rainer maria rilke

lou andreas salomé

 

correspondencia

PROLOGO DE PIERRE KLOSSOWSKI

POSTFACIO DE MIGUEL MOREY

TRADUCCION DE JOSE Mª FOUCE

 

1997, para la presente edición:

José J. de Olañeta, Editor.

Palma de Mallorca.

 

LOU ANDREAS-SALOME A RILKE, EN PARIS

Góttingen, 27 de junio de 1914

sábado por la mañana

 

 

    

Querido Rainer, fue solo hace unos días, una vez enviada mi carta, cuando empecé a vivir con el poema mismo, pues en los primeros momentos su sentido objetivo me subyugó demasiado como para poder hacerlo. Y ahora lo leo, o mejor: no paro de recitármelo a mí misma.

Hay en él como un reino recientemente conquistado, todavía no se distinguen bien sus fronteras, se extiende más allá del espacio que se puede recorrer en él; se lo adivina más amplio; se presienten muchos viajes y peregrinaciones por hacer a través de caminos en los que las brumas jamás se disipan. Y solo un poco de fulgor diurno, justo el necesario para avanzar un paso, sería —de un poema al otro— como un modo real nunca practicado de seguir asentándose en un terreno donde (al contrario que en el simple «arte») el esclarecimiento y la acción siguen siendo una y la misma cosa; esto sólo puede ser poema en la medida en que se lo vuelva a conquistar en provecho de la experiencia vivida.

En alguna parte, en la profundidad, todo arte vuelve a empezar como en sus más remotos orígenes, tal la fórmula mágica, el conjuro —evocación de la vida bajo su forma humana desde el fondo de sus abismos hasta entonces impenetrables—. En efecto, en aquello en que la oración y la suprema explosión de potencia no eran todavía más que una y la misma cosa. No me canso de reflexionar sobre esto.

Luego volví a leer, súbitamente, el poema de Narciso cuyo texto me escribiste el verano pasado. Y vi entonces en él como la prehistoria de la Muñeca. Ya que, por el efecto que produce este poema, parece que hubiera en él como una singular profundización de la tristeza de Narciso (esa tristeza emanada de la leyenda y del amor rechazado sobre sí mismo) en favor de lo inorgánico, por decirlo así, de lo no-viviente en que se contempla. («Ahora eso yace en el agua indiferente y dispersada… allí donde no hay más que la igualdad de humor de las piedras arrojadas»).

Esta parte de él mismo que huye al exterior, no detenida por el «flexible medio», sólo adquiere su pleno efecto en virtud de lo-que-está-muerto, en lo que esta parte fugitiva se detiene, para convertirse así en lo-que-le-hace-frente. Al mismo tiempo, sin embargo, aparece alusivamente en lo-que-huye-al-exterior el por qué es así, el por qué esta experiencia llena de tristeza es talmente ineluctable: el hecho de que él mismo se disuelva también en el sentido creador («en el aire y en el sentimiento de los bosques»), el hecho de que no se enfrente a ninguna hostilidad—, el hecho de que por su parte dé vida a lo que se declaró muerto, a lo exterior, a lo-que-le-hace-frente, llegando a extinguirse su vida más allá de todo esto.

Y en tercer lugar aparece, además, cómo esos dos procesos se acrecientan imperceptiblemente en un punto determinado, transformándose así en una tristeza erótica: «Lo que se forma ahí y me es seguramente semejante, y asciende temblando entre signos ahogados en lágrimas, pudiera ser que naciera así en el interior de una mujer, esto permanecía inaccesible»• El hecho de enfrentarse a lo inorgánico, el hecho de convertirse en muñeca, expresado al mismo tiempo como el hecho de enfrentarse a nuestro propio cuerpo, que (aunque sea lo orgánico viviente) no deja de ser para nosotros lo exterior y lo externo en el sentido más íntimo, la primera cosa diferenciada con relación a nosotros mismos en tanto que nosotros somos los interiorizados que habitamos en el interior del cuerpo, como la cara del erizo; y sin embargo, lo que concierne precisamente a nuestro cuerpo, nuestros pies, nuestros ojos, nuestras orejas, nuestras manos, es ciertamente lo que se dice ser «nosotros-mismos»; este inquietante, desorientador fenómeno, de ordinario no se disipa completamente más que en el comportamiento amoroso de otro, y es sólo él quien legitima de manera soportable nuestro cuerpo en tanto que «nosotros-mismos».

En lugar de eso, las partes integrantes se asocian y disocian de nuevo en el «creador»: por ello lo que viene de él es una realidad nueva en vez de una simple repetición. Es eso lo que a ti te hace daño; a través de tu mal presiento la felicidad.

Perdóname

Lou

 

 

RILKE A LOU ANDREAS-SALOME

(Continuación de la carta del 26 de junio de 1914)

Hoy, 29, después de tu segunda carta

[La del 27 de junio. (Nota del editor)]

 

Quizás, querida Lou, quizás. Pero mi situación ¿no es tanto peor por cuanto ha sido preparada en lo más profundo de mí, puesto que me he desarrollado hasta formar algo tan complicado? Un año de intervalo separa el Narciso y el poema del otro día, un año apático, y cuando vuelvo la vista atrás tengo la impresión de ser tal como ahora, todavía más entorpecido, más impenetrable, más muerto.

Hasta que semejante tarea me haga justo levantar el brazo; pero con qué rapidez vuelve a caer y quedo sin poder recuperarme… Mi cuerpo se ha hecho semejante a una trampa; lo que recibía para transmitir, lo atrapa de un bocado y lo guarda; superficie llena de trampas en las que languidecen impresiones atormentadas; zona petrificada sin conductibilidad; y en las profundidades más alejadas, como en el seno de un astro que se ha enfriado, el fuego maravilloso que ya apenas puede brotar más que de modo volcánico, aquí y allá, como fenómenos que, para la indiferente superficie, son como una devastación, que siembra la confusión y el peligro.

