LORCA

 

 

 

                                                                                                                    

 

Soportamos tristezas

al borde del camino.

 

Sabemos de las flores de los bosques,

del canto monocorde de los grillos,

de la lira sin cuerdas que pulsamos,

del oculto sendero que seguimos.

 

Nuestro ideal no llega a las estrellas,

es sereno, sencillo:

quisiéramos hacer miel, como abejas,

o tener dulce voz o fuerte grito,

o fácil caminar sobre las hierbas,

o senos donde mamen nuestros hijos.

 

El otoño ha dejado ya sin hojas

los álamos del río.

El agua ha adormecido en plata vieja

al polvo del camino.

Los gusanos se hunden soñolientos

en sus hogares fríos.

 

El águila se pierde en la montaña;

el viento dice:

Soy eterno ritmo.

Se oyen las nanas a las cunas pobres,

y el llanto del rebaño en el aprisco.

 

La mojada tristeza del paisaje

enseña como un lirio

las arrugas severas que dejaron

los ojos pensadores de los siglos.