JEAN-PAUL SARTRE

BAUDELAIRE

 

EDITORIAL  LOSADA , S.A.

BUENOS AIRES

BIBLIOTECA DE ESTUDIOS LITERARIOS

Traducción de AURORA BERNÁRDEZ

(TERCERA EDICIÓN)

 

A JEAN GENET

 

No cualquiera afirma su libertad en el mundo de Joseph de Maistre. Los caminos están trazados, los objetivos fijados, las órdenes dadas; sólo hay una vía para el hombre de bien: el conformismo. Pero justamente eso es lo que desea Baudelaire: ¿la teocracia no limita la libertad del hombre a escoger medios en vista de alcanzar fines indiscutidos?

Pero por otra parte desprecia lo útil y la acción. Ahora bien; se llama útil, precisamente, a todo acto que dispone los medios en vista de alcanzar un fin preestablecido. A Baudelaire le sobra sentido de la creación para aceptar este humilde papel de obrero.

En este sentido puede entreverse aquí el significado de su vocación poética: sus poemas son como sucedáneos de la creación del Bien, que Baudelaire se ha vedado. Manifiestan la gratuidad de la conciencia, son totalmente inútiles, afirman en cada verso lo que él mismo llama el sobrenaturalismo. Y al mismo tiempo permanecen dentro de lo imaginario, dejan intocado el problema de la creación primera y absoluta. Son en cierto modo productos de reemplazo, cada uno representa la saciedad simbólica de un deseo total de autonomía, de una sed de creación demiúrgica. Sin embargo, Baudelaire no podría conformarse enteramente con esta actividad derivada y como solapada.

Se encuentra, pues, en esta situación contradictoria: quiere manifestar su libre arbitrio obrando sólo de acuerdo con fines que sean suyos, pero por otra parte quiere ocultar su gratuidad y limitar su responsabilidad aceptando los fines preestablecidos de la teocracia. Queda un solo camino a su libertad: escoger el Mal. Entendamos bien que no se trata de tomar los frutos prohibidos aunque estén prohibidos, sino porque están prohibidos.

Cuando un hombre escoge el crimen por interés en pleno acuerdo consigo mismo, puede ser perjudicial o atroz, pero no hace en verdad el Mal por el Mal: no hay en él ninguna desaprobación de lo que hace. Sólo los otros pueden, desde afuera, juzgarlo malo; pero si nos fuera lícito pasearnos por su conciencia, sólo encontraríamos en ella un juego de motivos, groseros quizá, pero concordantes. Hacer el Mal por el Mal es exactamente hacer a propósito lo contrario de lo que sigue afirmando como Bien. Es querer lo que no se quiere —pues se continúan aborreciendo las potencias malas— y no querer lo que se quiere —pues el Bien se define siempre como el objeto y fin de la voluntad profunda—. Tal es justamente la actitud de Baudelaire.

Hay entre sus actos y los del culpable vulgar, la diferencia que separa las misas negras del ateísmo. El ateo no se preocupa de Dios porque de una vez por todas ha decidido que no existe. Pero el sacerdote de las misas negras odia a Dios porque es amable, lo escarnece porque es respetable; pone su voluntad en negar el orden establecido, pero al mismo tiempo conserva ese orden y lo afirma más que nunca. Si cesara un instante de afirmarlo, su conciencia recuperaría el acuerdo consigo misma, de golpe el Mal se transformaría en Bien y, superando todas las órdenes que no emanaran de sí misma, emergería de la nada, sin Dios, sin excusas, con una responsabilidad total.

Pero el desgarramiento que define la “conciencia en el Mal”, se expresa claramente en el texto que citamos más arriba sobre la doble postulación. “Hay en todo hombre, a toda hora, dos postulaciones simultáneas: una hacia Dios, otra hacia Satán”. Es preciso entender, en efecto, que estas dos postulaciones no son independientes —dos fuerzas contrarias y autónomas aplicadas simultáneamente al mismo punto—, sino que una es función de la otra. Para que la libertad sea vertiginosa debe elegir, en el mundo teocrático, estar infinitamente equivocada. De este modo es única en est e universo comprometido por entero en el Bien; pero tiene que adherirse enteramente al Bien, mantenerlo y reforzarlo para poder lanzarse al Mal.

