rainer maria rilke

 

cartas sobre 

cézanne

 

 

 

traducción del alemán,

prólogo y notas pot

andrea pagni

editorial Goncourt

Buenos Aires

1978

 

 

 

París VI e 29, rue Cassette

10 de octubre de 1907

 

 

 

… entretanto, sigo yendo todavía a la sala

de Cézanne que después de lo de ayer, quizás

puedas imaginarte ya un poquito. Hoy he vuelto

a estar unas dos horas delante de algunos cuadros;

siento que de algún modo eso me es útil.

¿Te ayudaría también a ti? No podría asegurarlo

sin más. En realidad, en dos o tres Cézannes

bien escogidos pueden verse todos sus cuadros,

y seguramente en algún otro, quizás en Cassirer,

podríamos haber llegado también en nuestra percepción

hasta donde estamos ahora. Pero para

ello se necesita mucho, mucho tiempo. Recuerda

qué sorprendido e inseguro miraba yo las

primeras cosas, cuando estaban allí delante con

su nombre nuevo. Y después, durante mucho

tiempo, nada; hasta que de pronto se tiene la

mirada justa. Si pudieras estar aquí alguna

vez, casi preferiría llevarte ante el Dèjeuner sur

l’herbe, ante ese desnudo de mujer sentada

en el espejo verde de la floresta, que es en cada

punto Manet, esa obra de indescriptible posibilidad

expresiva que tras intentos y fracasos, de pronto

aconteció, real, lograda. Todos los recursos aparecen

fundidos, disueltos en el resultado:

se tiene la impresión de que ni siquiera hay re·

cursos. Ayer estuve largo tiempo delante. Pero

eso sólo es válido para uno mismo: el milagro

cada vez, sólo par:a el santo al que le sucede

Cézanne, a pesar de eso, tuvo que empezar des·

de bien abajo cada vez . . Adiós, hasta la

próxima …

   

 

París VI e 29, rue Cassette

11 de octubre de 1907 (viernes)

 

 

… tan naturalmente emanan en realidad de

nosotros nuestras inclinaciones: desde hace

algún tiempo, no puedo mirar un diario, un libro

al pasar, sin leer la palabra “Venise”; a último

momento se configura ante mis ojos donde

quiera que mire. Ayer, cuando anochecía,

-ya estaba oscuro- regresaba yo cruzando el

reflejo negro y violeta de tanta humedad por el

Pont des Arts. Una mujer, que no tenía por otra

parte el aspecto de poder llegar por sí misma a

tales ideas, al ver el río con sus faroles sus

franjas de luz, sintió la necesidad de decirle a su

acompañante, casi a mi lado: Ça semble une fete

venecienne. Así sucede constantemente con

alusiones casi ininterrumpidas. Y siempre

“Venise”, ese maravilloso nombre empalidecido

como cruzado por una leve grieta y que sólo por

un milagro se mantiene unido y tan extrañamente

apropiado para la actual modalidad de ese

imperio, como en otros tiempos ”Venezia” para

aquel estado poderoso, con su acción y su

boato: las galeras, los cristales, los encajes y los

profusos cuadros de todo aquello. Mientras que

“Venedig” suena complicado y pedante, apro·

piado tan sólo para el breve y desgraciado período

de dominio austríaco: un nombre de archivos,

apuntado malignamente por burócratas

en innumerables legajos, triste y entintado,

así se lee: “Venedig” (y en ese tiempo se

decía incluso ”Venediger” en lugar de “Venezianer”.

 

Recién estuve en la agencia de viajes para averiguar

si era posible conseguir un boleto combinado

de aquí a Praga pasando por Venecia. Porque

en caso de que decida viajar, aun con escaso

dinero, habría una cierta seguridad en el hecho

de tener ya pagado el pasaje. Resultó que había

posibilidad de conseguir un pasaje así hasta

Viena (lo que de todos modos abarcaría la

mayor parte del viaje; porque para ir de Venecia

a Praga directamente, hay que pasar por Viena).

Fue en la pequeña agencia de Cook, bajo las

arcadas, cerca de la Place de la Concorde donde

me dieron esa información; tú también la conoces.

Pero fue maravilloso llegar hoy hasta los

Quais, entre viento, frescura e inmensidad. Hacia

el este, detrás de Notre-Dame y Saint-Germain

d’Auxerrois se habían amontonado todos los últimos

días grises, medio gastados, y delante, por

encima de las Tulleries hacia el Arc de l’Etoile,

había algo abierto, luminoso, leve, como si por

allí se saliera del mundo. Un álamo grande en

forma de abanico jugaba meciendo las hojas ante

el azul apoyado contra nada, ante los esbozos inacabados,

excesivos, de una vastedad que el buen Dios extiende

ante sí con total desconocimiento de la perspectiva.

Desde ayer, ya no está el tiempo tan monótono

de lloviznas. Sopla viento, hay variaciones y de vez

en cuando, instantes de alegre prodigalidad.

Cuando ayer vi otra vez la pequeña luna en el

anochecer de nácar, comprendí que ella había

provocado la transformación y responde por ello.

¿Dónde estaré yo cuando crecida y decisiva celebre

sus agasajos en el cielo de otoño?

 

 

 


 

 

 

 

 

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