Publicado en la revista Agni, num. 44 (otoño de

1996), este artículo no está incluido en ninguno

de los libros de crítica que Seamus Heaney

preparó en vida.

Su autor lo envió expresamente a El Cuaderno

poco después de su visita al Centro Niemeyer.

Sirva como recuerdo y homenaje a su figura.

 

 

 

 

 

 

elcuaderno

Número 51 / Diciembre del 2013

Traducción y nota de Jordi Doce

 

en corto para Simic

seamus heaney

 

 

1. Mi abuela profetizó el final

de vuestros imperios, oh, necios!.

En su lecho de muerte mi padre está leyendo

las memorias de Casanova…

 

La obra de Charles Simic está densamente poblada de parientes y allegados,

pero sus anécdotas familiares no tienen nada de confidencial.

Sus historias son más bien formas de pensar el mundo. Formas de ser breve

e interesante y de soslayar el lugar común.

Tanto en su poesía como en su prosa, su propósito ha sido siempre el de instruir

deleitando; a pesar de su seductora modernidad, hay una poética clásica moviendo

los hilos de cuanto escribe.

Es alguien que cumple lo que promete. Y el resultado es más dramático que terapéutico.

Si un párrafo comienza diciendo:

Cuando mi padre se moría de diabetes….,

es más probable que suene con el tono relajado del monólogo humorístico que con

el patetismo de quien evoca una infancia mísera. Y, en efecto, el pasaje prosigue:

cuando ya le habían amputado una pierna a la altura de la rodilla y amenazaban

con hacerle lo mismo a la otra…..

Con libros que ofrecen este tipo de actuación más o menos todo el tiempo, ¿qué puede hacer un crítico? El señor Simic es un maestro de la ironía, algo que  se echa de menos ver particularmente en su tratamiento de las tragedias familiares… Todo menos eso! Mejor será seguir su ejemplo y hacer lo que el poeta ha hecho desde siempre. Exagerar. Imitar, reunir, responder. (Gertrude Stein, citada por Charles Simic).

 

2.

       

A. Cómo se pronuncia su apellido?

B. Siempre lo he oído como Simik. Como

si fuera una k.

A. Pero he oído a gente de Belgrado decir Simich.

Para ellos, es más bien una ch.

B. Es un poeta americano, no?

A. Sí, claro.

B. .Escribe en inglés?

A. Mmm…

B. Escribe en inglés?

A. Bueno, su idioma nativo fue el serbio. Pasó los

primeros doce años de su vida en Yugoslavia.

Yo diría que, más que inglés, aprendió americano.

B. No seas pedante. Vas a decirme que escribe

en serbio? Te aseguro que su último libro de poemas,

A Wedding in Hell, es francamente original.

Ha traducido a otros poetas serbios —cosas estupendas,

decisivas para su obra, nada de trabajo alimenticio en

su caso—, pero sus propios poemas están escritos en

un inglés corriente.

A. Tan corriente que a veces puede sonar a traducción.

B. Ya está bien, hombre. No lo menosprecies. Si

hasta fue alumno del instituto de Hemingway en

Chicago! Escribir en un inglés normal es un logro.

A. .Quién lo menosprecia? Por el contrario, creo que

su genio depende justamente del modo en que le es

infiel al idioma. Lingüísticamente, es un bígamo.

B. De acuerdo. Digamos entonces que en América

se ha casado con la k.

A. Digamos que baila chachach con su amante.

           

 

 

3. Surrealista, y por tanto, cómico. Inmensa confianza creativa, bufonesca y elegante, pero con ideaciones que tienen una gravedad específica, capaz de sortear la infracción surrealista de la ligereza.

Sus metamorfosis y puestas en escena se someten siempre al factor g del sufrimiento humano. Si mantiene la danza mágica es para mantener la calamidad a raya. (No ha movido una ceja estilística, por ejemplo, desde que comenzó la guerra de Bosnia, y no le ha hecho falta hacerlo porque su imaginación siempre ha dado por supuesto que la vida sigue igual en los mataderos de la historia.)

Desde que empezó a publicar hace más de treinta años, la atrocidad y el apetito han estado ahí al borde de la página, amenazando con salir de entre las letras. Y, sin embargo, se trata de un mundo donde la sopa y el sexo son una especie de compensación por la guerra y el frío; por las ratas y las hormigas y las hachas.

