JEAN-PAUL SARTRE

  BAUDELAIRE

 

EDITORIAL  LOSADA , S.A.

BUENOS AIRES

BIBLIOTECA DE ESTUDIOS LITERARIOS

Traducción de AURORA BERNÁRDEZ

(TERCERA EDICIÓN)

 

A JEAN GENET

 

         

Vegetales, legumbres santificadas: estas dos palabras señalan bastante el desprecio que le inspira la insignificancia del mundo de las plantas. Tiene una como intuición profunda de esa contingencia amorfa y obstinada que es la vida —precisamente al revés del trabajo—, y le da horror porque ella refleja a sus ojos la gratuidad de su propia conciencia, que quiere disimularse a toda costa.

Ciudadano, le gusta el objeto geométrico, sometido a la racionalización humana: Schaunard cuenta que decía: “El agua en libertad me es insoportable; la quiero prisionera, con grilletes, en los muros geométricos de un muelle”. Aun sobre la fluidez quiere que el trabajo imprima su marca, y a falta de poder conferirle una solidez incompatible con su naturaleza, por horror a su desplomarse y a su ductilidad vagabunda, quiere contenerla entre murallas, quiere modelarla geométricamente.

Me recuerda a un amigo que, como su madre llenara un vaso de agua en el grifo de la cocina, le decía: “¿No quieres mejor agua verdadera?”; e iba a buscar una jarra al aparador. El agua verdadera era el agua delimitada y como repensada por su continente transparente y que, al mismo tiempo, al perder su aire desmelenado y todas las suciedades de que la cargaba la promiscuidad, con el fregadero, participaba de la pureza esférica y transparente de una obra humana; no era el agua loca, el agua vaga, el agua rezumante, estancada o fluyente, sino el metal recogido en el fondo de la jarra, humanizada por su recipiente. Baudelaire es un ciudadano: para él, el agua verdadera, la verdadera  luz, el verdadero  calor son los de las ciudades, ya objetos de arte, unificados por un pensamiento maestro.

Es que el trabajo les ha conferido una función y un lugar en la jerarquía humana. Una realidad natural cuando está trabajada y ha pasado al rango de utensilio pierde su injustificabilidad. El utensilio tiene una existencia de derecho para el hombre que lo considera; un coche en la calle, un escaparate existen precisamente como Baudelaire desearía existir, le ofrecen la imagen de realidades llamadas al ser por su función y que aparecieron para colmar un vacío, solicitadas por ese mismo vacío que debían colmar.

Si el hombre tiene miedo en el seno de la naturaleza es porque se siente preso en una inmensa existencia amorfa y gratuita que lo traspasa por entero con su gratuidad; no tiene ya su lugar en ninguna parte, está en la tierra sin objeto, sin razón de ser, como un matorral o una mata de retama. En medio de las ciudades, por el contrario, rodeado de objetos precisos cuya existencia está determinada por su papel y a todos los cuales aureola un valor o un precio, se tranquiliza: le devuelven el reflejo de lo que desea ser: una realidad justificada. Y precisamente Baudelaire, en la medida en que se quiere cosa en medio del mundo de J. de Maistre, sueña con existir en la jerarquía moral con una función y un valor, exactamente como la valija de lujo o el agua domesticada en las jarras existen en la jerarquía de los utensilios.

Pero ante todo, lo que Baudelaire llama Naturaleza es la vida. Siempre son plantas y animales los que cita cuando habla de ella. La “impasible Naturaleza” de Vigny es el conjunto de las leyes fisicoquímicas; la de Baudelaire es más insinuante: es una gran fuerza tibia y abundante que penetra por todas partes. A esa tibieza húmeda, a esa abundancia, les tiene horror. La prolificidad natural, que tira de un mismo modelo millones de ejemplares, no podía sino chocarlo en su amor a lo raro.

También él puede decir: “Me gusta lo que jamás se verá dos veces”. Y de este modo se propone hacer un elogio de la esterilidad absoluta. Lo que no puede soportar en la paternidad es esa continuidad de vida entre el genitor y los descendientes que hace que el primero, comprometido por los últimos, continúe viviendo en ellos con una vida oscura y humillada. Esta eternidad biológica le parece insoportable: el hombre raro se lleva a la tumba su secreto de fabricación; se quiere totalmente estéril, es la única manera que tiene de valorizarse.

Baudelaire llevó tan lejos estos sentimientos que hasta negaba la paternidad espiritual; escribe a Troubat en el 66, después de una larga serie de artículos alabando a Verlaine: “Esos jóvenes no carecen, por cierto, de talento; pero cuántas locuras, cuántas inexactitudes. ¡Qué exageraciones! ¡Qué falta de precisión! Para decir la verdad, me dan un miedo cerval. Nada me gusta tanto como estar solo”.

