teoría (mínima) del merodeo

 

 

 

 

Cuando uno ha agotado todos los recursos y ya sólo le queda la decisión definitiva de llorar,

es cuando hay que ponerse al merodeo: hay que hacerlo como si faltara el tiempo —que

realmente falta—, con la asfixia del dolor: sabiendo que las palabras y las frases no se piensan

ni se revisan porque eso sería escribir, y un merodeo no se escribe ni se reflexiona: no se ve ni

se imagina: sólo se concentra la atención para escuchar las palabras que nadie dice pero que

parecen dictadas por un sonámbulo, y sólo al final, si acaso, cuando el merodeo ya ha pasado,

se reconoce a veces el tema o se descubre el sentido de las frases, cuando lo tienen, y se sigue

llorando:

 

Ellos recuerdan hacia el futuro: con la punta de los dedos, como si fueran ciegos de nacimiento

o como si volvieran de ellos a ellos mismos sin pararse a mear. Se dice que hay personas que

crecen de estatura cuando callan y se quedan en la mitad en sombra de su vida: allí donde ladran

sus perros guardianes, entre las piedras tristes de su cara.  

Tiene que oírse un ruido de agua: un sonido roto de cisterna que no cesa o de tubería que traga o

vomita dentro de la pared o de gotera en el techo que va dejando caer gruesos y oscuros goterones,

despacio, con el ritmo de un corazón muerto. Tiene que oírse un ruido de agua oscura, nocturna,

desde el fondo de un túnel o desde el final de una galería profunda o desde la noche alta, sucia,

sin estrellas, que devora y devora luz.

Como las cosas, ellos también se tranquilizan cuando pueden ver el horizonte, o cuando se rezagan

en el fondo del río, sumergidos en el agua que los mece apenas, y por fin pueden soltarse los nudos

de las patas. A veces, todo tiene el color tierno del sufrimiento, de la luz que se acaba, enterneciendo

los últimos colores.

El sol se pone con una maniobra larga del cielo de la tarde, que va cerrando sus puertas, pero los chicos

sólo saben verlo como la historia de una muerte con el color triste de la sangre; como un asunto fúnebre,

excesivo, acuchillado; como un paquidermo viejo que, tosiendo, busca con la cabeza la oscuridad de

su cuarto.

Pero qué hay, qué llevan dentro, detrás o debajo de las orejas duras: dónde comienzan sus sabores ácidos,

sus afiladas líneas de roña, el caracol rojo que sube o baja diciendo o no diciendo la verdad.

A veces parece que cada uno es él y su sobrina preferida: y se miran a los ojos sintiendo cómo, cuánto se

quieren, una y otra vez, y se dicen con la mirada de los ojos que no se separarán nunca, nunca: el corral ya

está en silencio, pero las gallinas todavía se están acostando.

Luego, más tarde, a la hora de dormir, ellos se tumbarán haciendo el sonido de su tercera parte, quizá

dosificados en madre o en tía, propensos a soñar en la unidad o en la unicidad, como esos finales que

comienzan o que parecen principios, como esos huevos homogéneos, de cáscara dura: disfrazados de

lavandera para dormir mejor y encontrar antes la puerta pequeña de la eternidad, para pesar mucho menos,

para hacerse los encontradizos con su simplificado sexo, por si acaso, por si quizá, por lo otro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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