rainer maria rilke

cartas sobre cézanne

 

 

 

 

 

traducción del alemán

prólogo y notas ANDREA PAGNI

EDITORIAL, Y LIBRERÍA GONCOURT

Buenos Aires

 

 

París Vle rue Cassette

17 de octubre de 1907

 

 

 

 

lluvia y lluvia, ayer sin parar, y justa­mente ahora comienza de nuevo.

Al mirar hacia afuera, se diría que va a nevar. Pero esta noche me despertó la luz de la luna en un rincón sobre mis estantes de libros; una mancha que no bri­llaba, sino que cubría con su blanco de aluminio el sitio donde reposaba.

Y el cuarto estaba lleno de noche fría -hasta los rincones; aún acostado, se la sabía también bajo el ropero, bajo la cómo­da, rodeando sin dejar intersticios todas las co­sas, los candelabros de latón, que parecían tan fríos.

Pero la mañana clara. Un viento inmenso del este que entra con frente desplegado a la ciu­dad porque la encuentra tan espaciosa. Del otro lado, hacia el oeste, amontonados, arrastrados, archipiélagos de nubes, grupos de islas, grises como plumas y buches de aves marinas en un océano de fríos semiazules de beatitud dema­siado lejana.

Y abajo, humilde, sigue estando la Place de la Concorde y los árboles de los Champs -Elysées, umbrosos, de un negro simplificado en verde bajo las nubes del oeste. Hacia la dere­cha, casas claras al viento soleado y bien al fondo en un gris azulado de palomas, otra vez casas, trazadas en planos, con superficies como canteras de piedra, cortadas en línea recta. Y de pronto se llega a las cercanías del obelisco (siempre resplandece alrededor de su granito un poco de calidez rubia y antigua, y en las cavida­des de sus jeroglíficos, en la lechuza que siempre vuelve a aparecer, se concentra un azul de som­bra egipcio antiguo, desecado como en cuencos para tinturas); así fluye hacia uno en declive apenas perceptible la maravillosa avenida rápida y plena hacia la escarpada roca del Arc de Triomphe allá en el fondo, junto a l’Etoile, como un torrente que en tiempos remotos hubiera arrancado el portón con su propia vio­lencia.

Y todo eso está allí con la generosidad de un paisaje natural, y vierte espacio hacia el exterior.

Y en los tejados, aquí y allá ondean cada vez más altas las banderas en aquel aire, y se despliegan, aletean como para salir volan­do, aquí y allá. Así fue hoy el camino hacia los dibujos de Rodin.

En la tienda, M. Bernheim me mostró primero Van Goghs. El café nocturno del que te escribí, de cuya artística vigilia en rojo vinoso, amarillo de lámpara y verde hondo y al mismo tiempo superficial, con tres espejos, cada uno de ellos conteniendo un vacío dife­rente—, podrían decirse aún muchas cosas.

Un parque o el camino de un parque de Arles, con personas negras en bancos a derecha e izquierda, un lector de periódicos azul adelante y una mujer violeta atrás, debajo y entre el verde a grandes trazos de árboles y arbustos.

Un retrato de hombre sobre un fondo trenzado de juncos frescos (amarillo y amarillo ventoso), que al mirarlo de lejos se simplifica en una claridad uniforme: un hombre mayor, con bigote corto, blanco y negro, igual que el cabello también rapado, mejillas hundidas bajo el cráneo ancho: todo ello en un azul oscuro húmedo, blanco, negro y rosado y una cubierta de blanco azu­lado, —salvo los grandes ojos marrones—; y final­mente: uno de los paisajes que una y otra vez desplazaba y que sin embargo siempre volvía a pintar: sol de ocaso, amarillo y rojo naranja, rodeado de un resplandor de fragmentos amari­llos, redondos; en total contraposición: azul, azul por el contrario la pendiente de pronun­ciadas colinas que una línea de tranquilizadoras ondulaciones (¿un río?) separa de la penumbra por la que se trasluce en el tercio delantero oblicuo del cuadro, un campo y gavillas amonto­nadas en oscuro oro viejo.

Luego otra vez los Rodins.

Pero ahora esta lluvia, lluvia: como en el cam­po, tan extensa y sonora, sin otros murmullos entremedio. El borde redondeado del cerco del jardín conventual está lleno de musgo con zonas del verde más brillante que he visto jamás.

Adiós por esta vez.