La creación, que Baudelaire eleva a las nubes, se opone al parto. No hay compromiso; sin duda es una prostitución; pero siendo ésta la causa, el espíritu infinito e inagotable permanece inalterado después de haber producido su efecto; en cuanto al objeto creado, no vive, es imperecedero e inanimado como una piedra o una verdad eterna.

Además, no hay que crear con demasiada abundancia, bajo pena de aproximarse a la Naturaleza. Baudelaire manifiesta a menudo su repugnancia por el gran temperamento de Hugo. No por impotencia ha escrito poco: sus poemas le hubieran parecido menos raros de no haber sido el resultado de actos excepcionales del espíritu. Su pequeño número, como su perfección, debe subrayar ese carácter “sobrenatural”; Baudelaire buscó toda su vida la infecundidad y en el mundo que lo rodea las formas duras y estériles de los minerales son las que encontraron gracia a sus ojos.

   

 

 

–        

esa contingencia amorfa y obstinada que es la vida le da horror porque ella refleja a sus ojos la gratuidad de su propia conciencia, que quiere disimularse a toda costa.

se siente preso en una inmensa existencia amorfa y gratuita que lo traspasa por entero con su gratuidad; está en la tierra sin objeto, sin razón de ser, como un matorral o una mata de retama

no hay que crear con demasiada abundancia, bajo pena de aproximarse a la Naturaleza

 

2baudelairelesfleursdumal 

 

 

Escribe en los Poèmes en prose:

Esa ciudad está al borde del agua; dicen que está edificada en mármol y que el -pueblo tiene tal odio al vegetal, que arranca todos los árboles. He aquí un paisaje a mi gusto: un paisaje hecho con luz y mineral, y líquido para reflejarlos.

George Blin dice muy bien que Baudelaire “teme a la Naturaleza como depósito de esplendor y de fecundidad y la sustituye por el mundo de su imaginación: universo metálico, es decir, fríamente estéril y luminoso”.

Es que el metal, y de un modo genérico, el mineral, le devuelven la imagen del espíritu. Como consecuencia de los límites de nuestra capacidad imaginativa, todos los que, para oponer el espíritu a la vida y al cuerpo, han llegado a formarse una imagen no biológica de él, necesariamente han recurrido al reino de lo inanimado: luz, frío, transparencia, esterilidad. Así como Baudelaire encuentra en las “bestias inmundas” sus malos pensamientos realizados y objetivados, el metal más brillante, el más pulido, el más difícil de asir, el acero, le parecerá siempre la objetivación exacta de su pensamiento en general.

Si siente ternura hacia el mar, es por ser éste un mineral móvil. Brillante, inaccesible y frío, con ese movimiento puro y como inmaterial, esas formas que se suceden, ese cambio sin nada que cambie y, a veces, con esa transparencia, ofrece la mejor imagen del espíritu, es el espíritu. De este modo, por odio a la vida, Baudelaire llega a elegir en la materialización pura símbolos de lo inmaterial. Sobre todo, le horroriza sentir en sí mismo esa enorme fecundidad blanda. Sin embargo, ahí está la naturaleza, ahí están las necesidades que lo “obligan” a saciarlas. Basta releer el texto que citábamos más arriba para ver que ante todo detesta esa violencia.

Una joven rusa tomaba excitantes cuando tenía ganas de dormir; no podía tolerar dejarse invadir por esa solicitación solapada e irresistible, hundirse de golpe en el sueño, no ser ya sino una bestia que duerme. Tal es Baudelaire: cuando siente subir en él la naturaleza, la naturaleza de todo el mundo, como una inundación, se crispa y se pone rígido, mantiene la cabeza fuera del agua. Esa gran ola cenagosa es la vulgaridad misma: Baudelaire se irrita al sentir en sí esas ondas viscosas que tan poco se parecen a las sutiles disposiciones con que sueña; le irrita sobre todo sentir que esa fuerza irresistible y dulzona quiere doblegarlo a “hacer como todo el mundo”.

Pues la naturaleza en nosotros es lo opuesto a lo raro y a lo exquisito, es todo el mundo. Comer como todo el mundo, dormir como todo el mundo, hacer el amor como todo el mundo: ¡qué insensatez! Cada uno de nosotros elige en sí mismo, entre sus componentes, aquellos de los cuales dirá: soy yo. Los otros los ignora. Baudelaire eligió no ser naturaleza, ser esa negación perpetua y crispada de su “naturalidad”, esa cabeza que se yergue fuera del agua y que mira subir la ola con una mezcla de desdén y de espanto. Esta selección arbitraria y libre que operamos en nosotros mismos constituye la mayor parte del tiempo lo que se llama nuestro “estilo de vida”.