Y el cuervo, que siempre llega volando de una masacre o una crucifixión, el cuervo de la memoria serbia, del folclore y el temor.

 

 

4. El poeta escocés Iain Crichton Smith es un hablante de gaélico de la isla de Lewis que ha producido un corpus de poesía gaélica bajo el nombre de Iain MacGabhainn.

El grueso de su obra está en inglés, pero tiene un poema (en gaélico) que puede aplicarse al caso de Charles Simic. En él, MacGabhainn compara su ser lingüístico —y, por ende, su ser cultural e histórico— con el traje bicolor de un bufón. La realidad gaélica se corresponde con una zona del disfraz, la inglesa con la otra, y ambas se juntan en una costura que es también una división.

El poema termina con el bufón rezando para que caiga sobre él un aguacero, de modo que los colores se diluyan, la división se borre y un nuevo color emerja del diluvio. Esto me parece que tiene algo que ver con el talento de Simic como bufón, bromista, mentiroso (así se define una y otra vez en entrevistas y anotaciones). ¿Hay alguna relación entre su ingenio implacable y entusiasta y la naturaleza escindida de su mapa lingüístico interno? ¿Ver forzosamente las cosas desde dos puntos de vista? .Estar en dos lugares al mismo tiempo?

 

 

5. Simic, por supuesto, ha pisado este territorio cientos de veces. En gran medida es su tema. Y él, un ejemplo radiante del hombre posbabélico. El traductor, como el poeta, escucha lo inexpresadodice en la introducción a su antología de los poemas de Ivan Lalić; y prosigue: Todo este asunto de la traducción me resulta particularmente interesante, pues tengo, por así decirlo, dos lenguas maternas… Así que hay dos madres, o solo una madre, hablando por distintas comisuras de la boca.. .Vaya bufón!

 

 

6. B. ¿Qué pasa con los poemas? ¿Qué puedes decir de sus nuevos libros?

A. Todo a su tiempo. Primero escucha esto, de una entrevista de 1972: Cuando era muy joven y estaba triste, podía escribir el típico poema triste inglés. Pero también se me ocurría la alternativa yugoslava, que no podía escribir porque no tenía la facilidad o el vocabulario, pero que estaba ahí casi como un tono de voz, una presencia; y pienso que es un factor constante aunque elusivo, muy difícil de aislar para m…

B. ¿Qué intentas demostrar?

A. Nada. Lo que me interesa son los misterios de la poesía lírica… como a Simic, de hecho. Todas las historias sobre su origen yugoslavo, todas las visitas a las personas y momentos y lugares originales de su vida, no están ahí solo para proyectar la Historia de Charlie; no es un caso de.. Mirad el disco duro de mi memoria étnica, oh, bardos blancos protestantes, y deponed toda esperanza! ¡Un bisabuelo herrero!

¡Una infancia bajo la ocupación nazi! Una liberación rusa como extra… ¿A ver cómo lo digerís!.. Simic siente interés por su propio caso más como ejemplo de misterio que de llegada. Las entrevistas y textos autobiográficos son como un refrito de El preludio de Wordsworth, pero más joviales, con la vivacidad de unos dibujos animados.

Tiene sus propios instantes luminosos… Le interesa más comprender el desarrollo de la mente de un poeta que ofrecer un relato de la experiencia inmigrante. Una vez le preguntaron qué consejo le daría a un poeta joven y su respuesta fue: Vive y averigua quién eres..

B. No veo a dónde quieres ir a parar.

A. El acento de Simic es único dentro de la poesía americana contemporánea, ¿no? Es un escritor enérgico, con una inventiva se diría que natural. Sus imágenes tienen un don asombroso para abrir un camino interior hacia una conciencia mítica latente, y a la vez otro exterior hacia el mundo. Cuando acierta, es un poeta lírico de primer orden. Doy esto por sentado.

Pero lo que me fascina es la naturaleza doble de la geografía de los poemas, como si hubiera dos proyectores lanzando imágenes a la pantalla: uno radiando desde detrás de la frente de un soñador, el otro canalizando la más diáfana luz solar. Y su lenguaje tiene la misma clase de mezcla, una síntesis de idiomas… lo que podríamos llamar demótico proletario y visionario inmigrante.

