portero con un cigarrillo

 

 

 

Ése es él en el verde, verde camiseta de algodón,

príncipe de las sábanas limpias – con algo de insecto erguido

encajonado entre los palos, el larguero

y el campo, de pie con algo en la manga,

equipado con una bolsa de tabaco y papeles

para liarlo él mismo, o bien una caja plateada

que contiene ocho o nueve ya liados.

Ése es él con uno tras la oreja, entre

sus labios, o uno escondido de la mirada y encendido –

un estambre en el ahuecado capullo de su puño.

Ése es él sentado, no como esos otros payasos,

que hacen acrobacias en la barra, o flexiones

en el box, o que corren sobre la marca,

vestidos con pijama de cuello alto

con las manos tan atrofiadas como un racimo de pulgares,

manos vendadas o envueltas en guantes,

ridículos, sartenes, guantes de salchichas.

No es mi hombre, sin embargo, eso no es lo que mi hombre hace;

un hombre que apaga los canutos en el poste

y golpea los tacones en las marcas de los tacos y las colillas,

encendiendo el siguiente con el último, en una exhalación

hace la parada del año con sus piernas,

y da de vuelta una honda calada en la línea de gol

en la siguiente; con una mano lanza

o atrapa el balón de un corner alto,

sacudiendo la ceniza con la otra. O

en el frío glaciar con ambos equipos resoplando

como caballos azotados, con los capitanes y entrenadores

jodiendo y puteando a defensas y delanteros,

con vaho al hablar, gritando órdenes agotadoras,

eso no es un hálito que provenga de mi tipo, es humo.

Ni tampoco él provoca a las gradas,

ni descubre su culo hacia la zona de los visitantes

ni esquiva las afiladas monedas de diez peniques,

dando guerra, buscando pelea, pero ese es él,

que pide fuego a los hombres de la ambulancia,

lanza anillos de humo, ceros o halos

que caen, pasivamente, sobre las porterías

en la cara de nadie, hasta la nariz de nadie.

Él es lo que es, hace lo que le parece,

porque no tiene ninguna pretenciosa canción

para cantar, ningún bonito mensaje para la nación

sobre el tema del genio o de la dedicación;

en su pasaporte, debajo de «ocupación»,

nadie obligó al hombre a estampar la palabra

‘guardameta’, y en el Faber Book

de Consejos Prácticos su entrada de cinco líneas dice:

“Vosotros, jóvenes aspirantes, guardianes de la nada,

del cero, defensores del dulce tocarse los huevos,

pensar es más grande que vuestros bolsillos, perfiles, salud;

mucho mejor tener otro punto de vista,

seguid mi consejo y rompeos la cara vosotros mismos.

 

  goalkeeper with a cigarrette

 

 

 

That’s him in the green, green cotton jersey,

prince of the clean sheets – some upright insect

boxed between the sticks, the horizontal

and the pitch, stood with something up his sleeve,

armed with a pouch of tobacco and skins

to roll his own, or else a silver tin

containing eight or nine already rolled.

That’s him with one behind his ear, between

his lips, or one tucked out of sight and lit –

a stamen cupped in the bud of his fist.

That’s him sat down, not like those other clowns,

performing acrobatics on the bar, or press-ups

in the box, or running on the spot,

togged out in turtleneck pyjama-suits

with hands as stunted as a bunch of thumbs,

hands that are bandaged or swaddled with gloves,

laughable, frying-pan, sausage-man gloves.

Not my man, though, that’s not what my man does;

a man who stubs his reefers on the post

and kicks his heels in the stud-marks and butts,

lighting the next from the last, in one breath

making the save of the year with his legs,

taking back a deep drag on the goal-line

in the next; on the one hand throwing out

or snaffling the ball from a high corner,

flicking off loose ash with the other. Or

in the freezing cold with both teams snorting

like flogged horses, with captains and coaches

effing and jeffing at backs and forwards,

talking steam, screaming exhausting orders,

that’s not breath coming from my bloke, it’s smoke.

Not him either goading the terraces,

baring his arse to the visitors’ end

and dodging the sharpened ten-pence pieces,

playing up, picking a fight, but that’s him

cadging a light from the ambulance men,

loosing off smoke rings, zeros or halos

that drift off, passively, over the goals

into nobody’s face, up nobody’s nose.

He is what he is, does whatever suits him,

because he has no highfalutin song

to sing, no neat message for the nation

on the theme of genius or dedication;

in his passport, under ‘occupation’,

no one forced the man to print the word

‘custodian’, and in The Faber Book

of Handy Hints his five-line entry reads:

‘You young pretenders, keepers of the nought,

the nish, defenders of the sweet fuck-all,

think bigger than your pockets, profiles, health;

better by half to take a sideways view,

take a tip from me and deface yourselves.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

simon armitage