umbral

diario de un escritor

burgués

1979

 

Otorgó a lo cotidiano

la dignidad de lo desconocido

Novalis

 

lunes

 

 

    

Por la mañana, solo otra vez en la casa, como en otra vida, reúno en el espejo los fragmentos de mi cronología que no han volado con el viento de anoche, desayuno cosas frías y vagas, con un poco de cocacola, de ron, de sacarina, dejo que el nuevo día me endulce levemente la lengua, me perfume con su luz como si yo aún estuviera vivo, bajo a comprar periódicos y la calle me atraviesa como una espada.

Las noticias, la política, la lectura, el optalidón y la sangre haciendo memoria en mis venas llegan por fin a estructurar algo así como una pálida arboladura de hombre. Ya puedo ponerme a escribir. Me siento como reencontrado con la soledad originaria, aquellas mañanas de la infancia, cuando, expulsado ya del colegio y sin destino inmediato ni remoto en la vida, me sentaba yo en la cocina apagada de mi casa, con la vieja enciclopedia infantil, a leer, a seguir estudiando por mi cuenta, a repasar algunas lecciones porque no se me volase lo poco que había aprendido en los escasos años escolares.

Solo otra vez, después de tanta vida y tantos muertos, como en aquella cocina apagada, hago ahora mis deberes para nadie, como entonces, escribo mis artículos para un público fantasmal que no veo, y menos lo veo cuanto más evidente es, cuanto más me escribe, me visita, me llama, me busca, me compra.

El éxito no existe. Yo sigo siendo el niño solo que estudiaba para nada en aquella cocina apagada, que releía sin fe una vieja enciclopedia escolar. Yo hago mis deberes después de que todo el mundo se me ha muerto. Me han dejado solo, como en aquellas mañanas, pero ahora para siempre, y esta sensación de intemporalidad no se cura con el pequeño éxito ni con la compañía del teléfono, que canta de vez en cuando y me trae la política del mundo, la margarita de las voces, cada persona con su pétalo de voz.

He dicho millones de palabras, las he escrito, me las han leído, me las han comprado, pero mi palabra sigo sin decirla. La tristeza simple, la soledad sencilla e inconsolable que me habita, aquella cocina apagada que llevo en el pecho: eso sigue ahí, callado, nunca dicho. Trabajo a la máquina, hago artículos, hago libros, estoy solo en la habitación, rodeado del rumor de mi batalla con el tiempo, contra el tiempo y a favor del tiempo y de la muerte.

Me gustaría oír desde fuera, a través de tabiques, el rumor de mi trabajo, el tableteo de mi vida, este trajín tenue en que consiste lo que hago, un bisbiseo de ideas y nombres. Quisiera ser el que escucha el cernedero de mi trabajo cerniendo vida, minutos, muerte, como aquel cernedero de la carbonería que, también en la infancia, acompañaba mi soledad de niño sin escuela. Aquí estoy otra vez, a los cuarenta y tantos años, echado de la escuela, expulsado para siempre y todavía, como a los once o doce. Y escribo.

Recuerdo, de aquella enciclopedia infantil, la introducción a la Prehistoria: «Inmensos bosques de coníferas y helechos arborescentes cubrían los continentes, purificando la atmósfera de anhídrido carbónico». Era el párrafo más lírico de aquella árida enciclopedia, llena de quebrados y pilas de Volta. Más de una vez me he referido a esos inmensos bosques de coníferas, que me hicieron soñar, a esos helechos arborescentes que cubrían los continentes (con soberbia cacofonía, por cierto), y me llenaban de una grandiosidad cacofónica y vegetal. Porque, aunque la enciclopedia dijese lo contrario, yo no creía que los helechos arborescentes hubiesen desaparecido de la tierra, y luego he comprendido que en aquella primera imagen poética del mundo había puesto mi futuro.

Cuando luchaba, cuando crecía, cuando iba filmando mis sueños y caminando mi vida, yo creo que buscaba siempre, en ese futuro placentero y estático que imagina todo hombre, con el tiempo ya detenido y feliz, unos helechos arborescentes, una frondosidad que nos viene de la infancia, y que situamos casi mecánicamente en el futuro perfecto. Ahora sé que ya he pasado los helechos arborescentes, que estoy del otro lado.

No diré que no había helechos arborescentes, porque tengo la sensación de haber estado alguna vez bajo su sombra fresca, como la tenía ya cuando lo leí de niño en la enciclopedia, con esa misteriosa memoria infantil. Los inmensos bosques de helechos arborescentes están en algún momento de nuestra vida. La enciclopedia del colegio no hace más que una referencia histórica a ellos. La enciclopedia les da nombre sin saberlo. Despierta sin querer nuestra pre-memoria.

Siento que los hemos dejado atrás, pero no aseguraría yo que en la vida de todo hombre no haya helechos arborescentes. No haya imaginación. Escribo todos los días para decir lo contrario, para decir que no hay helechos arborescentes. Pero la misma escritura los va creando. Me gustaría escuchar desde otra vida, desde la vida de otro, este rumor tenue y continuo de mi vida, este murmullo de mi soledad que cesará un día, entre los mil ruidos de la ciudad, y ni siquiera enriquecerá el silencio.

 

 

 

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1 Comentario

  1. Estos párrafos, fragmentos, pedazos, en general de escaso tamaño,

    de breve longitud, que con más frecuencia pertenecen a libros/diarios de umbral,

    son, sin embargo, completos: el escritor comienza y termina el asunto tal como

    lo colgamos. Puede volver, a lo largo del libro, a referirse al tema, pero no para

    completarlo -Umbral escribe desabrochadamente-, sino para añadir algo que es,

    por decirlo de algún modo, prescindible. Con otros autores, los criterios son los mismos:

    intentamos evitar que el corte deje en ascuas la lectura.

    Saludos

    narcisodaa

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