En cualquier caso, todo le ayuda a saltar del aquí y ahora de la página impresa a ese otro plano de lo puramente imaginado. Y esa habilidad, diría, tiene que ver con Serbia. Reconozco que era más palpable en sus primeros poemas, pero esa impresión de que hay vida en el sótano sigue siendo un factor esencial de su éxito. Este es uno de los últimos, y se titula

 

Mente encantada

 

Bestialidades del futuro,

ciudades que ya oléis a muerte,

¿qué ídolos veneráis,

qué corazón de hielo?

Un frío jueves por la noche,

en un antro del barrio,

vi a la Bestia de la Guerra

lamerse el sexo por la tele.

Había otros clientes:

María en el regazo de José,

su hijo el loco en una esquina

con los brazos abiertos sobre el flipper.

 

 

B. Vaya, vaya, ¿quién sueña con una Navidad negra?

A. El método mítico se alía con Bart Simpson. Ahora en serio, el antro y la televisión y el flipper son lo que yo llamaría demótico proletario, y las ciudades que huelen a muerte y el corazón de hielo y la Bestia de la Guerra son lo que llamaría visionario inmigrante. Pero cuando llegamos al hijo loco con los brazos extendidos sobre el flipper, los dos idiomas brillan extrañamente uno dentro y a través del otro. En realidad, la última estrofa no es una parodia de la historia de Nazaret; no se percibe como algo amañado, sino más bien con lo que Frost llamaba el asombro del suministro inesperado… Se ha ganado su pan imaginativo: es el trailer de un documental con el aura de una escena de Grimm. 

B. ¿Sabes?, cuando le leo tengo la sensación de estar en una película de cine negro. Pura serie b en blanco y negro. Romanticismo callejero. Tan deudor de Chandler como de De Chirico. Todas esas largas avenidas vacías y ventanas cegadas por el sol. Solitarios que pasan la noche en vela. Comida rápida en neones color rojo sangre. ¿Recuerdas Limpiador de ventanas.?:

 

Y otra vez el chirrido del andamio

allá arriba, donde convergen nuestros pensamientos:

aturdidos, colgando

de un cinturón de cuero…..

 

A. Claro, claro. Su poesía no es todo horcas y carniceros. Esa cualidad proletaria es lo que Yeats habría llamado fantasmagoría..

B. El bueno de Yeats!

 

7.

 

A pesar de la tendencia de Simic, en entrevis­tas y otros escritos, a compartir datos sobre su vi­da y revelar hasta qué punto las experiencias más drásticas de su siglo —invasión, ocupación, super­vivencia, inmigración— le han marcado de manera significativa, los poemas se muestran reticentes a la hora de dar información histórica y autobiográfica. Reacios, incluso. La lógica o no-lógica de las imáge­nes, el rumbo azaroso del propio lenguaje, esto es lo que los mantiene en movimiento. La primera per­sona del singular que habla en ellos no procede del catedrático Charles Simic de la Universidad de New Hampshire, antes residente en Nueva York, Chica­go y Belgrado. No es la voz del votante censado ni la de un grupo de muestra de yugoslavos de primera generación que han tenido éxito en la vida. Simic re­chaza el estatus del artista representativo e insiste en que el poeta debe enfrentarse a la tribu. Y esta ya era su postura mucho antes de la crisis nacionalista de los Balcanes. Desde sus comienzos como escri­tor —quizá por conocer de primera mano la repre­sión de la vida literaria en los países de la Europa marxista (su padre cultivó toda su vida el sueño de escribir una historia del marxismo)—, ha manteni­do una convicción altamente desarrollada sobre la naturaleza irreduciblemente personal de la poesía que más apreciaba y que más deseaba escribir. Sin embargo, en lo que a él concierne, la integridad de la afirmación personal no debe equipararse a la confe­sión ni confundirse con ella. El poeta toma «una es­pecie de fotografía mental en la que, como lectores, nos reconocemos». Una y otra vez invoca a Safo co­mo voz revolucionaria. Opone el tiempo del instan­te de Safo al tiempo mítico de Homero y descubre que el tiempo de ella no solo es bueno, sino mejor:  Partiendo del insomnio de Safo, hay una tradición del poema que dice “yo existo” a la cara de todas las abstracciones del cosmos y la historia, un poema con un apasionado deseo de precisión por el aquí y ahora en su milagrosa presencia. No estoy hablando de confesión. Esta clase de poesía, en el mejor de los casos, llama la atención por su ausencia de ego».

