T. S. ELIOT

ensayos escogidos

Selección y prólogo

Pura López Colomé

BAUDELAIRE

De Selected prose of T. S. Eliot. Harcourt Bracc & Company/Farrar,

Straws and Giroux, Nueva York, 1988.

… Lo significativo de Baudelaire es su inocencia teológica. Está descubriendo el cristianismo por sí mismo; no lo asume como una moda, ni sopesa razones sociales, políticas, o ningún otro accidente.

De alguna manera, comienza por el principio; y, siendo un descubridor, no está completamente seguro de lo que explora y a qué lo conducirá; de él hasta podría decirse que, como individuo, realiza el esfuerzo de multitud de generaciones. Su cristianismo es rudimentario o embriónico; en el mejor de los casos, padece los excesos de un Tertuliano (y ni Tertuliano se considera totalmente ortodoxo y equilibrado).

Su tarea no era practicar el cristianismo, sino afirmar -lo cual era mucho más importante para su tiempo- su necesidad.

La morbosidad de temperamento de Baudelaire no puede, por supuesto, ignorarse: y quien haya visto la obra de Crépet o el reciente y breve estudio biográfico de François Porché no podrá soslayarlo. Estaríamos errando el camino si lo tratáramos como una dolencia desafortunada que puede descartarse, si intentáramos separar de su obra lo íntegro de lo que no lo es. Sin la morbosidad, nada en su obra sería posible o significativo; sus debilidades pueden considerarse una fuerza total, y es esto lo que se infiere cuando afirmo que ni la salud de Goethe ni la enfermedad de Baudelaire importan en sí mismas: lo que importa es lo que ambos hjcieron de sus talentos.

A los ojos del mundo, y hablando con propiedad para todas las cuestiones de la vida privada, Baudelajre era profundamente perverso e insufrible: hombre dotado para la ingratitud y la insociabilidad, intolerablemente irritable, poseía una terca determinación para extraerle lo peor a todo; si tenía dinero, lo dilapidaba; si tenía amigos, se enemistaba con ellos; si la fortuna le sonreía, la desdeñaba. Tenía el orgullo del hombre que siente convivir en su persona una gran debilidad con una gran fuerza.

Poseedor de gran genio, no tenía, en cambio, paciencia o inclinación para superar su debilidad; por el contrario, lo explotaba en bien de motivos teóricos. La moral de tal camino puede tornarse una disputa interminable; para Baudelaire, era la manera de liberar su mente y dejarnos semejante legado y lección.

Era de los que poseen una gran fuerza, pero destinada a sufrir. No podía escapar al sufrimiento ni trascenderlo, así que atraía el dolor hacia sí. Pero lo que en efecto podía hacer, con esa inmensa fuerza y sensibilidad pasivas con las que ningún dolor podía competir, era estudiar su sufrimiento. Y respecto de esta limitación, resulta completamente distinto de Dante, no se asemeja siquiera a ningún personaje del lnfierno.

Sin embargo, un sufrimiento como el de Baudelaire implica la posibilidad de un verdadero estado de beatitud. Ciertamente, en su manera de sufrir habita una especie de presencia de lo sobrenatural y de lo sobrehumano. Siempre rechaza lo puramente natural y lo puramente humano; en otras palabras, no es ni “naturalista” ni “humanista”. Rechaza el mundo actual porque, como no puede ajustarse a él, opta por el Cielo y el Infierno o, bien, por la percepción de éstos: ambas maneras de verlo se sostienen.

En sus afirmaciones, hay mucho de detritus romántico; ses ailes de géant l’empèchent de marcher, dice del Poeta y del Albatros, pese a no ser convincente; pero también encarna una verdad acerca de sí mismo y del mundo. Su ennui acaso pueda explicarse, como cualquier cosa, en términos psicológicos o patológicos; no obstante, se trata también, desde un punto de vista opuesto, de una verdadera forma de acedia, surgida de una lucha fracasada en busca de la vida espiritual.

A partir sólo de los poemas, según me arriesgo a pensar, es poco probable asir lo que a mí me parece el verdadero sentido y significado de la mente de Baudelaire. Su excelencia formal, su perfección en las frases y su coherencia superficial, podrán darles la apariencia de presentar un estado mental definido y final. En realidad, a mí me parece que tienen la forma externa, mas no la interna, del arte clásico.