Si consentimos en nuestro cuerpo y si nos dejamos estar, si nos gusta bañarnos en la fatiga feliz, en las necesidades, el sudor y todo lo que nos emparenta con los demás hombres, si sustentamos un humanismo de la naturaleza, nuestros gestos tendrán una especie de naturalidad y generosidad, una facilidad descuidada. Baudelaire detesta el descuido. Del alba a la noche, no conoce un segundo de dejarse estar. Sus menores deseos, sus impulsos más espontáneos, son reprimidos, filtrados, representados más que vividos; sólo pasan cuando están debidamente artificializados. De ahí, en parte, ese culto por el tocado y las ropas que deben encubrir la desnudez demasiado natural; de ahí esas fantasías rayanas a veces en el ridículo, como la de pintarse el pelo de verde. La inspiración misma no encuentra gracia en él. Sin duda le otorga confianza en cierta medida: “En arte, cosa en la que no se ha insistido bastante, la parte librada a la voluntad del hombre es mucho menor de lo que se cree”.

3ee 

 

Brillante, inaccesible y frío, con ese movimiento puro y como inmaterial, esas formas que se suceden, ese cambio sin nada que cambie y, a veces, con esa transparencia, ofrece la mejor imagen del espíritu, es el espíritu.

la fatiga feliz, en las necesidades, el sudor y todo lo que nos emparenta con los demás hombres, si sustentamos un humanismo de la naturaleza, nuestros gestos tendrán una especie de naturalidad y generosidad, una facilidad descuidada. Baudelaire detesta el descuido.

 

 

 

1baudelairelesfleursdu 

 

 

Pero la inspiración es también naturaleza. Viene cuando quiere y espontáneamente; se parece a las necesidades; hay que transformarla, trabajarla. No creo, declara, “sino el trabajo paciente, en la verdad dicha en buen francés y en la magia de la palabra justa“. De este modo se convierte en simple materia sobre la cual el poeta ejerce deliberadamente las técnicas poéticas. En esta furia por encontrar la palabra justa, que recuerda León Clade entra mucho de comedia y de gusto por el artificio:

“¡Desde la primera línea, qué digo, a la primera línea, a la primera palabra, habría que descoser! ¿Era bien exacta esa palabra? ¿Y daba rigurosamente el matiz deseado? ¡Atención! No confundir agradable con amable, complaciente con encantador, cortés con gentil, seductor con provocativo, gracioso con ameno; ¡eh!, esos diversos términos no son sinónimos: cada uno de ellos tiene una acepción particular; ¡dicen más o menos en el mismo orden de ideas y no idénticamente la misma cosa!

Nunca, nunca jamás ha de emplearse uno por otro . . . Nosotros, obreros literarios, puramente literarios, debemos ser precisos, debemos encontrar siempre la expresión absoluta, o bien renunciar a la pluma y acabar en chapuceros . . . i Busquemos, busquemos! ¡Si el término no existe, será inventado; pero veamos primero si existe! Y empuñados los diccionarios de nuestro idioma, los compulsábamos en seguida, los hojeábamos, los sondeábamos con rabia, con amor . . . [Luego] intervenían los léxicos extranjeros. Se interrogaba el Francés-Latín y luego el Latín-Francés. Una persecución despiadada.

¿Nada en los antiguos? ¡A los modernos! Y el tenaz etimologista, a quien la mayoría de las lenguas vivas eran tan familiares como la mayoría de las lenguas muertas, hundiéndose en los vocabularios inglés, alemán, italiano, español, perseguía . . . la expresión rebelde, inasible y que siempre acababa por crear si no se encontraba en nuestra lengua”. De este modo, sin negar absolutamente el hecho poético de la inspiración, nuestro poeta sueña con sustituirla por la técnica pura. Este perezoso ve el atributo del artista en el esfuerzo y el trabajo, no en la espontaneidad creadora.

Ese gusto por la minucia en el artificio permite comprender que haya pasado tan largas horas corrigiendo un poema, aun muy viejo y muy alejado de su estado de ánimo, antes que escribiendo uno nuevo. Cuando se inclinaba, completamente nuevo y como un extraño, sobre una obra ya hecha y donde no entraba ya, cuando conocía el gozo artesano de cambiar una palabra aquí y otra allá por el puro placer de arreglar, entonces era cuando se sentía más lejos de la naturaleza, más gratuito y —puesto que el tiempo lo había librado de las violencias de la emoción y de la circunstancia— más libre.

