MALONE MUERE

SAMUEL BECKETT 

 

ALIANZA EDITORIAL, 2007

 

Segunda novela de la trilogía que SAMUEL BECKETT (1906-1989) escribiera después

de la Segunda Guerra Mundial y que abre «Molloy» (LB 266) y cierra «El innombrable»

(L 5595),MALONE MUERE mantiene en la indistinción hombres y objetos, subjetividad

y exterioridad. En un universo en el que no cabe adivinar las tendencias ni descubrir

el sentido no hay pecado, pero tampoco salvación: sólo queda la desesperación cósmica,

el horror frente a la existencia, la imposibilidad de superar la soledad.

Y ese mundo de impotencia e ignorancia se halla poblado tan sólo de caracteres inmóviles

y desnudos que reconocen su existencia, atrapada en un cuerpo en ruinas, mediante

el monólogo de la conciencia, cuyos confusos pensamientos y borrosas imágenes se

traducen en palabras que, de forma extrañamente caleidoscópica, tratan sin esperanza

de fijar la cronología y la identidad de una realidad que se les escapa.

 

 

Pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto. El próximo mes, quizá. Será, pues, abril o mayo. Porque el año acaba de empezar, mil pequeños indicios me lo dicen. Tal vez me equivoque y deje atrás San Juan e incluso el 14 de julio, fiesta de la Libertad. Qué digo, tal como me conozco, soy capaz de vivir hasta la Transfiguración o hasta la Asunción. Pero no creo, no creo equivocarme al decir que dichas fiestas, este año, se celebrarán sin mí. Tengo esa sensación, la tengo desde hace algunos días, y espero no engañarme. Pero, ¿en qué se diferencia de aquellas que me confunden desde que existo? No, esta clase de preguntas no me preocupa; en lo que a mí respecta, ya no necesito ser original. Moriría hoy mismo, si quisiera, con sólo proponérmelo, si pudiera querer, si pudiera proponérmelo. Pero mejor dejarme morir, sin precipitar las cosas. Algo debe de haber cambiado. No quiero ya inclinarme, ni en un sentido ni en otro. Seré neutral e inerte. Me resultará fácil. Sólo hay que tener cuidado con los sobresaltos. Por otra parte, me sobresalto menos desde que estoy aquí. Evidentemente, aún siento de vez en cuando impulsos de impaciencia. Y de ellos debo defenderme ahora, durante quince días o tres semanas. Sin exagerar nada desde luego, llorando o riendo tranquilamente, sin exaltarme. Sí, por fin seré natural, sufriré todavía, después menos, sin sacar conclusiones, me escucharé menos, no seré frío ni caliente, seré tibio, moriré tibio, sin entusiasmo. No me miraré morir, eso lo falsearía. ¿Acaso me he visto vivir? ¿Acaso me he quejado alguna vez? Entonces, ¿por qué alegrarme ahora? Estoy contento, es inevitable, pero no hasta el punto de batir palmas. Siempre estuve contento, a sabiendas de que sería recompensado. Y aquí está ahora mi viejo deudor. ¿Es esto una razón para agasajarle? Ya no responderé a las preguntas. Intentaré también no formulármelas. Podrán enterrarme, no me verán ya en la superficie. Hasta entonces me contaré historias, si puedo. No serán las mismas historias de otras veces, eso es todo. Serán historias ni buenas ni malas, apacibles, no habrá en ellas fealdad ni belleza, ni fiebre. Apenas si tendrán vida, como el artista. ¿Qué digo? No importa. Espero proporcionarme mucha satisfacción, cierta satisfacción. Estoy satisfecho, eso es todo, estoy preparado, se me reembolsa, ya no siento ninguna necesidad. Dejadme decir para empezar que no perdono a nadie. Os deseo a todos una vida atroz y luego las llamas y los hielos de los infiernos y un honroso recuerdo en las execrables generaciones venideras. Basta por esta tarde.
Esta vez sé adónde voy. No es ya la noche de hace mucho, de hace poco. Ahora se trata de un juego; jugaré. Hasta hoy no supe jugar. Deseaba hacerlo, pero sabía que era imposible. Sin embargo, a menudo lo intenté. Lo alumbraba todo, miraba bien a mi alrededor, me ponía a jugar con lo que veía. Las personas y las cosas sólo piden jugar; algunos animales, también. Empezaba bien: todos venían a mí, contentos de que quisiera jugar con ellos. Si decía: “Ahora necesito un jorobado”, aparecía uno en el acto, orgulloso de la hermosa joroba que justificaba su actuación. Por su mente no cruzaba la idea de que yo pudiera pedirle que se desnudara. Pero yo no tardaba en encontrarme nuevamente solo, sin luz. Por eso renuncié a querer jugar e hice míos para siempre lo informe y lo inarticulado, las hipótesis vanas, la oscuridad, el largo camino a tientas, el escondrijo. Tal es el fundamento del que desde hace casi un siglo no me he, por así decirlo, separado. Ahora esto cambiará; no quiero hacer otra cosa que jugar. No, no voy a empezar con una exageración. Pero desde ahora jugaré durante gran parte del tiempo, la mayor parte, si puedo. Pero quizá no tenga más éxito que antes. Quizá me encuentre abandonado como antes, sin juguetes, sin luz. Entonces jugaré solo, fingiré contemplarme. Me anima el hecho de haber sido capaz de concebir semejante proyecto.