Y el que se condena adquiere una soledad que es como la imagen debilitada de la gran soledad del hombre realmente libre. Está solo, en efecto, tanto como lo quiere, no más. El mundo permanece en orden, los fines sigue  siendo absolutos e intangibles, la jerarquía no está trastornada: que se arrepienta, que cese de querer el Mal y de improviso todo será restablecido en su dignidad.

En cierto sentido crea: hace aparecer, en un universo donde cada elemento se sacrifica para concurrir a la grandeza del conjunto, la singularidad, es decir, la rebelión de un fragmento, de un detalle. De este modo, se ha producido algo que no existía antes, que nada puede borrar y que de ningún modo estaba preparado por la economía rigurosa del mundo: se trata de una obra de lujo, gratuita e imprevisible. Notemos aquí la relación del mal y la poesía: cuando por añadidura, la poesía toma el mal por objeto, las dos especies de creación de responsabilidad limitada se unen y se funden; poseemos al mismo tiempo, una flor del mal. Pero la creación deliberada del Mal, es decir, la falta, es aceptación y reconocimiento del Bien; le rinde homenaje y, bautizándose a sí misma mala, confiesa que es relativa y derivada, que sin el Bien no existiría.

Concurre, pues, mediante un rodeo, a glorificar la regla. Mejor aún, proclama que no es nada. Puesto que todo lo que es sirve al Bien, el Mal no es. Como lo dice Claudel: lo peor no es siempre seguro. Y el culpable siente que su falta es un desafío al ser mismo y a la vez una travesura que, deslizándose sobre el ser sin herirlo, no tiene consecuencias. El pecador es un niño terrible, pero en el fondo es bueno y él lo sabe.

 

 

Se considera el hijo pródigo a quien su padre nunca cesará de esperar. Al rechazar lo Útil, al consagrar sus esfuerzos y sus cuidados a cultivar anomalías sin eficacia y hasta sin verdadera existencia, acepta que lo consideren un adolescente que juega. Y esto mismo es lo que le da, en medio de sus terrores, una seguridad tan perfecta: él juega y lo dejan hacer; en una palabra, su libertad misma, su libertad para el mal le ha sido concedida. Sin duda está la Condenación, pero el pecador sufre tanto, conserva, en el seno de sus faltas, un sentimiento tan agudo del Bien, que no duda en verdad de que será perdonado.

El Infierno está bien para las ignominias torpes y satisfechas, pero el alma del que quiere el mal por el mal es una flor exquisita. Estaría tan fuera de sitio en la turba vulgar de los culpables, como una duquesa en Saint-Lazare, en medio de las mujerzuelas. Además, Baudelaire, que pertenece a esta aristocracia del Mal, no cree bastante en Dios para temer sinceramente en el infierno. Para él la condena está en esta tierra y nunca es definitiva: es la reprobación de los Otros, es la mirada del general Auspick, es la carta de su madre, que lleva en el bolsillo sin abrir, es el consejo de familia, es el parloteo protector de Ancelle.

Pero llegará el día en que las deudas sean redimidas, en que su madre pueda absolverlo: no duda de la redención final. Ahora se explica que quiera jueces severos: la indulgencia, la tolerancia, la comprensión, al hacerlo menos culpabe, debilitarían en la misma medida su libertad. Es, pues, perverso. Jules Lemaitre dijo de él con bastante acierto: “Como nada iguala en intensidad y hondura los sentimientos religiosos (por el terror y el amor que pueden contener), el individuo los reaviva en sí —y ello en plena busca de las sensaciones más directamente condenables por las creencias de las que derivan esos sentimientos. Se llegará así a algo maravillosamente artificial . . . “.