 

8.

 

Una lógica inexorable nos lleva de esta ensoña­ción sobre el poema lírico de Safo a las siguientes observaciones sobre Serbia en 1993: «Hay algo con lo que todos podemos contar. Tarde o temprano nuestra tribu viene a pedimos que aceptemos el asesinato.»“ Dejaste a los tuyos en un momento de necesi­dad”, me dijo un conocido cuando decliné su invita­ción… “¿A quién habla tu poesía si no hay tribu que puedas llamar tuya?”, quiso saber mi interlocutor »“El poeta verdadero no es miembro de ningu­na tribu”, le respondí a voz en grito. El rechazo de su derecho de nacimiento es lo que le convierte en poeta y en un individuo digno de respeto, expliqué. »No era verdad, por supuesto…».

El giro aquí es tan sorprendente como típica­mente honesto. Simic termina admitiendo que muchos de los más grandes poetas han sido nacio­nalistas feroces; como dice al final de su artículo, la historia verdadera y la gran literatura «se revuel­can en ambigüedades, matices y contradicciones desconcertantes».

 

9.

 

Después de todo, quizá el poeta escocés más pertinente en este sentido no sea Crichton Smith sino Norman MacCaig, practicante del poema bre­ve, mago de la semejanza, caballero del principio del placer. «No soporto», afirmó una vez en una lec­tura de poesía en Kilkenny en la que Robert Lowell, invitado de honor del festival y que debía leer la no­che siguiente, estaba en primera fila, «no soporto la poesía triste y ambiciosa», y empezó a leer de su copioso almacén de partituras optimistas. Había plantado una duda sobre la tendencia épica y el to­no elegíaco, y logró arrastrar a los oyentes consigo, llevándonos a una Tierra de Promisión de imáge­nes lúdicas, algunas preadolescentes, otras curti­das y despeinadas como jefes de clanes. El público, en trance, le premió con un aplauso sincero, agra­decido y prolongado. Era el momento inesperado de un bis, y el ironista bajó la guardia un segundo: «¿Qué queréis que lea?», preguntó. «Lee el poema triste», dijo Lowell, rápido como el destello de luz de sus gafas. Y MacCaig, siempre caballeroso, leyó un poema de gravedad y tristeza inusitadas. Fue algo así como un aviso, y el breve gesto de asenti­miento con que MacCaig se retiró en silencio del escenario venía a reconocer que su comentario ini­cial había tenido algo de provocación, fiel a su mo­do a ciertas hebras de su naturaleza, pero infiel a la verdad y toda la verdad.

En otras palabras: me parece que siempre se oye un diálogo Lowell/MacCaig en los mejores poemas de Simic; justo cuando pensamos que la extrava­gancia se vuelve rancia, sentimos una mano fría en el hombro. Y esto, curiosamente, nos tranquiliza.

 

10.

 

También se da en él un diálogo (¿una dialécti­ca?) incesante entre el surrealista y el imagista. En uno de sus ensayos más explícita y dilatadamente filosóficos («La capacidad negativa y sus hijos», publicado en 1985 en The Uneertain Certainty), Simic se detiene en las potencias contrarias que encaman estos dos modos. En la poesía imagista, el énfasis recae en «la claridad, la precisión, la conci­sión, aunque sin ningún esfuerzo interpretativo… El objetivo es «ese preciso instante en el que algo exterior y objetivo se transforma o se proyecta en lo interior, lo subjetivo». El filo cortante». Que es como decir que hay una sensación de excepcionalidad en la exactitud del imagismo, de vuelta re­pentina al hogar, el instante del aterrizaje perfecto. Mientras que el surrealismo, en cambio, es todo él despegue y expedición. El acto del imagista es de atención; el del surrealista, de figuración. Lo que interesa a este último «es el aspecto connotativo del lenguaje., no el denotativo». Y luego añade: «El hacedor de mitos surrealista es un personaje cómi­co en un mundo que es obra de un acto de lenguaje, y en una época en la que tales actos de lenguaje han proliferado».