Hasta se podría aventurar la conjetura de que la perfección de la forma, entre algunos poetas románticos del siglo XIX, era un esfuerzo por apoyar o por apartar de la vista un desorden interno. Ahora bien, la verdadera ubicación de Baudelaire entre los artistas no se debe a su hallazgo de una forma superficial, sino a su búsqueda de una forma de vida. En formas menores, nunca fue par de Théophile Gautier, a quien no gratuitamente dedicó sus poemas: en lo mejor del verso ligero de Gautier, hay una satisfacción, un equilibrio de contenido y forma, que no encontramos en Baudelaire.

Él tenía una mayor habilidad técnica que Gautier, y aun así el contenido de sentimientos constantemente se rebosaba de la vasija. Su aparato, con lo cual no me refiero a su poder sobre la palabra y los ritmos sino a su reserva imaginativa (y la reserva imaginativa de cualquier poeta se circunscribe en alguna parte), no resulta totalmente perdurable o adecuada. Sus prostitutas, mulatos, judías, serpientes, gatos, cadáveres, conforman una maquinaria que no ha funcionado muy bien; su Poeta, o su Don Juan, tiene ancestros románticos cuyas huellas se logran seguir con demasiada claridad.

Compárense la reserva imaginativa de la Vita Nuova o la de Cavalcanti con el vestuario de Baudelaire, y se verá que no se lleva tan bien como el de varios siglos atrás; compárese a Baudelaire con Dante o Shakespeare, hasta donde se sostiene esa comparación, y se le hallará no sólo un poeta mucho menor, sino uno en cuya obra ha penetrado mucho más lo perecedero.

Decir esto es sólo decir que Baudelaire pertenece a un sitio definido en el tiempo. Inevitable criatura del romanticismo y, por naturaleza, el primer contrarromántico en la poesía, como cualquiera, sólo podía trabajar con el material que tenía al alcance. No hay que olvidar que un poeta en una era romántica no puede ser un poeta “clásico” más que en cuanto a tendencia.

De ser sincero, habrá de expresar con diferencias individuales el estado mental generalizado -no como un deber, sino simplemente porque no puede evitar participar en ello. Para aproximarse a tales poetas, con frecuencia prueba ser de gran ayuda la lectura de su obra en prosa y hasta de sus notas y sus diarios, a fin de descifrar las discrepancias entre mente y corazón, medios y fin, materia e ideal.

No resulta fácil deducir qué preserva la poesía de Baudelaire del hado de la mayor parte de la poesía francesa del siglo XIX hasta la fecha, cosa que lo ha hecho, además, como lo ha dicho el Sr. Valéry en una reciente introducción a las Fleurs du mal, el único poeta francés moderno ampliamente leído en el extranjero.

En parte radica en esa maestría técnica que apenas si puede sobrestimarse, y que ha hecho de sus versos infatigable materia de estudio para los poetas, y no sólo en su propia lengua. Cuando leemos:

Maint joyau dort enseveli

Dans les ténèbres et l’oubli,

Bien loin des pioches et des sondes;

Mainte fleur épanche à regret

Son parfum doux comme un secret

Dam les solitudes profondes,

por un instante hasta podríamos pensar en un fragmento más lúcido de Mallarmé; y tan original es el arreglo de las palabras que hasta podríamos pasar por alto sus préstamos de la Elegy de Gray. Cuando leemos:

Valse mélancolique et langoureux ver rige!

nos sentimos ya en el París de Laforgue. Baudelaire dio a los poetas franceses tan generosamente como tomó prestado de los poetas ingleses y norteamericanos.

 

La renovación de la versificación de Racine se ha mencionado con mucha frecuencia; el asunto es bastante genuino, sí, pero suele sobreenfatizarse, y a veces acercarse a la elaboración de un truco. Pero aun sin esto, la variedad y recursos de Baudelaire seguirían siendo inmensos.