En el otro extremo de sus preocupaciones, en lo más bajo de la escala, por horror a las necesidades naturales puede explicarse la desdichada afición que ostentaba por el arte culinario donde no entendía nada, y sus interminables discusiones con los bodegueros. Tenía que disfrazar su hambre; no se dignaba comer para saciarse, sino para apreciar con los dientes, la lengua y el paladar, cierta especie de creación poética. Apuesto que prefería la carne en salsa al asado, y las conservas a las legumbres frescas. La perpetua vigilancia que ejercía sobre sí permite comprender que causara a la gente impresiones contradictorias.

La unción eclesiástica que se le reconoce con frecuencia resulta en él de una vigilancia perpetuamente ejercida sobre su carne; pero su aire mezquino, agrio, rígido —y que parece tan ajeno a la suavidad de un prelado— no tiene otra fuente. De todos modos, hace trucos con la naturaleza, la sofistica: bendecidor y meloso cuando está adormecida, encogido cuando siente que se despierta, sigue siendo el hombre que dice no, que hunde su pobre cuerpo en ropas gruesas, que oculta sus pobres deseos bajo un aparato preparado.

 4l

 

Ni siquiera estoy seguro de que no podamos encontrar aquí unos de los orígenes de los vicios baudelerianos. Parece que las mujeres lo turbaban sobre todo vestidas. No podía soportar su desnudez. Se vanagloria en Portrait de maitresse “de haber llegado desde hace mucho, a la época climatérica de tercer grado en que la belleza misma ya no basta si no está sazonada por el perfume, el adorno, etcétera”. A esta “época climatérica” parece haber llegado de entrada a juzgar por un pasaje de La Fanfarlo, obra de juventud, que parece una confesión:

Samuel vio avanzar hacia él a la nueva diosa de su corazón, en el esplendor radiante y sagrado de su desnudez. ¿Cuál es el hombre que no quisiera, aun a costa de la mitad de sus días, ver a su sueño, su verdadero sueño, sin velos, y el fantasma adorado de su imaginación dejando caer una a una todas las ropas destinadas a protegerlo de los ojos del vulgo? Pero he aquí que Samuel, asaltado por un capricho extraño, rompe a gritar como un niño mimado: —¡Quiero a Colombina, devuélveme a Colombina; devuélvemela tal como se me apareció la noche que me volvió loco con su atavío extravagante y su corpiño de saltimbanqui!

La Fanfarlo, asombrada primero, se prestó de buen grado a la excentricidad del hombre que había elegido, y llamaron a Flore… La camarera salía, cuando Cramer, asaltado por una nueva idea, se colgó de la campanilla y exclamó con voz tonante:

—¡Eh! ¡No se olvide del colorete!

Si comparamos este texto con el célebre pasaje de Mademoiselle Bistouri: “¡ Quisiera que viniese a verme con la maleta y el delantal, y hasta con un poco de sangre!” Lo dice con un aire muy cándido, como un hombre sensible diría a una comedianta a la que amara: “Quiero verla vestida con el traje que llevaba en el famoso papel que usted creó, no parecerá dudoso que Baudelaire fuera fetichista.

¿No confiesa él mismo en Fusées: “Gusto precoz por las mujeres. Confundía el olor de las pieles con el olor a mujer. Recuerdo . . . En fin, quería a mi madre por su elegancia” . Las carnes disimuladas, ocultas por salsas llenas de especies, el agua contenida en estanques geométricos, la desnudez de las mujeres velada por pieles o ropas de teatro, que aún retienen un poco de perfume, un poco del resplandor de las candilejas, la inspiración frenada, corregida por el trabajo : aspectos todos de su horror a la naturaleza y a lo común. Estamos muy lejos de la teoría del pecado original.

Y cuando Baudelaire, por horror al desnudo, por gusto de voluptuosidades ocultas, entrevistas, de la titilación puramente cerebral, exigía a Jeanne que se vistiera para hacer el amor, puede estarse seguro de que no pensaba en las Soirées de Saint-Pétersbourg.

Pero, lo hemos señalado, la noción de naturaleza en él es ambivalente. Cuando defiende su causa y quiere conmover con sus intenciones, presenta sus sentimientos como los más naturales y legítimos. Aquí su pluma lo traiciona. ¿Es cierto que asimila, en el fondo de sí mismo, la naturaleza al pecado? ¿Es sincero cuando hace de ella la fuente de los crímenes? Sin duda la naturaleza es, ante todo, conformismo.