No cabe duda, en efecto, de que a Baudelaire le proporcionaban placer sus faltas Todavía debemos explicar la naturaleza de ese placer. Cuando Lemaitre agrega, en efecto, que el baudelairismo es “el supremo esfuerzo del epicureismo intelectual y sentimental”, se equivoca. Baudelaire no se propone avivar deliberadamente sus placeres: hasta podría responder de buena fe que, por el contrario, los ha envenenado. Y la idea misma de la búsqueda epicúrea del placer está lo más lejos posible de él. Pero cuando la falta lleva a la voluptuosidad, la voluptuosidad saca provecho de la falta. Aparece primero como elegida entre todas; puesto que está prohibida, es inútil, es un lujo. Pero además, como fue buscada contra el orden establecido por una libertad que se condena para engendrarla, aparece como análoga a una creación. Los placeres groseros, simples satisfacciones de los apetitos, nos encadenan a la naturaleza al mismo tiempo que nos trivializan.

Pero lo que Baudelaire llama Voluptuosidad es de una rareza exquisita: ya que el pecador, en el momento siguiente, estará sumido en el remordimiento, es como el instante único y privilegiado del compromiso. Por ella se hace culpable, y mientras sucumbe, la mirada de sus jueces no lo abandonan: peca en público, y al tiempo que conoce la atroz seguridad de ser mudado en objeto por la condenación moral que merece, experimenta el orgullo de sentirse creador y libre.

Este retorno sobre sí mismo que acompaña necesariamente a la falta, le impide hundirse hasta el fondo en el placer. Nunca se deja sepultar al punto de perder el sentido. Al contrario, es en la voluptuosidad más áspera donde se encuentra: allí está por entero, libre y condenado, creador y culpable, y este goce de sí mismo realiza cierta distancia contemplativa entre él y su placer. La voluptuosidad baudelairiana es como contenida, mirada más que sentida; Baudelaire no se sume en ella, la roza, es un pretexto tanto como un fin; la libertad, el remordimiento, la espiritualizan; está afinada, desubstancializada por el Mal. “Yo digo: la voluptuosidad única y suprema del amor yace en la certeza de hacer el mal. Y el hombre y la mujer saben de nacimiento que en el mal se encuentra toda voluptuosidad.” 

Y ahora, pero sólo ahora, pueden comprenderse estas palabras de Baudelaire: De muy niño sentí en mi corazón dos sentimientos contradictorios: el horror de la vida y el éxtasis de la vida.

Aquí nuevamente no deben considerarse este horror y este éxtasis con independencia uno del otro. El horror de la vida es el horror a lo natural, el horror a la exuberancia espontánea de la naturaleza, el horror también a los blandos limbos vivientes de la conciencia. Además es la adhesión al conservadorismo mezquino de Joseph de Maistre, con su gusto por las violencias y por las categorías artificiales.

Pero el éxtasis de la vida nace en seguida, bien protegido por todas esas barreras. Es esa mezcla muy baudelairiana de contemplación y de goce, ese placer espiritualizado que él llama voluptuosidad; es la prudente ratería del Mal, cuando el cuerpo entero permanece en retraso y acaricia sin abrazar. Fue motejado de impotente. Y sin duda la posesión física, demasiado próxima al placer natural, no lo atraía particularmente. Dijo con desprecio de la mujer, que “está en celo y quiere que la cubra”. De los intelectuales de su especie reconoce que “cuando más cultivan las artes, menos se calientan”, lo cual puede pasar por una confesión. Pero la vida no es la naturaleza. Y confiesa en Mon coeor mis á nu que siente “un gusto muy vivo por la vida y el placer”. Es decir, la vida decantada, mantenida a distancia, recreada por la libertad, el placer espiritualizado por el mal.

 

 

Para expresar las cosas en términos claros, tiene más sensualidad que temperamento.

El hombre de temperamento se olvida en la embriaguez de los sentidos: Baudelaire no se pierde jamás. El acto sexual propiamente dicho le inspira horror porque es natural y brutal y porque es, en el fondo, una comunicación con el Otro: “Copular es aspirar a entrar en otro, y el artista no sale jamás de sí mismo”. Pero existen placeres a distancia: ver, palpar, respirar la carne de la mujer. Sin duda alguna, son los que se concedía. Era mirón y fetichista precisamente porque estos vicios aligeran la voluptuosidad, porque realizan la posesión desde lejos, simbólicamente por así decirlo. El mirón no se entrega; un estremecimiento obsceno y discreto lo recorre por entero mientras, vestido hasta el cuello, contempla la desnudez sin tocarla. Hace el mal y lo sabe; posee al otro a distancia y se mira.

