al abrir el congelador horizontal

 

 

 

 

 

  

Desde la última nevada del invierno hasta que se instala en las colinas, a Damien le gusta hacer una enorme bola de nieve que luego conserva en el congelador horizontal en la despensa para una de sus pequeñas payasadas.

Cuando llegue lo fuerte del verano, en esa delgada membrana de noche que divide un largo día del siguiente, él saldrá en la furgoneta y depositará su bola de nieve en una parada de autobús o en un cruce o en la puerta de una iglesia parroquial. Luego, desde una discreta distancia, usando la lente telescópica, tomará fotos con la Nikon, haciendo un documento de la atemorizada ciudadanía que pulula alrededor del milagro de la meteorología, y que mira tales poderosos hechos, perpleja y atónita.

 

Damien, estoy actuando de ama de casa para tu “arte” y esta breve historia-poema es para decirte que me voy. La pegaré con cinta adhesiva en el interior de la tapa del congelador; si lo estás leyendo, estás mirando el abismo humeante donde no queda nada salvo un paquete de muslos de pollo deshuesados y unos petis pois dispersos, duros como las balas, magullados y morados por el hielo.

Al principio era sólo un cucharón aquí y un raspar allí, cachorros granizados para los niños de al lado, un sorbete de limón después del asado del domingo, un paquete de hielo de vez en cuando para mi carne cansada, luego margaritas para esa pandilla de aduladores con los que volviste a casa una noche, hasta que el día amaneció cuando no quedaba mucho más que un copo de nieve.

Y ahora yo necesito de ti que te inclines en el vacío y sientas por ti mismo la verdadera quemadura de la respiración de la Antártida.

 

 

 

 

 

 

upon opening the chest freezer

 

 

 

 

 
From the last snowfall of winter to settle on the hills Damien likes to roll up a ginormous snowball then store it in the chest freezer in the pantry for one of his little stunts.

Come high summer, in that thin membrane of night which divides one long day from the next, he’ll drive out in the van and deposit his snowball at a bus stop or crossroads or at the door of a parish church. Then from a discreet distance, using the telescopic lens, he’ll snap away with the Nikon, documenting the awestruck citizenry who swarm around his miracle of meteorology, who look upon such
mighty works bewildered and amazed.

 

Damien, I’m through playing housewife to your “art” and this brief story-poem is to tell you I’m leaving. I’m gaffer-taping it to the inside of the freezer lid; if you’re reading it, you’re staring into the steaming abyss where nothing remains but a packet of boneless chicken thighs
and a scattering of petis pois, as hard as bullets and bruised purple by frost.

At first it was just a scoop here and a scraping there, slush puppies for next door’s kids, a lemon sorbet after the Sunday roast, an ice pack once in a while for my tired flesh, then margaritas for that gaggle of sycophants you rolled home with one night, until the day dawned when there wasn’t so much as a snowflake left.

And I need for you now to lean into the void and feel for yourself the true scald of Antarctica’s breath.

 

 

 

 

 

 

 

Seeing Stars

POEMS

Simon Armitage

ALFRUD A. KNOPP NEW YORK 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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