Pero precisamente por eso es obra de Dios, o, si se prefiere, del Bien. La Naturaleza es el primer movimiento, la espontaneidad, lo inmediato, la bondad directa y sin cálculo: es sobre todo la creación entera, himno que sube hacia su Creador. Si Baudelaire fuera natural, se perdería, sin duda, en la multitud, pero al mismo tiempo sentiría su conciencia tranquila, cumpliría sin esfuerzo las órdenes divinas, estaría en su casa, a sus anchas en el mundo.

Es lo que no quiere. Odia a la Naturaleza y trata de destruirla porque viene de Dios, así como Satán trata de minar la creación. Por el dolor, la insatisfacción y el vicio, trata de constituirse un lugar aparte en el universo. Ambiciona la soledad del maldito y del monstruo, del “contra-natura”, precisamente porque la Naturaleza es todo, está en todas partes. Y su sueño de artificio no se distingue en absoluto de su deseo de sacrilegio. Miente, se miente cuando asimila la virtud a la construcción artificial. Para él la Naturaleza es el Bien trascendente, en la medida misma en que se convierte en algo dado, en una realidad que lo rodea y que se insinúa en él sin que lo haya consentido.

La naturaleza manifiesta la ambigüedad del Bien, puro valor en tanto que es sin que yo lo haya elegido. Y el horror baudelairiano a la Naturaleza se une a una atracción profunda. Esta ambivalencia de la actitud del poeta se encuentra en aquellos que no han consentido en superar todas las Normas mediante su propia elección, ni en someterse totalmente a una Moral exterior: sometido al Bien en tanto que aparece como un deber a realizar, Baudelaire lo rechaza y lo desdeña en tanto que es cualidad dada del Universo. Y, sin embargo, es el mismo Bien, es uno y otro, puesto que Baudelaire, sin remisión posible, eligió no elegirlo.

Estas observaciones permiten comprender el culto baudelairiano de la frigidez. En primer lugar, frío es él mismo, estéril, gratuito y puro. En contraste con las mucosas blandas y tibias de la vida, cada objeto frío le devuelve su imagen. En él se formó un complejo en torno a la frialdad: se identificó con el metal bruñido, pero también con la piedra preciosa. 

 

    

Lo frío son grandes extensiones llanas y sin vegetación; y esos desiertos chatos parecen la superficie de un cubo de metal, la faceta de una joya. Frialdad y palidez se confunden. El blanco es el color del frío, no solamente porque la nieve es blanca, sino sobre todo porque esa ausencia de color expresa bastante bien la infecundidad y la virginidad.

Por eso la luna se convierte en emblema de la frigidez; esa piedra preciosa, aislada en el cielo, vuelve hacia nosotros sus estepas gredosas, derrama sobre la tierra, en los fríos de la noche, una luz blanca que mata lo que ilumina.

La luz del sol parece nutritiva; es dorada, espesa, como pan; calienta. La luz de la luna es asimilable al agua pura. Por intermedio de ella la transparencia —imagen de la lucidez— se une a la frigidez. Agreguemos que la luna, con su claridad prestada y esa oposición constante al sol que la ilumina, es un símbolo pasable del Baudelaire satánico, iluminado por el Bien y que devuelve el Mal.

Por eso, en esa misma pureza, queda algo malsano. El frío baudelairiano es un medio donde ni los espermatozoides ni las bacterias ni germen alguno de vida puede subsistir; es una luz blanca y un líquido transparente a la vez, bastante próximos a los limbos de la conciencia donde se diluyen los animáculos y las partículas sólidas.

La claridad de la luna y el aire líquido, esa gran potencia mineral es lo que nos traspasa, en invierno, en la cima de las montañas. Es la avaricia y la impasibilidad.

Fabre-Luce dice muy justamente en Ecrit en príson, que la piedad siempre quiere calentar. En este sentido el frío baudelairiano es implacable: hiela todo lo que toca.

Como es justo, Baudelaire remeda en sus actitudes esta fuerza elemental. Con sus amigos es frío: “muchos amigos, muchos guantes”. Usa con ellos una cortesía ceremoniosa y helada. Porque hay que matar con seguridad esos gérmenes de cálida simpatía, esos efluvios vivientes que intentan pasar de ellos a él.

Se rodea a propósito de un no man’s land que nadie puede franquear y lee su propia frialdad en los ojos del prójimo. Imaginémoslo como un viajero que entra, una noche de invierno, en una posada: tiene encima todo el hielo y toda la nieve de afuera. Ve y piensa aún, pero ya no siente su cuerpo: está insensibilizado. Por un movimiento muy natural, Baudelaire proyecta sobre el Otro esta frigidez en que está empapado.

