Samantha tiene una gran sonrisa, tal vez con algo de exageración social o comercial o,

más sencillamente, porque sabe que tiene los dientes bonitos y los muestra al personal con

generosa amplitud. Está hermosa de labios rojos que, sin embargo, se le quedan en segundo

lugar junto a semejante ostentación de blancura dental sin límites.

Samantha tiene quizá una intención de una sola línea que lanza y relanza sin cansancio ni

descanso, como se lanza un boomerang o un cebo atado al sedal de pesca: ella lanza su sonrisa.

Bonita de ojos de color mixto, con verde y canela o tabaco o ámbar, que también se le entrecierran

con la invasora sonrisa, Samantha parece una mujer simpática y en sus cabales, que ha salido

a la vida con el sentido común de unos dientes bonitos y un alrededor dental con grandes cualidades.

Vuelve, viene, regresa de nadar y lleva todavía el cabello mojado. Si sorteamos la puerta excesiva 

de su sonrisa, ese tatuaje de boca que se ha puesto, esa impúdica anticipación de su calavera,

Samantha se vuelve una mujer más personal, con menos dientes, con una identidad más sólida

y elegante, con una humanidad mucho menos carnívora.

 

 

 


 

 

 

 

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