Niall Binss

Profesor de Literatura en la Universidad Complutense y poeta

traducir a dylan thomas

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Fue por el año 2000 cuando Ángel Luis Vigaray, director de Signos -una pulcra colección que ha publicado a Vicente Huidobro,

Rosamel del Valle, Jorge Teillier y Enrique Gómez-Correa-, me habló de su sueño de publicar a Dylan Thomas. Circulaba en

España nada más que una antigua antología en Visor y la idea original fue rescatar y revisar una traducción muy superior, pero

inencontrable, hecha por la argentina Elizabeth Cranwell. La noción de retocar un trabajo tan valioso me pareció casi inmoral y,

después de varios aplazamientos del proyecto, decidí emprenderlo de cero en colaboración con la poeta madrileña Vanesa

Pérez-Sauquillo.

Dylan Thomas es quizá el poeta británico más “difícil” del siglo XX -un poeta, como él mismo dijo, que escribía “poemas que ni mi

propia madre entiende”-, pero es también el más querido. Hay grandes admiradores de  Wilfred Owen, de W.H. Auden, de Ted Hughes

y de Philip Larkin, pero no se les quiere como a Thomas.

Esto se debe en parte, por supuesto, a su leyenda de poeta maldito y esos dieciocho whiskys terminales; también a su voz resonante,

que “conquistó” a los Estados Unidos como antes lo habían hecho Charles Dickens y Oscar Wilde y como volverían a hacerlo, una

década después, los Beatles.

Pero se trata, sobre todo, de la sensación que tiene el lector de estar ante el último de los vates: aunque cueste a veces desentrañar

un sentido y aunque entusiastas de lo claro repudien el intrincado aire de profecía, hay, en el redoble hipnótico de la música de Thomas

y en la sombría revelación de sus imágenes, otra forma de comprensión; ese entendimiento sigiloso y entrañable, más visceral que

racional, que ha sido la esencia, desde siempre, de la experiencia poética más profunda.

Poesía -dijo Robert Frost- es lo que se pierde en la traducción. ¿Cómo no perderla? ¿Cómo retenerla o recrearla, aunque sea

parcialmente? Traducir a un poeta tan “oscuro” como Thomas es doblemente difícil. La concentración sonora y semántica, el

enrevesamiento sintáctico, el flujo de asociaciones libres (imágenes encadenadas, a menudo por simple semejanza fonética) y

los juegos de palabras de doble, triple y cuádruple sentido obligan al traductor -en este caso, a los traductores- a ingeniarse

constantes atajos y desvíos.

Además, aunque sus cadencias sean menos ajenas al español que las de otros poetas más anglosajones (como Ted Hughes), la

imposibilidad de reproducir la concisión verbal y los ásperos ritmos monosilábicos del inglés significa, en el caso de Thomas, poner

en peligro la tensión sonora que sostiene al hermetismo semántico del original y da rienda suelta a toda su sugestividad.

Prescindir de la rima y la métrica regular -presentes en gran parte de la obra de Thomas- era inevitable pero no suponía,

en sí, un problema: hay más apego a las formas tradicionales en la poesía británica que en la hispana, la rima en español

es más enfática y menos flexible que en inglés y, además, los poetas hispanos emparentables con Thomas -pienso, sin ir

más lejos, en el Neruda de Residencia en la tierra– suelen ser versolibristas que desdeñan a la rima. En cambio, hicimos todo

lo posible para recrear, en la medida de lo posible, los juegos léxicos, la gravedad hímnica y, en términos generales pero

inevitablemente imprecisos, la tensión poética (me satisfacen particularmente, por ejemplo, la primera y la última de las

traducciones que siguen; en la del poema más célebre de Thomas, “Do not go gentle into that good night”, me convencen los

versos repetidos de la villanelle, pero siento que no supimos compaginar del todo la densidad semántica de las estrofas

centrales con la tensión rítmica). Partimos de una traducción mía, lo más literal posible (algo a menudo imposible en Thomas),

y nos enzarzamos durante meses en una lucha encarnizada con los poemas y entre la querencia de Vanesa hacia el heptasílabo

y mis propios esfuerzos por reproducir -¿cómo hacerlo?- algunas de las asperezas y cacofonías monosilábicas del inglés.

Después de terminar la antología en 2003 y presentarla en Madrid, se nos comunicó que había sido publicada sin los derechos

correspondientes, que nuestro editor no se había puesto en contacto con los herederos, que los derechos exclusivos para publicar a

Thomas en lengua española pertenecían a la editorial Visor y que ésta estaba a punto de publicar su Poesía recogida. Resultado

final: nuestro libro fue retirado del mercado y supuestamente destruido. Las traducciones que siguen son, por lo tanto, versiones casi

inéditas de un libro prohibido y casi inexistente.


 

 

 

 

 

 

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