rainer maria rilke

cartas sobre cézanne

 

Traducción del alemán prólogo y notas por

ANDREA PAGNI

EDITORIAl, Y LIBRERÍA GONCOURT

Callao 1519 – Buenos Aires

1978

París, Vle, 29, Rue Cassette

9 de octubre de 1907

 

 

…hoy quisiera hablarte un poco sobre Cézanne. En lo que se refiere al trabajo, asegura­ba haber vivido como un bohemio hasta los cua­renta años. Recién entonces, al conocer a Pissaro, se le habría despertado el placer por el trabajo. Pero de tal modo, que durante los últi­mos treinta años de su vida no hizo más que trabajar. Sin alegría en realidad, según parece, con saña constante, en desacuerdo con cada una de sus obras, porque ninguna le parecía alcanzar aquello que era para él lo más imprescindible —la réalisation— lo llamaba, y lo encontraba en los venecianos que había visto antes en el Louvre una y otra vez, y a los que incondicionalmente había reconocido. Lo contundente, el devenir cosa, la realidad llevada hasta lo indestructible a través de su propia experiencia del objeto: esa era para él la meta de su trabajo más esencial: viejo, enfermo, agotado cada noche por el traba­jo cotidiano y parejo (a tal punto que muchas veces, alrededor de las seis, cuando oscurecía, se iba a dormir después de tomar una cena casi sin darse cuenta) irritado, desconfiado, escarne­cido cada vez en su camino al atelier, burlado, maltratado, —pero celebrando el domingo: oyendo misa y vísperas como cuando niño, y exigiendo con mucha cortesía a Madame Brémond, una comida un poco mejor—: día a día esperaba alcanzar quizás aún aquel resultado que era para él lo único esencial. Al mismo tiem­po, él se obstinaba en dificultar al máximo su propio trabajo (si puede creérsele a quien relata todos estos hechos, un pintor no muy simpático que anduvo un poco con todos). Emil Bernard, Souvenirs sur Cézanne, aparecido en el Mercure de France en octubre de 1907 y editado más tarde como libro.

Perseveran­do escrupulosamente en el paisaje o la nature morte ante el objeto, iba adquiriéndolo sólo a través de rodeos sumamente complicados. Co­menzando con la tonalidad más oscura, cubría su profundidad con una capa de color que pro­longaba un poco sobre la primera, y extendiendo así sucesivamente un color sobre otro, llegaba poco a poco a otro elemento contrastante, nuevo centro desde donde procedía entonces del mismo modo. Se me ocurre que en él, ambos procesos —el de la adquisición segura a través de la observación y el de la apropiación y uso per­sonal de lo adquirido— se sostenían entre sí debido quizás a que devenían conscientes de sí mismos; a que, por así decirlo, enseguida empe­zaban a hablar, se interrumpían uno a otro a cada momento, se enemistaban constantemente. Y el viejo soportaba sus disensiones, recorría de un lado a otro su atelier que no tenía buena luz, porque el constructor no había considerado necesario atender a ese viejo estrafalario a quien en Aix se habían puesto de acuerdo en no tomar en serio. Recorría de una punta a otra su atelier por donde rodaban sus manzanas verdes, o se sentaba desesperado en el jardín y se quedaba allí. Y ante él se extendía ingenuamente la pe­queña aldea con su catedral, y no sospechaba nada; la ciudad para burgueses discretos y co­rrectos, mientras que él, como había previsto su padre que era sombrerero, se había vuelto dife­rente. Un bohemio, como consideraba su padre y como él mismo creía. Ese padre, sabiendo que los bohemios viven y mueren en la miseria, había decidido trabajar para su hijo, y se había conver­tido en una especie de pequeño banquero, a quien la gente le confiaba su dinero (“porque era honrado” dice Cézanne); y gracias a esas precau­ciones, él pudo tener más tarde lo suficiente como para poder pintar tranquilo. Quizás fue al entierro de ese padre; a su madre también la quería, pero cuando la sepultaron él no estaba allí. Se encontraba sur te motif como solía decir Ya en aquel entonces era el trabajo más importante para él y no admitía excepciones, ni siquiera aquellas que su religiosidad y su senci­llez debieron haberle sin duda encarecido.