Más aún, aparte de la reserva de imágenes que él usó y que parece ya de segunda mano, ofreció nuevas posibilidades a la poesía con una nueva reserva de imágenes de la vida contemporánea

… Au coeur d’un vieux faubourg, labyrinthe fangeux

Où l‘humanité grouille en ferments orageux

On voit un vieux chiffonnier qui vient, hochant la tête,

Buttant, et se cognant aux murs comment un poète.

Aquí se introduce algo nuevo, por un lado, y algo universal en la vida moderna. (El último verso de la cita, que en cuanto a tersura irónica anticipa a Corbière, puede ponerse en contraste con el poema completo Bénédiction con que comienza el volumen.) No es exclusivamente en el uso de imágenes de la vida común y corriente, no exclusivamente en el uso de imágenes de la vida sórdida de una gran metrópolis sino en la elevación de tal imaginería al plano de intensidad primera -presentándola tal cual es, y a la vez haciéndola representar algo que es mucho más que ella misma-, donde Baudelaire ha creado una suerte de alivio y una expresión para otros hombres.

La invención de un lenguaje, en un momento en que la poesía francesa en particular estaba hambrienta de tal cosa, basta para hacer de Baudelaire un gran poeta, un hito en el camino de la poesía. Baudelaire es ciertamente el más grandioso representante de la poesía moderna en cualquier lengua, pues su verso y lenguaje resultan lo más cercano que hemos experimentado a una renovación total.

Sin embargo, su renovación de una actitud ante la vida no es menos radical ni menos importante. En el ámbito del verso, encarna ahora menos un modelo a imitar o una fuente a drenar, que un recordatorio del deber -la tarea consagrada- de la sinceridad. No podía desviarse de una sinceridad fundamental. La superficie de la sinceridad (que según creo no se ha subrayado con frecuencia) no siempre está ahí.

Tal como he sugerido, muchos de sus poemas no se han apartado lo suficiente de sus orígenes románticos, de la paternidad byroniana y la fraternidad satánica. El “satanismo” de la Misa Negra se respiraba en esos aires; al exhibirlo, Baudelaire encarna la voz de su tiempo; pero yo observaría que en Baudelaire, como en nadie, esta cuestión queda redimida al significar algo más. Èl usa la misma parafernalia, mas no puede limitar su simbolismo ni siquiera a lo que constituye su propia conciencia.

Compáresele con Huysmans en À rebours, En route y Là-bas. Huysmans, realista de primer orden para su tiempo, sólo logra hacer interesante su diabolismo cuando lo trata de manera externa, cuando se dedica, básicamente, a describir una manifestación de su época (si es que era tal). Su propio interés en tales temas es, como su interés en el cristianismo, un asunto menor.

Huysmans meramente ofrece un documento, Baudelaire ni siquiera ofrecería eso, de haber estado verdaderamente absorto en ese ridículo abracadabra. En realidad, lo que interesa a Baudelaire no son los demonios, las misas negras y la blasfemia romántica, sino el verdadero problema del bien y el mal. Su empleo de la imaginería y el vocabulario de la blasfemia en curso es apenas algo más que un accidente en el tiempo.

A mediados del siglo diecinueve, época que (en el mejor de los casos) Goethe había prefigurado, llena de bullicio, programas, plataformas, progreso científico, actitudes humanitarias y revoluciones que no mejoraron nada, época, en fin, de una gran degradación progresiva, Baudelaire percibía que lo que verdaderamente importaba eran el Pecado y la Redención. Prueba de su honestidad resulta el hecho de que avanzara todo lo que honestamente le fue posible, y ni un milímetro más. Para una mente observadora de la Francia postvoltaireana (Voltaire … le prédicateur des concierges), una mente que veía el mundo de Napoléon le petit con mayor lucidez que el de Víctor Hugo, una mente que al mismo tiempo no tenía afinidad alguna respecto de la Saint Sulpicerie de ese entonces, el reconocimiento de la realidad del Pecado encarna una Nueva Vida; y la posibilidad de la condenación es un alivio tan inmenso en un mundo de reformas electorales, plebiscitos, reformas del sexo y del vestido, que la condenación en sí misma implica una forma inmediata de la salvación, salvación del ennui de la modernidad, ya que, al fin y al cabo, otorga algún significado a la vida.

