JEAN-PAUL SARTRE

BAUDELAIRE

 

EDITORIAL  LOSADA , S.A.

BUENOS AIRES

BIBLIOTECA DE ESTUDIOS LITERARIOS

Traducción de AURORA BERNÁRDEZ

(TERCERA EDICIÓN)

 

A JEAN GENET

 

“No tuvo la vida que merecía.” De esta máxima consoladora, la vida de Baudelaire parece una magnífica ilustración. No merecía, por cierto, aquella madre, aquella perpetua estrechez, aquel consejo de familia, aquella querida avara, ni aquella sífilis; ¿y hay algo más injusto que su fin prematuro?

Sin embargo, con la reflexión surge una duda: si se considera al hombre mismo, no carece de fallas y, en apariencia, de contradicciones: aquel perverso adoptó de una vez por todas la moral más vulgar y rigurosa, aquel refinado frecuenta las prostitutas más miserables, el gusto por la miseria es lo que lo retiene junto al flaco cuerpo de Louchette, y su amor a “la horrorosa judía” es como una prefiguración del que más tarde le inspirará Jeanne Duval; aquel solitario tiene un miedo horrible a la soledad, nunca sale sin compañía, aspira a un hogar, a una vida familiar; aquel apologista del esfuerzo es un “abúlico” incapaz de someterse a un trabajo regular; lanzó invitaciones al viajo, reclamó destierros, soñó con países desconocidos, pero vacilaba seis meses antes de marcharse a Honfleur y el único viaje que hizo le pareció un largo suplicio; ostentaba desprecio y aun odio por los graves personajes encargados de la tutela; sin embargo, jamás trató de librarse de ellos ni perdió ocasión de soportar sus paternales amonestaciones.

¿Es, pues, tan diferente de la existencia que llevó? ¿Y si hubiera merecido su vida? ¿Si, al contrario de las ideas recibidas, los hombres nunca tuvieran sino la vida que merecen? Es preciso mirar esto de más cerca.

Cuando murió su padre, Baudelaire tenía seis años, vivía adorando a su madre; fascinado, envuel­to en consideraciones y cuidados, aún ignoraba que existía como persona, se sentía unido al cuerpo y al corazón de su madre por una especie de participa­ción primitiva y mística; se perdía en la dulce tibieza del amor recíproco; aquello era un hogar, una familia, una pareja incestuosa. “Yo estaba siempre vivo en ti, le escribirá más tarde, tú eras únicamente mía. Eras un ídolo y un camarada a la vez.’’

No podría expresarse mejor el carácter sagrado de esta unión: la madre es un ídolo, el hijo está con­sagrado por el afecto que ella le profesa; lejos de sentirse una existencia errante, vaga y superflua, se piensa como hijo de derecho divino. Está siempre vivo en ella: esto significa que se ha puesto al abrigo en un santuario; no es, no quiere ser sino una emana­ción de la divinidad, un pequeño pensamiento constan­te de su alma. Y precisamente porque se absorbe en­tero en un ser que le parece existir por necesidad y por derecho, está protegido contra toda inquietud, se funde con lo absoluto, está justificado.

En noviembre de 1828 aquella mujer tan querida vuelve a casarse con un soldado; a Baudelaire lo in­terna en un colegio. De esta época data su famosa “grieta”. Crépet cita a este respecto una nota signi­ficativa de Buisson: “Baudelaire era un alma muy de­licada, muy fina, original y tierna, que se agrietó al primer choque de la vida”. Hubo en su existencia un acontecimiento que no pudo soportar: el segundo ca­samiento de su madre. Sobre este tema era inagota­ble y su terrible lógica siempre se resumía así: “Cuan­do se tiene un hijo como yo —el como yo quedaba so­breentendido— uno no vuelve a casarse”.

Esta brusca ruptura y la pena consiguiente lo lanzaron sin transición a la existencia personal. Poco antes estaba penetrado por la vida unánime y religiosa de la pareja que formaba con su madre. Esa vida se retira como la marea, dejándolo solo y seco; ha per­dido sus justificaciones, descubre con vergüenza que es uno, que ha recibido la existencia para nada.

Al furor de verse echado se mezcla un sentimiento de profunda decadencia. Escribirá en Mon cazur mis á nu pensando en esta época: “Sentimiento de soledad desde la infancia, A pesar de la familia —y en medio de mis camaradas, sobre todo—, sentimiento de des­tino enteramente solitario”. Ya piensa este aislamien­to como un destino. Esto significa que no se limita a soportarlo pasivamente concibiendo el deseo de que sea temporario: por el contrario, se precipita en él con rabia, en él se encierra y, ya que lo han condena­do, por lo menos quiere que la condena sea definitiva.

