JEAN-PAUL SARTRE

BAUDELAIRE

 

EDITORIAL  LOSADA , S.A.

BUENOS AIRES

BIBLIOTECA DE ESTUDIOS LITERARIOS

Traducción de AURORA BERNÁRDEZ

(TERCERA EDICIÓN)

 

A JEAN GENET

 

     

Ancelle es un miserable a quien ABOFETEARÉ DELANTE de su mujer y de sus HIJOS. LO ABOFETEARÉ a las cuatro [son las dos y media]… Emplea las letras mayúsculas como para grabar su decisión en mármol, tanto miedo tiene de que se le deslice entre los dedos. Y sus proyectos son a tan breve término, desconfía tanto del mañana, que se fija una hora límite para realizarlos: a las cuatro; tendrá el tiempo justo para correr a Neuilly.

Pero a las cuatro, nuevo billete: “No iré hoy a Neuilly; consiento en esperar antes de vengarme”. El proyecto sigue, pero ya está neutralizado, ya ha pasado al condicional: Si no obtengo una reparación ruidosa, pegaré a Ancelle, pegaré a su hijo…

Una vez más sólo lo menciona en la postdata, sin duda porque teme parecer que cede demasiado rápido. A la noche el proyecto se atenúa aún más: Ya he consultado a dos personas sobre lo que debía hacer. Pegar a un anciano delante de su familia, es muy feo; sin embargo, necesito una reparación —¿qué haría yo si esta reparación no se produjera?—; será preciso —por lo menos— que vaya a decirle delante de su mujer y de su familia lo que pienso de su conducta. 

La necesidad de obrar ya le parece un fardo harto pesado. Hace un momento quería aterrorizar a su madre, la extorsionaba por la violencia: necesitaba una reparación ruidosa, en el acto. Ahora se muere de miedo de que “la reparación se produzca”. Porque entonces se vería obligado a actuar. Todo este asunto le aburre ya; escribe a continuación del pasaje que acabamos de citar: ¡En qué lío me has metido. Dios mío! Necesito imprescindiblemente un poco de reposo, es lo único que pido.

Y el domingo por la mañana ya no se trata de excusa ni de reparación: No escribirle absolutamente nada más, salvo unas palabras para decirle que nadie necesita su dinero.

El silencio, el olvido, el aniquilamiento simbólico de Ancelle, eso es todo lo que reclama. Aún habla de vengarse, pero en términos vagos y en un porvenir remoto. Nueve días después todo ha terminado.

Mi carta de ayer a Ancelle era razonable. La reconciliación ha sido razonable. Él había venido a mi casa mientras yo iba a la suya. Estoy tan cansado de chismes, que no quise tomarme el trabajo de verificar si Ancelle no había venido a hacer reproches a ese Danneval. Ancelle me dijo que daba un desmentido a la mayoría de las palabras en cuestión. Naturalmente, no quiero comparar su palabra con la de un comerciante. Sobre todo, le queda el error del que no se corregirá nunca: su curiosidad infantil y provinciana y esa facilidad para charlar con todo el mundo.

 

Tal es el ritmo de la acción en Baudelaire: violencia hiperbólica en la concepción, como si este exceso fuera necesario para darle la fuerza de realizarse; instantaneidad explosiva de comienzo de realización —de golpe la lucidez vuelve: ¿para qué?; se aparta de su acto, se descompone rápidamente. Su actitud original le veda las empresas de larga duración; también su vida ofrece un aspecto entrecortado, lleno de contrastes al mismo tiempo que monótono; es un perpetuo recomienzo y un perpetuo fracaso sobre un fondo de taciturna indiferencia, y si no hubiera fechado las cartas a su madre, sería muy difícil clasificarlas, pues todas se asemejan.

Pero tiene continuamente bajo los ojos esos proyectos que no puede realizar, actos instantáneos o empresas continuas; lo solicitan sin cesar, apremiantes y desarmados. Si ha suprimido en sí toda la espontaneidad de la conciencia refleja, tanto mejor conoce su naturaleza: sabe que se lanza fuera de sí misma, que es su propia superación hacia un fin. Por eso es el primero, quizá, en definir al hombre por su más allá.

Ay, los vicios del hombre… contienen la prueba (aunque sólo fuera su infinita expansión), de su gusto por el infinito; pero es un gusto que a menudo equivoca el camino… En esta depravación del sentido del infinito reside, a mi entender, la razón de todos los excesos culpables….

El infinito, para él, no es una inmensidad dada y sin límites, aun cuando a veces emplee la palabra en este sentido. Es, exactamente, lo que nunca termina, lo que no puede terminar. La serie de los números será infinita, por ejemplo, no por la existencia de un número muy grande que llamaríamos infinito, sino por la posibilidad permanente de agregar una unidad a un número, por grande que sea. Así, cada número de la serie tiene su más allá, en relación con el cual se define y se sitúa.

Pero este más allá no existe: tengo que construirlo agregando la unidad al número que considero. Ya da su sentido a todos los números escritos, y sin embargo está al término de una operación que aún no he realizado. Tal es el infinito baudelairiano: es lo que es sin ser dado, lo que me define hoy y que no existirá, sin embargo, antes de mañana; es el término entrevisto, soñado, tocado casi, y, sin embargo, fuera de alcance, de un movimiento orientado.

Veremos más adelante que a Baudelaire le interesan, más que a nadie, esas existencias sugeridas, presentes y ausentes a la vez. Pero con seguridad reconoció muy pronto que esa infinitud es la suerte de la conciencia. En L’invitation au voyage de los Petits poemes en prose, desea “soñar, alargar las horas por el infinito de las sensaciones”, y en Le confiteor escribe:

“Hay ciertas sensaciones deliciosas cuya vaguedad no excluye intensidad: no hay punta más acerada que la del infinito”.

Esta determinación del presente por el futuro, de lo existente por lo que no es, es lo que, él llamará “insatisfacción” —ya volveremos a ello— y lo que los filósofos llaman hoy trascendencia.

Nadie ha comprendido como él, que el hombre es un “ser de lejanías”, que se define mucho más por su fin y el término de sus proyectos que por lo que puede conocerse de él limitándose al momento que pasa:

Hay en todo hombre a toda hora dos postulaciones simultáneas: una hacia Dios, otra hacia Satán. La invocación a Dios o espiritualidad es un deseo de subir de grado; la de Satán o animalidad es la alegría de descender.

