leopoldo maría panero

 

 

Poesía completa (2000-2010)

Edición de Túa Blesa

Visor, 622 pp

 

 

alfredo saldaña

   

 

Panero intentó

construir un lenguaje en las

fronteras de la literatura,

traspasando con frecuencia

sus contornos, como si la

institución literaria dibujara

un paisaje demasiado

angosto, sus límites le

resultaran insoportables y tuviera

la necesidad de experimentar

constantes intentos de huida

 

 

 

Desde el margen y la heterodoxia permanentes, Leopoldo María Panero consiguió convocar a un considerable

grupo de lectores que ha encontrado en su escritura un llamamiento constante a la insubordinación (est)ética y —

devorado por el personaje singular que lo acompaña, ampliamente retratado en películas como El desencanto, de

J. Chávarri (1976), y Después de tantos años, de R. Franco (1994), o en el muy bien documentado relato biográfico

de B. J. Fernández, El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero (1999)— logró que las

tiradas de sus libros superen con creces la media de las ediciones poéticas que ven la luz por estas latitudes.

 

En poesía, a veces ocurre que los lectores responden con su atención cuando se dan condiciones de singularidad,

y en este caso así ha sucedido.

Por lo demás, habría que recordar que una editorial ocupada desde hace décadas en la construcción de la historia

de la literatura española y sus procesos de canonización, Cátedra, ya prestó interés por este poeta al encargar a

J. Talens la edición de la antología Agujero llamado Nevermore. (Selección poética 1968-1992); corría 1992 y con

ese volumen la colección Letras Hispánicas abría sus puertas a la generación novísima (de hecho, Panero fue el

primer poeta nacido tras la guerra civil en reunir en dicha colección una muestra significativa de su obra publicada

hasta ese momento).

Y en Visor —que desde 1979, año en que aparece Narciso en el acorde último de las flautas, uno de sus mejores

libros, prestó una atención regular a este poeta— Poesía completa (2000-2010), volumen que incluye veinticuatro

títulos y es continuación de Poesía completa 1970-2000, editados los dos al cuidado del mejor conocedor de esta

escritura, Túa Blesa, quien acompañó asimismo la edición de los Cuentos completos (2007) y las Traducciones

/ Perversiones (2011), diferentes registros de una escritura que ha de leerse como un todo que avanza con frecuencia

por realimentación.

 

A estas alturas, muy probablemente resulta innecesario señalar el hecho de que fue un alquimista de la

palabra que ha convertido el lenguaje —y con él ciertas metáforas asociadas a la destrucción y la muerte— en un

motivo recurrente, casi obsesivo, a lo largo de una trayectoria iniciada en 1968 con la plaquette Por el camino de Swann

(con más de sesenta libros, la inmensa mayoría de poesía, a los que hay que añadir algunos otros de

narrativa, ensayo y unas traducciones).

Aquel acontecimiento editorial de 1992, primero, y después los análisis de algunos lectores —entre ellos, el fundamental

trabajo de Túa Blesa Leopoldo María Panero, el último poeta (1995)— contribuyeron sin duda ninguna a la iluminación

de un poeta etiquetado con frecuencia como marginal, maldito y heterodoxo, cuando la realidad parece indicar otra cosa

y los editores —conscientes de que se trata de un escritor con un considerable tirón comercial— no cejaron en el intento de

conseguir un nuevo inédito suyo (y nuestro poeta, en sus últimos años, todo hay que decirlo, no resultó muy difícil de

convencer).

 

Y esa predisposición favorable hacia la publicación requería un editor volcado en una labor de recuperación y

limpieza de una escritura que, en sus manuscritos y mecanoescritos originales, presentaba considerables dificultades 

(errores en la mecanografía y en la transcripción de citas ajenas, tomadas de memoria del español y de otras

lenguas, tachaduras, evidentes faltas de ortografía, etcétera); en esas circunstancias, y al calor de la consigna

dictada por la autoridad, «limpia, fija y da esplendor», parecía obligado ese trabajo de higienización que permitiera la lectura

de los textos de la manera más clara posible, y ello sin excederse en el ámbito de las estrictas competencias editoriales y

sin traicionar la voluntad del poeta.

 

Aunque con diferente intensidad y con desigual acierto crítico a lo largo de su obra, Panero, en ocasiones verborrágico

(hay imágenes que se repiten hasta la saciedad, como metáforas obsesivas de una vida que se retiró para dejar paso

a la literatura), intentó construir un lenguaje en las fronteras de la literatura, traspasando con frecuencia sus contornos,

como si la institución literaria dibujara un paisaje demasiado angosto, sus límites le resultaran insoportables y tuviera la

necesidad de experimentar constantes intentos de huida; y ahí quizás radique alguna de las razones por la que esta

poesía no fue institucionalmente reconocida ni distinguida con ningún premio de alcance nacional en una sociedad

como la española, en la que los galardones literarios son moneda común, tratándose, sin embargo, de una poesía que

es una y otra vez contestada con la respuesta de la lectura, el mejor, sin duda, de los premios posibles.

 

A lo largo de libros como Teoría del miedo (2001), Los señores del alma (poemas del manicomio del Dr. Rafael Inglot)

(2002), Erección del labio sobre la página (2004), Sombra (2008) o, entre otros, Reflexión (2010), Panero fue (des)

articulando un lenguaje entendido a la manera de un virus capaz de hacer saltar por los aires su propio sistema

inmunológico, dentro pero también al margen de ese mismo lenguaje, en un territorio donde la normalidad, la verdad y

la belleza presentan rostros anómalos, asimétricos, extraños, diferentes de los habituales.

 

Y si a eso le sumamos las no escasas y a veces deliberadas faltas de ortografía, la frecuente utilización de un léxico

considerado habitualmente como apoético (cuando no vulgar o, directamente, soez) y la constante recreación de ámbitos

temáticos ignorados por actitudes artísticas conservadoras, nos encontraremos con un poeta que representa un ejemplo

paradigmático de esa disonancia que Hugo Friedrich interpretara como una marca central de la poesía moderna.

Durante años, Panero apuntaló un lenguaje poético sobre la lectura, la intertextualidad y la confluencia de diferentes

voces y registros que acabaron configurando un mantra de fácil reconocimiento e identificación, un lenguaje concebido

a la manera de un laberinto cuyos senderos parece condenado a recorrer una y otra vez, o de un barreno —la metáfora

es de J. Marco— utilizado para perforar la realidad y acercarse así lo más posible a su centro, ese núcleo oscuro e

inquietante que revela una palabra poética orientada hacia la pensée du dehors foucaultiana, un pensamiento en el que

el sujeto que habla ya ha sido desplazado por su propio discurso y donde la literatura se entiende como el espejo que nos

devuelve una realidad insoportable.

 

He ahí, quizás, uno de los objetivos prioritarios a los que responde este lenguaje, me temo que no alcanzado puesto

que el panorama poético contemporáneo responde más a las leyes de la mercadotecnia que a las de la estética, continúa

prestando más atención a los nombres de los poetas que a las propuestas de escritura, más a los fuegos de artificio y

las anécdotas protagonizadas por los personajes —las máscaras— en el siniestro circo mediático de las relaciones sociales

que a los propios textos literarios, más a las listas de éxitos y los cánones que intentan construir unos suplementos 

literarios cada día más plegados al servicio de determinados intereses comerciales que a las vías a menudo subterráneas

por las que transcurre con frecuencia la poesía, al menos cierta poesía, como es el caso de ésta que aquí nos ocupa.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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