¿No es acaso éste el esquema de una enfermedad real, esta descomposición de la vida en tres zonas, de las que la más superficial exige excitaciones, puesto que no puede ya ser alcanzada ni agitada por la violencia de los fuegos internos…?

¡Yo era uno en mi juventud a pesar de todas mis angustias! Probablemente irreconocible en conjunto, pero totalmente reconocido, tomado a pecho, luego. Malo hasta la abyección, y sin embargo, tan misteriosamente apto para la curación. Que una alegría revoloteaba en torno a mi rostro… inmediatamente invadía la más secreta región de mi alma; que respiraba el aire matutino… y la ligereza y el garbo inicial de la mañana me penetraban de parte a parte, alcanzando todos los grados de mi naturaleza; si, a veces, probaba un fruto, se fundía en mi boca, y sentía, al igual que una palabra del espíritu que se licuara, la sensación de su indestructible éxito en sí mismo, y el puro goce de ese fruto se esparcía con igual intensidad por todos los vasos sanguíneos visibles e invisibles de mi naturaleza.

Y ahora (son) los viajes, y las posibilidades, los cambios más activos, y total para nada, por el hecho de que me crispo en una espera incesante que agota mi vista, que extenúa mi cuerpo, lo sobrecarga en cierto modo, mientras que el alma, al margen, ocupada en otras cosas, se desentiende de mis tensiones.

Yo me entrego a esta espera, pero no lo hace así mi alma; —lo que ocurre tanto en la mirada como en el amor—, y por eso mi cuerpo se contorsiona en esta árida solicitud, por la que no circula ninguna savia que reverdezca y suavice cada rama de mi comportamiento. Cuanto más me examino,más evidente me parece: yo tengo una actitud (aquella que me he impuesto en ciertos momentos de mi trabajo), y mi alma tiene otra, la próxima, o la inmediatamente siguiente a la próxima; de modo que ya no estoy a mi servicio, ni nadie lo está. Ella es el metal de la campana y Dios la mantiene incandescente y prepara la hora potente de la fundición: pero yo soy aún la antigua forma, la forma de la campana precedente, la forma obstinada que ha cumplido su cometido y a la que no le gusta que se la reemplace y así la colada no se realiza.

¿Comprender tantas cosas y no conseguir salirme del atolladero?…Y así desde hace años. Renovación, metamorfosis, santificación —y el alma acudió en ayuda—, lo sé. Pero, quién podría renovarse sin destruirse previamente… Y a lo largo de mi vida me cuido como un niño delicado que no puede resistir la menor herida. ¡Querida Lou! ¡Cuántas razones y cuántos disparates en todo lo que aquí escribo! No lo tomes demasiado al pie de la letra…

En cuanto a pasar juntos algunos días y conversar en un ambiente campesino y sin embargo confortable, me parece una idea hermosa e importante; mucho más, quizás, de lo que lo hubiera sido el año pasado. Si no fuera porque temo marchar de aquí, a medida que esa fecha se aproxima, todo el trastorno de las influencias, la preponderancia de las cosas exteriores, la necesidad de representar ser alguien con relación a lo exterior, de decir «yo» a los demás…, en una palabra, la necesidad de estar a punto, como un té que ha reposado el tiempo justo… mientras que ahora (durante todo este mes) estoy haciendo infusión silenciosamente a partir del fondo, sin levantar la tapadera, mudo; y a nadie concierne el saber si, en el intervalo, me coloreo de negro o dorado, o si tengo un gusto demasiado amargo.

Es éste el estado de espíritu que cada vez me inspira más confianza, incluso cuando medio-prisionero, medio-enfermo, apenas lo soporto y (como ahora), me abandono a él en lugar de fomentarlo.

¿Estarás lo bastante libre como para que pudiéramos, llegado el caso, concertar ese encuentro? (Piensa bien lo que más te conviene: ¿en qué lugar?). Hacia mediados de julio me esperan en casa de los Kippenberg y no debiera retrasarme, puesto que proyecto algo diferente (de lo que te hablaré) para el mes de agosto. Cuídate bien, querida, —¡al fin hace buen tiempo! Pero París me decepciona de tal manera que no tengo ganas de ver nada—, a lo sumo por las mañanas paseo por las magníficas avenidas del Observatorio, y luego, hacia el mediodía, me dirijo a mi pequeño restaurante vegetariano donde la ensalada y el yogur a su manera demasiado intencional me fortifican en el bien, en el serio bien.

Apenas puedo describirte lo mal que me las arreglo por lo que respecta a mi vida exterior; los ambientes de aquí me son particularmente nefastos en la medida en que al ser los testigos de otros días, perdidos, de actividad interior, se hacen cómplices de muchos pensamientos irresponsables, indómitos y sin salida. Pero, por otra parte, supe malgastar con tanta rapidez cualquier otro ambiente durante estos últimos años, haciéndolos todos agobiantes y equívocos… —el bosque de alta montaña el verano pasado, el mar—. Apenas hubo entonces una hora en que hubieran sido para mí (expresión de) el universo, en que no hubieran sido para mí, de alguna manera, motivo de excusa o de tentación, mientras que aquí lo que hay de bueno, al menos, es que no tengo que acurrucarme en una habitación de hotel, sino que me rodeo de cuatro altas paredes blancas que, a pesar de todo, dependen un poco de mí.

¿Hace buen tiempo por ahí y hay muchas rosas?

Rainer

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

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