De este modo el hombre se revela como una tensión resultante de la aplicación de dos fuerzas opuestas; y cada una de estas fuerzas persigue en el fondo la destrucción de lo humano, puesto que una apunta al ángel y la otra al animal. Cuando Pascal escribe que “el hombre no es ángel ni bestia”, lo concibe como cierto estado estático, como una “naturaleza” intermediaria. Aquí, nada de eso: el hombre baudelairiano no es un estado: es la interferencia de dos movimientos opuestos pero igualmente centrífugos, de los cuales uno se dirige hacia arriba y el otro hacia abajo. Movimientos sin móvil, emergencias —dos formas de la trascendencia que podríamos llamar, según Jean Wahl, trascendencia y trasdescendencia—. Pues hay que entender esta bestialidad del hombre —así  como su angelismo— en sentido profundo: no se trata tan sólo de la harto famosa debilidad carnal o del todopoderío de los bajos instintos; Baudelaire no se limita a recubrir con una imagen coloreada un sermón de moralista.  

 

 

Cree en la magia y “la postulación hacia Satán” le parece una operación de hechicería muy vecina de aquella en la cual los primitivos, cubiertos con una máscara de oso, bailan la danza del oso, se “hacen osos”. Por lo demás se expresó con mucha claridad en Fusées:
Micho, michito, minino, mi gatito, mi lobo, mi monito, monazo, gran serpiente, mi burrito melancólico. Semejantes caprichos de lenguaje demasiado repetidos, nombres bestiales demasiado frecuentes, testimonian un lado satánico en el amor; ¿los satanes, no tienen forma de bestias?: el camello de Cazotte —camello, diablo y mujer—.

Esta intuición de nuestra trascendencia y de nuestra gratuidad injustificable debe ser, al mismo tiempo, reveladora de la libertad humana. De hecho, Baudelaire siempre se ha sentido libre. Veremos más adelante con qué ardides quiso tapar esta libertad a sus propios ojos; pero de un extremo al otro de su obra y de su correspondencia, ella se afirma, resplandece a pesar suyo. Sin duda no conoció —por las razones que hemos dicho— la gran libertad de los constructores.

 

Pero tiene la experiencia constante de una imprevisibilidad explosiva a la que nada puede poner diques. En vano multiplica las precauciones contra ella, en vano inscribe en mayúsculas en sus papeles “las pequeñas máximas prácticas, las reglas, los imperativos, los actos de fe, las fórmulas que conjeturan el porvenir”; escapa a sí mismo, sabe que no puede sujetarse a nada. Si por lo menos se sintiera por una parte mecanismo, le sería posible descubrir la palanca que detiene, desvía o acelera la máquina.

El determinismo es tranquilizador: el que conoce por las causas puede obrar por las causas, y todo el esfuerzo de los moralistas se ha dirigido hasta el momento a persuadirnos de que somos piezas montadas que pueden gobernarse por pequeños medios. Baudelaire sabe que los resortes y las palancas nada tienen que hacer en su caso: no es ni causa ni efecto; contra lo que será mañana, nada puede hoy. Es libre, lo cual quiere decir que no puede encontrar en sí ni fuera de sí recurso alguno contra su libertad.

Se inclina sobre ella, siente vértigo delante de ese abismo: En lo moral como en lo físico, siempre he tenido la sensación del abismo, no sólo del abismo del sueño, sino del abismo de la acción, del ensueño, del recuerdo, del deseo, del pesar, del remordimiento, de lo bello, del número, etc….

Y en otra parte escribe:

Ahora, siempre tengo vértigo. Baudelaire: el hombre que se siente abismo. Orgullo, hastío, vértigo: se ve hasta el fondo del corazón, incomparable, incomunicable, increado, absurdo, inútil, abandonado en un aislamiento total, soportando solo su propio fardo, condenado a justificar absolutamente solo su existencia, y escapando sin cesar, deslizándose de sus propias manos, replegado en la contemplación y, al mismo tiempo, lanzado fuera de sí a una infinita persecución, a un abismo sin fondo, sin paredes y sin oscuridad, misterio en plena luz, imprevisible y perfectamente conocido.

Pero para desgracia suya, su imagen sigue escapándosele. Buscaba el reflejo de cierto Charles Baudelaire, hijo de la generala Aupick, poeta endeudado, amante de la negra Duval: su mirada encontró la condición humana. Esa libertad, esa gratuidad, ese abandono que le dan miedo, son la suerte de todo hombre, no la suya particular.

¿Es posible tocarse, verse alguna vez? Esa esencia fija y singular que busca, quizá sólo aparezca a los ojos de los otros. Quizá sea absolutamente necesario estar afuera para captar los propios caracteres. Quizá uno no es para sí mismo a la manera de una cosa. Quizá uno no es en absoluto: siempre en cuestión, siempre en aplazamiento, quizá uno deba hacerse perpetuamente. Todo el esfuerzo de Baudelaire consistirá en ocultarse estos pensamientos desagradables.

 

 

Y puesto que su “naturaleza” se le escapa, tratará de atraparla en los ojos de los demás. Su buena fe lo abandona, debe trabajar sin término para convencerse, debe intentar captarse a sus propios ojos; a nuestros ojos —pero no a los suyos— aparece un nuevo rasgo de su figura: es el hombre que, habiendo experimentado con más profundidad que nadie su condición de hombre, con más pasión que nadie trató de ocultársela.

Por haber escogido la lucidez, por haber descubierto a pesar suyo la gratuidad, el abandono, la libertad temible de la conciencia, Baudelaire se ha situado frente a una alternativa: puesto que no hay principios hechos a los cuales aferrarse, o tendrá que estancarse en un indiferentismo amoral o él mismo se inventará el Bien y el Mal.

Como la conciencia saca sus leyes de sí misma, ha de considerarse, según los términos kantianos, legisladora de la ciudad de los fines ; ha de asumir una responsabilidad total y crear sus propios valores, el sentido del mundo y el de su propia vida. Y claro está, el hombre que declara que “lo creado por el espíritu es más viviente que la materia” ha sentido como nadie las potencias y la misión de la conciencia. Con ella, lo vio muy bien, algo que no existía antes surge en el mundo: la significación; por eso opera en todos los planos y perpetuamente una creación continua.