Durante la noche he tenido que reflexionar sobre mi empleo del tiempo. Creo que podré contarme cuatro historias, cada una sobre un tema distinto. Una sobre un hombre, otra sobre una mujer, la tercera sobre cualquier cosa, y la última sobre un animal, un pájaro tal vez. Creo no olvidar nada. Estaría bien. Quizá ponga al hombre y a la mujer en la misma historia, hay tan poca diferencia entre un hombre y una mujer, quiero decir entre los míos. Es posible que no tenga tiempo para terminar. Por otro lado, tal vez termine demasiado pronto. Heme aquí de nuevo en mis viejas aporías. Pero ¿son verdaderas aporías? No lo sé. Que yo no termine, no importa. ¿Y si debiera terminar demasiado pronto? Tampoco importa. Porque entonces hablaré de las cosas que aún quedan en mi poder; es un proyecto muy viejo. Será una especie de inventario. De todos modos, debo dejarlo para el último momento, para tener la seguridad de no haberme equivocado. Por otra parte, lo haré indudablemente, pase lo que pase. Sólo necesitaré como máximo un cuarto de hora. Es decir, si quisiera podría tomarme mucho más tiempo. Pero, si en el último momento me faltara tiempo, me bastaría un breve cuarto de hora para redactar mi inventario. Desde ahora quiero ser claro sin ser maniático; forma parte de mis proyectos. Es evidente que puedo expirar de repente, de un momento a otro. ¿No sería mejor, pues, hablar ya de mis pertenencias, sin esperar más? ¿No sería más prudente? ¿Aunque, en caso necesario, debiera hacer las correcciones en el último momento? La razón me aconseja eso. Pero la razón, ahora, tiene poco poder sobre mí. Todo coincide para alentarme. Pero morir sin dejar un inventario, ¿puedo resignarme realmente a esa posibilidad? Ya me estoy poniendo pedante de nuevo. Hay que suponer que me resigno, puesto que voy a correr el riesgo. Durante toda mi vida he evitado hacer este balance diciéndome: “Demasiado pronto, demasiado pronto.” Pues bien, aún es demasiado pronto. Durante toda mi vida he soñado en el instante en que, seguro al fin, en la medida en que uno puede estarlo antes de haberlo perdido todo, podría trazar raya y sumar. Este instante parece inminente. Por tanto, no perderé mí sangre fría. Así, pues, primero mis historias, y en último lugar, si todo va bien, mi inventario. Empezaré, para salir de ello, por el hombre y la mujer. Será la primera historia, no hay materia para dos historias. Sólo habrá, pues, tres historias: la que acabo de citar; después, la del animal; después, la de la cosa, una piedra seguramente. Todo está perfectamente claro. Acto seguido me ocuparé de mis pertenencias. Si al terminar vivo aún, haré cuanto sea necesario para tener la seguridad de no haberme equivocado. Está decidido. Antes no sabía a dónde iba; sin embargo, sabía que llegaría, sabía que alcanzaría este largo camino oscuro. ¡Dios mío, cuántas aproximaciones! Bien. Ahora hay que jugar. Me cuesta acostumbrarme a la idea. La vieja niebla me llama. Ahora hay que decir lo contrario. Porque presiento que no llegaré al final de este camino perfectamente señalado. Pero conservo la esperanza. Me pregunto si en este momento estoy en trance de perder tiempo o de ganarlo. Antes de empezar mis historias, he decidido recordar brevemente mi situación actual. Creo que hago mal. Es una debilidad. Pero me la permitiré. A continuación jugaré con mucho más ardor. Por otra parte, estará en consonancia con el inventario. La estética es, pues, algo para mí, determinada estética. Ya que deberé adoptar una actitud seria para hablar de mis pertenencias. Así, pues, he aquí el tiempo que me queda dividido en cinco. ¿Cinco qué? No lo sé. Supongo que todo se divide en sí mismo. Si me abandono a la reflexión, estropearé mi muerte. Debo decir que hay algo atractivo en esa perspectiva. Pero estoy sobre aviso. Desde hace algunos días todo me parece atractivo. Volvamos a los cinco. Situación actual, tres historias, inventario; eso es todo. No hay que excluir algunos intermedios. Es un programa. Sólo me apartaré de él en la medida en que no pueda actuar de otro modo. Está decidido. Sé que cometo una falta grave. No importa.