raymond carver

 

sin heroísmos,

por favor

prosa, poesía y crítica literaria

 

Prólogo de Tess Gallagher

Traducción de Jaime Priede

Bartleby Editores, S.L. 2005 (Madrid)

 

El libro comienza con el relato ―Tiempos revueltos, el primero que le publican a Carver. En este caso, Faulkner y Joyce son sus referencias más evidentes. No obstante, el relato abre un camino que luego no tendría continuidad. Los artificios narrativos utilizados (flashback y fluir de la conciencia) apenas tendrán cabida en su obra posterior.

Richard Day, uno de los primeros maestros de Ray en la escritura del relato corto, reconocía la habilidad del joven escritor para no caer en trampas: ―Narra el ahora en tiempo pasado y los hechos del pasado en el ahora, con lo que logra romper la superficie del relato de tal modo que disfraza lo que de otra forma no habría sido más que un simple melodrama.

―Tiempos revueltos es un relato cuya relectura me resulta particularmente interesante porque Ray aún no había adoptado dos normas que para él serían ley: la claridad y la concisión de lo expresado. De todos modos, el relato fluye sin costuras y no se descompone gracias a ese peculiar zumbido de tensión que tan bien dominaría más adelante.

Un diamante en bruto como ―El pelo parece ser el antecedente de un relato posterior como ―Calma‖. Un pelo que se le mete entre los dientes al protagonista de esta historia hace de la vida un lugar inhabitable.

También conoceremos las fuentes de esa afilada indolencia que luego le haría famoso. ―Los aficionados, escrito también por esa época, es una de las dos únicas parodias escritas por Carver. A los veinticuatro años probablemente no había visto nunca una corrida de toros más allá de los relatos de Hemingway, así que no es de extrañar que se desvíe de la teoría del iceberg para concebir un final tan brusco y dramático. Con el seudónimo de John Vale, clavó una estocada en la literatura de su mentor. Aun así, Hemingway fue siempre una de sus más importantes referencias y, además, quien terminaría por llevarle hasta Chéjov.

Los textos críticos, introducciones y ensayos recogidos en este volumen nos permiten valorar la capacidad de entusiasmo que tenía Ray. También su afición a la ―buena lectura, su interés por los caracteres excéntricos, por las vueltas y enredos de una trama. Siempre predispuesto a implicarse de lleno. Como decía Ray en una cita atribuida a Bill Kittredge: ―Lo que hagas tiene consecuencias, hermano, para bien o para mal.

En uno de sus ensayos, Kay Boyle habla de los escritores que no pueden evolucionar porque no encuentran a ―su gente‖. Alguien con quien poder hablar. La suerte de Raymond Carver no sólo fue hacerse escritor entre su propia gente sino también contar con el talento necesario para llevar a la literatura sus vidas de clase trabajadora, sus sueños inalcanzables. Cuando Ray escribe las palabras ―Para siempre… para siempre‖ en la introducción a la edición de Desde donde llamo (su último libro de relatos publicado en Estados Unidos), puedo oír la firmeza del deseo de permanencia allí expresado y la fuerza de esa doble llamada que recobra vida cuando ahora, tranquilamente, pensamos esas palabras por él en nuestra lectura.

 

nota a la edición original

 

Salvo algún que otro texto esporádico, No Heroics, Please contiene toda la obra crítica de Carver: consideraciones sobre su propia obra, introducciones, crítica literaria y ensayos. También se incluyen los poemas publicados en ediciones limitadas, cinco de sus primeros relatos y el fragmento de una novela inacabada.

Solamente los relatos precisan unas palabras. Los cuatro primeros datan de los años universitarios de Carver en California, primero en el Chico State Collage y luego en el Humboldt State, donde se graduó en 1963. En el Chico State, John Gardner, uno de sus profesores, le dijo: ―Lee todo lo que caiga en tus manos de Faulkner y luego lee todo lo que puedas de Hemingway para limpiarte la mente. Con ―Tiempos revueltos, un relato de incesto y crimen escrito al estilo de Faulkner, Carver pone en práctica el consejo de Gardner, que culmina con ―Los aficionados, uno de los tres relatos incluidos aquí que Carver publicó en Toyon, la revista de literatura que editó en el Humboldt State Collage durante la primavera de 1963. ―Los aficionados, una parodia de la escritura de Hemingway, tendría que leerse a la par de ―Pastoral, una respetuosa imitación de su estilo, que también se publicó en 1963 (incluido posteriormente en Fires bajo el título ―The Cabin). ―Manzanas rojas y brillantes, el último de los relatos, fue escrito en 1967, durante una época en la que Carver trabajaba como conserje nocturno en el hospital de Sacramento y acudía a los cursos de escritura del Sacramento State Collage. ―Manzanas rojas y brillantes‖ es el único ejemplo de literatura experimental que salpicó su obra, un tipo de literatura que arrasaba en Estados Unidos a finales de los sesenta. Curiosamente, en posteriores textos críticos, Carver mostró serias reservas hacia ese modo de escritura ―inhumano.