Baudelaire otorgó tal valor a esta producción ex nihilo, para él caracterizadora del espíritu, que la atonía totalmente contemplativa de su vida está atravesada de parte a parte por un impulso creador. Este misántropo profesa un humanismo de la creación. Admite “tres seres respetables: el sacerdote, el guerrero y el poeta. Saber, matar y crear”. Se observará que destrucción y creación constituyen una pareja: en los dos casos hay producción de acontecimientos absolutos; en los dos casos un hombre es por sí solo responsable de un cambio radical en el universo. A esta pareja se opone el saber que nos conduce a la vida contemplativa. No podría indicarse mejor esa complementariedad que unirá siempre para Baudelaire las potencias mágicas del espíritu a su lucidez pasiva.

Definirá lo humano por la creación, no por la acción. La acción supone un determinismo, inserta su eficacia en la cadena de las causas y de los efectos, obedece a la naturaleza para mandarla, se somete a principios que ha recogido a ciegas y jamás pone en duda su validez. El hombre de acción es aquel que se interroga sobre los medios y jamás sobre los fines. Nadie más alejado de la acción que Baudelaire.

A continuación del pasaje que acabamos de citar, añade: “Los otros hombres son bestias de carga hechos para la cuadra, es decir, para ejercer lo que se llama profesiones”. Pero la creación es pura libertad; antes de ella no hay nada, empieza por producir sus propios principios,-inventa ante todo su fin ; de este modo participa de la gratuidad de la conciencia; es esta gratuidad deliberada, repensada, erigida en objetivo. Y esto es lo que explica en parte el amor de Baudelaire al artificio. Los afeites, los adornos, las ropas, las luces manifiestan a sus ojos la verdadera grandeza del hombre: su poder de crear.

 

 

 

Se sabe que después de Rétif, de Balzac, de Sué, contribuyó grandemente a difundir lo que Roger Caillois llama “el mito de la gran ciudad”. Es que una ciudad es una creación perpetua: sus inmuebles, sus olores, sus ruidos, su vaivén pertenecen al reino humano. Todo es en ella poesía en el sentido estricto del término.

En este sentido, la admiración que sobrecoge a los jóvenes hacia 1920 frente a las propagandas eléctricas, la iluminación de neón, los automóviles, es profundamente baudelairiana. La gran ciudad es el reflejo de ese abismo: la libertad humana. Y Baudelaire, que odia al hombre y la “tiranía de la cara humana”, llega a ser humanista por su culto de la obra humana. Pero si es así, una coincidencia lúcida y ante todo prendada de su poder demiúrgico debe crearse en primer término el sentido que iluminará para ella la totalidad del mundo. La creación absoluta, aquélla de la cual las otras sólo serán consecuencias, es la de una escala de valores.

Sería, pues, de esperar que Baudelaire diera muestras de una osadía nietzcheana en la búsqueda del Bien y del Mal, de su Bien y de su Mal. Pero, para quien examine un poco de cerca la vida y las obras del poeta, lo que sorprende es que recibió de los demás sus nociones morales y que nunca las puso en duda. Esto podría comprenderse si Baudelaire hubiera adoptado el partido de la indiferencia y si hubiese mostrado un dejarse estar epicúreo. Pero los principios morales que conserva, inculcados por una educación católica y burguesa, no son en él simples supervivencias, órganos inútiles y secos.   

Baudelaire tiene una vida moral intensa, se retuerce en el remordimiento, se exhorta cada día a proceder mejor, lucha, sucumbe, abrumado por un atroz sentimiento de culpabilidad, al punto que ha sido posible preguntarse si no llevaba el peso de faltas secretas. M. Crépet, en su introducción biográfica a Les fleurs du mal, ha observado con mucha justeza:

¿Hubo en su vida faltas que el tiempo no borra? Es poco creíble después de tantas investigaciones de que ha sido objeto. Sin embargo, se trata como si fuera un criminal,’ se declara culpable “en todos sentidos”. Se denuncia porque tiene “la noción del deber y de todas las obligaciones morales y las traiciona siempre”. No, Baudelaire no ha cargado con crímenes secretos.

Lo que puede reprochársele no es grave: sequedad de corazón bastante real, pero no absoluta; cierta pereza, abuso de estupefacientes, sin duda algunas extravagancias sexuales, indelicadezas linderas a veces con la estafa. Si tan sólo una vez se hubiera decidido a discutir los principios en nombre de los cuales el general Aupick y Ancelle lo condenaban, se habría liberado. Pero se guarda muy bien de hacerlo: adopta sin discusión la moral de su padrastro. Las famosas resoluciones de 1862 que consigna bajo el nombre de Higiene, Conducta, Moral, son de una puerilidad lastimosa: Una sabiduría abreviada. Tocado, oración, trabajo…

El trabajo engendra forzosamente buenas costumbres, sobriedad y castidad; en consecuencia, salud, riqueza, genio sucesivo y progresivo y caridad. Age quod agis.

Sobriedad, castidad, trabajo, caridad: estas palabras acuden sin cesar a su pluma. Pero no tienen contenido positivo, no le trazan una línea de conducta, no le permiten resolver los grandes problemas de las relaciones con los demás y de las relaciones consigo mismo. Representan simplemente una serie de prohibiciones rigurosas y estrictamente negativas; sobriedad: no tomar excitantes; castidad: no volver a casa de esas jóvenes demasiado acogedoras cuyas direcciones figuran en su libreta; trabajo: no dejar para mañana lo que se puede hacer hoy; caridad: no irritarse, no agriarse, no desinteresarse de los demás.

 

Reconoce por otra parte que tiene “la noción del deber”, es decir, que encara la vida moral bajo el aspecto de una obligación, de un freno que lastima la boca indócil, y jamás bajo el aspecto de una búsqueda doliente ni de un verdadero impulso del corazón:

Un ange furieux fond dii ciel comme un aigle,

Du mécréant saisit á plein poing les cheveux

Et dit, le secouant: “Tu connaítras la regle!”

(Car je suis ton bon Ange, entends-tu?) Je le veux’.

Un ángel furioso baja del cielo como un águila,  

del incrédulo agarra a puñados el pelo

y dice, sacudiéndolo: “¡Conocerás la regla!”

(Porque soy tu Ángel bueno, ¿me oyes?) Yo lo quiero.

