Lorca, poeta maldito

 

 

Francisco Umbral 1968

 

 

A María-España

 

 

Y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

FEDERICO GARCÍA LORCA

 

 

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(LORCA, poeta maldito. Ya sé que el enunciado es escandaloso, sorprendente, inexacto, quizá. ¿Inexacto? Para probar su exactitud, precisamente, voy a escribir este libro. Lo que dicho enunciado tenga de alarmante, en principio, nace de dos circunstancias a estudiar: la primera de ellas es que la literatura española, la poesía española, no tiene poetas malditos; la otra circunstancia no es sino la circunstancia misma, personal, del propio Federico García Lorca; es decir, su vida, que, según los clisés que se han ido superponiendo, no corresponde exactamente a lo que se viene entendiendo desde el siglo XIX para acá por poeta maldito. Examinemos ambos supuestos.

 

Quizá el primer escritor europeo a quien puede rotulársele como maldito es François Villon. Villon es un maldito anterior al concepto de “maldito”, concepto decimonónico, romántico, como sabemos. Hasta el siglo XIX, el artista había sido una criatura decorativa de la sociedad, un dios menor en quien las aristocracias, de vuelta de los dioses mayores, creían o fingían creer. Tras la Revolución francesa, el artista y el poeta empiezan a encontrarse incómodos en las nacientes sociedades burguesas, que no necesitan de ellos para nada, aunque, nostálgicas de lo que han derrotado y derrocado —como el vencedor es siempre nostálgico de lo que vence o del vencido—, aún continúan o creen continuar unas vigencias artísticas y se obligan a un gusto por lo estético que no es sino simple mimetismo, cada vez más desganado y con desgana menos disimulada, del gran arte de las antiguas élites. Y es ya en el XIX, en el siglo de las revoluciones sociales e industriales, en el siglo de la beatería científica, cuando el artista se encuentra declaradamente al margen de la poderosa sociedad sin rostro.

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Esta jubilación del intelectual y el creador, jubilación sin retiro y sin agradecimiento ni siquiera formulario de los servicios prestados, dará lugar a dos actitudes contrapuestas, de las que arranca todo el arte moderno. Por un lado, el creador levítico, el que quiere subsistir, reabsorberse en el orden nuevo, el converso a la nueva religión de los pragmáticos, decidirá que bien se puede volver por la puerta de servicio al confortable palacio de donde se salió por la puerta grande. E, incluso, puede que se sienta efectivamente ganado por la mística de la máquina, la política y la sociedad. Converso de conveniencia o de buena fe, este artista dará lugar a todo lo que luego se ha llamado arte burgués. A saber, el neoclasicismo, la pintura impresionista, las odas cívicas de nuestro Quintana (ejemplo máximo de anti-poeta maldito), la música de Strauss y toda la literatura y el teatro de costumbres. El artista ya no es ni siquiera un dios menor, pero es un sentimental que cose para fuera y cuando puede —que casi nunca puede— barre para dentro.

La sociedad burguesa le paga para sentirse un poco más selecta o, sencillamente, para distraerse a ratos de su ajetreado tejer y destejer lo que luego habría de llamarse estructuras capitalistas. Frente a lo que llamo “arte converso” está el arte rebelde, que tiene como situación-límite, como tipo-frontera, al poeta maldito. Se trata del artista que, decidido a no servir más a señor que se le pueda morir, decide hacer su arte contra la sociedad o al margen de la sociedad. Esta distinción, “contra” y “al margen”, genera a su vez dos tipos de creación, dos familias de creadores: al margen de la sociedad trabajan Marcel Proust, los poetas ingleses, Paul Valéry, Saint-John Perse, casi todos los poetas españoles contemporáneos de Federico García Lorca… El arte al margen, que después se llamaría “de evasión”, degenera casi siempre en esteticismo, exquisitez, minoritarismo críptico y un estéril y “danunzziano” “morir por epatar”, que más bien pudiera trocarse en “epatar para no morir”.

