umbral

 

bukowski

 

 

 

13-3-94. El Mundo

 

 

Alguien dijo del poeta católico Paul Claudel: «Claudel es lo que se da en Francia cuando no se puede dar un gran poeta». Bukowski era lo que se da en USA cuando no se puede dar un Henry Miller.

 

El descenso, la deflagración de toda la cultura de América, y por tanto del imperio, que somos nosotros, lo da bien el paso de Henry Miller a Bukowski, ahora fallecido, cuando ya su obra, llena de felaciones y penetraciones por el agujero de la bala, no asusta a nadie ni nadie la lee. Miller fue el último lírico en inglés, padre de la cerveza y de los beatniks, abuelo de Kerouac y los ferrocarriles, tío carnal de los hippies y las amapolas, un Whitman que ya lo ha vivido todo, como en el poema de Borges, y descubre que también es vital, hermoso y nutricio limpiar el culo a sus niños.

 

Miller dio a Kerouac e incluso a la hija de Kerouac, puta de motel y gran narradora. Bukowski era un Miller de supermercado, o un supermercado en sí mismo, o un carrito cojo de supermercado, con muchas botellas de whisky malo, muchas cervezas, muchos condones, mucho tabaco de pipa, muchas bragas viejas y una rueda de coche pinchada que ha recogido en algún sitio, no sabe para qué.

 

Miller tenía en sí el impulso whitmaniano de América, la juventud fúnebre de Poe, y Bukowski sólo tiene la fiebre del sábado noche, un colocón de consumismo y una prosa de grandes almacenes.

 

Luis G. Berlanga, mi maestro en tantas cosas, me confesó, cuando la moda Bukowski, que a él no le gustaba nada este Miller de saldos Arias. Miller era el buen apetito de América, capaz de masticarse París como la tarta versallesca que París es.

Miller liberó a Estados Unidos de muchas cosas, en los sesenta, y llenó Nueva York de carteles pegados con eyaculaciones de hombre y de mujer. Bukowski, por el contrario, es un producto de la Norteamérica de supermercado, naranja mecánica, porno en peniques y Lolitas que se echan spray rosa (menta, limón, caramelo) en la vagina.

 

El paso de la salud/Miller, de la juventud/Miller, del lirismo/Miller (un lenguaje torrencial, el viejo barroco inglés de Shakespeare, bien agitado en el Metro de Nueva York), el paso de todo esto, digo, a la sexualidad mecanicista y el hambre de fogonero de Bukowski, es el paso que marca la decadencia de un par de generaciones revolucionarias (los ejércitos de la noche, de Mailer), hoy rendidas por saturación, sobornadas de hartazgo, hastiadas, desideologizadas, apenas fanatizadas blandamente, tipo el señor Bobbit.

 

A todos se la han cortado con el cuchillo eléctrico del salmón y andan, por Europa y América, por España, creyendo que son rebeldes cuando sólo son consumidores, creyendo que son cultos cuando sólo leen a Bukowski, un analfabeto, creyendo que son malditos y marginales, cuando sólo son unos cascos azules aplazados, que tienen ya su reciente biografía anticipadamente dispersa y balcanizada en los Balcanes, porque así lo quiere Clinton y le conviene, mayormente por distraernos de sus pecados de juventud y los de doña Hillary.

 

La América de Miller, la del 68, hacía florecer margaritas en los fusiles, acabó con la guerra de Vietnam, odiaba el aire acondicionado y esa cursilería de la música ambiental (Nabokov). La América de Bukowski, que es la de hoy, entre la fornicación de gimnasio y el detergente, entre la violencia light de las últimas guerras y la litrona de reglamento, nos ha llegado a España, les ha llegado a los chicos, sin fuerza, sin espuma de utopía, sin misticismo ácrata, sin taponazo ni protesta. Las revoluciones y los clásicos están de oferta en el hipermercado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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