Hay muchos momentos imagistas perfectos en la obra de Simic, desde «Arboles de noche» («Apa­gando la luz / para oírlos mejor»), en Charon’s Cosmology (1977) a «Bocados», en el más reciente Hotel Insomnio («Arboles como evangelistas / en sus tri­bunas, /bendiciendo con los brazos en alto los pra­dos vecinos»). Pero este poeta es sobre todo alguien que trabaja febrilmente en un mundo que es obra de un acto de lenguaje: «Los vientos están haciendo so­pa / para los insomnes, // sopa de veletas».

 

11.

 

«El poema en prosa —aclara Simic— es el fruto de dos impulsos contradic­torios, prosa y poesía, y por tanto no puede existir, pero existe». Más acá del rompecabezas ontológico que suscita el género, Simic nunca ha dejado de sen­tirse atraído por él. El ave totémica del poema en prosa siempre me ha pareci­do un gran pavo real, enjoyado y francó­filo, ensayando su desfile en una terraza iluminada por la luna y soñando con un gran papel en la Salomé de Oscar Wilde. Pero cuando leo las aportaciones de Simic, esta figura exótica se transforma (felizmente) en algo así como un cruce entre un gorrión y un jilguero… más, digamos, un cuervo y un grillo. Aquí va uno de El mundo no se acaba: « Miles de viejos con los pantalones bajados dur­miendo en baños públicos. ¡Exageras! ¡Deliras! Miles de Marías, de Magdale­nas, sollozando a sus pies». Y en ese li­bro hay otros setenta y tantos poemas donde escoger.

     

 

12.

 

Ya que hablamos de géneros: su libro sobre el arte de Joseph Cornell debe de ser un dolor de cabeza para los libreros.

¿Lo catalogamos como crítica de arte?, ¿poemas en prosa?, ¿autobiografía? Al­quimia de tendejón es todo eso y más: espejo de afinidades, álbum de afectos, retrato del artista en pequeñas cajas. Se zambulle una y otra vez en su tema des­de distintos ángulos, tanto analíticos como procli­ves a la ensoñación, cruzados por el zigzagueo de la memoria y los rebobinados de la mente. De ahí surge un libro que atestigua «la segunda vida del arte», el modo en que alcanza su transformación más gratificante cuando reaparece como anillo de crecimiento y como valor en el interior de una conciencia individual. Es como si una parte de él, de pronto, quisiera cumplir el mandato de Patrick Kavanagh: «arrancar del tiempo lo transitorio apa­sionado». Como en el reciente panegírico que William Corbett dedica a Philip Guston, la pertinen­cia del tema capta sin rodeos el genio del autor. De hecho, un recién llegado a la obra de Simic podría empezar por sitios peores. La táctica de ropavejero de Cornell —tan parecida a la de Simic en su fe en establecer contacto con y mediante «lo mínimo»— se somete en estas páginas a las dos clases de mi­rada que el poeta recomienda y adopta con tanta frecuencia: mirar con los ojos abiertos y mirar con los ojos cerrados.

 

13.

Pero volvamos un momento al asunto del su­rrealismo. A Simic le gusta citar a Bretón y Octavio Paz e invocara De Chirico, pero el americano que le dio coraje para seguir sus intuiciones fue Theodore Roethke. Pensemos: los Simic aterrizan en Nue­va York en agosto de 1954, se mudan a Chicago en junio de 1955, y Charlie termina el bachillerato un año después, tras lo cual consigue un trabajo como recadero en el Chicago Sun Times. Acto seguido se instala en su propio apartamento y se dedica a comprar libros y discos de jazz. Sale de copas, al­terna con universitarias, pinta. Descubre la obra de Lowell y de Seamus Heaney, por Mercedes Díaz Villarías en la biblioteca de Newberry y, en 1959, publica sus primeros poemas en el número de invierno de la Chicago Review. «Un instante era un colegial yu­goslavo más. o eso parecía, y al siguiente estaba en Chicago escribiendo en inglés, como si fuera lo más normal del mundo.»

