Estaré allí para amarte y consolarte

 

 

 

La pareja de al lado estaba probando el tejido estructural de la casa con sus diferencias de opinión.

“No puedo aguantar esto mucho más”, le dije a Mimi, mi esposa.

Justo entonces hubo otro horrendo estrépito, como si cada cacerola de la cocina se hubiera estrellado contra el suelo de baldosas. Mimi dijo, “Intenta relajarte. Toma una de tus tabletas.” Preparó un puchero de té de camomila y nos fuimos a la cama. Pero el golpeteo y los aullidos continuaron en las siguientes horas.

Estaba soñando que la madre de todos los asteroides estaba bloqueado en un curso de colisión con el planeta Tierra, cuando increíblemente un puño descomunal atravesó la pared del dormitorio justo encima de la cabecera.

A la luz metálica de la luz de la luna llena vi los nudillos sangrientos y una telaraña tatuada en la solapa de piel entre el índice y el pulgar, antes de que el puño se retirara. La cara de Mimi estaba empolvada de tierra y mugre, pero no se despertó.

Parecía un cadáver sacado de los escombros de un terremoto después de cinco días en un remoto país sólo famoso por sus cometas de papel.

Miré a través del agujero en la pared. Estaba oscuro en el otro lado, con sólo ocasionales destellos de luz púrpura o verde, como esas extrañas formas de vida alimentadas eléctricamente moviéndose como un rayo en las profundidades del océano. Había un frufrú, como algo que se revuelve en un nido de paja, y luego una voz, una voz no mayor que una moneda de seis peniques, llorando para pedir ayuda.

Ahora Mimi estaba justo a mi lado. -Es ella -dijo-. Yo dije, “No seas loca, Mimi, ella tendría ahora veinticuatro.” ” Te digo que es ella. Recupérala, ¿me oyes?, TRÁELA.

Me volví a subir la manga de pijama y empujé mi brazo hacia el agujero, primero hasta el codo, luego tan lejos como mi hombro y cuello. El aire más allá era pegajoso y húmedo, como si hubiera llegado a una calle de Londres del siglo XIX a finales de noviembre, la niebla rodando río arriba, una tos en una puerta.

Mimi estaba ahora fuera de su mente. Mi mejilla derecha y mi oído estaban aplanados contra la pared.

Luego lentamente, pero lentamente, abrí el puño a lo desconocido. Y lejos de estar vacío, lenta pero lentamente vino: las estrellas de mar pulsátiles de la mano de un niño, nadando y nadando que vino a instalarse en mi palma vuelta hacia arriba.

 

 

 

I’ll Be There to Love and Comfort You

 

 

The couple next door were testing the structural fabric of the house with their difference of opinion.

“I can’t take much more of this,” I said to Mimi my wife.

Right then there was another almighty crash, as if every pan in the kitchen had clattered to the tiled floor. Mimi said, “Try to relax. Take one of your tablets.” She brewed a

pot of camomile tea and we retired to bed. But the pounding and caterwauling carried on right into the small hours.

I was dreaming that the mother of all asteroids was locked on a collision course with planet Earth, when unbelievably a fist came thumping through the bedroom wall just above the headboard.

In the metallic light of the full moon I saw the bloody knuckles and a cobweb tattoo on the flap of skin between finger and thumb, before the fist withdrew. Mimi’s face was powdered with dirt and dust, but she didn’t wake.

She looked like a corpse pulled from the rubble of an earthquake after five days in a faraway country famous only for its paper kites.

I peered through the hole in the wall. It was dark on the other side, with just occasional flashes of purple or green light, like those weird electrically-powered life forms zipping around in the ocean depths. There was a rustling noise, like something stirring in a nest of straw, then a voice, a voice no bigger than a sixpence, crying for help.

Now Mimi was right next to me. “It’s her,” she said. I said, “Don’t be crazy, Mimi, she’d be twenty-four by now.” “It’s her I tell you. Get her back, do you hear me? GET HER BACK.”

I rolled up my pyjama sleeve and pushed my arm into the hole, first to my elbow, then as far as my shoulder and neck. The air beyond was clammy and damp, as if I’d reached into a nineteenthcentury London street in late November, fog rolling in up the river, a cough in a doorway.

Mimi was out of her mind by now. My right cheek and my ear were flat to the wall.

Then slowly but slowly I opened my fist to the unknown. And out of the void, slowly but slowly it came: the pulsing starfish of a child’s hand, swimming and swimming and coming to settle on my upturned palm.

 

 

 

 

 

 

 

 

Seeing Stars

POEMS

Simon Armitage

ALFRUD A. KNOPP NEW YORK 2011

Originally published in Great Britain by Faber and Faber in 2010