simon armitage

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selected poems 1989-2014

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parábola del burro muerto

 

 

 

 

Las instrucciones llegaron por correo certificado en sobres separados:

primero las direcciones para señalar el lugar en la forma de los mapas

y coordenadas de la brújula; luego, los formularios y sellos por la

pérdida de ingresos.

Se pagó tanto a los cavadores de tumbas por los cuidadores o parientes

más cercanos, por pierna (qué se hizo para deshacerse de los cuadrúpedos):

dieciséis libras por despachar un cerdo o meter en un foso un perro o un

pony. Pero cuesta menos enterrar a un hombre que un burro.

La mitad más barato un caballo preñado que murió con los cuatro cascos

dentro que uno con un potro nacido, muerto a su lado.

Y a esto estábamos atados, siendo un deber obligado donde la propiedad

no estaba establecida.

Llenamos los frascos y cargamos la Transit, luego nos pusimos en camino,

cumpliendo el compromiso. De cara al norte, estaba muerto a las tres de

un círculo de hierba de pasto, recortada, donde una cadena de metal sobre

una estaca de madera lo había detenido lentamente en ángulo, desgastándolo

en un círculo perfecto. Excavamos justo a su lado en una firme tierra blanca.

Una hora de trabajo duro nos llevó a cinco pies de profundidad, y además

el tiempo: el trueno mordía los talones del relámpago, un chaparrón que

barría una cortina de lluvia sobre nosotros, llenaba la bañera de la tumba,

y nos pringamos dentro durante un minuto más, dragando y echando paladas

a medida que la corriente crecía, abandonamos por temor de ahogarnos, de

zozobrar. De vuelta a lo alto lo pesamos, pensamos en esta bestia de la Biblia:

 

la nariz y el hocico, los dientes, los globos oculares, la grupa, los cuartos

traseros, los flancos, los hombros, todo apaciguado en el aceite de la lluvia:

la anguila de su lengua, la quilla de su espinazo, la cuerda de su cola, las

hierbas de su crin.

Entonces le dimos la vuelta y deslizamos el ancla, soltamos el nudo de la

correa, lo hicimos rodar y empezamos a echar tierra. Pero incluso con el

burro, el agua y la tierra no había suficiente para nivelar el agujero después

de lo que fue arrastrado o convertido en arcilla o aplastado, así que abrimos

la tierra y comenzamos una segunda zanja de tierra para llenar la primera.

Lo que nos dejó un sabor de empezar algo que no terminaría: una tumba

cubierta con un burro en ella, un agujero del tamaño de un burro a un tiro de

piedra y ni un simple hueso para arrojar en él o un puñado de polvo para tirar

en lo alto de eso. La furgoneta no se ponía en marcha, así que caminamos a

casa a pie, en la oscuridad, sin cena ni ganancia.

 

 

 

 

 

parable of the dead donkey

 

 

 

Instructions arrived by registered post under cover of separate envelopes:

directions first to pinpoint the place in the shape of maps and compass

bearings; those, then forms and stamps for loss of earnings.

So much was paid to diggers of graves by keepers or next of kin, per leg

(which made for the dumping of quadrupeds): sixteen quid to send off a pig

or sink a pit for a dog or pony. But less to plant a man than a donkey.

Cheaper by half for a pregnant horse that died with all four hooves inside

her than one with a stillborn foal beside her.

And this was a bind, being duty bound where ownership was unestablished.

We filled the flasks and loaded the Transit, then set out, making for the

undertaking. Facing north, he was dead at three o’clock in a ring of meadow

grass, closely cropped, where a metal chain on a wooden stake had stopped

him ambling off at an angle, worn him down in a perfect circle.

We burrowed in right next to him through firm white soil.

An hour’s hard labour took us five feet down – and then the weather: thunder

biting the heels of lightning, a cloudburst drawing a curtain of rain across us,

filling the bath of the grave, and we waded in it for one more minute, dredged

and shovelled as the tide was rising, bailed out for fear of drowning, capsizing.

Back on top we weighed him up, gave some thought to this beast of the Bible:

 

the nose and muzzle, the teeth, the eyeballs, the rump, the hindquarters, the

flanks, the shoulders, everything soothed in the oil of the rain – the eel of his

tongue, the keel of his spine, the rope of his tail, the weeds of his mane. Then

we turned him about and slipped his anchor, eased him out of the noose of

his tether, and rolled him in and started to dig.

But even with donkey, water and soil there wasn’t enough to level the hole

after what was washed away or turned into clay or trodden in, so we opened the

earth and started in on a second trench for dirt to fill the first.

Which left a taste of starting something that wouldn’t finish: a covered grave with

a donkey in it, a donkey-size hole within a stone’s throw and not a single bone

to drop in it or a handful of dust to toss on top of it.

The van wouldn’t start, so we wandered home on foot, in the dark, without supper

or profit.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Armitage, Simon. Avión de Papel: Poemas Seleccionados 1989-2014. Faber y Faber

 

 

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