Me pregunto qué habría pensado Carver de No Heroics, Please. Una posible respuesta podría extraerse de Those Days, un pequeño libro editado en 1987. Revisando ―El pelo y unos cuantos poemas incluidos aquí, Carver consideraba que sus primeras obras ―no eran malas, teniendo en cuenta varias cosas. A continuación, escribe: ―El asunto es que si un escritor aún se siente bien (siempre estará bien si logra seguir escribiendo) y puede mirar atrás sin sentirse demasiado avergonzado por sus primeros esfuerzos literarios, entonces yo digo que bien por él. Y bien por lo que le empuja a seguir así. Se olvidará de que este oficio tiene muy pocas recompensas si logra sentir la satisfacción que supone percibir la coherencia del propio trabajo, lo que es como decir la coherencia de la vida.

 

William L. Stull

Universidad de Hartford,

Connecticut Septiembre, 1991

Hace años leí una carta de Chéjov que me impresionó. Era una especie de consejo que daba a una de las muchas personas que le escribían. Algo parecido a esto: Amigo, no tienes por qué escribir sobre héroes que llevan a cabo actos memorables y extraordinarios. (Compréndase que en aquella época yo era un estudiante y aún leía obras con princesas, duques y batallas por la corona. Intrigas y enredos que se repetían una y otra vez para reestablecer el honor perdido del héroe. Novelas más largas aún que la vida de sus héroes). Pero al leer aquella carta de Chéjov y otras parecidas, y al leer también sus relatos, empecé a ver las cosas de otra manera.

Raymond Carver

―El arte de la ficción

 

 

 

el pelo

 

Lo intenta con la lengua, luego se sienta en la cama y empieza a escarbar con los dedos. Afuera comienza un día agradable, cantan los

pájaros. Coge la caja de cerillas, le arranca una esquina y hurga con ella entre los dientes. Nada. Pero puede sentirlo. Pasa la lengua

por los dientes moviéndola de atrás hacia delante y se detiene al toparse con el pelo. Palpa con la lengua alrededor del pelo y luego da

un suave toque entre los dos dientes, tanteando con la lengua la extensión del pelo y aplastándolo contra el velo del paladar. Lo toca

con el dedo.

―¿Qué pasa? —le pregunta su mujer, sentándose en la cama— ¿Nos hemos dormido? ¿Qué hora es?

―Tengo algo entre los dientes. No puedo sacarlo. No sé. Parece un pelo.

Va al baño y se mira en el espejo. Luego se lava las manos y la cara con agua fría. Enciende la lamparilla del espejo.

―No lo puedo ver pero sé que está ahí. Si pudiera cogerlo con los dedos un momento podría sacarlo‖.

Su mujer entra en el baño, rascándose la cabeza y bostezando.

―¿Lo tienes, cariño?

Aprieta los dientes y sujeta el labio hasta que las uñas le rasgan la piel.

―Espera un momento. Déjame ver, le dice ella acercándose. Está de pie bajo la luz, con la boca abierta, la cabeza torcida,

limpiando con la manga del pijama el cristal cuando se empaña.

―No veo nada, le dice. Él apaga la luz del espejo y deja correr el agua en la ducha.

―A la mierda. Tengo que prepararme para ir a trabajar.

No tiene ganas de desayunar y decide ir caminando hasta el trabajo. Le sobra mucho tiempo. Nadie tiene llave excepto el jefe y si llega

tan temprano tendrá que esperar. Pasa por la esquina vacía en la que suele aguardar el autobús. Un perro al que no había visto antes

por el barrio levanta la pata y se pone a mear sobre la señal del autobús.

―¡Eh!

El perro deja de mear y se acerca corriendo. Otro perro que tampoco reconocía se acerca corriendo, husmea la señal y se pone a mear

también. Una mancha dorada y ligeramente vaporosa avanza por la acera.

