Rosie se ha sentado en un trampolín de la vida tal vez buscando su hueso central, su unidad, su flor rotunda.

Quizá se ha metido en la sirena de sí misma para borrar causas y efectos, para acercarse a su origen por

sorpresa y para tenerse cogida por la cola de plata.

Parece meditabunda, centrada y elaborando materiales propios y personales de buscada inspiración.

Olvidada de su cosa particular y anecdótica y circunstancial y de coyuntura, Rosie ha entrado en sus cuevas

turbulentas o en sus núcleos atómicos y está mandándose y recibiendo mensajes sobre su condición humana

o sobre su destino evolutivo o sobre la cosa grande.

Hay días en los que basta con salir al sol de la tarde, o con mirar el agua o el horizonte para que toda

la condición social se desprenda a jirones como un traje usado y entonces se percibe con extraña y

extraordinaria nitidez lo que uno es, lo que cree ser, lo que quiere ser y lo que sospecha de sí mismo,

sin palabras, sin discurso mental: más bien como el golpe, como el goterón de una mirada sola y redonda,

como una evidencia que cabe en un instante, como un desgarrón en las costuras del alma por el que entra

el fogonazo de la revelación.