Imperativos rudos y torturadores cuyo contenido es de una pobreza desarmante: ésos son los valores y las reglas que sirvieron de base a toda su vida moral. Cuando hostigado por su madre o por Ancelle, se encabrita de pronto, nunca es para arrojarles a la cara la atrocidad y estupidez de sus virtudes burguesas, sino para dárselas de fanfarrón del vicio, para gritarles que él es muy malo y que podría serlo más aún:

 

 

 
¿Entonces crees que, si lo quisiera, no podría arruinarte y sumir tu vejez en la miseria? ¿No sabes que tengo bastante astucia y elocuencia para hacerlo? Pero me contengo. No puede dejar de darse cuenta que situándose así en el terreno de los otros y conduciéndose como un niño enfadado, que patalea y encarece sus faltas, les da ventaja, agrava su caso. Pero se obstina: quiere ser absuelto en nombre de esos valores y prefiere que ellos lo condenen a limpiarse en nombre de una ética más amplia y más fecunda que debería inventar él mismo. Su actitud durante el proceso, es más extraña aún.

Ni una vez intenta defender el contenido de su libro; ni una vez intenta explicar a los jueces que no acepta la moral de los policías y de los magistrados. Por el contrario, la reivindica; sobre esta base va a discutir; y en cambio de poner sobre el tapete los fundamentos de sus interdictos, acepta la vergüenza secreta de mentir sobre el sentido de su obra. En efecto, tan pronto la presenta como una simple diversión y reclama, en nombre del Arte por el Arte, el derecho de imitar desde afuera las pasiones sin sentirlas, como la da por una obra edificante, destinada a inspirar horror al vicio.

Sólo nueve años más tarde se atreverá a confesar a Ancelle: ¿Necesitaré decirle a usted, que tampoco lo adivinó, que en ese libro atroz puse todo mi corazón, toda mi ternura, toda mi religión (disfrazada), todo mi odio? Es cierto que escribiré lo contrario, que juraré por mis grandes dioses que es un libro de arte puro, de parodias, de juego de manos y mentiré como un sacamuelas.

Se dejó juzgar, aceptó sus jueces, hasta escribió a la Emperatriz que “la Justicia lo había tratado con una cortesía admirable . . . ” ; mejor aún, postuló una rehabilitación social: primero la cruz, luego la Academia. Contra todos aquellos que desearon liberar al hombre, contra George Sand, contra Hugo, adoptó el partido de sus verdugos, el de Ancelle, el de Aupick, el de los policías del imperio, el de los académicos; reclamó el látigo, pidió que lo constriñeran por el terror a practicar las virtudes que ellos preconizaban:

“Si cuando un hombre adquiere el hábito de la pereza, del ensueño, de la holgazanería, al punto de dejar siempre para el día siguiente la cosa importante, otro hombre lo despertara una mañana a fuertes latigazos y lo azotara sin piedad hasta que, no pudiendo trabajar por placer, trabajara por miedo, este hombre —el azotador— ¿no sería realmente su amigo, su bienhechor?”

Hubiera bastado una nadería, un impulso de humor, una simple mirada a la cara de esos ídolos, para que cayeran de improviso sus cadenas. Baudelaire no lo hizo, aceptó toda su vida juzgar y dejar juzgar sus faltas según el rasero común. Y él, el poeta maldito de las obras prohibidas, escribió un día: Fueron necesarios, en todos los tiempos y en todas las naciones, dioses y profetas que enseñaran [la virtud’] a la humanidad animalizada y… el hombre, solo, hubiera sido impotente para descubrirla. ¿Puede imaginarse dimisión más absoluta? Baudelaire proclama que no hubiera sabido descubrir solo la virtud.

 

 

No hay en él germen de virtud, ni siquiera conocería su sentido si estuviera librado a sus propias fuerzas. Revelada por los profetas, inculcada a la fuerza por el látigo de los sacerdotes y de los ministros, el carácter principal de esta virtud es estar fuera del poder de los individuos. Ellos no hubieran podido inventarla y no pueden ponerla en duda: que se contenten con recibirla como un maná celeste.

Se acusará seguramente a su educación cristiana. Y sin duda esta impronta lo marcó con fuerza. Pero véase el camino realizado por otro cristiano —protestante, es cierto—: André Gide. En el conflicto originario que enfrentaba su anomalía sexual con la moral común, tomó el partido de aquélla contra ésta; fue royendo poco a poco, como un ácido, los principios rigurosos que lo trababan; a través de innumerables recaídas marchó hacia su moral, hizo todo lo que pudo por inventar una nueva tabla de la ley. Sin embargo, la impronta cristiana era tan fuerte en él como en Baudelaire, pero quería librarse del Bien de los demás; se negaba a dejarse tratar desde el principio como una oveja sarnosa.

A partir de una situación análoga, eligió de otra manera, quiso tener la conciencia tranquila, comprendió que sólo se liberaría mediante la invención radical y gratuita del Bien y del Mal. ¿Por qué Baudelaire, creador nato y poeta de la creación, se echó atrás a último momento? ¿Por qué gastó fuerzas y tiempo en mantener las normas que lo hacían culpable? ¿Cómo no se indignó contra esa heteronomía que condenaba desde el principio a su conciencia y voluntad a seguir siendo siempre una conciencia intranquila y una voluntad mala?

Volvamos a la famosa “diferencia”. El acto creador no permite gozar de ella: el que crea se transporta, durante el tiempo de la creación, más allá de la singularidad al cielo puro de la libertad. Ya no es nada: hace. Sin duda construye fuera de sí una individualidad objetiva. Pero mientras trabaja, esta individualidad, no se distingue de él mismo. Y después no entra en ella, permanece enfrente como Moisés en el umbral de la tierra prometida.

Veremos más adelante que Baudelaire escribió sus poemas para encontrar en ellos su imagen. Pero eso no podía satisfacerlo: quería gozar de su alteridad en la vida cotidiana. La gran libertad creadora de valores emerge de la nada; esa libertad le asusta. La contingencia, la injustificabilidad, la gratuidad asedian sin tregua al que intenta hacer surgir en el mundo una realidad nueva.

Si es absolutamente nueva, en efecto, nadie la reclamaba, nadie la esperaba en la tierra y sigue estando de más, como su autor. En el seno del mundo establecido es donde Baudelaire afirma su singularidad. La puso primero contra su madre y su padrastro en un movimiento de rebeldía y de furor. Pero precisamente es una rebeldía, no un acto revolucionario. El revolucionario quiere cambiar el mundo, lo supera hacia el porvenir, hacia un orden de valores que él inventa; la rebeldía cuida de mantener intactos los abusos que padece para poder rebelarse contra ellos.

