fragmentos
de un discurso amoroso

 

roland barthes

 

traducción de eduardo molina

 

1ª edición en español 1982

11ª edición en español 1993

siglo XXI editores

1ª edición en francés 1977

 

fragments
d’un díscours amoureux

 

   

 

 

abrazo

 

 

el gesto del abrazo amoroso parece cumplir, por un momento,

para el sujeto, el sueño de unión total con el ser amado.

 

 

Fuera del acoplamiento (¡al diablo, entonces, lo imaginario!), hay ese otro abrazo que es un enlazamiento inmóvil:

estamos encantados, hechizados: estamos en el sueño, sin dormir; es tamos en la voluptuosidad infantil del adormecimiento:

es el momento de las historias contadas, el momento de la voz, que viene a fijarme, a dejarme atónito, es el retorno a la madre (“en la calma tierna de tus brazos”, dice una poesía musicalizada por Duparc). En este incesto

 

Duparc prorrogado, todo está entonces suspendido:

el tiempo, la ley, la prohibición;

nada se agota, nada se quiere:

todos los deseos son abolidos, porque parecen definitivamente colmados.

 

Sin embargo, en medio de este abrazo infantil, lo genital llega infaltablemente a surgir; corta la sensualidad difusa del abrazo incestuoso;  la lógica del deseo se pone en marcha, el querer-asir vuelve, el adulto se sobreimprime al niño.

Soy entonces dos sujetos a la vez: quiero la maternidad y la genitalidad.

(El enamorado podría definirse como un niño que se tensa: tal era el joven Eros.)

 

Momento de la afirmación; durante cierto tiempo, ha llegado a un fin, se ha desquiciado, algo se ha logrado: he sido colmado (todos mis deseos abolidos por la plenitud de su satisfacción): la saciedad existe, y no me daré tregua hasta hacer que se repita: a través de todos los meandros de la historia amorosa me obstinaré en querer reencontrar, renovar, la contradicción —la contracción— de los dos abrazos.

 

duparc: “Chanson triste”, poema de Jean Lahor.

¿Es mala poesía? Pero la “mala poesía” toma al sujeto amoroso en el registro de palabra que no le pertenece más que a él:

la expresión

 

 

“¡adorable!”

 

 

adorable. Al no conseguir nombrar la singularidad de su deseo por el ser amado,

el sujeto amoroso desemboca en esta palabra un poco tonta:

 

¡adorable!

 

“Un hermoso día de septiembre salí a hacer mis compras. París estaba adorable; esa mañana…, etc.”

 

Una multitud de percepciones vienen a formar bruscamente una impresión deslumbrante (deslumbrar es en el límite impedir ver, decir): el tiempo que hace, la estación, la luz, la avenida, la caminata, los Parisienses, las compras, todo esto incluido en lo que tiene ya vocación de recuerdo: un cuadro, en suma, el jeroglífico de la Diderot benevolencia (tal como lo hubiera pintado Greuze), el buen humor del deseo.

Todo París está a mi disposición, sin que yo quiera asirlo: ni languidez ni codicia. Olvido todo lo real que, en París, excede a su encanto: la historia, el trabajo, el dinero, la mercadería, la dureza de las grandes ciudades; no veo en ella más que el objeto de un deseo estéticamente contenido.

Desde lo alto del Pére Lachaise, Rastignac declaraba a la ciudad: Somos tú y yo, ahora; yo digo a París: ¡Adorable!

 

Bajo una impresión nocturna, me despierto, languideciendo ante un pensamiento feliz: “X… estaba adorable, anoche.” ¿Es el recuerdo de Griego qué?

De lo que los Griegos llamaban la charis: “el brillo de los ojos, la belleza luminosa del cuerpo, el resplandor del ser deseable”; por una lógica singular, el sujeto amoroso percibe al otro como un Todo (a semejanza del París otoñal), y, al mismo tiempo, ese Todo le parece aportar un remanente, que él no puede expresar.

