discurso de Francisco Umbral en la Universidad Complutense de Madrid durante el acto de

 

recepción del doctorado honoris causa en 1999:

 

 

 

  

Don Francisco de Quevedo rasga el papel con su pluma de buitre, en el sotabanco de los mesones, y llena su siglo XVII de obras jocosas y escritos satíricos, críticos, costumbristas, muy plásticos de escritura y vivos de traza, que son siempre folios cortos, de la dimensión de una columna de periódico actual, pues Quevedo estaba inventando el periodismo dos siglos antes. Era un periodismo de mano en mano, de copia y difusión verbal o manuscrita, que volaba por Madrid y se leía en las escalinatas de San Felipe. El periodismo, pues, nace como género literario -siempre lo ha sido- y mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto.

En el siglo siguiente, el XVIII, Voltaire incurre en ese género corto y satírico, literario y faltón, que resultó ser la más lograda, vocacional y eficaz de sus dedicaciones, abundando en el vicio quevedesco con un oreo de salón que le distancia de los mesones del madrileño. Lamartine, en el XIX, poseedor ya de la noción de periódico, escribe: “Voltaire dio al francés el instrumento de la polémica, creó la lengua improvisada, rápida, concisa, del periodismo”.

He aquí, pues, lo que estaban haciendo nuestros dos clásicos, el español y el francés: periodismo sin saberlo. También Quevedo es improvisado, rápido, conciso, y muy pariente de intenciones con Voltaire, aunque predecesor.

El periodismo, según esto, no nace sólo como hoja agraria (yo mismo empecé dando las cotizaciones del mercado de granos a El Norte de Castilla de Miguel Delibes, al que reconozco como mi primer maestro periodístico), pero como pájaro ciudadano, gorrioncillo de Corte, artista de dimes y diretes. Tiene el periodismo moderno, pues, dos orígenes, el informativo y el crítico, el rural y el cosmopolita, y padres o padrinos tan levantados que no podemos seguir dudando de la dignidad literaria del género.

Pero estas dignidades y otredades que hoy me erigen y edifican, asimismo vienen de la Filología, de la cual diré dos palabras, que son de Ortega y dirigidas al gran filólogo alemán, Curtius. Ortega decide muy joven consagrarse filólogo, para desde ahí abarcar el mundo, el hombre y el pensamiento, a partir de la palabra/cosa, como Heidegger. Sostiene Ortega que la Filología no puede quedarse en ciencia del objeto/palabra, sino desplegar la palabra en toda su magnitud antropológica de significación, de lo cual vendrá una explayación del mundo y del hombre, que ha hecho el lenguaje, aunque quizá sea al contrario. He aquí, pues, los manaderos de mi pensamiento y de mi periodismo, que ahora se dignifica. Mi primer libro, 1965, fue una biografía de Larra, que primero pensé subtitular “El chaleco de tisú de oro”, como luego he subtitulado a Valle-Inclán “Los botines blancos de piqué”. Quiero decir que el periodismo literario, donde la nota plástica sustituye a la foto, o se anticipa a ella, ha sido siempre el mío, y en estos títulos está su origen.

Larra inaugura en España el artículo de costumbres y de malas costumbres, que escribe por las mañanas en su solitud de la calle de Santa Clara, Madrid de los Austrias, luego de los Borbones, y a seguido de la escritura se viste de dandy, como afrancesado que era, y pasea hasta la cosmopolita calle de la Montera, llegándose a Sol, corazón de las Españas, donde ladran todos los perros de la literatura y de la política, todos los perros de los vendedores de perros, y, como luego diría Ramón, en su clariver, “todavía flotan las almas de los sablistas muertos”.

Mesonero y Larra son costumbristas, sólo que Larra es un costumbrista de las malas costumbres, un crítico, y tan verídico es Larra que la última vez que fui a verle, febrero, frío, Sacramental de San Justo, con Espronceda y otros, al lado de allá del río, me acudió un ejecutivo de la muerte, con brisas de peluquería, a venderme mi propio nicho, y me dejó la tarjeta por si acaso, “nunca se sabe”, dijo.

Los del 98, después de Jovellanos, que hacía planes quinquenales en verso y artículo, se producen mucho en el periódico, primero por necesidad económica y luego por llegar a la gente que no lee libros. Lo mismo que hoy, o sea. Menos mal que el periódico ya era un género literario. El que más escribe en los periódicos es Azorín y el que menos Baroja. Valle-Inclán sostiene que “el periodismo avillana el estilo”, pero no deja de colaborar.

Unamuno también colabora mucho en los periódicos de Madrid, lo primero para clavar su pluma de morabito en el corazón de España y luego para pagar la pensión de un hijo que tenía estudiando medicina en Madrid. A fin de mes el chico cobraba las colaboraciones de papá e iba tirando. Alguna vez se ha conmovido España por un artículo de Unamuno que sólo estaba escrito pensando en el pupilaje del niño.