 

Siempre hay en él elementos de conciencia intranquila y como un sentimiento de culpabilidad. No quiere destruir ni superar, sino tan sólo levantarse contra el orden. Cuando más lo  ataca, oscuramente más lo respeta; los derechos que a la luz del día niega, los conserva en lo más profundo de su corazón; si llegaran a desaparecer, su razón de ser y su justificación desaparecerían con ellos. Se encontraría de improviso sumido en una gratuidad que le de  miedo.

Baudelaire nunca pensó en destruir la idea de familia, muy por el contrario: podría decirse que jamás superó el estadio infantil. El niño tiene a sus padres por dioses. Sus actos, como sus juicios, son absolutos; encarnan la Razón universal, la ley, el sentido y la finalidad del mundo.

Cuando esos seres divinos ponen en él la mirada, esa mirada lo justifica al instante hasta el corazón mismo de su existencia; el niño les confiere un carácter definido y sagrado; puesto que no pueden equivocarse, él es como lo ven. Ninguna vacilación, ninguna duda encuentra asiento en su alma; claro que sólo percibe de sí mismo la sucesión vaga de sus humores, pero los dioses se han erigido en guardianes de su esencia eterna, él sabe que esa esencia existe aunque no pueda conocerla, sabe que su verdad no está en lo que puede saber de sí mismo, sino que se oculta en esos grandes ojos terribles y dulces que se vuelven hacia él.

Esencia verdadera en medio de esencias verdaderas, tiene su lugar en el mundo, un lugar absoluto en un mundo absoluto. Todo es pleno, todo es justo, todo es lo que debía ser. Baudelaire no cesó de añorar esos verdes paraísos de los amores infantiles. Definió el genio como “la infancia recuperada a voluntad”. Para él “el niño lo ve todo en novedad; está siempre ebrio”. Pero omite decirnos que esta embriaguez es de una especie muy particular.

Todo es novedad, en efecto, para el niño, pero lo nuevo ya ha sido visto, nombrado, clasificado por otros: cada objeto se le presenta con un rótulo; es eminentemente tranquilizador y sagrado, puesto que la mirada de las personas mayores todavía queda rezagada en él. Lejos de explorar regiones desconocidas, el niño hojea un álbum, recuenta un herbario, hace inspección de propietario. Esta seguridad absoluta de la infancia es lo que añora Baudelaire. 

El drama comienza cuando el niño crece, es una cabeza más alto que sus padres y mira por encima de sus hombros. Pero detrás de ellos no hay nada: al crecer más que sus padres, al juzgarlos quizá, experimenta su propia trascendencia. Su padre y su madre se han achicado; allí están, insignificantes y mediocres, injustificables, injustificados; aquellos majestuosos pensamientos que reflejaban el universo caen al rango de opiniones y de humores. De golpe el mundo está por rehacerse, todos los lugares y el orden mismo de las cosas son discutidos y, como una Razón divina ya no lo piensa, como la mirada fija en él ya no es sino una lucecita entre otras, el niño pierde su esencia y su verdad; los humores vagos, los pensamientos confusos que le parecían antes reflejos rotos de su realidad metafísica, se convierten de pronto en su única manera de existir.

Los deberes, los ritos, las obligaciones precisas y limitadas han desaparecido de golpe. Injustificado, injustificable, bruscamente experimenta su terrible libertad. Todo está por empezar: emerge de improviso de la soledad y de la nada.

 

Es lo que Baudelaire no quiere a ningún precio. Sus padres siguen siendo para él ídolos aborrecibles, pero ídolos. Se planta frente a ellos en actitud de resentimiento, no de crítica. Y la alteridad que reclama nada tiene en común con la gran soledad metafísica que es la suerte de cada uno. La ley de la soledad, en efecto, podría expresarse de esta manera: ningún hombre puede descargarse en otros hombres del cuidado de justificar su existencia. Y esto es precisamente lo que aterroriza a Baudelaire.

La soledad le causa horror. Cien veces la menciona en las cartas a su madre, la llama “atroz”, “desesperante”. Asselineau refiere que no podía quedarse una hora sin compañía. Y se entiendeque no se trata del aislamiento físico, sino de ese “emerger de la nada” que es el precio de la unicidad.

Reclama ser otro, es cierto, pero otro entre los otros; su alteridad desdeñosa sigue siendo un lazo social con los que desprecia; éstos tienen que estar presentes para reconocerla. Es lo que testimonia este curioso pasaje de Fusées: “Cuando haya inspirado asco y horror universales habré conquistado la soledad . . . “. Sentir asco, horror por Baudelaire es seguir ocupándose de él. Hasta es ocuparse mucho: piénsese: ¡ el horror! Y si ese asco y ese horror son universales, mejor: entonces todo el mundo, en todo momento, se ocupa de él. La soledad, tal como él la concibe, es, pues, una función social: el paria está proscrito de la sociedad, pero precisamente porque es objeto de un acto social su soledad queda consagrada, y aun es necesaria al buen funcionamiento de las instituciones.

 

                    

Baudelaire reclama igualmente que se consagre su singularidad y que se la revista de un carácter casi institucional. En cambio de quitarle todo lugar en el mundo y todo derecho a un lugar, como la soledad humana que ha entrevisto y rechazado, por el contrario lo sitúa, le confiere obligaciones y privilegios. iPor eso pedirá a sus padres que la reconozcan. Su objetivo primero, que es castigarlos haciéndoles medir el alcance de su falta, estará logrado cuando les haya hecho comprobar el abandono en que lo dejaron y la unicidad despreciativa y despreciada que lo enorgullece.

A sus padres es a quienes debe inspirar horror. Y este horror que sobrecoge a los Dioses frente a su criatura, será castigo para ellos y a la vez su propia consagración. Es fácil atribuirle un complejo de Edipo mal liquidado. Pero importa poco que deseara o no a su madre; diré más bien que se negó a liquidar el complejo teológico que  asimila los padres a divinidades; es que, para poder eludir la ley de soledad y encontrar en los demás un remedio contra la gratuidad, le fue preciso conferir a los otros, a ciertos otros, un carácter sagrado. No pide amistad ni amor ni relaciones de igual a igual; no tuvo amigos, a lo sumo algunos confidentes canallescos. Reclama jueces. Seres a quienes pueda situar deliberadamente fuera de la contingencia originaria, que existan, en una palabra, porque tienen derecho a existir y cuyos arrestos le confieran a su vez una “naturaleza” estable y sagrada.

