rainer maria rilke

lou andreas salomé

 

correspondencia

PROLOGO DE PIERRE KLOSSOWSKI

POSTFACIO DE MIGUEL MOREY

TRADUCCION DE JOSE Mª FOUCE

 

1997, para la presente edición:

José J. de Olañeta, Editor.

Palma de Mallorca.

 

LOU ANDREAS-SALOME A RILKE, EN PARIS

Góttingen, jueves, 2 de julio de 1914

 

 

   

Sí, …¡y sin embargo! Por mucho que te des cuenta tú mismo, constantemente, de lo que no es más que pura inhibición, no es así cómo —aquí y allá, por decirlo así, en breves momentos sin relación con tu continuidad propiamente dicha, en unos poemas aislados— estallará lo que da la impresión de abundancia y de fuerza; no, no es así, sino que del mismo modo que te sientes constantemente a disgusto y miserable, encuentras para ello expresiones que, tal cual, serían absolutamente inconcebibles si en alguna parte en el interior de ti mismo no acabara fluyendo en una única experiencia aquello mismo que sientes como tan separado y dislocado por una huida al exterior, y en un recogimiento hacia el interior con, durante el intervalo, algún centro vacío, abandonado a sí mismo.

 

Las palabras con que hablas de ello, por ejemplo con respecto a la anémona, no son más que obra, trabajo, cristalización de las unidades más profundas en el interior de ti mismo.

 

Es cierto que gran parte de la elaboración poética nació a partir de todo tipo de desesperaciones: pero si naciera de la desesperación de no ser capaz de semejantes condensaciones habría en ello, a pesar de todo, un error, ¿no es así? Es ésa la impresión de la consciencia de ti mismo, tu consciencia se encuentra al lado de lo que permanece sometido a las inhibiciones y, por esta razón, no acompañará los momentos en que se sigue revelando que tú no estás tan completamente desunido como «te» sientes y crees estarlo; sufres por ti mismo en cuanto que inhibido, y la parte de felicidad que se encierra en este estado de cosas te permanece oculta, apartada, aunque todas las condiciones necesarias para esta felicidad sean inherentes a ti mismo y se produzcan por ti; pues no se puede hablar de la anémona como lo haces tú sin alguna felicidad (¡que no alcanza plenamente el estado consciente!).

 

Ciertamente, estoy lejos de querer endulzar mis palabras —contigo menos que con cualquiera; tú sabes con qué frecuencia, durante los primeros años, no paraba de insistirte para que tomaras consciencia de lo «Otro»; pero ahora ocurre como si tu consciencia con respecto a él (lo «Otro») fuera mucho más allá de él, se hiciera consciencia de ti en tanto que suya exclusivamente, de modo que —al contrario que antes— no te ves, no te aceptas, ni te afirmas a ti mismo; pasas simplemente desapercibido para ti mismo y no hay nada que sepas, sino lo «Otro»: igualmente, si antes a pesar de tu no-querer-saber, lo «Otro» existía, en cambio ahora eres tú quien existes.

 

Aunque esto no modifique en nada el problema, puesto que no se ha dicho nada que escape al sentimiento y al pensamiento, la prueba de que algo existe es, sin embargo, importante, poco más o menos en el sentido en que el entumecimiento de un miembro no suscita el pánico de su amputación:

 

el entumecimiento quizás dependa de procesos que pueden solucionarse de un momento al otro, sin que por ello se suprima la alimentación, etc… No obstante, sigo diciéndome… para mis adentros: por el momento esto no sirve de nada y, verdaderamente, no hago más que llevarte a través de campos de trigo cuando tú estás privado del pan cotidiano… Quizás se pudiera hacer algo más en una conversación de viva voz.

 

Lou

 

   

RILKE A LOU ANDREAS-SALOME EN GÓTTINGEN

París, 4 de julio de 1914, sábado

Cinco semanas viviendo al día, acostándome con la mayor regularidad y no obteniendo de ello ningún provecho; no el provecho que, de ordinario, después de dos semanas se hace sentir infaliblemente: la regularidad de la existencia corporal, con relación a la cual el hastío, el dolor, el malestar, el descontento no son más que oscilaciones por encima o por debajo de lo que es normal, cuando uno guarda contacto con esta regularidad, que uno confía en ella al ser la cuerda sobre la que, más o menos bien, se interpreta el tema que cada uno es.

 

Si tuviera que decírselo, en pocas palabras, a un médico: he perdido el nivel corporal; la menor influencia, un esfuerzo, ya se trate del esfuerzo intelectual de la lectura, o de la escritura, o del abandono y del dominio alternados con un momento productivo, o simplemente del más animal de los esfuerzos físicos (el hecho de abrir una puerta atrancada), he ahí lo que desde ahora provoca no ya tal o cual síntoma en mi cuerpo, sino la vacilación general de todas sus relaciones: y así se impone a mi consciencia en tanto que algo perturbado, reduce a ella todo lo que quisiera subsistir en ella, la colorea de punta a punta con sus miserias, a la menor ocasión. Incluso los seres que sufren, en los momentos de reflujo de su mal, vuelven a encontrar el nivel medio de su situación corporal, y a confiar en él, mientras que yo emigro, por decirlo así, sin descanso, de un estado general a otro.

