Largamente he permanecido mirando mis largas piernas

con ternura infinita y curiosa, con mi acostumbrada pasión,

como si hubieran sido las piernas de una mujer divina

profundamente sumida en el abismo de mi tórax:

y es que, la verdad, cuando el tiempo, el tiempo pasa,

sobre la tierra, sobre el techo, sobre mi impura cabeza,

y pasa, el tiempo pasa, y en mi lecho no siento de noche que

una mujer está respirando, durmiendo, desnuda y a mi lado,

entonces, extrañas, oscuras cosas toman el lugar de la ausente,

viciosos, melancólicos pensamientos

siembran pesadas posibilidades en mi dormitorio,

y así, pues, miro mis piernas como si pertenecieran a otro cuerpo,

y fuerte y dulcemente estuvieran pegadas a mis entrañas.

Como tallos o femeninas, adorables cosas,

desde las rodillas suben, cilíndricas y espesas,

con turbado y compacto material de existencia:

como brutales, gruesos brazos de diosa,

como árboles monstruosamente vestidos de seres humanos,

como fatales, inmensos labios sedientos y tranquilos,

son allí la mejor parte de mi cuerpo:

lo enteramente substancial, sin complicado contenido

de sentidos o tráqueas o intestinos o ganglios:

nada, sino lo puro, lo dulce y espeso de mi propia vida,

nada, sino la forma y el volumen existiendo,

guardando la vida, sin embargo, de una manera completa.

Las gentes cruzan el mundo en la actualidad

sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en él la vida,

y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo,

y se habla favorablemente de la ropa,

de pantalones es posible hablar, de trajes,

y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de «señora»),

como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo

y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo.

Tienen existencia los trajes, color, forma, designio,

y profundo lugar en nuestros mitos, demasiado lugar,

demasiados muebles y demasiadas habitaciones hay en el mundo,

y mi cuerpo vive entre y bajo tantas cosas abatido,

con un pensamiento fijo de esclavitud y de cadenas.

Bueno, mis rodillas, como nudos,

particulares, funcionarios, evidentes,

separan las mitades de mis piernas en forma seca:

y en realidad dos mundos diferentes, dos sexos diferentes

no son tan diferentes como las dos mitades de mis piernas.

Desde la rodilla hasta el pie una forma dura,

mineral, fríamente útil aparece,

una criatura de hueso y persistencia,

y los tobillos no son ya sino el propósito desnudo,

la exactitud y lo necesario dispuestos en definitiva.

Sin sensualidad, cortas y duras, y masculinas,

son allí mis piernas, y dotadas

de grupos musculares como animales complementarios,

y allí también una vida, una sólida, sutil, aguda vida

sin temblar permanece, aguardando y actuando.

En mis pies cosquillosos,

y duros como el sol, y abiertos como flores,

y perpetuos, magníficos soldados

en la guerra gris del espacio,

todo termina, la vida termina definitivamente en mis pies,

lo extranjero y lo hostil allí comienza,

los nombres del mundo, lo fronterizo y lo remoto,

lo sustantivo y lo adjetivo que no caben en mi corazón,

con densa y fría constancia allí se originan.

Siempre,

productos manufacturados, medias, zapatos,

o simplemente aire infinito,

habrá entre mis pies y la tierra

extremando lo aislado y lo solitario de mi ser,

algo tenazmente supuesto entre mi vida y la tierra,

algo abiertamente invencible y enemigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Pablo Neruda

ritual de mis piernas