mi hija se viste y sale

 

El perfume nocturno instala su cuerpo

en una segunda perfección de lo natural.

Por la gracia de su vida

la noche comienza azul y el cuarto iluminado

es una palpitación de joven felino.

Ahora se pone el vestido

con una fe que no puedo imaginar

y un susurro de seda la recorre hasta los pies.

Entonces gira

sobre el eje del espejo, sometida

a la contemplación de un presente absoluto.

El instante se desplaza hacia otro,

un dulce desorden se inmoviliza en torno

hasta que un chasquido de pulseras al cerrarse

anuncia que todas mis opciones están resueltas.

Ella sale del cuarto, ingresa

a una víspera de música incesante

y todo lo que yo no soy la acompaña.

 

 

 

Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 1924- Salta, 2004),

Principios de incertidumbre, 1980

 

 


sobre Mi hija se viste y sale dice Jorge Aulicino:

Fuera de las violentas razones emocionales directas (pensar en la entrañable y desentrañable relación de uno con sus propias hijas), creo que es uno de los mejores poemas de mi maestro Giannuzzi. La sensualidad del cuarto en relación -y contradicción- con el sentimiento de fracaso, lejanía, amargura y vacío metafísico del personaje-autor me parecen perfectos, y perfectamente imaginables, concretos, visuales. Todo avanza, con la gran capacidad que tenía Giannuzzi para la descripción, hacia el final demoledor (emocionalmente hablando), que sería un golpe bajo si todo lo anterior no lo hubiera validado. Avanza, digo, con el decir propiamente giannuzziano: “segunda perfección de lo natural”, “una fe que no puedo imaginar”, “todas mis opciones están resueltas”, que suenan con la voz inteligente y pastosa de un personaje de novela negra.