Después de esto, poco importa que pidiera la saciedad al goce solitario, como se ha sugerido, o a lo que él llama, con una brutalidad deliberada, la “monta”. Aun en el coito hubiera seguido siendo un solitario, un onanista, pues sólo gozaba en el fondo de su pecado. Lo esencial es adoraba “la vida”, pero la vida encadenada, retenida, rozada, y que este amor impuro, como una flor del mal, nacía sobre el humus del horror. Así es que, en conjunto concibió el pecado ante todo bajo la forma del erotismo.

Las otras mil formas del mal: la traición, la bajeza, la envidia, la brutalidad, la avaricia, y tantas más, le fueron completamente extrañas.

Escogió un pecado suntuoso y aristocrático. Con sus defectos reales, la pereza y la “procrastinación”, no bromea nunca. Los odia, lo dejan desolado: es que se levantan contra su libertad, no contra fines preestablecidos. De la misma manera el masoquista besará los pies de una prostituta que lo abofetea por dinero y matará quizá al hombre que lo ha injuriado de veras. Es un juego sin consecuencias, un juego con la vida, un juego con el Mal.

Pero justamente porque es un juego en el vacío, Baudelaire se complace en él; actos nulos y estériles, sin posterioridad, un mal fantasmagórico, apuntado, sugerido más que realizado: nada hace sentir tanto la libertad y la soledad. Al mismo tiempo, los derechos del Bien se han salvado: sólo hubo escalofríos; hubo un deslizarse, no un verdadero compromiso. Dicen que Buffon escribía con mangotes; de modo semejante, Baudelaire se ponía guantes para hacer el amor. 

A partir de la doble postulación, el clima interior de Baudelaire resulta bastante fácil de describir: este hombre, durante toda su vida, por orgullo y rencor, intentó hacerse cosa a los ojos de los otros y a los suyos propios. Deseó erguirse aparte de la gran fiesta social, a la manera de una estatua, definitivo, opaco, inasimilable. En una palabra, diremos que quiso ser —y entenderemos con esto el modo de presencia obstinado y rigurosamente definido de un objeto.

Baudelaire no hubiera tolerado que ese ser que los otros debían verificar y del cual él mismo quería gozar, tuviera la pasividad y la inconsciencia de un utensilio.

Quiere ser un objeto, pero no un puro dato de azar; esta cosa será realmente suya, se saJlvará si puede establecerse que se ha creado a sí misma y que se sostiene a sí misma en el ser. Llegamos así al modo de presencia de la conciencia y de la libertad que llamaremos existencia. Baudelaire no puede ni quiere vivir el ser o la existencia hasta el fin. No bien se deja llevar a una de las dos partes, se refugia en seguida en la otra. Se siente objeto —y objeto culpable- a los ojos de los jueces que se ha asignado, afirma en seguida contra ellos su libertad, sea con alardes de vicio, sea por un remordimiento que la arrebata de un aletazo por encima de su naturaleza, sea por otros mil ardides que veremos en seguida.

Pero si llega entonces al terreno de la libertad, lo asusta su gratuidad frente a los límites de su conciencia, se aforra a un universo hecho donde el Bien y el Mal están dados de antemano y donde ocupa un lugar determinado. Escogió tener una conciencia perpetuamente desgarrada, una conciencia intranquila. Su insistencia en mostrar en el hombre una dualidad perpetua, doble postulación, alma y cuerpo, horror de la vida y éxtasis de la vida, traduce el descuartizamiento de su espíritu. Porque quiso a la vez ser y existir, porque huye sin descanso a la existencia en el ser y al ser en la existencia, sólo es una llaga viva de labios ampliamente separados, y todos sus actos, cada uno de sus pensamientos, comporta dos significaciones, dos intenciones contradictorias que se ordenan y destruyen mutuamente.