 

Incluso cuando, mal que bien, acepto el estado existente y me instalo en él, por muy penoso que sea, consintiendo en considerarlo neutro, pasa ya a adquirir matices tan evidentemente diferentes que al poco no podría ya identificarlo más que con la habilidad con que se metamorfosea. En cuanto a decir: «yo», y ver en ello una constante en la que lo corporal pudiera, de manera evidente y casi insensible, explicarse consigo mismo, en cuanto a estar seguro de poder afirmar un solo día esta constante no descompuesta sin tener que controlarla, protegerla, durante la noche (incluso la más propicia) para volver a encontrarla intacta al día siguiente: he ahí lo que ya no consigo desde hace años. Si una ocupación intelectual continua, de carácter muy documental, contrarrestara esta pasividad, jamás hubiera podido adquirir tamañas proporciones.

 

Pero en mi propia situación, para la que tan importante era mantener el intelecto en la más peligrosa suspensión, exponerlo sin descanso a las influencias del cielo y de la tierra, el cuerpo no podía menos —en su entumecimiento— que sacar la peor lección de esta disposición del espíritu, que ponerse a imitarlo y hacerse productivo a la menor ocasión, a su manera, en sus propios estados. Imaginemos una bordadora cuyo cañamazo se transformara perpetuamente bajo sus manos, ya porque las mallas se aflojaran, ya porque se encogieran, o que el hilo fuera de diferente grosor: ¿cómo no acabaría repeliéndole el más hermoso punto de cruz o el más encantador motivo?…

 

Esta reacción horripilante se me ha hecho completamente precisa, a lo largo de los días tórridos: no se puede decir que los pasara de un modo desagradable, y sin embargo, el calor (asfixiante en mis habitaciones situadas justo bajo el techo) me costó las noches más torturantes y ayer, cuando cambió el tiempo, permanecía en un estado que la palabra agotamiento dista mucho de poder definir.

 

La tensión y la relajación excesiva, desde los tejidos, que tan bien conozco, hasta las sienes, pasando por la faringe, se habían amparado de toda la superficie de mi cuerpo hasta tal punto que parecía que en cada miembro una convulsión creciente quisiera abrir en ellos miles de pequeñas bocas a fin de realizar un bostezo.

 

Me obligué tanto como pude a permanecer en mi mesa de trabajo hasta que finalmente tuve que acostarme; la convulsión disminuyó en el cuerpo, pero al mediodía se reprodujo con tal violencia en la cabeza y en el cuello que ni siquiera conseguí concentrarme en mi lectura, y ya no me quedaba más que hacer luto por el resto del día. Esto por lo que respecta al calor pero mañana será, evidentemente, otra influencia puesto que sigue siendo de la atmósfera —también la de las personas y las cosas— de donde las influencias surgen y me asaltan sin cesar; y como mi cuerpo responde incluso cuando nada lo solicita ni nadie le pregunta, el asunto es desesperado.

 

La mano de mi peluquero, con su mezcla de perfume, diferente cada mañana, puede impresionarme de tal modo que cada vez salgo de allí con una disposición muy diferente; pero esta mano basta también para indisponerme físicamente: el hecho de querer evitarla respirando lo menos posible a medida que pasa por delante de mi cara, provoca nuevas tensiones en la frente y en la garganta (esto es solo un ejemplo); en resumen, esto es encontrarse a merced de cualquiera de la manera más lamentable y ridícula.

 

Mostrar este cuerpo a un médico, lleno como está de inoportunidades, al mismo tiempo que mi falsa relación con él, he ahí lo que, a fin de cuentas, será la única salida. No a un psicoanalista para que proceda a partir del pecado original (ya que oponer a la fascinación del pecado original una contrafascinación, es ésa, propiamente hablando, mi más íntima vocación y el pretexto de toda posición artística tomada en la vida), sino (mostrarlo) a un médico que a partir de lo corporal pudiera seguirlo muy lejos hasta lo espiritual. A ti, querida Lou, puedo decírtelo; pienso en Stauffenberg (cómo llegué a esta idea, cómo recientemente se reforzó mi confianza en él…, lo comentaremos de viva voz).

 

Él quiere disponer de tiempo para mí en agosto, por lo que es de prever que para esas fechas no estaré lejos de él (incluso en Munich o en los alrededores). Siento no poder acudir desde ahora mismo, ya que aquí me atormento como un perro que se ha clavado una espina en el pie y que cojea y se lame; y que cada vez que apoya su pie ya no es perro, sino espina, algo que él no comprende ni podría ser.

 

No me cabe en la cabeza que no pueda haber buenos y sencillos remedios susceptibles de reducir poco a poco en mí los fenómenos que, de alguna manera, se exteriorizan por sí mismos en la periferia, como las espinas tragadas por los histéricos. No se trata en este caso de ayudarme en lo más interior de mí mismo, en mi fondo primordial (ahí, al contrario, las ayudas se acumulan sin cesar), sino de liberarme las manos a fin de que pueda coger esas ayudas. Solo ocho, o tres días viviendo en ese estado que se llama «bienestar», es decir, la neutralidad física (la imparcialidad del cuerpo) y ya la potencia en mi interior sería preponderante y me asumiría; mientras que por ahora soy yo quien se arrastra penosamente con esta potencia, como un pájaro enfermo hundido bajo el peso de sus alas.

Rainer