Malos poetas

 

 

Randall Jarrell

Traducción de Armando Pinto

 

 

 

 

 

 

Algunas veces resulta difícil criticar, uno quisiera limitarse a describir. Semana tras semana llegan libros buenos y libros mediocres y yo los aparto, los leo, y pienso qué decir; pero los libros “sin valor alguno” llegan todos los días -como el ruido de los autos y los pregones de calle-, y nadie seria capaz de pensar de ellos algo suficientemente bueno. En la mala impresión de los delgados panfletos, en las líneas compuestas a mano en papel importado, la vida dura y las ambiciones sin esperanza de la gente están expresadas más directa y desgarradoramente de lo que han sido expresadas alguna vez en cualquier obra de arte: es como si los escritores te enviaran sus brazos y piernas desmembrados con la leyenda “esto es un poema” garabateada en ellos con lápiz de labios. Después de un rato uno se siente avergonzado, no tanto por ellos como por la poesía, la cual es para estos pobres poetas una oportunidad más contra la cual al final acaban estrellando sus sesos; y para uno resulta intolerable que la poesía tenga que ser tan difícil de escribir: un juego de ponle la cola al burro en el que, para la mayoría de los jugadores, no hay cola, no hay burro, ni siquiera un premio de consolación. iSi tan sólo hubiera un mecanismo (como el sistema para pintar que Seurat propuso o el Álgebra Universal que Gódel pensaba que Leibniz había perfeccionado y extraviado) para, de un modo razonable y sistemático, convertir en poesía todo lo que vemos, sentimos y somos! Cuando leemos los versos de la gente que no puede escribir poemas —gente que algunas veces tiene más sensibilidad, inteligencia y discriminación moral que la mayoría de los poetas— es difícil no considerar a la Musa como una especie de hada madrina que le dice al poeta, después de que sus colegas lo han bañado con los dones más desconcertantes y ambiguos, “Bueno, no importa. Tú sigues siendo el único que puede escribir poesía”.
 
Parece un chiste detestable que el “poeta nacional de Ucrania” —quien estuvo en el ejército como soldado raso durante diez años y, por órdenes del zar, no podía leer, escribir o incluso recibir cartas— no tenga sobre sus penas un solo poema formal. Un pobre sargento del Air Corps pasa en Attu y Kiska dos años y medio, y al final de ese tiempo sus versos sobre la guerra no se distinguen de los de una cotorra. ¡Qué cruel que un cardenal —pues uno de estos libros es de un cardenal— escriba peores versos que el más pequeño de los niños del coro! Pero en este universo de mala poesía cualquiera se siente obligado por el decreto de una indiscutible necesidad a matar a su madre y desposar a su padre, a dar saltos de cabeza alrededor de su propio funeral, a hacer todo lo que su peor y más imaginativo enemigo hubiera deseado. Hay que tener un corazón de piedra y una mente entumecida para condenar, excepto con una especie de temor sagrado, a tales poetas por lo que han hecho —o más bien, por lo que les ha sido hecho: pues ellos nunca han hecho nada, han sufrido su poesía tan inútilmente como todo lo demás; de modo que no es imitación de la vida ni un trozo de vida, sino la vida misma— más allá del bien, más allá del mal y, ciertamente, más allá de las reseñas.
 



 

 

 

 

 

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