Mantiene el Bien para poder realizar el Mal, y si hace el Mal es para rendir homenaje al Bien. Si sale de la Norma, es para que se sienta mejor el poder de la Ley, para que una mirada lo juzgue y clasifique a pesar suyo en la jerarquía universal; pero si reconoce explícitamente este Orden y este poder supremo, es para poder escapar a él y sentir su soledad en el pecado. En esos monstruos que adora, encuentra ante todo las leyes imprescriptibles del Mundo, en el sentido de que “la excepción confirma la regla”; pero las encuentra escarnecidas.

Nada es simple en él; se pierde en sí mismo y termina por escribir desesperado:

“Tengo un alma tan singular que no me reconozco a mí mismo”.

Esta alma singular vive en la mala fe. Hay, en efecto, en ella algo que se disimula a sí misma en una fuga perpetua: es que ha elegido no elegir su Bien, es que su libertad profunda, gruñendo frente a sí misma, saca de afuera principios hechos, precisamente porque están hechos. No ha de creerse, como Lemaitre, que estas complicaciones son clara y manifiestamente buscadas y que Baudelaire aplica únicamente una técnica del epicureismo; en ese caso todos los ardides serían vanos, se conocería demasiado para engañarse. La elección que hizo de sí mismo está mucho más hundida.

No la distingue porque forma una unidad con él. Pero tampoco debe asimilarse una libre elección de esta especie a las oscuras químicas que los psicoanalistas relegan al inconsciente. Esta elección de Baudelaire es su conciencia, es su proyecto esencial. En cierto sentido, pues, está tan penetrado por ella que es como su propia trasparencia. Es la luz de su mirada y el sabor de sus pensamientos. Pero aun en esta elección entra el propósito de no decirse, de abrazar todo conocimiento y de no darse a conocer.

 

En una palabra, esta elección original es originariamente de mala fe. En nada de lo que piensa, en nada de lo que siente, en ninguno de sus sufrimientos, en ninguna de sus rechinantes voluptuosidades Baudelaire cree del todo: quizá en eso reside su verdadero sufrimiento. Pero no nos equivoquemos; no creer del todo no es negar; la mala fe sigue siendo fe. Más bien debe pensarse que los sentimientos de Baudelaire tienen una suerte de vacío interior. Intenta compensar su insuficiencia mediante un frenesí perpetuo, una extraordinaria nerviosidad. Pero en vano: suenan a hueco.  

Nos recuerda a aquel psicasténico que, convencido de tener una úlcera en el estómago, se revolcaba por el suelo, bañado en sudor, aullaba y temblaba; pero no había dolor. Si pudiéramos apartar el vocabulario exagerado que usa Baudelaire para describirse, omitir las palabras “atroz”, “pesadilla”, “horror”, que se encuentran en todas las páginas de Les fleurs du mal, y bajar al fondo mismo de su corazón, quizá encontraríamos, bajo las angustias y los remordimientos, bajo el temblor de los nervios, dulce y más insoportable que los males más penosos, la Indiferencia.

No una indiferencia lánguida y provocada por una insuficiencia fisiológica, sino más bien esa imposibilidad radical de tomarse en serio que acompaña de ordinario a la mala fe. Será preciso, pues, concebir todos los rasgos que componen su imagen como afectados por una nada sutil y secreta; y evitar engañarse con las palabras que usaremos para pintarlo, pues evocan y sugieren mucho más de lo que era; recordemos, si queremos entrever los paisajes lunares de esta alma desolada, que un hombre nunca es sino una impostura.

Habiendo optado por el mal, eligió sentirse culpable. A través del remordimiento realiza su unicidad y su libertad de pecador. En toda su vida nunca lo abandonará el sentimiento de culpabilidad. No es una consecuencia inoportuna de su elección: el remordimiento tiene en él una importancia funcional. Él es quien convierte el acto en pecado; un crimen del cual el autor no se arrepiente ya no es crimen, sino a lo sumo mala suerte. Hasta parece que en él el remordimiento hubiera precedido a l a falta. A los dieciocho años escribe a su madre que “no se atrevió a mostrarse a M. Aupick en toda su fealdad”.