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Contra la sociedad trabajan los anarquistas y los poetas malditos. El anarquista es una fuerza centrífuga de pistón puramente político que no nos interesa estudiar ahora. El poeta maldito es una fuerza centrípeta que se diferencia del anarquista en que no destruye o trata de destruir a la sociedad, sino que se destruye a sí mismo. Frente al mal como purificación, que es el anarquismo, está el mal por el mal, que es la mística explícita o implícita de los malditos y que más tarde razonaría André Gide —un maldito sin nervio ni clima para serlo, un maldito tardío— como “acto gratuito”. El poeta maldito, así, viene a ser un desarraigado, un desclasado, un ser que sufre complejo de autodestrucción y que hace de ese complejo y esa autodestrucción su obra de arte. Un tipo radicalmente nuevo, nacido del Romanticismo, aun cuando tenga algún precedente solitario, como el ya citado de Villon. El maldito es, con respecto a sí mismo, un tarado en algún sentido, y, con respecto de la sociedad, una fuerza disolvente, aunque, como ya hemos dicho, esa fuerza sea centrípeta y afecte al propio individuo más que a su contorno, lo que viene a identificar al maldito con el suicida.

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Pero la autodestrucción es un suicidio con cámara lenta, y esto permite al maldito hacer su obra, casi siempre apresurada, iluminada por relámpagos y potenciada un poco artificialmente por esa dirección mortal que el autor imprime en toda ella consciente o inconscientemente, hasta terminarla de una manera violenta o dejarla inacabada, pues el suicidio de la obra de arte no está en cómo termine, sino precisamente en no terminar. Si en todas las sociedades de Occidente el inadaptado —que decimos hoy— había sido automáticamente reducido de condición, y la máxima gloria del artista estaba en adaptarse a su tiempo o hacer que su tiempo se adaptase a él —lo que a nuestros efectos viene a ser lo mismo—, he aquí que a partir del siglo XIX nace una raza de grandes inadaptados que hace precisamente de su inadaptación una mística y una estética. Ha nacido el arte maldito. Su nómina es tan obvia como impresionante: Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Artaud, Allan Poe, Dylan Thomas, Maiakowski…, en la poesía. En la pintura, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Modigliani, Gauguin… En la música… La música, quizá, no tiene otro maldito que Federico Chopin. Por lo que se refiere a España, ya hemos dicho que es un país sin malditos, y ahora trataremos de entender por qué. En todo caso, como posibles malditos pictóricos están Goya y Solana. Como posibles malditos literarios, Quevedo, Larra, Valle-Inclán. Y Lorca  ¿Por qué es España un país sin poetas malditos, por qué lo es nuestra literatura? La estructura de la sociedad española, carente de resonancias, mediatizada por lo religioso, por los tabús del honor y la honra, por los atavismos más que por las creencias, no parece propicia a la disparidad ideológica.

 

 

 

No es suficientemente fuerte como para soportar en sí los anticuerpos que son los malditos. Y como no podría soportarlos, no los produce: es casi una ley biológica. Por otra parte, las revoluciones y reformas del mundo han llegado aquí asordadas, con lo que, al perder virulencia, tampoco han engendrado una respuesta tan fuerte como la que supone, por ejemplo, el poeta maldito. El artista, en nuestra sociedad, nunca ha sido tan endiosado como en otras; y, compensatoriamente, a la hora del desahucio, también se siente menos desahuciado. La plena ejecutoria de lo pragmático, tan vigente en el mundo desde el siglo pasado, aún no ha llegado entre nosotros a sus últimas consecuencias, y, en la medida en que seguimos viviendo de valores entendidos que ya nadie entiende en el mundo, seguimos respetando —o ignorando— ese valor entendido que en fin de cuentas era y es todo arte.

 

Bien sé que sigue sin respuesta definitiva, a pesar de lo dicho, mi propia pregunta de por qué es la española una literatura sin poetas malditos. Pero no es esto lo que mi libro va a tratar de aclarar y, por otra parte, quizá ello se aclare solo estudiando el caso de ese posible y genial maldito que fue o pudo ser, para su ventaja o desventaja, el gran Federico García Lorca. Federico García Lorca, a quien su vitalismo andaluz ha hieratizado en un busto sonriente de señorito andaluz listo, reúne en sí tres condiciones clave del creador maldito: arraigo estético y humano en los poderes demoníacos o, cuando menos, daimónicos, como le gustaba decir a Goethe; heterodoxia sexual y muerte trágica y prematura.

