sano, vacías, abandonadas, evacuadas, zona inhóspita cuya neutralidad hace igualmente explicable por qué cualquier ayuda procedente de los hombres y de la naturaleza se halla, en mí, destinada a perderse.

Hace ya un mes, según las fechas, que he regresado. Lo he pasado de manera dietética y vegetativa, muy ocupado cada noche en dormir: desde las 9 de la noche a las 6 de la mañana, lo que, además, cumplía con asiduidad, recuperando incluso de día algunos suplementos de sueño (emocionado al ver cómo mi naturaleza, por lo menos en lo que respecta al sueño, me ahorró el no-poder del que no paro de ofrecerme ejemplos en todos los otros dominios).

En resumen, fijado ante cada hoja, ante cualquier libro, como una cabra atada a un poste; y cuando me daba cuenta de mi atadura me enredaba tan desdichadamente que ni siquiera disponía de toda la longitud de la cuerda. En semejante situación desmenuzaba sin placer libros cien veces abandonados, reconociendo apenas las diferentes hierbas; ya que también eso tengo en común con la cabra, el hecho de que no pueda quedar nada tangible de lo que he rumiado; de lo que se sigue que eso mismo sólo puede hacerse cabra, y no hay ahí ningún consuelo para ella una vez que ha empezado a ser un estorbo para sí misma.

¡Qué maravillosa e inagotable subestructura necesitará una vida destinada a encontrar más tarde su actividad en una elevación artística! Es en eso en lo que el joven Goethe no deja de asombrarme cada vez más: la manera en que la «relación» constituye para él de buenas a primeras la medida de lo soportable, pero también de su suerte. No coger nada inutilizable, sino solo lo utilizable en su momento oportuno; desde su primera juventud acumular dentro de sí lo que se puede y lo que se ha podido, los recuerdos más diferenciados y más opuestos; a fin de no caer, sin tener más que un centenar de posibilidades, en la infinita ausencia de todas las otras en que los dioses son capaces de precipitarnos a cada instante.

 

 

 

lou-salome

 

 

 

 


 

 

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