Se acusa de tener “defectos a montones y que no son ya defectos agradables”. Y mientras se queja con bastante disimulo de los Lasegue, en cuya casa está pupilo, agrega: “Quizá sea un bien haber quedado desnudo y despoetizado; comprendo mejor lo que me faltaba”.

Después, no cesará nunca de acusarse. Y, por supuesto, es sincero —o más bien su mala fe es tan profunda que ya no la domina. Tiene tan violento horror de sí mismo, que su vida puede considerarse una larga serie de castigos que se inflige. Mediante la autopunición se redime y, según una expresión que le es cara, se “rejuvenece”. Pero al mismo tiempo se constituye en culpable. Desarma su falta y la consagra sin embargo para la eternidad; asimila su propio juicio sobre sí mismo al de los demás; es como si tomara una instantánea de su libertad pecadora y la fijara para la eternidad. Para la eternidad él es el más irreemplazable de los pecadores; pero en ese mismo momento la deja atrás camino de la libertad nueva, le huye dirigiéndose hacia el Bien, como huía del Bien hacia el Mal.

Y sin duda más allá del pecado presente, la punición apunta mucho más profunda, mucho más oscuramente a esa Mala Fe que es su verdadera falta, que no quiere reconocer y sin embargo trata de expiar. Pero en vano intenta franquear el círculo vicioso donde se ha encerrado: pues el verdugo tiene tan mala fe como la víctima; el castigo es una complacencia como el crimen: apunta a una falta libremente constituida en falta por referencia a normas hechas. La primera y más constante de las penas que se inflige es sin disputa la lucidez. Vimos el origen de esta lucidez: Baudelaire se situó de entrada en el plano de la reflexión porque quería aprehender su alteridad. Pero ahora la usa como un látigo. Esta “conciencia en el mal” que él ensalza, puede ser a veces deliciosa; ante todo es lancinante como el arrepentimiento.

Lo vimos asimilar a la mirada de los Otros esa mirada que se dirige a sí mismo. Se ve o intenta verse como si fuera otro. Y claro está, es imposible verse realmente con los ojos de los Demás, estamos demasiado adheridos a nosotros mismos. Pero si nos metemos en el pellejo del juez; si nuestra conciencia reflexiva finge disgusto e indignación con respecto a la conciencia refleja; si para calificar a ésta pide a la moral aprendida sus nociones y sus medidas, podemos tener por un momento la ilusión de haber introducido una distancia entre lo reflejado y la reflexión.

Mediante la lucidez auto-punitiva, Baudelaire intenta constituirse en objeto frente a sus propios ojos. Nos explica que además esta clarividencia implacable, gracias a una hábil vuelta, puede asumir visos de rescate: “Aquella acción ridícula, cobarde o vil, cuyo recuerdo me agitó un momento, está en completa contradicción con mi verdadera naturaleza, mi naturaleza actual, y la energía misma con que la contemplo, el cuidado inquisitorial con que la analizo y la juzgo prueban mis altas y divinas aptitudes para la virtud. ¿Cuántos hombres se encontrarían en el mundo tan hábiles para juzgarse, tan severos para condenarse?”.

Es verdad que aquí habla del fumador de opio. Pero no nos dijo que la embriaguez tóxica produjera modificaciones importantes en la personalidad del intoxicado. Ese fumador que se condena y se absuelve es él, ese “mecanismo” complejo es completamente baudelairiano. Desde el momento en que me constituyo en objeto, por la severidad social con que me trato me convierto al mismo tiempo en juez; y la libertad escapa de la cosa juzgada para impregnar al acusador.

De este modo, mediante una nueva combinación, Baudelaire intenta unir una vez más la existencia al ser. Él mismo es esa libertad severa que escapa a toda condena porque no es nada más que una condena, y también es él ese ser inmovilizado en su falta, que es contemplado y juzgado. Fuera y dentro a la vez, objeto y testigo para sí mismo, introduce en sí el ojo de los otros para captarse como otro; y en el momento en que se ve, su libertad se afirma, escapa a todas las miradas, pues ya no es nada más que una mirada. Pero hay otros castigos. Y hasta podría decirse que su vida entera fue un castigo.