En París se lo iba conociendo cada vez más. Pero respecto de tales progresos, que no hacía él (que hacían los demás, y cómo) sólo sentía desconfianza; demasiado bien recordaba la incomprendida imagen de su destino y de su vo­luntad que de él había esbozado en su “Oeuvre” Zola (a quien conocía desde la juventud y que era su compatriota). A partir de ese momento se cerró a toda expresión escrita:   Travailler sans souci de personne et devenir fort -le gritaba a su visitante. Pero en medio del al­muerzo, cuando ese visitante hablaba de Frenhofer, el pintor creado por Balzac en su Novelle des Chef d’Oeuvre Inconnu (de la que alguna vez te hablé) con increíble previsión de futuras transformaciones -aquel que al descubrir que no hay contornos, sino sólo oscilantes transicio­nes, se aniquila ante una tarea imposible—, al escuchar esto, el viejo se levanta de la mesa a pesar de Madame Brémond a quien sin duda no le agradaban esas irregularidades, y mudo de excitación se señala una y otra vez a sí mismo con el dedo, por más doloroso que ello pueda haber sido. Zola no había comprendido de qué se trataba, pero Balzac había intuido que al pintar puede sobrevenir de pronto algo tan des­mesurado contra lo que nadie puede.

Pero al día siguiente recomenzaba sin embar­go el intento por dominarlo; y a las seis se levantaba cada mañana, atravesaba la ciudad en dirección a su atelier y allí permanecía hasta las diez; luego regresaba por el mismo camino para almorzar, comía y ya estaba otra vez en camino, con frecuencia media hora más allá del atelier, “sur le motif” en un valle ante el que se erigía indescriptible la montaña de Sainte Victoire con sus mil motivos. Allí se quedaba durante horas tratando de descubrir e incorporar los “planos” (de los que curiosamente habla una y otra vez en los mismos términos que Rodin). Y muchas veces hacen pensar en Rodin sus expresiones. Así, cuando se lamenta de cómo se va destruyendo y desfigurando diariamente su vieja ciudad. Sólo que allí donde el equilibrio grande y consciente de Rodin conduce a una apreciación objetiva, al anciano enfermo y soli­tario lo acomete la ira. Al anochecer, camino a casa, se irrita por alguna modificación, se pone furioso, y al percibir cuánto lo agota eso termina jurándose: en casa he de quedarme; sólo voy a trabajar, nada más que trabajar.

Sobre la base de tales modificaciones nega­tivas en la pequeña aldea de Aix conjetura con terror lo que debe ocurrir en otros sitios.

Una vez, cuando se hablaba de la situación actual, de la industria y todo eso, exclamó “con ojos espantados: Ça va mal. C’est effrayante la vie! Afuera, algo indefinido y aterrador que cre­cía; un poco más cerca, burla c indiferencia y luego, de pronto ese viejo en su trabajo, pintando desnudos valiéndose tan sólo de viejos dibu­jos realizados en París hace cuarenta años, por­que sabe que Aix no le consentiría ningún mode­lo. “A mi edad” dice, “como máximo podría conseguir una mujer de cincuenta, y bien sé que en Aix ni siquiera hallaría una persona así ” De modo que pinta según sus viejos dibujos. Y coloca sus manzanas sobre colchas viejas que sin duda Madame Brémond echa de menos algún día, y entremedio ubica sus botellas de vino y lo que en el momento encuentra a mano. Y (como Van Gogh) hace de tales cosas sus “santos”; y las obliga, las a ser bellas, a equivaler al mundo entero y a toda la dicha y la grandeza; y no sabe si ha conseguido que ellas lo hagan por él. Y se queda sentado en el jardín como un perro viejo, el perro de ese trabajo que lo llama otra vez, y lo azota, y lo hace padecer hambre. Y está sin embargo tan sometido a ese patrón incomprensible que sólo los domingos le permite regresar por un momento al buen Dios, a su primer amo. —(Y la gente dice: “Cézanne”, y los señores de París escriben su nombre con insistencia, y orgullosos de estar bien informa­dos)—.

Todo esto es lo que quería contarte-, tiene mucho que ver con lo que nos rodea, y también con nosotros mismos.

Afuera cae  una-lluvia pródiga, sin interrup­ciones. Adiós … mañana vuelvo a hablar de mí.