Llegamos aquí a la elección original que Baudelaire hizo do sí mismo, a ese compromiso absoluto por el cual cada uno de nosotros decide en una situación particular lo que será y lo que es. Abandonado, recha­zado, Baudelaire quiso tomar a su cargo este aisla­miento. Reivindicó su soledad para que por lo menos le viniera de sí mismo, para no tener que soportar­la, experimentó que era otro por el brusco descubri­miento de su existencia individual, pero al mismo tiempo afirmó y tomó a su cargo esta alteridad, con humillación, rencor y orgullo.

 

Desde entonces, con violencia terca y desolada, se hizo otro: otro distinto de su madre, con quien sólo era uno y que lo había rechazado, otro distinto de sus camaradas despreocu­pados y groseros; se siente y quiere sentirse único hasta el extremo goce solitario, único hasta el terror.

Pero esta experiencia del abandono y la separación no tiene como contrapartida positiva el descubrimiento de alguna virtud particularísima que lo ponga en seguida en una situación sin par. Por lo menos el mirlo blanco, vilipendiado por todos los mirlos ne­gros, puede consolarse contemplando con el rabillo del ojo la blancura de sus alas. Los hombres nunca son mirlos blancos.

Lo que habita en ese niño abandona­do es el sentimiento de una alteridad totalmente for­mal: esta experiencia ni siquiera podría distinguirlo de los demás. Cada uno ha podido observar en su in­fancia la aparición fortuita y desconcertante de la conciencia de sí, Gide la notó en Si le grain ne meart; después de él, la señora Marie Le Hardouin en La voile noire. Pero nadie lo ha dicho mejor que Hughes en Un cyclone de la Jamaique: [Emily] había jugado a hacerse una casa en un rincón, en la delantera del navío… fatigada de este juego, caminaba sin rumbo hacia la parte posterior, cuando se le ocurrió de pron­to el pensamiento fulgurante de que ella era ella… Una vez plenamente convencida del hecho asombroso de que ella era ahora Emily Bas-Thornton… se puso a examinar seriamente lo que tal hecho implicaba… ¿Qué voluntad había decidido que entre todos los se­res del mundo ella sería ese ser particular, Emily, nacida en tal año entre todos los que compone el tiem­po. .. ? ¿Había elegido ella? ¿Había elegido Dios… ? Pero quizá ella era Dios…

Estaba su familia, cierto número de hermanos y hermanas de los cuales hasta entonces nunca se había disociado por completo; pero ahora que de manera tan repentina había adquirido el sentimiento de ser una persona distinta, le pare­cían tan extraños como el mismo barco.., La invadió un súbito terror: ¿qué sabían ellos? ¿Sabían —esto es lo que quería decir— que era un ser particular, Emily —quizá Dios mismo —(no cualquier niñita)? Sin que supiera decir por qué, esta idea la aterrorizaba… A toda costa aquello debía permanecer en secreto.. 

Esta intuición fulgurante es perfectamente vacía: el niño acaba de adquirir la convicción de que no es cualquiera, o se convierte precisamente en cualquiera al adquirir esta convicción. Es distinto de los demás, con seguridad; pero cada uno de los otros es también distinto. Ha tenido la experiencia puramente negativa de la separación, y su experiencia se ha referido a la forma universal de la subjetividad, forma estéril que Hegel definió con la igualdad Yo = Yo.

¿Qué ha­cer de un descubrimiento que asusta y no compensa? La mayoría se apresura a olvidarlo. ‘Pero el niño que se ha encontrado a sí mismo en la desesperación, el furor y los celos centrará toda su vida en la medita­ción estadiza de su singularidad formal. “Me habéis echado —dirá a sus padres—, me habéis arrojado fue­ra de ese todo perfecto donde me perdía, me habéis condenado a la existencia separada. ¡Pues bienl Ahora reivindico esta existencia contra vosotros. Más adelante, cuando queráis atraerme y absorberme de nuevo, ya no será posible, pues he adquirido concien­cia de mí en oposición y contra todos…”. Y a los que lo persiguen, a los camaradas de colegio, a los bribones de la calle: “Soy distinto. Distinto de todos vosotros que me hacéis padecer. Podéis perseguirme en mi carne, no en mi alteridad..En esta afir­mación hay reivindicación y desafío. Distinto: fuera de alcance porque es distinto, casi vengado ya. Se prefiere a todo porque todo lo abandona. Pero esta preferencia, acto defensivo ante todo, es también, ba­jo cierto aspecto, una ascesis porque pone al niño en presencia de la pura conciencia de sí mismo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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