Pero el que mejor encaja en el artículo de periódico es Azorín, por los límites y el carácter de su prosa. A mí me lo dijo en una entrevista, detrás de las Cortes, en su casa como de médico famoso de la literatura:

– Yo soy hombre de un solo folio.

Se levanta al alba y escribe a mano o en su vieja máquina, contra los amaneceres ruidosos y clarísimos de Madrid, su folio con destino a un periódico u otro, que Azorín fue muy chaquetero y estuvo a bien con todos. El periódico es una necesidad económica para los escritores de entonces, por supuesto, pero también es una necesidad profesional, vocacional, que ya hemos visto cómo Quevedo y Voltaire, articulistas sin el molde del periódico diario, dejan sus artículos al ventestato de la calle.

De modo que para hacer literatura en el periódico no basta con necesitar dinero, sino que hay que pulsar este género literario como el solo de violín del periodismo, como un soneto con sus reglas y medidas. Hay grandes escritores que nunca han sabido escribir un artículo y hay articulistas que nunca han dado la medida de otro género, como el narrador en corto, que tiene más que ver con el poeta que con el novelista.

Después del 98, ahí está Ortega confesando que escribe artículos para vivir, y esos artículos se convierten en libros, como “La rebelión de las masas” y tantos. Ortega -que nació en una linotipia-, maldice de ese género “alimentario”, pero luego hace con los artículos alimentarios un libro tan coherente como el citado y otros. Ortega tiene la clave del artículo, porque sabe jugar en un recuadro con una metáfora, una idea, una noticia, una imagen, una actualidad alarmante y una anécdota.

Los escritores puros piensan quizá que eso no vale, pero luego resulta que el público lee, asimila y se educa con estos artículos de Ortega, porque el que es filósofo segrega filosofía siempre, y el que es poeta segrega lirismo siempre, y el que es sabio segrega sabiduría. Los periódicos de principios de siglo, aquí como en Francia, están llenos de literatura periodística, que no es otra cosa que literatura. Ortega escribe en la mesa del comedor de su casa hasta que su esposa le dice que retire esos papelajos, que va a poner la mesa para comer. No puede haber mayor ni más hermosa confusión entre la literatura y la vida. La menesterosidad literaria de España da lugar a un género nuevo que ya estaba, como hemos visto, en Quevedo y Voltaire. Quizá lo que hoy llamamos columna sea el más moderno de los géneros literarios.

En este siglo XX que ahora se apaga sólo se han inventado dos géneros literarios: la greguería y la glosa. Y ambos géneros nacen en el periódico. Voz nemorosa, ceja o selva negra, ya dijo don Manuel Azaña que a Eugenio d’Ors le preocupaba mucho la manera de mirar. Pero no sólo, añadimos, la manera de mirar a las mujeres o a los ángeles, sino la manera de mirar el mundo y sus literaturas. La glosa de Eugenio d’Ors es el resto de un naufragio. Ni filósofo reconocido, ni poeta ni narrador, d’Ors es todas esas cosas en catalán, francés y español, dentro de un recuadro de periódico. Porque la urgencia y cotidianidad del periódico le permiten lo que no le permitían las otras artes: la ironía. D’Ors, en su hercúleo diario íntimo de los periódicos, que es menos pedante que el de André Gide y menos beato que el de François Mauriac, hace la nota urgente, periodística, de la actualidad, siempre en clave de pensador y siempre en clave de ironista. Para los catalanes fanáticos y graves era demasiado. Sólo en un periódico fascista de vuelta, el Arriba de Madrid, que no se hacía en una redacción, sino en un café, el Comercial de la Glorieta de Bilbao, cabía y funcionaba la ironía volteriana y católica de Eugenio d’Ors. Sólo un periódico con loro, como las casas de lenocinio, podía entender el escepticismo ilustrado de d’Ors, y de colegas como Ismael Herráiz, director con la pistola sobre la mesa.

Eugenio d’Ors aporta al periodismo un tonelaje de filosofía y de humor, una cultura pasada por la calle, pasada y paseada, haciendo familiares los grandes nombres a los lectores de periódico. Todo el periodismo literario que se ha hecho después de d’Ors, o se asemeja a la glosa o cae en el editorial.

Ramón Gómez de la Serna, antes del gran periodismo gráfico, pone en los periódicos la plástica de sus greguerías, que son como fotos surrealistas de lo que pasa. Hemos cantado a Ortega como creador del artículo/ensayo, lo cual que Ortega es un ensayista de periódico -cuando quiere-, y d’Ors es un periodista del ensayismo y la crónica. Lo grave de un genio es que resulta abrasivo para toda su generación, y al costado de Ortega sólo herborizan el mediocre Maeztu, por la derecha, y el pedantesco Pérez de Ayala, por la izquierda. Ortega arrasa una generación de ensayistas y escritores de periódico. Sólo d’Ors le hace competencia, pero d’Ors es un exiliado de Barcelona y Ortega le relega al Blanco y Negro.