Y aquí se complica el proceso, pues ahora las Otros —esa conciencia extraña que contempla y que juzga.—, los otros han sido dotados bruscamente de un poder refrigerante. La luz lunar se convierte en la de la mirada. Es una mirada de Medusa que cuaja y petrifica. Baudelaire no podía quejarse: ¿el oficio de la mirada del Otro no es transformarlo en cosa?

No obstante, sólo a las mujeres —y a cierta categoría de mujeres— dotó de esta frigidez. De los hombres no lo hubiera soportado; hubiera sido reconocer una superioridad sobre él. Pero la mujer es un animal inferior, una “letrina”: “está en celo y quiere que la cubran”; es lo opuesto al dandy. Baudelaire puede sin peligro convertirla en objeto de culto; en ningún caso llegará a ser su igual.

De ningún modo se engaña sobre los poderes con que la adorna. Sin duda es para él, como lo dice Royere, algo “sobrenatural viviente”; pero bien sabe que sólo representa un pretexto para sus sueños, precisamente porque es absolutamente otra e impenetrable. Estamos, pues, aquí en el plano del juego; y además Baudelaire nunca encontró mujer fría. Jeanne no lo era, si se cree a Sed non satiata; ni madame Sabatier, a quien reprochaba que fuera “demasiado alegre”.

[En el segundo caso, el proceso es el mismo: primero Baudelaire elige con cuidado una mujer feliz, amada y que no es libre. Tanto con una como con otra, finge la más viva estima por el enamorado favorecido. Tanto a una como a la otra, las adora “como un cristiano a su Dios”. Pero como Mme. Sabatier lo parece más fácil y, después de todo, corre el riesgo de rendírselo, conserva el anonimato. De este modo puede gozar a sus anchas de su ídolo, amarlo en secreto, colmarse con su indiferencia desdeñosa. Apenas ella se le entrega, se marcha: ya no lo interesa, no puede continuar su comedia. La estatua se ha ternimado, la mujer fría se calienta. Hasta parece verosímil que no la haya poseído, compensando así con su impotencia la frialdad que faltaba de pronto a la Presidenta].

Para realizar sus deseos tenía que ponerlas artificialmente en estado de frialdad. Elegirá amar a Marie Daubrun porque ella quiere a otro hombre. Así, esta mujer ardiente, permanecerá, al menos en sus relaciones con él, en el plano de la más helada indiferencia. Se ve que él lo gozaba de antemano en la carta que le escribe en 1852:

Un hombre que dice: La amo, y ruega a una mujer, que responde:

¿Amar a usted? ¡Yo, nunca! Uno solo para mi amor; desdichado del

que venga después de él; sólo obtendría mi indiferencia y mi desprecio.

Y ese mismo hombre para tener el placer de mirarla más tiempo en los

ojos, deja que le hable de otro, sólo de él, que se inflame sólo por él y

pensando en él.

De todas esas confesiones me ha resultado un hecho muy singular: que

para mí usted no es simplemente la mujer deseada, sino la mujer a quien

amo por su franqueza, por su pasión, por su frescura, por su juventud,

por su locura.

He perdido mucho con estas explicaciones, pues ha sido usted tan decisiva

que debí someterme en seguida.

Pero usted, señora, ha ganado mucho: me ha inspirado respeto y una estima

profunda. Que sea siempre así,  y conserve bien esa pasión que la hace tan

bella y tan feliz.

Vuelva, se lo suplico, y seré suave y modesto en mis deseos… No le digo que

me encontrará sin amor… pero estése tranquila, es usted para mí un objeto de

culto y me es imposible mancharla.

Esta carta dice mucho: en primer lugar, sobre la poca sinceridad de Baudelaire. El amor apasionado que jura no durará más de un trimestre, pues el mismo año comenzaba a dirigir billetes anónimos e igualmente apasionados a madame Sabatier. Se trata de un juego erótico y nada más. Muchos se han extasiado con estos dos amores de Baudelaire. Pero para quien lea a continuación su carta a Marie Daubrun y sus billetes a la Presidenta, la repetición de estas adoraciones platónicas ofrece aspecto de manía.

Lo cual será más evidente si se remite al famoso poema: Una noche que yo estaba junto a una horrible judía, que, según Crarond, se remonta a la época de Louchette, y en el cual Baudelaire, que no conocía ni a Marie ni a madame Sabatier, esboza ya el tema de la dualidad femenina y se muestra soñando, junto al demonio ardiente, con el ángel frígido:

Je me pris á songer, prés de ce corps vendu

A la triste beauté dont mon destin se prive…

Car j’eusse avec ferveur baisé son noble corps…

Si quelque soir, d’un pleur obtenu sans effort.

