molloy

samuel beckett

alianza editorial 2012

 

 

[…   ]

Le asqueo moderadamente. No soy muy agradable de ver, no huelo muy bien.
¿Qué quiero? Ah, conozco tan bien este tono, hecho de miedo, de asco, de compasión.
Quiero ver al perro, ver al hombre de cerca, saber lo que fuma, inspeccionar los zapatos, tomar nota de otros indicios.
Es una buena persona, me dice esto y lo otro, me dice cosas, de dónde viene, adónde va.
Yo le creo, porque sé que no tengo otra oportunidad de… otra oportunidad, creo todo lo que me dice, demasiadas veces
me he hecho el remolón en la vida, ahora me lo trago todo, ávidamente.
Lo que necesito es que me cuenten historias, he tardado mucho en saberlo.
Bueno, por otra parte tampoco estoy muy seguro. En resumen, estoy seguro respecto a determinadas cosas,
sé algunas cosas de él, cosas que ignoraba, que me picaban la curiosidad, cosas por las que ni siquiera había sufrido.
Qué verborrea. Soy capaz hasta de haberme enterado de su oficio, yo que me intereso tanto en oficios y profesiones.
Hago todo lo posible por no hablar de mí. Ya veréis cómo dentro de poco vuelvo a hablar del cielo y de las vacas.
Vaya, ahora se marcha, tiene prisa. No parecía que tuviera prisa, estaba dando un paseo, ya lo hice notar, pero al cabo
de tres minutos de conversación conmigo ya tiene prisa, debe apresurarse, va con retraso.
Lo creo. Y me quedo otra vez no diré solo, no es mi estilo, sino, cómo diría, no sé, devuelto a mí, no, nunca me he dejado,
libre, eso es, no sé lo que significa, pero es la palabra que quiero emplear, libre para qué, para nada, para saber,
pero qué, las leyes de la conciencia tal vez, de mi conciencia, por ejemplo, que el agua sube de nivel según uno se va
sumergiendo en ella y que sería preferible, es decir, por lo menos igual de bueno, borrar los textos que emborronar
los márgenes, cubrirlos hasta que todo sea blanco y liso y la estupidez revele su verdadero rostro, sin sentido, sin salida.
De modo que sin duda hice bien, en fin, bastante bien no moviéndome de mi puesto de observador.
Pero en vez de observar tuve la flaqueza de volver mentalmente hacia el otro, hacia el hombre del bastón.
Entonces se dejaron oír de nuevo los murmullos. Restablecer el silencio, este es el papel de los objetos.
Yo me decía: «Quién sabe si a lo mejor simplemente habrá salido a tomar el fresco, a relajarse, a desentumecerse,
a descongestionarse el cerebro haciendo afluir la sangre a los pies, a fin de asegurarse una noche tranquila, un feliz despertar,
un venturoso mañana.»
¿Llevaba siquiera un hatillo? Pero este modo de andar, estas miradas ansiosas, este garrote, ¿pueden conciliarse
con la idea que uno tiene formada de lo que suele considerarse un paseo?
Y el sombrero era indudablemente un sombrero de ciudad, anticuado, pero de ciudad, de esos que volarían en cuanto
se levantara un poco de viento. A menos que se lo hubiera atado bajo la barbilla con un cordón o con una goma.
Me quité el sombrero y lo estuve mirando. Siempre lo he tenido atado con un largo cordón a mi ojal, siempre el mismo ojal,
sea cual fuere la época del año. Así que sigo con vida. Siempre es bueno saberlo.
Alejé de mí tanto como me fue posible la mano que había cogido el sombrero y seguía sosteniéndolo, y le hice describir
arcos en el aire. Entre tanto, me dediqué a contemplar al revés de mi abrigo y le vi abrirse y cerrarse. Ahora comprendo
por qué nunca llevaba flores en el ojal, aunque hubiera cabido todo un ramo. Mi ojal estaba destinado a sostener mi sombrero.
Mi sombrero era mi flor. Pero yo ahora no quiero hablar de mi sombrero ni de mi abrigo, sería prematuro.
Ya hablaré de todo esto más tarde, cuando llegue el momento de establecer el inventario de mis bienes y pertenencias.
Si es que entre tanto no los he perdido. Pero incluso si los he perdido figurarán en el inventario de mis bienes.
Pero estoy tranquilo, no voy a perderlos. Y mis muletas tampoco. Aunque a lo mejor cualquier día voy y las tiro.

 

 

 

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