No descubro en ella ningún accidente, ninguna de esas desgracias de las que puede decirse que son inmerecidas, inesperadas: todo parece devolverle su imagen; cada acontecimiento parece un castigo largamente meditado.

 

 

 
       

Buscó y encontró su consejo de familia, buscó y encontró la condena de sus poemas, su fracaso en la Academia y ese tipo de celebridad irritante que estaba tan lejos de la gloria soñada. Se empeñaba en hacerse odioso para alejar y disgustar. Hacía correr a su respecto rumores humillantes; en particular, no descuidó nada para que lo creyeran pederasta. “Baudelaire —dice Buisson— se embarcó como pilotín a  bordo de un barco mercante que partía para la India. Hablaba con horror del trato que había recibido. Y cuando se piensa lo que debía de ser aquel adolescente elegante, frágil, casi una mujer, y las costumbres de los marinos, es más que probable que estuviera en lo cierto; nos estremecíamos al oírlo.”

El 3 de enero del 65, escribe de Bruselas a Madame Paul Meurice: “Pasé aquí por agente de policía (¡bien hecho! ), por pederasta (¡yo mismo difundí ese rumor y me creyeronl)”. Es, sin duda, la fuente del rumor pérfido y sin fundamento que cuenta Charles Cousin y según el cual habría sido expulsado del Liceo Louisle-Grand por homosexualidad. Pero no sólo se atribuye vicios; llega hasta ponerse en ridículo: “Cualquier otro —dice Asselineau— hubiera muerto del ridículo a que se exponía por gusto, y cuyos efectos lo regocijaban”. 

Hay en los relatos de quienes lo conocieron cierto tono protector y sonriente que parece insoportable al lector de hoy y que él mismo, con sus excentricidades, los inducía a adoptar. Escribe en Fusées:

“Cuando haya inspirado asco y horror universales, habré conquistado la soledad”.

Y por cierto, será preciso encontrar a ese deseo de desagradar al mundo, como a todas las actitudes de Baudelaire, más de una clave. Pero sin duda habrá que ver en primer término una tendencia a la auto-punición. No hay nada, ni aun la sífilis, de que no sea artesano casi voluntario. Por lo menos corrió el riesgo a sabiendas en su juventud, pues se dice atraído por las prostitutas más miserables. La mugre, la miseria física, la enfermedad, el hospital, eso es lo que lo seduce, eso es lo que ama en Sarah, “la horrible judía”:

Vice beaucoup plus grave, elle porte perruque,

Tous ses beaux cheveux noirs ont fui sa blanche nuque;

Ce qui n’empéche pas les baisers amoureux

De pleuvoir sur son front plus pelé qu’un lépreux.

Elle n’a que vingt ans; la gorge deja basse

Pend de chaqui cóté comme une calebasse

Et potirtant, me traínant chaqué nuit sur son corps

Ainsi qu’un nouveau-né, je la tette et la mords

Et, bien qu’elle n’ait pas souvent méme une abale

Pour se fratter la chair et paur s’oindre l’épaule.

Je la leche en silence, avec plus de ferveur

Que Madeleine en feu les deux pieds du Sauveur.

La pauvre créature, au plaisir essaufflée,

A de rauques hoquets la poitrine ganflée

Et je devine, au bruit de san souffle brutal,

Qu’elle a souvent mordu le pain de l’hópital.

 

‘Vicio mucho más grave, lleva peluca,

todo el hermoso pelo ha huido de su blanca nuca;

lo cual no impide que los besos enamorados

lluevan sobre su frente más monda que un leproso.

Sólo tiene veinte años; el pecho, caído ya,

cuelga de cada Iado como una calabaza;

y sin embargo, arrastrándome todas las noches sobre su cuerpo,

como un recién nacido, chupo su seno y la muerdo;

y aunque muchas veces no tenga siquiera un centavo

para frotarse la carne y ungirse el hombro,

a lamo en silencio, con más fervor

que Magdalena inflamada a los pies del Salvador.

