¿Vas a irte a la tumba dejándote en las venas vida sin vivir, después de haber visto a Sophia?

Parece cansada o con sueño, pero sobre todo juega a ir perdiendo la ropa y, como sin darse cuenta,

la chaqueta que se le cae ya le ha dejado desnudo el hombro, además de mostrar que lleva un

sensual vestido sin tirantes, y con la mano se sostiene la cabeza con el gesto preciso para indicar

que está mareada o desorientada o como perdida: que siente algo raro por lo que va a necesitar

ayuda en cualquier momento o, más bien, ya necesitaría que alguien amable se interesase por ella,

‘¿se encuentra bien, señorita, puedo hacer algo por usted?’.

Mmmm, Sophia, qué encanto, qué delicia de mujer, que también ha tenido que aumentar su base

de sustentación con un giro de piernas y con el ángulo que forman sus pies, porque está torpe

como cuando era niña y aprendió a andar, y de pronto tenía mucho miedo a caerse y había que

llamar la atención de papá.

‘¿Nos quedaremos en difunto viendo a esta mujer, preguntando por el precio de la nieve como si nos

sobraran literalmente patatas y pescado de la cena de ayer? ¿Nos quedaremos pensando, pensando,

como queriendo pensar?’ –se preguntaba el poeta. 

Tal vez hace ya demasiado tiempo que estamos detenidos encima de la misma piedra, manteniendo

un equilibrio cobarde entre la vida y sus peligros, ocupadamente inútiles, mordiéndonos las rodillas

y los codos y sobándonos los órganos duros de decidir. 

Ay, días de sol, noches de luna, ocasos de animal que se arrodilla mientras la vida pasa, velocísima,

impura, tremenda, con todo el color de la urgencia. 

 

 

 


 

 

 

 

 

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