fotos

 

roberto bolaño

 

[putas asesinas]

 

anagrama 2005

 

NB..—el autor escribió el relato en un solo bloque, sin 

puntos, lo que hemos respetado al transcribirlo.

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                   Para poetas, los de Francia, piensa Arturo Belano, perdido en Africa, mientras hojea una especie de álbum de fotos en donde la poesía en lengua francesa se conmemora a sí misma, qué hijos de puta, piensa, sentado en el suelo, un suelo como de arcilla roja pero que no es de arcilla, ni siquiera arcilloso, y que sin embargo es rojo o más bien cobrizo o rojizo, aunque al mediodía es amarillo, con el libro entre las piernas, un libro grueso, de 930 páginas, que es como decir 1.000 páginas, o casi, un libro de tapa dura, La poésie contemporaine de langue française depuis 1945, de Serge Brindeau, editado por Bordas, un compendio de pequeños textos sobre todos los poetas que escriben en francés en el mundo, ya sea en Francia o Bélgica, Canadá o el Magreb, los países africanos o los países del Medio Oriente, lo que resta un poco de valor al milagro de haber hallado este libro aquí, piensa Belano, pues si incluye poetas africanos está claro que algunos ejemplares tuvieron que viajar a Africa en las maletas de los propios poetas o en las maletas de un librero patriota (de su lengua) y terriblemente ingenuo, aunque sigue siendo un milagro que uno de esos ejemplares se perdiera precisamente aquí, en esta aldea abandonada por los humanos y por la mano de Dios, en donde sólo estoy yo y los fantasmas de los sumulistas y poca cosa más excepto el libro y los colores cambiantes de la tierra, cosa curiosa, pues la tierra efectivamente muda de color cada cierto tiempo, por la mañana amarilla oscura, al mediodía amarilla con estrías como de agua, un agua cristalizada y sucia, y después ya no hay quien la quiera mirar, piensa Belano, mientras mira el cielo por donde pasan tres nubes, como tres signos por un prado azul, el prado de las conjeturas o el prado de las mistagogías, y se asombra de la apostura de las nubes que avanzan indeciblemente lentas, o mientras mira las fotos, el libro casi pegado a la cara, para poder apreciar esos rostros en todas sus torsiones, palabra que no viene al caso pero que sí viene al caso, Jean Perol, por ejemplo, con cara de estar escuchando un chiste, o Gérald Neveu (a quien ha leído), con cara como de deslumbrado por el sol o como si viviera en un mes que es una conjunción monstruosa de julio y agosto, algo que sólo pueden soportar los negros o los poetas alemanes y franceses, o Vera Feyder, que sostiene y acaricia un gato, como si sostener y acariciar fuera lo mismo, ¡y es lo mismo!, piensa Belano, o Jean-Philippe Salabreuil (a quien ha leído), tan joven, tan guapo, parece un actor de cine, y me mira desde la muerte con una media sonrisa, diciéndome a mí o al lector africano a quien le perteneció este libro que no hay problema, que los vaivenes del espíritu no tienen objeto y que no hay problema, y luego cierra los ojos pero no mira al suelo, y luego los abre y pasa la página y aquí tenemos a Patrice Cauda, con cara de golpear a su mujer, qué digo a su mujer, a su novia, y a Jean Dubacq, con cara de empleado de banco, un empleado de banco triste y sin demasiadas esperanzas, un católico, y a Jacques Arnold, con cara de gerente del mismo banco donde trabaja el pobre Dubacq, y a Janine Mitaud, boca grande, ojos vivísimos, una mujer de mediana edad con el pelo corto y con el cuello delgado y con cara de humorista fina, y a Philippe Jaccottet (a quien ha leído), flaco y con cara de buena persona, aunque tal vez, piensa Belano, tiene esa cara de buena persona de la que uno nunca debe fiarse, y Claude de Burine, la encamación de Anita la Huerfanita, incluso el vestido o lo que la foto permite ver del vestido es idéntico al vestido de Anita la Huerfanita, ¿pero quién es esta Claude de Burine?, se dice Belano en voz alta, solo en una aldea africana de donde todos se han marchado o muerto, sentado en el suelo con las rodillas levantadas mientras sus dedos recorren a una velocidad inusual las páginas de La poésie contemporaine en busca de datos sobre esta poeta, y cuando finalmente los encuentra lee que Claude de Burine nació en Saint-Léger-des-Vignes (Niévre), en 1931, y que es la autora de Lettres a l’enfance (Rougerie, 1957), La Gardienne (Le Soleil dans la tete buen nombre para