francis bacon: pintor de la crueldad

 

ramón chao 

 

 

Mémoire des luttes

10 mars 2014

 

 

Se le amaba o se le rechazaba, porque su trabajo iba hacia el lado más oscuro y retorcido del alma humana con rostros, cuerpos y figuras desmembradas, mutiladas y expuestas desde distintos ángulos. El crítico francés Pierre Daix escribió entonces : “Ese inglés nacido en Dublín ha sabido elevar la pintura de su país hasta el primer plano de la modernidad, lo cual no se había producido desde Turner, a mediados del siglo XIX”.

 

Bacon no hacía muchos esfuerzos en favor de la popularidad.

Enemigo de declaraciones, pintaba únicamente por placer, aislado en su estudio y aminorando la soledad con relaciones tenebrosas de bar. Reacio a entrevistas y declaraciones, era prácticamente inabordable. Con motivo de una gran retrospectiva de su obra en el Grand Palais de París (1971-1972), consintió que, para una película de José María Berzosa, las cámaras de la televisión francesa le siguieran por Londres y París, penetrasen en su estudio y su intimidad, en los pubs que frecuentaba, de donde extraía modelos y amistades particulares. Gracias a esto, y a Berzosa, pude yo conocer, en ese contexto, a una de las figuras más sorprendentes del arte contemporáneo.

 

Tenía Bacon entonces unos sesenta años y una leyenda de bebedor empedernido, protagonista de una bohemia siempre al borde del abismo.

Se le imaginaba físicamente devastado, pero, al contrario, su rostro era juvenil, terso, bien cuidado; vestía con un estilo desatento y discreto que combinaba el calzado con una casaca de cuero opaco y una camisa de rayas a juego con los zapatos.

Ante las cámaras de televisión, los aparatos fotográficos o un simple bolígrafo, Bacon mostraba el mismo recato, cierto temor cristalizado en la misma actitud agresiva : “¿Qué quiere que le diga? No puedo explicar mis cuadros sin explicar mi vida. Y no quiero contar mi vida. Hay en ella tantas cosas que me llevarían a la cárcel…”

 

 

Durante el trayecto nocturno en coche desde el Grand Palais, de donde yo lo llevaba a su hotel todas las noches después de las grabaciones, sin testigos ni micrófonos, parecía relajarse.

La conversación era siempre una contradicción constante al abordar su obra y sus influencias. Si hablábamos del expresionismo o de Soutine, cuyas obras me venían siempre a la mente al ver sus cuadros, me decía que no sentía ninguna admiración por él.

En cambio, le fascinaban Velázquez, Rembrandt y el Goya de los retratos (no el de las pinturas negras). Y que no le hablara de creadores cuya vida podía sugerir la suya : Jean Genet, Luis Buñuel, Federico Fellini con ciertas reservas : “Que quede claro que los rastros de surrealismo que hay en mí proceden de las películas de Buñuel, y no del payaso de Dalí”.

 

Extremadamente exigente con los otros –un día, en Tánger, al final de una borrachera, le dijo a un pintor amigo suyo : “¡Qué gran tipo eres ! Pero qué mal pintas…”– lo era igualmente consigo mismo. Quemó su primer cuadro a los 18 años, considerando que la pintura quedaría obsoleta cuando el cine cumpliera sus funciones.

¿Algunos genios del siglo ? “No hay genios –repetía–. Eso son tonterías. ¿Picasso ? Quizá, pero pintó tanta basura…”

 

No íbamos directamente del Grand Palais al hotel; siempre me pedía que lo llevara antes a un bar especializado en prostitución masculina sito en el número 7 de la calle Sainte Anne, por eso llamado Le Sept. Era drástica la selección en la entrada y los precios disuasivos.

A mí me permitían entrar por algo que él le susurraba al matón de guardia. ¡Qué no le habría dicho! Tenía mesa reservada, y su presencia atraía a mignons y a hombres célebres bien conocidos por su inclinación sexual. Nos cruzábamos con Iggy Pop, Michel Guy, entonces ministro francés de Cultura, el dibujante argentino Copi, que yo conocía bien, Patrick Juvet, Yves Saint Laurent, Andy Warhol…

En el piso de abajo resonaba la música disco, un género que se impondría en aquellos años. El sótano estaba alumbrado por tubos de neón multicolores, y todas las paredes tapizadas por espejos para que los bailarines pudieran admirarse bien aparejaditos. Todas las noches Bacon desaparecía durante media hora y retornaba ebrio y radiante. Subíamos al coche y se acabó lo que se daba.

 

Le pregunté por qué no había permitido que lo filmaran con algunas de sus piezas en el Grand Palais : “Porque esos cuadros son horribles. No quiero ni verlos.” “¿Por qué los expuso ?” “Ya no son míos. Pertenecen a un coleccionista noruego que me los prestó para esta exposición.”

Una vez terminada una de sus obras, Bacon sentía la necesidad absoluta, irresistible, de destruirla.

Y así hizo con la mayor parte de su producción hasta 1950. A partir de entonces, su marchand montaba una guardia ante su estudio para arrancarle los cuadros recién terminados. Sobre otros artistas, su juicio solía ser cruel: “¿Cómo se puede estar toda una vida pintando burros y cabras que vuelan?”, decía refiriéndose a Chagall. Y sobre Miró: “Es tan inocente como su pintura”.

