las últimas palabras

 

 

 

C fue mordida en su dedo anular por una pequeña araña naranja escondida dentro de un paquete de calabacines rebanados importados de Kenia, lavados y listos para comer. El dedo se hinchó y le apretaba; ¿cómo podía la epidermis estirarse tanto sin desgarrarse?

Pero el verdadero problema estaba en los dedos de sus pies: muy pronto perdió toda la sensibilidad en sus pies y cayó al suelo y momento a momento el entumecimiento aumentaba como si plomo fundido fluyera por sus venas hasta sus miembros inferiores.

Sin embargo, su mente permaneció clara, y con gran previsión golpeó la pata de la mesa de la cocina con el exterior de su puño, haciendo que el auricular del teléfono saltase desde la base de conexión y cayera sin peligro en la peluda manta de tartán en la canasta de mimbre del perro.

Ella llamó a su hermano, Sandy. La voz de Sandy dijo: “Hola, estoy en el curso de golf, deje un mensaje.”

Llamó a su madre. Su madre dijo: “Olvídate de la araña, ¿dónde está ese pincel de pastelería que te presté, y los candelabros de plata que tomaste prestados para impresionar a tu jefe en una de tus elegantes cenas de fiesta ¿Dónde terminará todo esto, C? Lo siguiente será la melonera, luego la cuchara de helado, y pronto no voy a tener nada. ¿Me escuchas? Nada. Dios sabe que no te traje para que fueras una ladrona, pero tienes un problema con la honestidad, C, realmente lo tienes. ¿Encontraste ya a un hombre? Ahora déjame sola, puedo oír a la enfermera que viene.”

El perro de C pasó por encima y lamió su barbilla, luego volvió a la sala de estar a ver la televisión.

C se tendió en las baldosas del suelo de la cocina durante unos pocos fríos, tranquilos minutos, teniendo en cuenta el conjunto. Luego con su mano buena marcó un largo número al azar en el teclado, once o doce dígitos. Después de un montón de chasquidos e interferencias, sonó.

“-¿Quién es?” -dijo un hombre. “Mi nombre es C y me estoy muriendo por una picadura de araña”, dijo, y describió el incidente con el insecto y la ensalada de vegetales pre-empaquetados.

El hombre dijo: “Yo estoy muriendo también. He estado a la deriva en un tubo inflado en el Océano Índico durante seis días, y el fin está cerca. Creo que un tiburón se llevó mi pierna pero no me atrevo a mirar.”

“-¿Por qué no pide ayuda?” –preguntó ella.

“¿Por qué no lo hace usted?”, respondió.

Su nombre era Dean. Charlaron durante un rato, sin importarles un pito el coste de la tarifa premium de las llamadas internacionales durante las horas punta.

“Está oscuro allí?” quiso saber C. “Sí. Está casada?” -preguntó Dean. C contestó: “No he tenido suerte con los hombres, aunque soy una persona encantadora y he cuidado bien de mi cuerpo.” “¿Cuál es su mejor característica?” “Mi risa,” dijo C, riendo. “Y mis labios, que nunca han recibido la atención que merecen”.

El veneno había llegado hasta su tráquea y estaba apretando su garganta.

Dean dijo: “¿Cree que podríamos haberlo hecho juntos?” “Yo creo que sí,” susurró ella. “No me gustan los calabacines”, bromeó Dean, y esas fueron sus últimas palabras. “Habría hecho brócoli en su lugar,” susurró ella, “o incluso coliflor. Habría hecho lo que me hubiera pedido.”

Se hizo una horrible pausa como cuando estamos sentados preguntándonos si aplaudir o no, luego las cortinas se cerraron.

 

 

 

last words

 

 

 

 

C was bitten on her ring finger by a teensy orange spider hiding inside a washed-and-ready-to-eat packet of sliced courgettes imported from Kenya. The finger swelled and tightened; how could the epidermis stretch so far without tearing apart?

But the real problem was in her toes: pretty soon she lost all feeling in her feet and dropped to the floor, and moment by moment the numbness increased as if molten lead were flowing through her veins to her lower limbs. However, her mind remained clear, and with great foresight she thumped the leg of the kitchen table with the outside of her fist, causing the telephone handset to jump from the docking station and fall safely into the hairy tartan blanket in the wicker dog basket.

She called her brother, Sandy. Sandy’s voice said, “Hi, I’m at the golf course, leave a message.”

She called her mother. Her mother said, “Forget the spider, where’s that pastry brush I lent you, and the silver candlesticks you borrowed to impress that boss of yours at one of your fancy-pants dinner parties? Where will it all end, C? It’ll be the melon baller next, then the ice cream scoop, and soon I’ll have nothing. Do you hear me? Nothing. God knows I didn’t bring you up to be a thief but you have a problem with honesty, C, you really do. Did you find a man yet? Now leave me alone, I can hear the nurse coming.”

C’s dog padded over and licked her chin, then went back into the living room to watch daytime TV.

C lay on the tiles on the kitchen floor for a few cold, quiet minutes, considering the ever after. Then with her good hand she punched a long, random number into the keypad, eleven or twelve digits. After a lot of clicking and crackling, it rang. “Who is this?” said a man. “My name’s C and I’m dying from a spider bite,” she said, and described the incident with the insect and the pre-packed salad vegetables.

The man said, “I’m dying too. I’ve been adrift in an inflated inner tube in the Indian Ocean for six days now, and the end is near. I think a shark took my leg but I daren’t look.”

“Why don’t you call for help?” she asked.

“Why don’t you?” he replied.

His name was Dean. They chatted for a while, not caring a hoot about the cost of premium-rate international calls during peak periods.

“Is it dark there?” C wanted to know.

“Yes. Are you married?” asked Dean.

C replied, “I’ve had no luck with men, even though I’m a lovely person and I’ve taken good care of my body.” “What’s your best feature?” “My laugh,” said C, laughing. “And

my lips, which have never received the attention they deserve.”

The poison had reached as far as her windpipe and was tightening around her throat. 

Dean said, “Do you think we could have made it together?” “I think so,” she whispered. “I don’t like courgettes,” Dean joked, and those were his last words.

“I would have done broccoli instead,” she breathed, “or even cauliflower. Whatever you asked for I would have made.”

There was a horrible pause as we sat there wondering whether or not to applaud, then the curtains closed.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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