Consiente en pasar a sus ojos por culpable. Culpable a sus ojos, es decir, absolutamente culpable. Pero el culpable tiene su función en un universo teocrático. Su función y sus derechos: tiene derecho a la reprobación, al castigo, al arrepentimiento. Concurre al orden universal y su falta le confiere una dignidad religiosa, un lugar aparte en la jerarquía de los seres: está al abrigo bajo una mirada indulgente o colérica. Reléase La géante:

J’eusse aimé vivre aupres d’une jeune géante,

Comme aux pieds d’une reine im chat voluptueux.

‘Me hubiera gustado vivir junto a una joven giganta, 

como a los pies de una reina un gato voluptuoso.

Atraer la mirada de una giganta, verse por los ojos de ésta como un animal doméstico, llevar la existencia descuidada, voluptuosa y perversa de un gato en una sociedad aristocrática donde los gigantes, hombres-Dioses, han decidido por él y sin él el sentido del universo y de los fines últimos de su vida: tal es su más caro deseo; quisiera gozar de la independencia limitada de un animal de lujo, ocioso e inútil, cuyos juegos son protegidos por la seriedad de los amos.

Ahora, claro está, se señalarán huellas de masoquismo en este ensueño; el mismo Baudelaire lo calificaría de satánico, pues se trata especialmente de asimilarse a un animal; ¿y no es forzosamente masoquista en la medida en que su necesidad de consagración lo lleva a tratar de ser un objeto para grandes conciencias severas?

Se hará notar sin duda que Baudelaire, más aún que el de gato, añora el estado del bebé lavado, nutrido, vestido por manos fuertes y bellas. Y será cierto. Pero esto no proviene de no sé qué accidente mecánico que hubiera detenido su desarrollo, ni de un traumatismo que por lo demás no puede probarse. Si añora su primera infancia, es porque entonces estaba libre del cuidado de existir, porque era total y lujosamente un objeto para adultos tiernos, gruñones y llenos de solicitud, porque entonces podía —y sólo entonces— realizar su sueño de sentirse todo envuelto por una mirada.

 

Pero para que el juicio que confiere a Baudelaire su sitio en el universo sea inapelable es preciso ante todo que los motivos en que se inspira sean absolutos. Dicho de otra manera, al mismo tiempo que se niega a discutir el carácter sagrado de sus jueces, Baudelaire se niega a poner en cuestión la idea del Bien sobre la cual aquéllos fundan sus arrestos. Si ha de ser absolutamente culpable, si su singularidad ha de ser metafísica, es preciso que haya un Bien absoluto. Para él, este Bien no es un objeto de amor, ni en modo alguno un imperativo abstracto. Se confunde con una mirada.

Un mirada que ordena y condena. El poeta ha invertido la relación comúnmente admitida: para él no es primero la ley, sino el juez. Según esto, la mirada que lo traspasa, que lo pone en su lugar y que “lo objetiva”, la gran mirada “portadora de Bien y de Mal”, ¿es la de su madre, la del general Aupick o la de Dios “que todo lo ve”? Es todo uno. En La Fanfarío, aparecida en 1847, Baudelaire hace profesión de ateísmo.

“Así como había sido devoto con furor, era ateo con pasión.” Se diría que perdió la fe después de una juventud ferviente y mística. Más tarde no parece haberla recobrado, salvo durante su crisis de 1861. Y en uno de los últimos años de su vida consciente, en 1864, escribía a Ancelle: Expresaré pacientemente todas las razones de mi asco al género humano. Cuando esté absolutamente solo, buscaré una religión… y en el momento de la muerte, abjuraré de esta última religión para mostrar mi asco a la estupidez universal. Ya ve usted que no he cambiado.

Los críticos católicos han de ser, pues, muy temerarios para reivindicarlo como uno de los suyos. Pero que haya creído o no, importa bastante poco. Si no tuvo la existencia de Dios por una realidad, por lo menos esta existencia era como un polo de sus ensueños imaginarios. Escribe en Fusées:

Aunque Dios no existiera, la Religión seguiría siendo santa y Divina. Dios es el único Ser que, para reinar no necesita siquiera existir.

 

 

Lo que importa más que la existencia desnuda es, pues, la naturaleza y las funciones de ese ser todopoderoso. Pero ha de observarse que el Dios de Baudelaire es terrible. Envía a sus ángeles para torturar a los pecadores. Su ley es el Antiguo Testamento. Entre él y los hombres no hay intercesor: Baudelaire parece haber ignorado a Cristo. Jean Massin mismo observa “esa trágica ignorancia del Salvador”. Porque no importa tanto ser salvado como juzgado, o más bien, la salvación está en el juicio mismo que asigna a cada uno su lugar en un mundo en orden. Cuando Baudelaire se queja de falta de fe, siempre echa de menos el testigo y el juez: “Deseo con todo mi corazón . . . creer que un ser exterior e invisible se interesa en mi destino.

Pero, ¿cómo hacer para creerlo?” ^. Lo que le falta no es el amor divino ni la gracia, sino esa mirada pura y “exterior” que lo envolvería y lo llevaría. Es también el punto de vista que adopta en Mon coeur mis á nu, cuando expone esta extraña demostración de la existencia divina: “Cálculo en favor de Dios: Nada existe sin objeto. Por lo tanto, mi existencia tiene un objeto. ¿Qué objeto? Lo ignoro. No fui, pues, yo, quien lo señaló. Fue alguien más sabio que yo. Por lo tanto es preciso rogar a ese alguien que me ilumine. Es la decisión más cuerda”.

Vuelve a encontrarse en este pasaje la afirmación obstinada de un orden de fines preestablecido, y Baudelaire revela así una vez más su deseo de insertarse en esa jerarquía mediante la mirada de un Creador.

Pero ese Dios sin caridad, ese Dios de justicia que castiga y cuyo látigo es bendito, ese Dios que no da ni exige Amor, no se distingue del general Aupick, otro padre flagelador que inspiraba a su hijastro un miedo abominable. Se ha sostenido sin bromear que Baudelaire estaba enamorado del general Aupick. Ni siquiera cabe rechazar semejante tontería. Pero lo que sigue siendo cierto, es que reclamaba esa severidad de la que se quejó toda su vida. Y el papel del general fue importantísimo en el proceso de auto-punición del que tendremos que hablar más adelante. Y es cierto también que el terrible Aupick parece haberse encarnado, a su muerte, en la madre del poeta. Pero el caso es aquí muy complejo. Madame Aupick es, con seguridad, la única persona por quien Baudelaire jamás haya sentido cariño.

