umbral

diario de un escritor burgués

 

viernes

 

 

 

La muerte. Qué bien, la muerte. Qué bien, cuando el rejonazo oscuro te entre hasta muy hondo y sientas que es tu yo último el que se pone en juego, que por fin algo te ha acertado en el yo final.

La muerte es una identificación. Ése soy yo, por fin. Ése al que nada ni nadie había llegado.

Somos como esas cajas chinas y sucesivas que se van sacando unas de otras, cada vez más pequeñas y secretas. No hay profundidad, pero hay variedad y sucesión. Nos vamos desenfundando de nosotros mismos, a lo largo de la vida. Vamos sacando del yo otro yo, y luego otro, pero hay un último núcleo, una última caja (vacía, como todas: no hay profundidad) que es la que sentimos muy dentro desde siempre, y que al fin liberará la muerte, quedando todo el juego de nuestra vida esparcido y desmontado en torno de nuestro cadáver.

La muerte toca el yo que nadie había tocado, el yo que más duele, y eso tiene que ser un placer como cuando el médico acierta con el dolor que creíamos difuso y es muy preciso. Un placer físico y un placer mental, una liberación porque ya estamos diagnosticados. La muerte nos diagnostica.

Pero releo hoy esto en Spinoza: «La vida no es una meditación sobre la muerte, sino sobre la vida».

Qué sencillamente se carga toda la mística y toda la metafísica el judío relojero español. Gracias, Spinoza. Lo que yo hago hoy no es una meditación sobre la muerte, sino que he tenido, en plena salud (eso creo) el pálpito ahogante, gozoso y evidente de la muerte. Porque este libro, este diario lo hago con sensaciones más que con meditaciones (como casi todo lo que he escrito en mi vida).

Y hoy he tenido la sensación de la muerte como un rejón incruento o un dedo de sombra en el corazón. «Toda sensación es nieta de un juicio», dice Goethe. Yo creo que es al revés. Todo juicio es nieto de una sensación. Todo juicio general nace de una sensación personal y anterior. Sea como fuere, creo que el escritor creador debe manejarse con sensaciones, dando los juicios por implícitos, ya sean anteriores o posteriores.

La sensación de la muerte me ha llevado una vez más a los medicamentos, pero me he quedado en el prospecto, como hago tantas veces. La lectura de un prospecto ya es curativa, como la conversación de un médico. Yo hice una vez un cuento, «El suicida», donde un suicida reflexionaba sobre la lectura del prospecto del barbitúrico con que se iba a matar. Iba casi todo el prospecto en el cuento. Se publicó el relato y luego se me ha perdido. Creo que es el único cuento mío que se me ha perdido. Y me gustaba.

Dice este prospecto que tengo ahora en la mano, por ejemplo: «Esta sustancia activa es un derivado de la benzodiazepina: la l,3-dihidro-7-nitro-5-fenil-2Hl,4-benzodiazepina-2-ona». La ciencia se ha hecho sacerdotal, pero ha ido mucho más allá que los sacerdotes.

Las «divinas palabras» de Valle-Inclán tenían un ritmo y un pathos. Esto del prospecto no permite ninguna lectura literaria, nos aniquila como lectores y por lo tanto como individuos. Estamos ya, pues, a merced de la ciencia, como tendidos y descuartizados en su cama de operaciones.

Otro día analizaré otro prospecto más despacio. La prosa farmacéutica es desconcertante por cuanto nos devuelve a la complejidad química, puramente química, del ser. Qué ejercicios espirituales de humildad, de sencillez. Desde cualquier laboratorio suizo pueden cambiarme el humor, el sueño o el dolor a distancia, pueden aumentar mi expulsión de esperma o de ideas. Eso soy, eso somos. Antes dependíamos del cielo. Ahora dependemos de Suiza. Yo me siento así más tranquilo. Spinoza también.

La vida es una meditación sobre la vida. La muerte no existe, puesto que no asistimos a ella, a nuestra muerte. Cuando creemos meditar sobre la muerte, estamos meditando sobre la vida. Nos estamos viviendo muertos. Spinoza y el estimulante suizo ayudan a vivir. Sólo que Spinoza escribe mejor que el prospecto.

Devuelto a la vida, tras unos exaltados deseos de muerte, los magnolios femeninos caen mentalmente sobre mi cuerpo como someras aristócratas o agua popular, y la refriega con la mujer me perfuma de actualidad, me torna extraño mi cuerpo, y por extraño, nuevo, y por nuevo más querido. Una de las virtudes de la sexualidad —lo he dicho siempre— es, no la maravilla del cuerpo ajeno, sino del propio. Y esto no tiene nada que ver con el decorativo narcisismo, claro. El contacto con otro cuerpo sacraliza el nuestro. Cuanto más nuevo, diverso, inesperado el otro cuerpo, más nos lo será el nuestro.

Mujeres en tromba con su suavidad de música o su violencia de fogata. Y la boca en la vulva de una mujer, como en el origen de las flores o en el manadero de la sombra. Qué bebes, qué besas, qué muerdes, qué conversas en ese boca a boca con el interior lluvioso de una vida. Es el reconocimiento último y necesario, la comprobación bucal de lo femenino floreciente, de lo diferencial despierto.

Ese momento, soñado tantas veces, acechado siempre —es todo el acecho de la vida— en que una mujer, tendida en el lecho, levanta las piernas, se dobla sobre  sí, le pone a su rostro un cielo de piernas esbeltas y, lograda la más fina curva de su anatomía, se quita la braga como despojándose de sí misma, en un enredo de pies y tela, de muslos y prisa, que al fin la deja ya impersonal —sexo femenino general y solo— en la gran corriente del tiempo.

Es el momento más exquisito y trabucado de la humanidad, de la relación humana, de la trascendencia sexual. Es la decisión más delicada y fuerte a que puede asistir el hombre. Jamás descifraré ese momento.