He aquí, según creo, lo que Baudelaire trata de expresar y, al mismo tiempo, lo que lo separa del protestantismo modernista de Byron y Shelley. Es aparentemente el Pecado en un sentido swinburneano, pero en realidad el Pecado en el permanente sentido cristiano, lo que ocupa la mente de Baudelaire.

 

Sin embargo, como he dicho, el sentido del Mal implica el sentido del Bien. Dadas las confusiones reales o aparentes del Mal con sus representaciones teatrales, Baudelaire tampoco está siempre seguro de su noción del Bien. La idea romántica del Amor nunca queda bien exorcizada, pero tampoco hay una rendición ante ella. En Le Balcon, que el Sr. Valéry considera, no sin razón, uno de los poemas más bellos de Baudelaire, está toda la idea romántica, y algo más: el desesperado deseo de alcanzar algo que no se puede obtener en las relaciones personales, pero quizás sí, al menos en parte, gracias a ellas.

Ciertamente, en gran parte de la poesía romántica, la tristeza se debe a la explotación del hecho de que ninguna relación humana se amolda a los deseos humanos, pero también a la falta de fe en cualquier otro objeto de deseo humano que aquel que, siendo humano, fracasa al intentar satisfacerlo.

Una de las infelices necesidades de la existencia humana es que tenemos que “averiguar las cosas por nosotros mismos”. De no ser así, la afirmación de Dante, al menos para los poetas, habría resuelto todo de una buena vez. Baudelaire carga toda la pena romántica, pero inventa un nuevo tipo de nostalgia romántica, un derivado de su nostalgia, que sería poésie des départs, la poésie des salles d’attente. En un bello párrafo del volumen en cuestión, Mon coeur mis a nu, imagina que las naves varadas en el muelle dicen: Quand partons-nous vers le bonheur?, y su sucesor menor, Laforgue, exclama: Comme ils sont beaux, les treins manqués. La poesía del vuelo -que, en la Francia contemporánea, está marcadamente en deuda con los poemas de A. O. Barnabooth de Valery Larbaud-, cuyos orígenes se remontan a este párrafo de Baudelaire, resulta un pálido reconocimiento de la dirección de la beatitud.

No obstante, en cuanto a su ajuste de lo natural a lo espiritual, de lo bestial a lo humano y de lo humano a lo sobrenatural, Baudelaire es un mañoso en comparación con Dante; a lo sumo podría decirse, y ya es bastante, que lo que sabía lo averiguó por sí mismo.

En sus Journaux intimes y sobre todo en Mon coeur mis a nu, tiene mucho que decir acerca del amor entre un hombre y una mujer. He aquí uno de los aforismos que ha sido especialmente subrayado: la volupté unique et supreme de l’amour git dans certitude de faire le mal. Esto significa, creo yo, que Baudelaire ha percibido que el conocimiento del Bien y el Mal diferencia a las relaciones del hombre y la mujer de la cópula de las bestias (del Bien y el Mal morales, muy distintos del bien y la mezquindad o lo correcto y lo incorrecto en términos puritanos).

Dueño de un concepto del Bien imperfecto, vagamente romántico, al menos era capaz; de entender que el acto sexual, como el mal, posee mayor dignidad, menos aburrimiento, que visto como ese alegre automatismo natural ”dador de vida”, propio del mundo moderno. Para Baudelaire, la operación sexual, al menos, no es análoga a las Sales Druschen. En tanto seres humanos, lo que hacemos debe ser malo o bueno; en tanto hagamos el mal o el bien, somos humanos; y es mejor, desde un ángulo paradójico, hacer el mal que no hacer nada: al menos, existimos.

Es verdad decir que la gloria del hombre radica en su capacidad para salvarse; es verdad también decir que su gloria radica en su capacidad de condenación. Lo peor que puede decirse de la mayoría de nuestros malhechores, de hombres de estado a ladrones, es que no son suficientemente hombres como para condenarse.

Baudelaire era lo suficientemente hombre como para condenarse: si verdaderamente se condenó es otra cuestión, por supuesto, y no se nos impide rezar por el descanso de su alma. Dentro de todo su humillante tráfico con otro seres, siempre se sintió seguro de su alta vocación, de que era capaz de una condenación negada a los políticos y a los editores de periódicos de París …

 

 

 

Traducción de Pura López Colomé