Es todo el otro quien produce en él una visión estética: le loa su perfección; se vanagloria de haberlo elegido perfecto; imagina que el otro quiere ser amado, como él mismo querría serlo, no por tal o cual de sus cualidades, sino por todo, y este todo se lo concede bajo la forma de una palabra vacía, puesto que Todo no podría inventariarse sin disminuirse: en ¡Adorable! ninguna cualidad cabe, sino solamente el todo del afecto.

Sin embargo, al mismo tiempo que adorable dice todo, dice también lo que le falta al todo; quiere designar ese lugar del otro al que quiere aferrarse especialmente mi deseo, pero tal lugar no es designable; de él no sabré jamás nada; mi lenguaje tanteará, balbucirá siempre en su intento de decirlo, pero no podré nunca producir más que una palabra vacía, que es como el grado cero de todos los lugares donde se forma el deseo muy especial que yo tengo de ese otro (y no de un otro cualquiera).

 

Encuentro en mi vida millones de cuerpos; de esos millones puedo desear centenares; pero, de esos centenares, no amo sino uno. El otro del que estoy enamorado me designa la especificidad de mi deseo. Esta elección, tan rigurosa que no retiene más que lo Único, constituye, digamos, la diferencia entre la transferencia analítica y la transferencia amorosa; una es universal, la otra específica.

Han sido necesarias muchas casualidades, muchas coincidencias sorprendentes (y tal vez muchas búsquedas), para que encuentre la Imagen que, entre mil, conviene a mi deseo. Hay allí un gran enigma del que jamás sabré la clave: ¿por qué deseo a Tal? ¿Por qué lo deseo perdurablemente, lánguidamente? ¿Es todo él lo que deseo (una silueta, una forma, un aire)? ¿O no es sólo más que una parte de su cuerpo?

Y, en ese caso, ¿qué es lo que, en ese cuerpo amado, tiene vocación de fetiche para mí? ¿Qué porción, tal vez increíblemente tenue, qué accidente? ¿El corte de una uña, un diente un poco rajado, un mechón, una manera de mover los dedos al hablar, al fumar?

De todos estos pliegues del cuerpo tengo ganas de decir que son adorables. Adorable quiere decir: éste es mi deseo, en tanto que es único: “¡Es eso! ¡Es exactamente eso (lo que yo amo)!” Sin embargo, cuanto más experimento la especificidad de mi deseo menos la puedo nombrar; a la precisión del enfoque corresponde un temblor del nombre; la propiedad del deseo no puede producir sino una impropiedad del enunciado.

De este fracaso del lenguaje no queda más que un rastro: la palabra “adorable” (la correcta traducción de “adorable” sería el ipse latino: es él, es precisamente él en persona).

 

Adorable es la huella fútil de una fatiga, que es la fatiga del lenguaje.

De palabra en palabra, me canso de decir de otro modo lo que es propio de mi Imagen, impropiamente lo propio de mi deseo: viaje al término del cual mi última filosofía no puede sino ser la de reconocer —y la de practicar— la tautología. Es adorable lo que es adorable. O también: te adoro porque eres adorable, te amo porque te amo. Lo que clausura así el lenguaje amoroso es aquello mismo que lo ha instituido: la fascinación.

Puesto que describir la fascinación no puede jamás, en resumidas cuentas, exceder este enunciado: “estoy fascinado”. Habiendo alcanzado el fin del lenguaje, allí donde éste no puede sino repetir su última palabra, a la manera de un disco rayado, me embriago con su afirmación: ¿la tautología no es este estado inaudito en que se reencuentran, mezclados todos los valores, el final glorioso de la operación lógica, lo obsceno de la necedad y la explosión del sí nietzscheano?

 

 

 

diderot: sobre la teoría del instante fecundo (Lessing, Diderot),

(Euvres completes de Diderot, ni, 542. griego: Détienne, 168.

 

lacan: “No todos los días encontramos lo que está hecho para dar

a ustedes la justa imagen de vuestro deseo” (Le Séminaire, 1,163).

 

PROUST: escena de la singularidad del deseo: encuentro de Charlus

y Jupien en el patio del Hotel de Guermantes fal comienzo de Sodome et Gomorrhe).

Lo Intratable

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ΓΤ⊥