Tu pouvais seulement. 6 reine des cruelles,

Obscurcir la splendeur de tes froides prunelles.

[‘Me puse a pensar, junto a aquel cuerpo vendido

en Ia triste belleza de la cual mi destino se priva…

porque con fervor hubiera besado su noble cuerpo…

si alguna noche, con llanto obtenido sin esfuerzo,

tan sólo pudieras, oh reina de las crueles,

obscurecer el esplendor de tus frías pupilas.’]

Se trata, pues, de un esquema a priori de la sensibilidad baudelairiana, que funciona largo tiempo en el vacío y que supo, luego, elegir realizaciones concretas.

 La mujer fría es una encarnación sexual del juez:

Cuando hago alguna gran tontería, me digo: ¡Dios mío! ¡Si ella lo supiera!

Cuando hago algo bueno, me digo: esto me acerca a ella en espíritu’.

Su frialdad manifiesta su pureza: está libre del pecado original. Al mismo tiempo se identifica con su conciencia extraña, y significa incorruptibilidad, imparcialidad, objetividad. Al mismo tiempo es la mirada, esa pura mirada de agua clara y de nieve derretida que no se asombra, que no padece ni se irrita sino que pone cada cosa en su lugar, que piensa al mundo y a Baudelaire en el mundo.

Es cierto que esta frigidez tan buscada remeda la severidad glacial de la madre que sorprende al niño “haciendo una tontería”. Pero, ya lo hemos visto, no es tanto el amor incestuoso a su madre lo que le hace buscar la austeridad en las mujeres que desea: su necesidad de autoridad, por el contrario, lo llevó a elegir a su madre, junto con Marie Daubrun y la Presidenta, como juez y objeto de deseo. Escribe de madame Sabatier: Nada vale lo que la dulzura de su autoridad.

Y reconoce que, con alternancia regular, piensa en ella en el seno del libertinaje:

Quand chez les débauchés l’aube blanche et vermeüle

Entre en société de l’idéal rongeur,

Par l’opération d’un mystére vengeur

Dans la brute assoupie, un ange se réveille .

[‘Cuando entre los libertinos el alba blanca y bermeja /

entra en sociedad con el ideal roedor, / mediante la operación

de un misterio vengador / en la bestia adormecida un ángel se

despierta.’]

a baud

     

Se trata, ya se ve, de una operación. Revela su mecanismo en otro pasaje: Hace más cara a la amante el libertinaje con otras mujeres. Lo que pierde en goces sensuales, lo gana en adoración. La conciencia de la necesidad de perdón hace al hombre más amable.

Encontramos aquí un rasgo frecuente del platonismo patológico: el enfermo, que adora desde muy lejos a una mujer respetable, invoca su imagen en los momentos en que se entrega a las ocupaciones más bajas: cuando está en el baño, cuando se lava las partes genitales. Ella aparece entonces y lo mira con ojos severos. Baudelaire alimenta gustoso esta obsesión: cuando está acostado “junto a una horrible judía”, sucia, calva y picada de viruelas, provoca la imagen del Ángel. El Ángel varía, pero cualquiera sea la mujer elegida para cumplir estas funciones, siempre hay alguien que lo mira, sin duda en el momento mismo del orgasmo.

De suerte que ya no sabe si invoca esa figura casta y severa para acrecer los placeres que encuentra con las prostitutas, o si sus relaciones rápidas con las mujerzuelas sólo sirven para provocar la aparición de la mujer elegida y ponerlo en contacto con ella. De todos modos esa alta forma frígida, muda e inmóvil, es para él la erotización de la sanción social. Es como esos espejos mediante los cuales ciertos refinados obtienen la imagen de sus placeres: le permite verse mientras hace el amor.

Pero más directamente aún, es culpable de amarla mientras ella no lo ama. Más culpable aún si la desea la mancilla. Ella representa lo prohibido por su misma frigidez. Y si Baudelaire jura, con los mayores juramentos, respetarla, es para que sus deseos sean mayores crímenes. De nuevo la falta y el sacrilegio: la mujer está ahí, cruza la habitación con ese andar indolente y majestuoso que Baudelaire estima y que por sí solo significa indiferencia y libertad.

Ignora o casi ignora a Baudelaire; si por ventura lo mira, es cualquiera a sus ojos; lo atraviesa con su mirada como a través del vidrio pasa el sol. Sentado lejos de ella, mudo, se siente insignificante y transparente: un objeto. Pero en el instante mismo en que los ojos de la bella criatura lo ponen en su lugar en el mundo que su mirada ordena sin pasión, se escapa, la desea, se hunde en el pecado.