―¡Eh, fuera de aquí!‖ El perro suelta unas pocas gotas más y ambos cruzan la acera. Parece que le miran como si se estuvieran

riendo de él. Mueve con la lengua el pelo entre los dientes.

―Bonito día, ¿no?, pregunta el jefe al abrir la puerta delantera y levantar la persiana.

Miran hacia fuera y asienten sonriendo.

―Sí, un día estupendo, dice uno de ellos.

―Demasiado para pasarlo trabajando, dice otro, riéndose con los demás.

―Sí, así es, dice el jefe. Sube las escaleras para abrir la sección de ropa de chicos. Silba y hace sonar las llaves.

Más tarde, sube del almacén en camiseta fumando un cigarrillo después de haber desayunado.

―Hace calor hoy.

―Sí, así es. Nunca se había fijado en que el jefe tenía mucho pelo en los brazos. Se sienta escarbando con la uña entre los

dientes, mirando fijamente las gruesas matas de pelo negro que tiene el jefe entre los dedos.

―Verá, me preguntaba… si no lo considera oportuno no hay problema, naturalmente, pero si lo cree posible, y siempre que no

meta a nadie en un apuro, me gustaría irme a casa. No me encuentro muy bien.

―Bien, podemos arreglarnos. Ese no es el problema, desde luego. Da un trago a su Coke y se queda mirándole.

―Vale, de acuerdo, sólo me lo preguntaba. Disculpe.

―No, no hay problema. Vete a casa. Llámeme esta noche para saber cómo estás. Mira el reloj y termina la Coke.

―Diez y veinticinco. Digamos diez y media. Márchate ahora y apuntaremos a las diez y media.

En la calle se afloja el cuello de la camisa y empieza a caminar. Se siente raro yendo por la ciudad con un pelo en la boca. Lo toca con

la lengua. Camina sin mirar a la gente. Al poco rato empieza a sudar y siente la humedad de las axilas en la camiseta. A veces se

detiene ante los escaparates, fija la vista en el cristal e intenta atraparlo con los dedos. Luego continúa en dirección a casa. Cruza el

parque Lions Club y se queda mirando a los niños que juegan en la piscina infantil. Más tarde, paga a una anciana los cincuenta

céntimos de la entrada al pequeño zoo para ver los pájaros y otros animales. Tras pasarse un buen rato mirando al monstruo de Gila1,

la criatura abre un ojo y lo mira. Da la vuelta, sale del parque y se dirige a casa.

 

No tiene mucha hambre, sólo toma un poco de café para cenar. Tras unos sorbos, dobla la lengua de nuevo sobre el pelo. Se levanta

de la mesa.

―Cariño, ¿qué te pasa? —le pregunta su mujer— ¿Dónde vas?

―Creo que me voy a acostar. No me encuentro bien.

Ella le sigue hasta la habitación y se queda mirándole mientras se desviste.

―¿Puedo hacer algo por ti?, ¿No sería mejor que llamara

al médico? Me gustaría saber qué pasa.

―No te preocupes, me pondré bien.

Se cubre con el cobertor hasta los hombros, se da la vuelta y cierra los ojos.

Le baja la persiana.

―Voy a ordenar un poco la cocina y vuelvo luego.

Tumbado se siente mejor. Se toca la frente y le parece que tiene fiebre. Lamiéndose los labios palpa el final del pelo con la lengua. Le

entra un escalofrío. Poco después, empieza a dormitar pero despierta de repente y se acuerda de que tiene que llamar al jefe. Sale de

la cama y se acerca a la cocina.

Su mujer lava los platos.

―Creí que estabas dormido, cariño. ¿Te sientes mejor?

Asiente en silencio y descuelga el teléfono. Habla con Información. Tiene mal sabor de boca mientras marca el número que le dan.

―Hola. Sí, creo que estoy mejor. Mañana iré a trabajar, sí. De acuerdo. Ocho y media en punto.

Vuelve a la cama y se pasa la lengua por los dientes otra vez. Suele hacerlo a menudo y no se había dado cuenta hasta hoy. Poco

antes de quedarse dormido casi había conseguido no pensar en ello. Pensaba en el día tan estupendo que había hecho y en los niños

jugando en la piscina. Los pájaros cantando temprano. Pero se despierta en mitad de la noche gritando y sudando. Siente que se

ahoga, mueve la cabeza de un lado a otro pateando bajo las sábanas y asustando a su esposa, que no sabe lo que pasa.

 

 

Toyon, nº 1

Humboldt State College, 1963