 

Sigue ligada para él a una infancia dulce y libre. De vez en cuando se lo recuerda melancólicamente: “Hubo en mi infancia una época de amor apasionado por ti ; escucha y lee sin miedo. Nunca te dije tanto de eso. Recuerdo un paseo en coche; tú salías de una casa de salud donde habías estado internada y me mostraste, para probarme que habías pensado en tu hijo, dibujos a pluma que habías hecho para mí. ¿Crees que tengo una memoria terrible?

Más tarde, en la plaza Saint-André-des-Arts y Neuilly. ¡Largos paseos, ternuras continuas! Recuerdo muelles tan tristes al crepúsculo. ¡Ah! Fueron para mí los buenos tiempos de las ternuras maternales . . . Yo estaba siempre vivo en ti ; tú eras únicamente mía. Eras un ídolo y un camarada a la vez”

En verdad, la amó como a una mujer más que como a una madre; cuando el general aún vivía, le encantaba darle citas adúlteras en los museos. Y en el último período de su vida, aún suele emplear con ella un tono de galantería encantadora y ligera: “[En Honfleur.] Estaré, no contento, es imposible, pero bastante tranquilo para dedicar todo el día al trabajo y toda la noche a divertirte y a hacerte la corte”. Por lo demás, no se hace ilusiones: ella es frívola y terca, caprichosa, “fantástica”, no tiene ningún gusto, su carácter es “absurdo y generoso a la vez”, cree ciegamente a un recién llegado más que a su hijo. Pero poco a poco Aupick la ha contaminado. Se ha impregnado de su severidad y, después de la muerte de su marido, asume, muy a pesar suyo, el papel aplastante de justiciero.

Porque Baudelaire necesita sin falta un testigo. Sin embargo, ella carece de la fuerza y el deseo de castigarlo, pero Baudelaire se echa a temblar delante de esa mujercita insignificante a quien conoce de memoria. Le confiesa en 1860 —tiene cerca de cuarenta años—: “Has de saber algo que probablamente jamás adivinaste: que me inspiras un temor muy grande”. No se atreve a escribirle cuando “no está contento de sí”, y lleva en los bolsillos, días enteros, las cartas que ella le envía sin atreverse a abrirlas: ” . . . ya por temor a tus reproches, ya por miedo de enterarme de noticias aflictivas sobre tu salud, no me atrevo a abrir tus cartas.

Frente a una carta, no soy valiente . . . ” Sabe que esos reproches son injustos, ciegos, sin inteligencia: que ella se los dirige bajo la influencia de Ancelle o de su vecino de Honfleur, o de un cura a quien detesta. No importa: para él son condenas sin apelación. La ha investido, a pesar de ella misma, del poder supremo de juzgarlo, y aunque rechace uno por unos los motivos del juicio, la sentencia permanece inquebrantable. Eligió asumir, frente a ella, la actitud de culpable. Sus cartas son confesiones a la rusa; y como sabe que ella lo reprueba, se ingenia para brindarle razones, se “entrega”. Pero sobre todo se empeña en redimirse a los ojos de su madre. Una de sus más ardientes, de sus más constantes esperanzas, es que llegará el día en que su madre modifique solemnemente su juicio sobre él. A los cuarenta y un años, durante su crisis de devoción, ruega a Dios que le “comunique la fuerza necesaria para cumplir todos [sus] deberes y conceda a [su] madre una vida bastante larga para gozar de [su] transformación”.

Este deseo se repite a menudo en su correspondencia. Se advierte que tiene para él una importancia capital y metafísica. Este último juicio que aguarda es una consagración de su vida. Si su madre muriera sin que la ceremonia se realizase, la vida de Baudelaire se malograría, proseguiría a la buena de Dios, sería invadida de improviso por la horrible gratuidad que él rechaza con todas sus fuerzas.

Pero si, por el contrario, su madre se declarara un día satisfecha, habría marcado con su sello esta existencia atormentada; Baudelaire hubiera logrado su salvación porque su gran conciencia vaga quedaría ratificada. Pero esta severidad que unas veces se despoja hasta no ser más que la pura mirada de Dios y otras se encarna en un general, en una mujer envejecida y fútil, puede adoptar también otras formas. Unas veces los magistrados de Napoleón III, otras los miembros de la Academia Francesa estarán revestidos de una dignidad inesperada. Se ha pretendido que a Baudelaire le sorprendió la condena de Les fleurs du mal; es falso; se lo esperaba, sus cartas a Poulet-Malassis lo prueban; hasta podría decirse que la buscaba. Y de la misma manera, cuando presentó su candidatura a la Academia, deseaba jueces más que electores, pues esperaba que el voto de los inmortales fuera su rehabilitación. 

François Porche escribe con suma justeza: “Baudelaire pensó, pues, que si llegaba a franquear el umbral de la Academia, la sospecha que lo rodeaba cesaría al mismo tiempo. Evidentemente; pero el razonamiento comportaba un círculo vicioso, pues esta misma sospecha era la que quitaba al poeta toda posibilidad de éxito”. Irritado por las habladurías de Ancelle, cuya bondad le impedía situarse en la galería de los jueces, Baudelaire eligió sin pensarlo otro consejero, un tal M. Jaquotot.