Fueron pasando los años y Simic desarrolló un modus scribendi capaz de conciliar el mundo que habitaba con el mundo que le habitaba. Fueron los años de Robert Bly y la revista TheFifties, del res­paldo de Bly a poetas europeos como Trakl y sud­americanos como Neruda, y Simic ha reconocido hasta qué punto aquello le ayudó: «la noción mis­ma del hombre interior, de que la poesía surgiera del inconsciente… esto es algo que sentía en mi es­píritu». Con todo, también sentía que necesitaba «alguna forma nativa en la que mi yo de habla in­glesa pudiera expresarse». Para entonces se había trasladado a Nuera York, en cuya biblioteca públi­ca leía obsesivamente libros sobre folclore, histo­rias y canciones folclóricas y un fárrago de «textos visionarios, simbólicos, rarísimos y dementes» de los primeros movimientos utópicos americanos. Estos escritos «tenían esa cualidad propia de todos los intentos genuinos por establecer contacto con el mundo mediante tropos o figuras retóricas» y le ayudaron a darse cuenta de que «nada es arbitra­rio… si tiene esa especie de impulso cosmológico».

Sin embargo, cuando la «forma nativa» apare­ció, era difícil decir de qué región era nativa. Sonaba como el resultado de un acto de lenguaje de un so­námbulo. Como en toda obra original, lo arbitrario parecía predestinado a existir. Puede que Roethke le diera al interruptor y que Vasko Popa generara parte de la corriente, pero los poemas tenían la inquietante autono­mía del sueño. La primera persona del singular había sido retirada de la página como la nata de la leche. En una peque­ña ceremonia irónica, otro poeta ha­bía ingresado en la orden sagrada de la poesía; «Aunque pronuncias / cada una de mis palabras, / sigues siendo un extra­ña /Ya es hora de que hables».

 

   

 

14.

 

R Entonces, ¿sus nuevos libros?

A Bueno,Simic es de esos poetas que no van a cambiar. Alguien tipo Hardy, o Herrick, o Campion… ¿Sabías que hizo una antología de Thomas Campion para Ecco Press hace años? De hecho, ahí di­ce cosas que pueden aplicarse a su pro­pia escritura; «Hay mucha frase poética convencional… El tema y el estilo son casi siempre familiares; la invención se concentra en apartarse de la conven­ción y ensayar variaciones… Curiosa­mente, a pesar de su contexto literario, tienen algo de canción popular».

R Ahora que lo pienso, tiene un poe­ma llamado «Canciones populares»-, más una farsa que una fantasmagoría, me temo: «Salchicheros de la Histo­ria, / de la hecha con sangre, / venís todos de un villorrio / donde el perro que ladra a la luna / es el único poeta». Me gusta más cuando sigue la corriente americana. En Hotel Insomnio hay un puñado de poemas a lo William Carlos Williams que me gustaron enseguida; nada del otro mundo, pero suenan auténticos. Uno se titula «Primavera», por ejemplo, y es sobre una mujer en camisón que cuelga las camisas de su marido en el tendal.

A ¡Vaya con la corriente americana! Eso es Yu­goslavia, circo 1940.

R Es Nueva Jersey, amigo. Hasta tiene un poe­ma que se llama «Lápiz rojo gastado». Tanto de­pende de… «Mundo variado, inconcebible,/que rodea tu severa presencia / por todas partes, / lápiz rojo gastado ».

A Tal vez estemos abusando de esta oposi­ción América versus Europa. Reconozco que fui yo quien sacó el tema, pero porque me interesaba ese tono singular, ese clima emocional tan difícil de definir que hay en sus poemas. El mismo ve la fuente en sus orígenes yugoslavos. Sentido común, supongo. Pero tienes razón al insistir en que no hay que considerarle un exotismo. Lo que justifica toda esa imaginería del viejo mundo es que en rea­lidad le sirve para hablar de la soledad del espíritu.

 

Y hay muchos poemas de A Wedding in Hell donde esa soledad se hace patente. Pienso en algo como «La torre»: la escena no tiene nada de particular, la imagen no es del viejo mundo ni del nuevo, pe­ro funciona como el propio Simic dijo una vez que debía funcionar: como un icono que inspira asom­bro. Por supuesto, es su padre otra vez. Citaré solo tres estrofas:

 

Cinco, seis sillas apiladas en el patio trasero y tú encima de ellas sentado como un juez colgante que solo lleva pantalones de pijama…

Hora tras hora, a solas con el cielo y su loca serenidad en la débil y ya titubeante torre inclinada.