una editorial 1960), L’Allumeur de reverberes (Rougerie, 1963), y Hanches (Librairie Saint-Germaindes- Prés, 1969), y no hay más datos biográficos sobre ella, como si a los treintaiocho años, tras la publicación de Hanches, Anita la Huerfanita hubiera desaparecido, aunque el autor o la autora de la nota introductoria dice de ella: Claude de Burine avant toute autre chose, dit l’amour, l’amour inépuisable, y entonces en el cerebro recalentado de Belano todo se aclara, alguien que dit l’amour puede perfectamente desaparecer a los treintaiocho años, y más, mucho más, si esa persona es el doble de Anita la Huerfanita, los mismos ojos redondos, el mismo pelo, las cejas de quien ha pasado una temporada en la inclusa, la expresión de perplejidad y de dolor, un dolor paliado en parte por la caricatura, pero dolor a fin de cuentas, y entonces Belano se dice a sí mismo aquí voy a encontrar mucho dolor, y vuelve a las fotos y descubre, bajo la foto de Claude de Burine y entre la foto de Jacques Reda y la foto de Philippe Jaccottet, a Marc Alyn y Dominique Tron compartiendo la misma instantánea, un segundo de relax, Dominique Tron tan distinta de Claude de Burine la existencialista, la beatnik, la rockera, y la modosita, la abandonada, la desterrada, piensa Belano, como si Dominique viviera en el interior de un tomado y Claude fuera el se sufriente que lo contempla desde una lejanía metafisica, y nuevamente a Belano le pica la curiosidad y acude al índice y entonces, después de leer né a Bin el Ouidane (Maroc) le 11 décembre 1950, se da cuenta de que Dominique es un hombre y no una mujer, ¡debo estar en plena insolación!, reflexiona mientras se espanta un mosquito (totalmente imaginario) de la oreja, y después lee la bibliografia de Tron, que ha publicado Stéréophonies (Seghers, 1965, es decir a los quince años), Kamikaze Galápagos (Seghers, 1967, es decir a los diecisiete años), La soufrance est inutile (Seghers, 1968, es decir a los dieciocho años), D’épuisement en épuisement jusqu ‘a l’aurore, Elizabetb, oratorio autobiographique suivi de Boucles defeu, mystére (Seghers, 1968, es decir otra vez a los dieciocho años), y De la Science-fiction c’est nous, a l’interpretation des corps (Eric Losfeld, 1972, es decir a los veintidós años), y no hay más títulos, en gran medida porque La poésie contemporaine se publicó en 1973, si se hubiera publicado en 1974 seguro que encontraría otros, y entonces Belano piensa en su propia juventud, cuando era una máquina de escribir igual que Tron, incluso puede que más guapo que Tron, reflexiona achicando los ojos para mirar mejor la foto, pero para publicar un poema, en México, en los lejanos años en que vivió en México DF, debía sudar sangre, y luego piensa que una cosa es México y otra cosa es Francia, y luego cierra los ojos y ve un torrente de charros espectrales pasar como una exhalación de color gris por el lecho de un río seco, y luego, antes de abrir los ojos con el libro firmemente sujeto por ambas manos , ve otra vez a Claude de Burine, el busto fotográfico de Claude de Burine, digna y ridícula a la vez, contemplando desde su atalaya de poeta soltera el ciclón adolescente que es Dominique Tron, el autor, precisamente, de La soufrance est inutile, un libro que tal vez Dominique escribió para ella, un libro que es un puente en llamas y que Dominique no va a cruzar pero que Claude, ajena al puente, ajena a todo, sí que cruzará, y se quemará en el intento, piensa Belano, como se queman todos los poetas, incluso los malos, en esos puentes de fuego tan interesantes, tan apasionantes cuando uno tiene dieciocho, veintiún años, pero luego tan aburridos, tan monótonos, con un principio y con un final predecibles de antemano, esos puentes que él cruzó como Ulises por su casa, esos puentes teorizados y aparecidos como ouijas fantásticas, de improviso, ante sus narices, enormes estructuras en llamas repetidas hasta el final de la pantalla y que los poetas no de dieciocho ni de veintiún años pero sí los de veintitrés son capaces de cruzar con los ojos cerrados, como guerreros sonámbulos, piensa Belano mientras imagina a la inerme (a la frágil, a la fragilísima) Claude de Burine corriendo a los brazos de Dominique Tron, en una carrera que prefiere imaginar impredecible, aunque hay algo en los ojos de Claude, en los ojos de Dominique, en los ojos del puente en llamas, que le resulta familiar y que en un idioma que discurre a ras de tierra, como los cambiantes colores que circundan la aldea vacía, le adelanta el seco y melancólico y atroz final, y entonces Belano cierra los ojos y se queda quieto y luego abre los ojos y busca otra página, aunque esta vez está decidido a mirar las fotos y nada más, y así encuentra a Pierre Morency, un chico guapo, a Jean-Guy Pilón, un tipo problemático y nada fotogénico, a Femand Ouellette, un hombre que se está quedando calvo (y si tenemos en cuenta que el libro se editó en 1973 lo más probable, en un sentido o en otro, es que el tipo ya esté calvo del todo), y a Nicole Brossard, una chica de pelo lacio, con la raya en el medio, los ojos grandes, la mandíbula cuadrada, guapa, le parece guapa, pero Belano no quiere saber la edad de Nicole ni los libros que escribió y pasa página, y entra de golpe (aunque en la aldea en que se halla varado entrar de golpe no es nunca entrar de golpe) en el reino de las mil y una noches de la literatura y también de la memoria, pues allí está la foto de Mohammed Khair-Eddine y Kateb Yacine y Anna Greki y Malek Haddad y Abdellatif Laabi y Ridha Zili, poetas árabes de lengua francesa, y algunas de esas fotos, lo recuerda, ya las había visto, hace muchos años, tal vez en 1972, antes de que apareciera el libro que tiene en las manos, tal vez en 1971, o puede que se equivoque y las viera por primera vez, con una sensación que persiste y que no atina a explicarse aunque se ubique a medio camino entre la perplejidad una singular perplejidad hecha de dulzura y la envidia por no pertenecer a ese grupo, el año 73 o 74, lo recuerda, en un libro sobre poetas árabes o sobre poetas magrebíes que una uruguaya, durante unos pocos días, llevó consigo a todas partes en México, un libro de tapas ocres o amarillas como las arenas del desierto, y luego Belano da la vuelta a la página y aparecen más fotos, la de Kamal lbrahim (que ha leído), la de Salah Stétié, la de Marwan Hoss, la de Fouad Gabriel Naffah (un poeta feo como un demonio), y la de Nadia Tuéni, Andrée Chedid y Venus Khoury, y entonces Belano casi pega la cara a la página para ver con más detalle a las poetas, y Nadia y Venus le parecen francamente hermosas, con Nadia follaría, se dice, hasta el amanecer (suponiendo que en algún momento caiga la noche, pues la tarde en la aldea parece seguir al sol en su marcha hacia el oeste, eso piensa Belano no sin acongojarse) y con Venus follaría hasta las tres de la mañana, y luego me levantaría, encendería un cigarrillo y saldría a caminar por el Paseo Marítimo de Malgrat, pero con Nadia hasta el amanecer, y las cosas que le hiciera a Venus se las haría a Nadia, pero las cosas que le hiciera a Nadia no se las haría a nadie más, piensa Belano mientras observa sin parpadear, la nariz casi pegada al libro, la sonrisa de Nadia, los ojos vivaces de Nadia, la cabellera de Nadia, oscura, brillante, abundante, una sombra protectora y eficaz, y entonces Belano mira hacia arriba y ya no ve las tres nubes solitarias en el cielo africano que cubre la aldea en donde se encuentra, esa aldea que el sol arrastra hacia el oeste, las nubes han desaparecido, como si tras contemplar la sonrisa de la poeta árabe de las mil y una noches las nubes sobraran, y entonces Belano rompe su promesa, busca en el índice el nombre Tuéni, y luego se dirige sin temblar hacia las páginas críticas dedicadas a ella y en donde sabe que encontrará su ficha biobibliográfica, una ficha que le dice que Nadia nació en Beirut en el año 1935, es decir que cuando se editó el libro tenía treintaiocho años, aunque la foto es de antes, y que ha publicado varios libros, entre ellos Les Textes blonds (Beyrouth, Ed. An-Nahar, 1963), L’Age d’écume (Seghers, 1966), Juin et les mécréantes (Seghers, 1968), y Poemes pour une histoire (Seghers, 1972), y entre los párrafos dedicados a ella Belano lee habituée aux chimeres, y lee chez ce poete des marees, des ouragans, des naufrages, y lee l’air torride, y lee filie elle-méme d’un pére druze et d’une mere frangaise, y lee mañee a un chrétien orthodoxe, y lee Nadia Tuéni (née Nadia Mohammed Ali Hamadé), y lee Tidimir la Chrétienne, Sabba la Musulmane, Dáhoun la Juive, Sioun la Druze, y ya no lee más y levanta la vista porque ha creído oír algo, el graznido de un buitre o de un zopilote, pese a que él sabe que aquí no hay zopilotes, aunque eso con el tiempo, un tiempo que ni siquiera es necesario contar por años sino por horas y por minutos, se puede arreglar, lo que uno sabe lo deja de saber, así de simple, así de frío, incluso hasta un zopilote mexicano es posible en esta pinche aldea, piensa Belano con lágrimas en los ojos, pero no son lágrimas provocadas por el graznido de los zopilotes sino por la certeza física de la imagen de N adia Tuéni que lo mira desde una página del libro y cuya sonrisa petrificada parece desplegarse como cristal en el paisaje que circunda a Belano y que también es de cristal, y entonces cree oír palabras, las mismas palabras que acaba de leer y que ahora no puede leer porque está llorando, l’air torride, habituée aux chiméres, y una historia de drusas, judías, musulmanas y cristianas de la que emerge Nadia con treintaiocho años (la misma edad que Claude de Burine) y una cabellera de princesa árabe, inmaculada, serenísima, como la musa accidental de algunos poetas, o como la musa provisional, la que dice no te preocupes, o la que dice preocúpate, pero no demasiado, la que no habla con palabras secas y certeras, la que más bien susurra, la que hace gestos simpáticos antes de desvanecerse, y entonces Belano piensa en la edad de la Nadia Tuéni real, en 1996, y se da cuenta de que ahora tiene sesentaiuno, y deja de llorar, l’air torride ha secado sus lágrimas una vez más, y vuelve a pasar páginas, vuelve a los caretos de los poetas de lengua francesa con una obstinación digna de cualquier otra causa, vuelve como pajarraco a la cara de Tchicaya U Tam’si, nacido en Mpili en 1931, a la cara de Matala Mukadi, nacido en Luiska en 1942, a la cara de Samuel-Martin Eno Belinga, nacido en Ebolowa en 1935, a la cara de Elolongué Epanya Yondo, nacido en Douala en 1930, tantas otras caras, caras de poetas que escriben en francés, fotogénicos o no, la cara de Michel Van Schendel, nacido en Asniéres en 1929, la cara de Raoul Duguay (a quien ha leído), nacido en Val d’Or en 1939, la cara de Suzanne Paradis, nacida en Beaumont en 1936, la cara de Daniel Biga (a quien ha leído), nacido en Saint-Sylvestre en 1940, la cara de Denise Jallais, nacida en Saint-Nazaire en 1932 y casi tan guapa como Nadia, piensa Belano con una especie de temblor integral, mientras la tarde sigue arrastrando la aldea hacia el oeste y los zopilotes empiezan a aparecer subidos a las copas de unos árboles bajos, sólo que Denise es rubia y Nadia es morena, hermosísimas las dos, una de sesentaiuno y la otra de sesentaicuatro, ojalá estén vivas, piensa, la mirada fija no en las fotos del libro sino en la línea del horizonte en donde los pájaros se mantienen en un equilibrio inestable, cuervos o buitres o zopilotes, y entonces Belano recuerda un poema de Gregory Corso, en donde el desdichado poeta norteamericano hablaba de su único amor, una egipcia muerta hace dos mil quinientos años, y Belano recuerda el rostro de niño de la calle de Corso y una figura de arte egipcio que vio hace mucho tiempo en una cajita de cerillas, una muchacha que sale del baño o de un río o de una piscina y el poeta beat (el entusiasta y desdichado Corso) la contempla desde el otro lado del tiempo, y la muchacha egipcia de largas piernas se siente contemplada, y eso es todo, el flirt entre la egipcia y Corso es breve como un suspiro en la vastedad del tiempo, pero también el tiempo y su lejana soberanía pueden ser un suspiro, piensa Belano mientras contempla los pájaros subidos a las ramas, siluetas en la línea del horizonte, un electrocardiograma que se agita o despliega las alas a la espera de su muerte, de mi muerte, piensa Belano, y luego se queda largo rato con los ojos cerrados, como si estuviera reflexionando o llorando con los ojos cerrados, y cuando los vuelve a abrir allí están los cuervos, allí está el electroencefalograma temblando en la línea del horizonte africano, y entonces Belano cierra el libro y se levanta, sin soltar el libro, agradecido, y comienza a caminar hacia el oeste, hacia la costa, con el libro de los poetas de lengua francesa bajo el brazo, agradecido, y su pensamiento va más rápido que sus pasos por la selva y el desierto de Liberia, como cuando era un adolescente en México, y poco después sus pasos lo alejan de la aldea.

 

 

NB..—el autor escribió el relato en un solo bloque, sin 

puntos, lo que hemos respetado al transcribirlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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