Se confiesa encantado: “Con su aire evaporado y su amor al placer me parece un hombre cuerdo. Por lo menos tiene el sentido de las conveniencias y bien lo ha probado en el interrogatorio múltiple pero amistoso a que me sometió”. Él mismo reconoce, pues, que Jaquotot le habla en un tono que le agrada. Pero véase cómo se expresa sobre Baudelaire el tal M. Jaquotot en una carta a Madame Aupick:

 

Está muy calmado y le hice sentir la inconveniencia de semejantes procederes con un amigo respetado y amigo de su madre; a pesar de reconocer sus errores, persistió en no querer trato con él… Creo en su veracidad, pues tiene sumo interés en conducirse bien y en no inducirla a error, como tampoco a mí. Nos vemos obligados a concluir que a Baudelaire le gustaba ese tono discretamente protector. Por lo demás, él mismo explica a su madre, con una especie de fatuidad, que lo han regañado: M. Jaquotot, dice, empezó por reprocharme muy vivamente mi violencia…y añade: M. Jaquotot me preguntó si me sometería a, una especie de vigilancia de su parte, en caso de que sustituyera a Ancelle. Le dije que aceptaba de buena gana… Y ahí está muy contento de haber cambiado de amo. De este modo, tan cierto es que cada uno labra su destino a su imagen, Baudelaire, que escogió originariamente vivir bajo tutela, fue colmado por la suerte : la existencia del consejo de familia fue sin duda para él fuente de humillaciones y de tropiezos innumerables, y lo detestó muy sinceramente. Pero para ese aficionado al látigo y a los jueces, aquel tribunal era indispensable, satisfacía una necesidad suya. Por eso no debe verse en él un accidente desgraciado, que destroza una carrera, sino la muy exacta imagen de las aspiraciones del poeta y como un órgano necesario a su equilibrio. Gracias a él estuvo siempre sujeto, siempre encadenado; durante toda su vida, esos hombres graves e imponentes que Kafka hubiera llamado “Señores”, tuvieron el derecho de hablarle en tono de severidad paternal; debió mendigar dinero como un estudiante gastador, y jamás lo recibió sino gracias a la benevolencia de esos numerosos “padres” que la ley le había dado.

 

Fue un eterno menor, un adolescente envejecido, y vivió en el furor y el odio, pero bajo la guardia vigilante y tranquilizadora de los Otros. Y como si no tuviera bastante con todos esos tutores y curadores, con todos esos voluminosos Señores que decidían entre sí su destino, eligió un tutor secreto, el más severo de todos, Joseph de Maistre, última encarnación del Otro. “Él —dice— me enseñó a pensar.” Para sentirse bien a sus anchas, ¿no le es necesario ocupar un puesto señalado en la jerarquía natural y social? Aquel pensador austero y de mala fe le enseñará los argumentos embriagadores del conservadorismo. Porque todo se relaciona: en esa sociedad en la que quiere ser el niño terrible, es preciso una élite de azotadores: “En política el verdadero santo es el que azota y mata al pueblo por el bien del pueblo”. Sin duda escribió esta frase con un estremecimiento de placer, pues si el político mata al pueblo en nombre del Bien del pueblo, este Bien queda seguramente fuera de alcance. ¡Qué seguridad, pues la víctima tiene prohibido decidir y en medio de sus padecimientos se le dice que por su Bien —ese bien que ella ignora— está muriendo!

Es necesario también la más rigurosa jerarquía preestablecida y que los azotadores se constituyan en sus guardianes. Son necesarios, en fin, privilegios y anatemas que no provengan de méritos voluntariamente adquiridos o de faltas deliberadas, sino que pesen, por el contrario, a priori, como maldiciones. Por eso Baudelaire se proclamará antisemita. La obra está montada: Baudelaire tiene en ella su lugar que lo espera. No será azotador —pues por encima de los azotadores están el vacío y la gratuidad—; en cambio se hará —con qué deleite— el primero de los azotados.

Pero, no lo olvidemos, al hacer el Mal conscientemente y por su conciencia en el Mal, Baudelaire da su adhesión al Bien. Para él, fuera de bruscos fervores por lo demás completamente pasajeros e ineficaces, la ley moral sólo parece existir para violarla. No se contenta con reivindicar orgullosamente el destino de paria: tiene que pecar a cada momento. Aquí nuestras descripciones se completan con la intervención de una nueva dimensión: la de la libertad.

Es que la actitud de Baudelaire frente a su singularidad no es tan sencilla. En cierto sentido, exige gozarla como pueden hacerlo los Otros, y esto significa que quiere mantenerse frente a ella como frente a un objeto; desea que su mirada interior la engendre como la blancura del mirlo blanco nace bajo los ojos de los otros mirlos. Tiene que estar allí, asentada, estable y tranquila a la manera de una esencia. Pero por otro lado, su orgullo no podría satisfacerse con una originalidad pasivamente aceptada y de la que él no es autor.

Quiere haberse hecho lo que es. Y desde la infancia lo vimos asumir con rabia su “separación” por temor de soportarla. Sin duda, al no poder alcanzar en él lo que lo hacía irreemplazable, se dirigió a los demás y les pidió que lo constituyeran otro mediante sus juicios. Pero no podría admitir ser el puro objeto de sus .miradas. De la misma manera que quisiera objetivar el vago influjo de su vida íntima, intenta interiorizar esa cosa que él es para los otros, convirtiéndola en un libre proyecto de sí mismo. Es siempre, en el fondo, el mismo esfuerzo constante de recuperación. Recuperarse, en el plano de la vida íntima, es la tentativa de considerar su conciencia como una cosa para peder abrazarla mejor; pero cuando se trata del ser que uno es para los demás, la recuperación será posible si se puede asimilar la cosa a una conciencia libre.

Esta alternativa paradójica proviene de la ambigüedad de la noción de posesión. Nadie se posee si no se crea, y si se crea, escapa a sí mismo; sólo se posee la cosa; pero si uno es cosa en el mundo, pierde esa libertad creadora que es el fundamento de la apropiación. Y además Baudelaire, que tiene el sentido y el amor a la libertad, sintió miedo al enfrentarse con ella cuando bajó a los limbos de su conciencia.

Vio que conducía necesariamente a la soledad absoluta y a la responsabilidad total. Quiere huir de esa angustia del hombre solo que se sabe responsable sin ayuda del miundo, del Bien y del Mal. Quiere ser libre, sin duda, pero libre en el marco de un universo dado. Así como se arregló para conquistar una soledad acompañada y consagrada, intenta darse una libertad de responsabilidad limitada. Quiere crearse a sí mismo, sin duda, pero tal como los otros lo ven. Quiere ser esta naturaleza contradictoria: una libertad-cosa. Huye de la temible verdad de que la libertad sólo está limitada por sí misma y trata de contenerla en cuadros exteriores.

Le pide justamente que sea bastante fuerte para poder reivindicar como obra suya la imagen que los otros tienen de él; su ideal sería ser su propia causa, lo cual sosegaría su orgullo, y haberse producido, sin embargo, conforme a un plan divino, lo cual calmaría su angustia y justificaría su existencia; en una palabra, reclama ser libre, lo cual supone que es gratuito e injustificable en su misma independencia; y ser consagrado, lo cual implica que la sociedad le impone su función y hasta su naturaleza.