umbral

 

un ser de lejanías

 

 

 

 

Editorial Planeta, S. A., 2001

Barcelona (España)

 

 

 

MIEDO. Por qué no confesar que tienes miedo. O, más bien, los miedos pequeños del mal, de la edad, de la enfermedad, el miedo de tu pelo, pájaro que hace nido en el nuevo día con temor y temblor de todo lo que sopla.

El miedo de tu pie enfermo, convaleciente, que derrumba por dentro todo tu lado izquierdo, como una pared de cementerio.

Un miedo antiguo y óxido que duele en la garganta. Miedo de los alcoholes, de la grisalla y soledad del día, donde un teléfono que canta es una estela y una estrella, o la voz de la calle que te busca, pero miedo también de que te busquen.

Miedo de esa ginebra que se te abre en la mente como una flor loca de palabras, como un daño indecible y amargo, como el calor frío del desahuciado.

Y de noche, ese miedo de las cuatro de la mañana, entre los tulipanes de la orina, las imágenes del día, claras y crueles como espadas, la verdad de las cosas, tan sencilla y sangrienta, que no viste despierto, y la sonrisa agraz de las personas, con su palabra falsa que no quisiste mirar.

Miedo de vivir. La muerte no aparece nunca en mis miedos, pero estos miedos no pueden ser sino los heraldos de la muerte.

Miedo a esta soledad que me engrandece, miedo dormido y despierto, sólo hay un modo de curar el miedo: decir que tengo miedo.

Aquí lo pongo.

(Miedo de esta caligrafía, hecha toda de garfios, musarañas hostiles, moscas rojas.)