RAINER MARIA RILKE

 

LOU ANDREAS SALOMÉ

 

 

CORRESPONDENCIA

 

PROLOGO DE PIERRE KLOSSOWSKI

POSTFACIO DE MIGUEL MOREY

TRADUCCION DE JOSE M.a FOUCE

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HESPERUS 8

José J. de Olañeta, Editor.

Palma de Mallorca.

3ª edición: 1997

 

 

RILKE A LOU ANDREAS-SALOME EN GÓTTINGEN

 

París, 17 rué Campagne-Premiére

8 de junio de 1914

Querida Lou, heme aquí al término de un largo, ancho y duro período, con el que caduca cierto futuro que no había

sido fuerte y religiosamente alimentado, sino torturado hasta el aniquilamiento (algo en lo que, poco más o menos, soy inimitable).

Si a veces, durante estos últimos años, había podido disculparme so pretexto de que algunos intentos por asentarme más humana

y naturalmente en la vida fracasaron porque las personas concernidas no me habían comprendido, y me hacían sufrir ininterrumpidamente

violencias, injusticias y prejuicios, precipitándome así en tan gran desasosiego, resulta ahora que después de meses de sufrimiento

me encuentro orientado de muy diferente manera: teniendo que reconocer que, esta vez, nadie puede ayudarme.

Y aunque alguien viniera con su alma más inocente, más inmediata, y encontrara su referencia en los mismos astros, aunque me

soportara a pesar de mi torpeza y rigidez y conservara su pura e infalible disposición para conmigo; aun cuando el rayo de su amor

viniera a estrellarse diez veces en la turbia y densa superficie de mi universo submarino, todavía sería yo capaz (lo sé ahora) de

empobrecerlo en el seno de la abundancia de su ayuda renovada sin cesar, de encerrarlo en el irrespirable dominio de una ausencia

total de ternura, hasta el punto en que, vuelto inaplicable su auxilio, pasara él mismo de la plenitud a la marchitez, hasta dar en una

siniestra decadencia.

Querida Lou, desde hace un mes estoy solo otra vez, y es  éste mi primer intento de volver a tomar consciencia —ya ves, así están

las cosas. En resumidas cuentas, he experimentadomuchas cosas durante estos acontecimientos; por el momento sigo constatando

esto: que una vez más apenas si estaba a la altura de una tarea pura y alegre, en la que la vida, como si nunca hubiera tenido conmigo

malas experiencias, volvía a venir hacia mí, misericordiosa.

Desde ahora está claro que también ahí he vuelto a fracasar y que, lejos de avanzar, repetiré un año más este curso de dolor; y que

cada día encontraré inscritas en la negra pizarra las mismas palabras, cuya triste flexión creí haber aprendido hasta el agotamiento.

Lo que tan radicalmente iba a cambiar mi angustia comenzó con muchas, muchas cartas, hermosas y ligeras como brotadas del corazón:

que yo sepa nunca he escrito otras parecidas.

(Era la época, te acuerdas, de la omisión de la «s»). En dichas cartas (cada vez lo comprendía mejor) ascendía una petulancia irresistible,

como si me encontrara ante un nuevo y pleno brote de mi más peculiar esencia, que, liberada desde entonces en una comunicación

inagotable, se esparcía por la vertiente más alegre al tiempo que yo, escribiendo día tras día, sentía su feliz corriente y el incomprensible

reposo que le parecía preparado del modo más natural en un alma capaz de recogerlo.

Mantener pura y transparente esta comunicación y, al mismo tiempo, ni sentir ni pensar nada que se encontrara excluido por ella:

eso fue lo que de una sola vez, sin que yo supiera cómo, llegó a ser la medida y la ley de mi actuar, y si jamás hombre alguno interiormente

agitado pudo sosegarse, yo mismo lo fui con esas cartas.

Esta ocupación diaria y mi relación con ella se me hicieron sagradas de una manera indescriptible, y desde entonces se apoderó de

mí una confianza enorme, como si hubiera al fin encontrado una salida a ese penoso estancarme en circunstancias continuamente nefastas.

Hasta qué punto estaba entonces comprometido en cambiar, podía notarlo igualmente en el hecho de que incluso las cosas pasadas,

cuando se me ocurría contar algo de ellas, me sorprendían por el modo en que reaparecían; si, por ejemplo, se trataba de épocas de las

que a menudo había hablado anteriormente, hacía hincapié en aspectos inadvertidos o apenas conscientes, y cada cual adquiría, por

decirlo con la inocencia de un paisaje, una visibilidad pura, una presencia, y me enriquecía, formaba parte de mí mismo, tanto y de tal

modo que por primera vez me parecía ser dueño de mi vida, no por una adquisición, por una explotación, por una comprensión interpretativa

de cosas caducas, sino por esta misma nueva veracidad que se esparcía también a través de mis recuerdos.