A la pobre criatura, sofocada de placer, recios hipos le

dilatan el pecho,

y adivino, al oír su aliento brutal,

que ha comido muchas veces el pan del hospital.’

 

[Versos de juventud aparecidos en La Jeune Frunce y reproducidos

en el Baudelaire de Eugéne Crépet].

El tono del poema no deja duda. En cierto sentido, por supuesto, se une a la orgullosa declaración de Baudelaire al final de su vida:

“Las que me amaron fueron gentes despreciadas, hasta diría despreciables si me interesara halagar a las personas decentes”.

 

Es una confesión insolente, un llamado implícito al lector hipócrita, su semejante, su hermano. Pero no olvidemos que es la expresión de un hecho. Lo seguro es que Baudelaire, a través del cuerpo miserable de Louchette, trata de apropiarse de la enfermedad, las taras, la fealdad; quiere tomarlas sobre sus hombros, cargar con ellas no por impulso de caridad, sino para quemar su carne. La insolencia del poema expresa la reacción reflexiva: cuanto más mancillado, cuanto más contaminado esté el cuerpo que se sume en sucias voluptuosidades, será mayor objeto de asco para Baudelaire mismo, y más se sentirá el poeta mirada y libertad, más desbordará su alma de ese andrajo enfermo. 

¿Es demasiado decir que él quiso la sífilis que lo torturó toda su vida, que lo llevó al imbecilidad y a la muerte?

Las observaciones precedentes permiten comprender el famoso “dolorismo” de Baudelaire. Los críticos católicos, Du Bos, Fumet, Massin, han arrojado mucha oscuridad sobre esta cuestión. Han mostrado con cien citas que Baudelaire reivindicaba para sí el peor sufrimiento; han citado los versos de Bénédiction:

Soyez béni mon Dieu qui donnez la souffrance

comme un divin remede á nos impuretés.

[‘Bendito seas, Dios mío. Tú que das el sufrimiento / como

divino remedio a nuestras impurezas.’]

Pero no se preguntaron si Baudelaire sufría de verdad. A este respecto, los testimonios del mismo Baudelaire son bastante variados. En 1861 escribe a su madre:

Yo matarme, es absurdo, ¿verdad? —Así que dejarás

sola a tu vieja madre, dirás. —¡Vaya! Si estrictamente

no tengo derecho, creo que la cantidad de dolores que soporto

desde hace casi treinta años me haría excusable.

Tiene cuarenta años entonces; remonta, pues, el comienzo de sus desdichas a los diez años, lo que corresponde más o menos a estas líneas de su autobiografía: 

“Después de 1830 el colegio de Lyón, golpes, batallas con los profesores y los compañeros, graves melancolías”. Es la famosa “grieta” provocada por el segundo casamiento de su madre, y la correspondencia abunda en variadas quejas por su estado. Pero es necesario observar que siempre son cartas a madame Aupick. Quizá no debieran considerarse absolutamente sinceros estos testimonios. En todo caso, el cotejo de los textos como los que siguen indica  bastante que podía cambiar radicalmente de opinión acerca de su estado según fueran los destinatarios.

El 21 de agosto de 1860 escribe a su madre: Moriré sin haber hecho nada en mi vida. Debía veinte mil francos, debo cuarenta mil. Si tengo la desgracia de vivir todavía mucho tiempo, la deuda puede doblarse aún.

Se reconoce aquí el tema de la vida perdida, frangollada, de lo irremediable, así como los reproches implícitos con respecto al consejo de familia.

El hombre que escribió estas líneas debía de estar desesperado.

Pero en el mismo año 1860, un mes más tarde, escribe a Poulet-Malassis:

“Cuando encuentre usted un hombre que, libre a los diecisiete años, con un gusto excesivo por los placeres, y siempre sin familia, entre en la vida literaria con 30.000 francos de deuda y al cabo de casi veinte años sólo los ha aumentado en 10.000 y, además, está muy lejos de sentirse embrutecido, me lo presentará y saludaré e él a mi igual”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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