Sobre la historia entera del arte y la cultura de la humanidad cae un doble rayo de luz y sombra. Del lado de la luz están los creadores que han aspirado a un orden, a un redondeamiento del universo, que han creído en la armonía de las esferas o han necesitado inventarla: Platón, Goethe, Bach. Del lado de la sombra están los creadores que han entendido —o no entendido— el mundo como caos, como desorden, como contingencia: Heráclito el Oscuro, Beethoven, Sartre. Esta división casi escolar entre el mal y el bien como fuerzas actuantes y como concepciones del universo, esta elemental y necesaria elucidación entre lo apolíneo y lo dionisíaco, puede dar lugar a unas subteorías étnicas o geográficas que, al margen de las históricas, tan debatidas, nos harían entender, por ejemplo, cómo Andalucía —para traer las cosas ahora y ya al ámbito concreto de este libro— es tierra y alma esencialmente dionisíaca. Andalucía vive de conjurar lo oscuro, lo telúrico, de provocar el misterio, la magia.

 

Andalucía, como toda región y raza muy religiosa, vive del demonio, que familiarmente ha llamado “duende”. El duende andaluz, el duende de Federico García Lorca, no es sino una forma convencionalmente simpática de lo luciferino. Andalucía es Federico y Federico es Andalucía. Andalucía y Federico, entre tanta luz del Sur, viven de la sombra. La heterodoxia sexual —lo que más tarde llamaré pansexualismo de Lorca—, le sitúa radical y hondamente —y secretamente— al margen de la sociedad en que vive, de su sociedad, aun cuando él haya sido biografiado como criatura eminentemente sociable. No hay posible integración del individuo cuando el individuo vive una tragedia sexual íntima. Y, finalmente, la muerte trágica y prematura del poeta viene a subrayar, siquiera sea anecdóticamente, pero de modo brutal, su destino de maldito.

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Así, pues, si aceptamos los condicionantes previos que autorizan a entender la obra y la vida de García Lorca como la de un posible poeta del mal o poeta maldito, veamos esquemáticamente de qué modo su trayectoria vital corresponde a esa figura. Basta para ello con apuntar que Lorca es el cantor de las tres grandes razas postergadas de nuestra civilización: los gitanos, los negros y los homosexuales. Lorca, en Granada, está con los gitanos frente a la Guardia Civil, frente al orden establecido. Lorca, en Nueva York, está con los negros, está con Harlem frente a Wall Street. Lorca, en su Oda a Walt Whitman y en sus Sonetos del amor oscuro, libro póstumo, mítico e inédito, canta a la pasión que no se atreve a decir su nombre. Lorca es, radicalmente, un hombre en contra.

Nada, pues, de voluble señorito andaluz que toca el piano y escucha la guitarra. Y, como constante de su dolorido sentir, la pena, manadero de toda su obra, incluso de la más ingenuista o traviesa. Lo que el duende es a lo demoníaco —reducción, graciosa minimización andaluza, diminutivo del mal —, es la pena a la angustia. El duende como dinámica y la pena como mística de un poeta de lo oscuro. ¿Demasiado esteticismo en todo ello? El esteticismo es, precisamente, la gran denuncia y el gran pecado del maldito. Un encadenamiento a la belleza, que es el más terrible y doloroso de los encadenamientos. La belleza como culto es ya un culto maldito. En este libro trato de ir dibujando los puntos vividos donde se denuncia, a lo largo de toda la obra de Lorca, su condición de maldito. Y hablo sólo de la obra, porque obra tan reveladora ha de revelarnos al hombre y su vida.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

3 Comentarios

  1. Esta entrada no nos interesa tanto por lo que Umbral dice de Lorca, sino

    más bien por volver a Lorca a través de Umbral, lo que puede ser

    contraproducente, porque Umbral nos quite las ganas de Lorca, o puede

    ser producente, porque aumente el interés que siempre sentimos por Lorca.

    Narciso dAA

  2. Lo intento leer pero hay párrafos con las letras muy oscuras. ¿puedes aclararlas por favor?
    Umbral me interesa. Por su franqueza.

  3. Te va bien así, Vlad? Más claras son blancas y deslumbran.

    En adelante usaré este tono.

    Es que lo mío es más bien fotofobia, y al escribir la entrada sobre blanco,

    no se sabe cómo quedara.

    Gracias, un abrazo

    Narciso

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