Qué asustados deben de estar los vecinos.

Ni siquiera se ve aun niño en las calles con este calor,

ni siquiera un coche que decide ir más despacio.

¿Qué ves en la distancia, oh, padre?

 

 

R Sí, todo depende a menudo de ese clima dis­tante, triste, dilatado, la sensación de que puede esquivarnos en cualquier momento, optar por la parodia o la escena sentimental.

La parodia es más lo suyo. La verdad es que es de esos escritores cuyo punto fuerte estriba en no inmutarse con el éxito relativo de este o aquel poema. Publica mucho, pero siempre suena a sí mismo y siempre hay algo que lo impulsa. Peque­ños glifos de Miró. Caprichos de Klee. Miniaturas de Cornell. En realidad, lo que reivindica es el hábito mismo de la escritura, así que hay que to­marlo como viene, no ponerse maniático con las jerarquías. Ahora que lo pienso, alguien equiparó una vez sus poemas con el arte de las cavernas; la comparación pretendía celebrar el aura primiti­va y arquetípica que puede llegar a alcanzar, pero los poemas tienen también el carácter secuencial de las pinturas rupestres: ninguno aspira a ser el mejoro más distinguido, la idea es ejercitar el instinto de dejar huella per se. «Ciudad tatuada» comienza incluso con un autorretrato como grafiti: «Yo que soy tan solo un pequeño / garabato ilegible / en la pared de un almacén / o la entrada del metro». Dicho esto, «Via del Tritone» y «This Moming» son exactamente el tipo de poemas dis­tinguidos que los antólogos ya están fotocopiando antes de pedir permiso para reproducirlos.

R A mi modo de ver, el autorretrato al final de «Ciudad tatuada» se acerca más a la realidad: «LO­CO CHARLIE con espray rojo /buscando un poco de calor nocturno, / apiñado entre dioses desconoci­dos / en un paso subterráneo». Pero dime, ¿tienes idea de por qué insiste en dividir sus libros de poe­mas en tres secciones? ¿Dante? ¿Algo que le contó su abuela sobre temeros de tres cabezas? ¿Quién sabe?

15.

 

Todo lo que Simic escribe a modo de comentario sobre literatura o arte termina siendo una defensa de la poesía. Todo lo que escribe como memoria o ensayo se convierte en una celebración de la for­taleza del individuo y una rapsodia en alabanza de la dimensión criaturesca de la existencia humana suya y nuestra. The Unemployed Fortune-Teller es su tercer volumen de escritos en prosa y nos lo muestra en plena forma: una mezcla de gourmet y velocista intelectual que se dedica al vodevil en su tiempo libre. Cuando no está disertando sobre tomates o estética, llevando un diario de sus días de servicio militaren Francia o escribiendo ano­taciones sobre la vida y el arte en su cuaderno, su imaginación aparece bailando sobre las ruedas de los pies, rebosante de salud coloquial, haciendo de sparring del mundo. Recoge el lenguaje llano del aquí y ahora y comienza a hablar su ars poética se resume en «haz reír a tu carcelero».

Tiene el don del fabulador para divertir porque él mismo es divertido (aunque no inmune, por cierto, a la ten­dencia del contador de historias a repetirse).

En sus arranques, por ejemplo, hay una promesa y una tonalidad maravillosas: «Eso vino de una cárcel de máxima seguridad, me dijo ella»; «La tristeza y la buena comida son incompatibles»; «El poema breve es una maravilla de la naturaleza»; «El lugar idó­neo para enseñar escritura creativa es una librería de segunda mano». Felizmente, las cosas se man­tienen en esa tesitura, sin aspavientos ni proble­mas de afinación. El opuesto total de un mandarín intelectual. No es el ventilador del potentado lo que impresiona en este contexto, sino su ventosidad. Lo que no supone negar o menospreciar por un se­gundo la intensidad y la seriedad de su empeño. El mismo autor que escribe: «conozco a un tipo que solo lee poesía moderna en el servicio», es capaz de afirmar que «mientras que la filosofía y la teología nos preguntan qué es el Ser, la poesía nos da la experiencia del Ser».

El poema lírico es «un fragmento de tiempo he­chizado por la totalidad del tiempo».

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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