 

 

 

Su madre le giraba una cantidad suficiente para que pudiese vivir en Londres. ¿Y no frecuentó ningún canal de enseñanza, ni profesores de dibujo ni academias de arte ? “Nada. La influencia más importante que me llevó a pintar fue la visita a una exposición de Picasso en París. Me impresionó y sería una influencia definitiva en mi trabajo : aquellos pierrots, desnudos, paisajes y escenarios me impresionaron enormemente, y después pensé que quizá yo también podría pintar”.

Bacon decidió que el tema de sus pinturas sería la vida en la muerte: debía buscar su yo más vital, pero también el más autodestructivo. El escritor Michel Leiris le tranquilizó: “El masoquismo, el sadismo y casi todos los vicios, en realidad, son tan solo maneras de sentirse más humano”.

 

Desde entonces su obra varió entre violencia, crueldad y tragedia, y el “olor a sangre” le acompañaría en sus grandes trípticos que reflejan aspectos de su vida, de sus amigos y su admiración por Velázquez, Van Gogh, Picasso, etc. Por eso Bacon ignoraba totalmente la moral del hombre medio en todas las manifestaciones de la vida –desde el amor a la amistad, del alcohol al juego, de lo permitido a la prohibición.

“¿Autodidacta también en arte ?”, le pregunté. “Tanto en mi vida como en mi persona, he sido alumno de mí mismo. Traté de buscar una técnica capaz de reproducir la realidad profunda y no la apariencia de las personas.”

 

 

“¿Cómo se las arregla para empezar un cuadro ?” “Permanezco varias horas en el estudio sentado en un taburete ante el lienzo, inmóvil sin pensar en nada. Sé lo que quiero, pero no cómo realizarlo. Comienzo con algunos trazos en la tela hasta que una línea, una mancha me sugiere el método que debo seguir ; es el accidente, lo que otros denominan ‘inspiración’, que se sitúa a un nivel irracional. Cada vez que logro plasmar una idea dejo de ser consciente de lo que estoy emprendiendo.”

 

“¿El alcohol o las drogas pueden ser un ‘accidente’ capaz de desviar su mente hacia la crea­ción ?” “No ; lo que gano en libertad y espontaneidad, lo pierdo en espíritu crítico”.

 

Al contrario que Picasso, quien manifiesta un amor lírico por los humanos y por la naturaleza, el universo de Bacon es ante todo la ciudad, las calles sórdidas y contaminadas, los pubs londinenses donde encontraba modelos y amigos, incluso a precios desorbitados. “Me gusta rodearme de hombres, aunque tenga que comprarlos”, solía decir.

 

Eran las dos de la madrugada cuando se terminó el rodaje en el Grand Palais. Por última vez lo acompañé a su hotel de Saint Germain des Prés. Lo sentía cansado, nervioso. Una vez más le hablé del pesimismo, del desasosiego que producen sus cuadros. Salió el Bacon tierno, cariñoso, que se justificaba. “¿Cómo se puede ser optimista con la idea de que la muerte nos está ganando continuamente segundos y minutos? No veo ninguna razón para ser optimista. Yo estoy continuamente angustiado por la muerte; no por la muerte en sí, sino por el instante preciso en que se va a producir. Creo que será un momento intenso de la existencia. Por eso me gustaría poder dominarla; decidir el instante y el lugar de esa experiencia. Creo que me suicidaré”.

 

 

 

 

“Eso mismo lo escribió Ciorán demasiadas veces y nunca llegó a realizarlo”, le dije.

“Quizá no tuviera valor para ello, como me falta a mí. No se trata de un valor físico

y menos de un temor religioso, sino del miedo al ridículo en caso de un intento frustrado.

Creo que ahora venden en las farmacias productos muy eficaces como los que utilizaron

los nazis”. “¿El cianuro ?” “Sí, el cianuro ; eso es”.

 

El suicidio era corriente entre sus amantes. Después de ocho años de relación

tormentosa y violenta, Peter Lacy, el primero de ellos, se mudó a Tánger, donde se

inmoló con drogas y alcohol. En 1964, Bacon conoció a su nuevo amante por muchos

años, George Dyer, de la manera más inaudita: le sorprendió robando en su taller y,

según me contó, terminaron la ­noche en la cama…

 

Eran las tres de la madrugada y Bacon no paraba de parlotear ; frases descosidas,

incoherentes, como queriendo prolongar la situación. Le insinué mi deseo de regresar

a casa. Al momento lo comprendió. Se despidió furtivamente y esperé hasta verlo

entrar en el ascensor. Al día siguiente supimos por la prensa que, en aquel Hotel des

Saints-Pères, y en su propia habitación, su amante George Dyer, a quien había traído

especialmente de Londres para asistir al vernissage de la exposición, se había

suicidado tres días antes con barbitúricos. Su retrato, deforme y maltrecho, colgaba

en varias versiones por los muros del Grand Palais, lo que podía significar una

premonición.

Aún veo subir a Bacon a su piso en ascensor para ocuparse de su muerto…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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