wm. brazier

 

At the end of Tarriers’ Lane, which was the street

We children thought the pleasantest in Town

Because of the old elms growing from the pavement

And the crookedness, when the other streets were straight,

(They were always at the lamp-post round the corner,

Those pugs and papillons and in-betweens,

Nosing and snuffling for the latest news)

Lived Wm. Brazier, with a gilded sign,

-Practical Chimney Sweep-. He had black hands,

Black face, black clothes, black brushes and white teeth;

He jingled round the town in a pony-trap,

And the pony’s name was Soot, and Soot was black.

But the brass fittings on the trap, the shafts,

On Soot’s black harness, on the black whip-butt,

Twinkled and shone like any guardsman’s buttons.

Wasn’t that pretty? And when we children jeered:

«Hello, Wm. Brazier! Dirty-face Wm. Brazier!»

He would crack his whip at us and smile and bellow,

«Hello, my dears!» (If he were drunk, hut otherwise:

«Scum off, you damned young milliners’ bastards, you!)

Let them copy it out on a pink page of their albums,

Carefully leaving out the bracketed lines.

It’s an old story—f’s for s’s—

But good enough for them, the suckers.

 

wm. brazier

 

Al final de la calle Tarriers, que era la calle

que nosotros los niños preferíamos

por los viejos olmos que brotaban del pavimento

y sus ondulaciones, mientras las otras calles eran rectas

(siempre, en el farol a la vuelta de la esquina

estaban esos peleadores y esas mariposas y todos los de en medio

husmeando las últimas novedades),

vivía Wm. Brazier, con un letrero dorado,

«Deshollinador Experto». Tenía manos negras,

rostro negro, ropa negra, cepillos negros y dientes blancos;

tintineaba por el pueblo en una carretilla,

y el nombre del caballo era Hollín y Hollín era negro.

Pero los adornos de bronce en la carreta, las correas

en la montura negra de Hollín, el extremo del litigo negro

titilaban y brillaban como los botones de un soldado.

¿No era lindo? Y cuando le hacíamos burla:

«¡Hola, Wm. Brazier! ¡Wm. Brazier cara sucia!»,

él hacía chasquear su litigo, nos sonreía y con voz de trueno:

«Hola, queridos», decía (sólo si estaba borracho, de lo contrario:

«¡Lárguense de aquí hijos.de putas baratas!»).

Dejemos que lo copien en una página rosa de sus álbumes,

cuidadosamente omitiendo las líneas entre paréntesis.

Es una vieja historia

pero digna de ellos, los peleles.