un país mundano

 

 john ashbery

 

eduardo morga

 

 

 

 

Desde una primera versión de “Autorretrato en espejo convexo”, de Javier Marías, [Poesía 1985], Ashbery ha conocido aptas traducciones de sus principales libros: las muy eruditas de Julián Jiménez Heffernan –también de Autorretrato en espejo convexo, y de Tres poemas– y las de Daniel Aguirre, responsable ahora de Un país mundano, su último poemario. 

Su poesía se ha caracterizado por una condición arenisca: sus versos se suceden en una promiscua y desconcertante ebullición: no se puede decir que carezcan de sentido, pero tampoco que lo tengan plenamente.

[El sentido lo aporta el serpentear de la voz, la afirmación del yo [aunque sea un yo plural y lábil, acaso inexistente], la música, la construcción de lo desconocido mediante un minucioso acarreo verbal.

El núcleo de esta fracturada fluencia no lo aporta la elaboración retórica –Ashbery es escasamente metafórico–, sino una abrumadora capacidad para reproducir lingüísticamente la fragmentación perceptiva y una atención singular al hacerse del propio pensamiento.

“De joven corregía. Lo dejé: llevaba mucho tiempo”, ha afirmado en Por donde vagaré.

Se nota que no corrige: gana frescura, inmediatez y desorden –el mismo desorden del mundo, el mismo de nuestra inteligencia–, pero pierde exactitud, redondez y mesura.

Una poesía de apariencia fortuita, no premeditada, sin pulimento, errónea a veces, fulgurante otras, fluvial y áspera, no coral ni épica, sino múltiple y derramada.

En Un país mundano, teñido de un laxo irracionalismo, se entremezclan sintagmas imposibles, sin que su maridaje se produzca, por emparejamientos o tropos, sino por su ferviente y coloquial yuxtaposición:

 

“Vectorizó la receta una antigua colisión junto a un embarcadero

dentro y fuera de aletas de sol”

 

escribe en “La receta”.

Los hechos aunados son a menudo inverosímiles, pero, al mismo tiempo, incuestionables, como el “chile que sólo conocían las huríes” del larguísimo poema “El apretón de manos, la tos, el beso”.

Sus versos constituyen una quermés de palabras anodinas, sin significación relevante, que aparecen juntas por azar, que revelan, concluido el poema, una insensata coherencia, una robusta e inexplicable afinidad.

“Un relato tornasol” acaba así:

 

“Uno, algo más adelante que aquí,

tiene hoy un eco de inusitada sinceridad:

mi propia valoración de la desaliñada

franqueza donde todos habitamos

en un momento u otro.

Retrocediendo ante el sol tribal

para habitar un reparo propio

indudablemente intacto”.

 

Otros factores contribuyen a la desarticulación del discurso:

las interrupciones que suponen las frecuentes preguntas del poeta;

el uso de jergas o registros específicos –demuestra una especial propensión por el lenguaje financiero-administrativo–;

las elipsis en el relato;

las quiebras de la ilación sintáctica;

y el laberinto de las alusiones intertextuales, que remiten tanto a la literatura y la mitología grecolatinas –Ovidio y el Tártaro– como a los clásicos en lengua inglesa:

“Un sombrero perfecto” recuerda, con su repetición de “lo que preferiría estar haciendo”, el célebre “preferiría no hacerlo”, de Bartleby, el escribiente;

y en “Letanías” afirma que “la primavera es la más importante de las estaciones”, remedando el no menos célebre “abril es el mes más cruel” con el que arranca La tierra baldía, de T. S. Eliot.

El verbo de Ashbery es Un país mundano, una filigrana de rupturas, un arabesco de deshilachados encadenamientos; un parloteo, pero un parloteo intensamente lírico.

El término que mejor lo defina sea en “Aún están bastante bonitas”: maraña. Escribe Ashbery:

“Miro y dimito de esta maraña que mis memorias han creado”.

Sí: un enmarañado mosaico de recuerdos y percepciones; o un sofocante brincar de palabras:

“llegaron los conejos de las palabras salta que te salta”, ha consignado en “Ucase”.

Sería un error creer que nada sostiene a este discurso: lo ininteligible no es inexplicable.

El tiempo se erige en una de sus preocupaciones más duraderas, [y la inquisición por su naturaleza se congela en un manto, tejido de minúsculas elegías, que envuelve casi todos los poemas].

“El mañana es fácil, pero el hoy está inexplorado”, en “Autorretrato en un espejo convexo”.

Sus poemas son un obsesivo desmenuzamiento del presente, una perspicua indagación sobre cuanto constituye este ahora en el que siempre estamos sumidos, pero que nunca hemos sabido apresar.

La poesía del norteamericano está plagada de cosas cercanas, de sucesos actuales, de minucias animadas por el calor de lo doméstico e inmediato.

Escribe Ashbery en “Afinidades imperfectas”:

 

“Está el presente aquí, sus aves, sus abejas,

fons et origo de la vida, folie de toucher

que infecta hasta a las clases civilizadas”.

 

Daniel Aguirre traduce impecablemente la aliteración original: its birds and bees, aves y abejas.

Y Ashbery demuestra, de nuevo, su pasión y su estupor por el presente, pero también su voluntad de impedir la solidificación del significado con esa mezcla, y con la ironía final, que lo zarandea y desmiente. El tiempo pasa, como escribe el poeta en “Pavane pour Helen Twelvetrees”, asegurando vulnerabilidad.

Mantiene un tono conversacional.

El poeta parece dialogar con un tú diluido y espectral, pero siempre al alcance de la mano.

A este diálogo paradójico [–que, a veces, urgido por el estímulo del otro, se transforma en apóstrofe espasmódico–] pertenecen muchas de las interrogaciones que salpican los versos de Un país mundano:

 

“¿Mandaron a buscar noticias de ti?

¿Estuviste comunicativo

en tus respuestas? […]

¿por qué estuvimos jodiendo en primer lugar?”

 

quiere saber Ashbery en “Abundante a la antigua”.

La última pregunta acredita otra de sus constantes: los leves trazos sentimentales que suavizan la galvánica fluidez de sus versos.

El poema que se acaba de citar concluye evocando el verano que el yo lírico y el tú al que se dirige pasaron borrachos de amor.

Y “Hasta siempre, Santa Claus” termina con una afirmación similar: “soy feliz contigo, a solas, solo nosotros”.

Parece como si, tras la meticulosa quincalla del presente, siempre hubiese alguien que hilvanara su caos, alguien que aplacara el asombro del poeta, que diese sentido a su farfulleo. Pero nunca deja de mezclar: charla y reflexiona, observa y recuerda, dice y expone el hacerse de lo dicho.

Lo que pretende alcanzar con estos diálogos íntimos, con estas meditaciones entre románticas y surreales, no es la definición de una identidad o de una relación, sino un pensamiento común, una conciencia –aunque rota– que nos incluya a todos.

El tú de Ashbery es el amado, como en la poesía clásica; pero también es él mismo y nosotros, amalgamados en el abrazo verbal, en la contradictoria hospitalidad de estos poemas, erizados y abiertos. ~

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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