Después de la guerra surge una gran generación de ensayistas de periódico, los intelectuales que han ganado. Mourlane-Michelena, González-Ruano, Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Foxá, García-Viñolas, Víctor de la Serna, etc. Ninguno de ellos hace gran obra en libro, pero le dan a la prensa española un nivel literario que nunca había tenido. ¿Esto por qué es? Porque aquellos intelectuales que se mantuvieron al lado de Franco, no soportan el peso ominoso de la Victoria franquista, y unos derivan hacia el trirreme latino, otros hacia el escaso catolicismo europeo, y Foxá, el más explícito de todos ellos, dice:

– Soy conde, soy rico, soy gordo, soy embajador, soy feliz. Y todavía me preguntan por qué soy de derechas. ¿Pues qué coños

 quieren que sea?

Para Foxá, el éxtasis de su carrera diplomática era llegar a embajador de una dictadura en una democracia. Disfrutaba de ambas ventajas. Pero el que encuentra la fórmula fija y feliz para no hacer caudillismo ni evadirse en la abstracción y el plomo de las grandes páginas, es César González-Ruano, escritor de café que se refugia en la glosa sencilla y sentida de la calle, la actualidad, la vida igual siempre a sí misma, poniendo una breve pavana de emoción directa y humanidad artesana en el formidable y espantoso periodismo de posguerra, que prolongó mucho tiempo las supersticiones fascistas y estalinianas, cuando la gente estaba ya tocando el cielo y el porvenir con las manos. A César se le leía por magistral y porque no hablaba de política.

En los 40/50 irrumpe Camilo José Cela con un género nuevo y caudal, como siempre en él. Lo llama “apuntes carpetovetónicos”. Ortega y Gasset, por estos apuntes, le define como “cazador de iberismos”.

Con la transición y la democracia podemos herborizar un naciente y plural columnismo que cultivan unos cuantos escritores jóvenes, pero ya conocidos en el ensayo, la novela, las memorias prematuras y el propio periodismo. La escritura en libertad permite que estos nuevos o no tan nuevos columnistas den a la prensa todo lo que llevaban represado, ganándose en seguida la atención del público. Los rasgos comunes de esta que podríamos llamar generación los resumiré así:

Todos son más o menos de izquierdas, pero sólo alguno de ellos militante.

Todos escriben muy bien, y ya dijo Marcel Proust que una metáfora o un buen estilo es algo así como el embalsamamiento que perenniza una idea.

Todos proceden de las revistas de humor, y este humor aciertan a hacerlo soluble en los contenidos altamente políticos o ideológicos de sus columnas.

El columnismo se hace imprescindible al nuevo periodismo posfranquista, y todo periódico de provincias tiene su columnista -a veces varios- Viene a romperse así la imagen hierática del periodismo de la dictadura, que jugaba a confundir mutismo con veracidad. Las cosas, en la dictadura, se decían muy en serio, y sólo por eso eran verdad o adquirían carácter del tal. Este mutismo requería una homogeneidad entre las informaciones, los editoriales, los comentarios y los sucesos, incluso. La vida se comportaba como decía el periódico. Los nuevos columnistas, con su estilo abierto, de tú a tú, su humor y su crítica viva de lo inmediato, vienen a demostrar que el público está esperando diálogo, y que con ellos se puede dialogar y sentir, incluso jugar.

Entre la mole informativa del periódico, hay un columnista agaritado que piensa mucho más libre que los editorialistas y que es más comunicativo. Todo el periódico se ha vuelto crítico, pero el columnista es el crítico de esta crítica, va siempre un paso más allá. Y se entabla así un diálogo cotidiano entre el lector y su periódico preferido, diálogo que dura hasta nuestros días. Columnismo o nuevo periodismo, se desmiente para siempre el mito de la uniformidad como categoría periodística, y el público tiene sus favoritos de la columna, a favor o en contra, pues se da el caso del columnista que es leído a la contra, para insultarle y reprocharle cosas, lo cual supone una querella continua y una asiduidad “negativa”, digamos, del comprador. El mejor amigo del español es siempre aquel con el que más discute, pues los españoles sólo nos divertimos discutiendo. Todo esto es pluralismo, democracia, amenidad y libertad.

El periodismo literario no tiene nada que ver, pues, con los suplementos literarios y otros dominicales, cuya oferta se hace hoy por arrobas, sino que está incardinado en la maquinaria más íntima del periódico, en su cilindrada ideológica e intelectual. Una buena columna vende más que el rancio destape o la muerte de un torero. Porque los columnistas, como los rockeros, de los que algo tienen, son unos viejos muchachos que nunca mueren.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

Deja un comentario