Es culpable, es diferente. Las “dos postulaciones simultáneas” llenan de un solo golpe su alma: lo invade la doble presencia de esos inseparables: el Bien y el Mal.

Al mismo tiempo, la frigidez de la mujer amada espiritualiza los deseos de Baudelaire y los transforma en “voluptuosidades”. Vimos qué clase de placer contenido, aligerado por el espíritu, busca. Son, decíamos, roces. Tal es el goce que se promete en la carta a Marie Daubrun. La deseará en silencio y su deseo la envolverá por entero a distancia, sin marcarla, sin que se dé cuenta siquiera:

No puede usted impedir que mi espíritu vague alrededor de sus brazos, de sus manos tan bellas, de su

ojos donde reside toda su vida, de toda su adorable persona carnal.

De este modo la frialdad del objeto amado realiza lo que Baudelaire trata de conseguir por todos los medios: la soledad del deseo. Ese deseo que se desliza sobre bellas carnes indiferentes, a distancia, que sólo es una caricia de los ojos, goza de sí mismo porque es ignorado, no reconocido. Es rigurosamente estéril: no provoca ninguna turbación en la mujer amada.

Conocemos ese deseo comunicativo de que habla Proust a propósito de Swann, que se manifiesta con tanta magnificencia que la mujer deseada queda un instante empapada y trastornada por él. Es precisamente el que Baudelaire abomina: engendra la turbación, anima y calienta poco a poco la desnudez primero helada del objeto deseado; es un deseo fecundo, comunicativo y cálido que se emparenta con la tibia abundancia natural.

El de Baudelaire es absolutamente estéril y sin consecuencia. Desde su origen es dueño de sí, pues “la fría majestad de la mujer estéril” sólo puede provocar un amor cerebral, más representado que vivido.

Es una intención de deseo, un fantasma de deseo más que una realidad. Y de esa nada secreta goza primero Baudelaire: porque no está de ningún modo comprometido. Y como el objeto deseado no interesa, esa turbación fingida, representada tanto como sentida, no compromete; Baudelaire permanece solo, encerrado en su avaricia onanista. Si, por lo demás, tuviera que hacer el amor con una de esas bellezas inaccesibles —que no lo pretende, pues prefiere la irritación nerviosa del deseo a su saciedad—, sería con la condición expresa de que permaneciera helada hasta el fin. Escribió:

“La mujer a quien se ama es aquella que no goza”.

Le horrorizaría proporcionar placer; si la estatua, por el contrario, sigue siendo de mármol, el acto sexual queda por así decirlo neutralizado; Baudelaire sólo tuvo relación consigo mismo, permaneció tan solitario como un niño que se masturba, la voluptuosidad que sintió no tuvo fuente en ningún acontecimiento exterior, no dio nada, hizo el amor a un bloque de hielo. Por no haber permanecido de hielo, por haber revelado una carne demasiado sensible, un temperamento demasiado generoso, la Presidenta, en una sola noche, perdió a su amante.

Pero aquí, como para lo “natural”, hay ambivalencia. El acto sexual con la mujer frígida representa, es cierto, el sacrilegio, la afrenta impuesta al Bien, que deja al Bien tan puro, tan virgen, tan impoluto como antes.

Es la falta blanca, estéril, sin memoria y sin efecto que se desvanece en los aires en el momento mismo en que es cometida, realizando al mismo tiempo la eternidad inalterable de la ley, y la eterna juventud, la eterna disponibilidad del pecador. Pero esta magia blanca del amor no excluye una magia negra. No pudiendo superar el Bien, lo hemos visto, Baudelaire se las ingenia solapadamente para despreciarlo por lo bajo. Además, el masoquismo de la frigidez se acompaña de sadismo. Juez temido, la mujer fría es además víctima.

Si el acto amoroso, para Baudelaire, se practica de a tres, si el ídolo se le aparece mientras se entrega a sus vicios en compañía de una prostituta, no sólo es porque necesita de alguien que desprecie y de un testigo severo: también quiere escarnecerlo. Lo alcanza al penetrar en su compañera pagada. Lo engaña, lo afrenta. Se diría que Baudelaire, por horror a la acción directa sobre el universo, busca las influencias mágicas, es decir a distancia, sin duda porque comprometen menos. La mujer frígida se convierte entonces en la mujer honesta cuya honestidad misma es un poco ridícula, y a quien su marido engaña con mujerzuelas.

Es lo que da a entender la curiosa Fanfarlo: aquí la frialdad se convierte en torpeza, en inexperiencia, y cuando la mujer que ama se esfuerza en retener a su marido con prácticas amorosas que le repugnan, esta frialdad no carece de obscenidad. 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario