un ser de lejanías

francisco umbral

2001

Editorial Planeta, S. A., 2001

Barcelona (España)

 

 

página 28

 

Voy en el anochecer azul, que se va volviendo feo, con mi máquina de escribir colgada de la mano, de un pueblo a otro, en busca del taller oscuro y perezoso donde me la limpian, arreglan, aligeran.

El mundo ocurre como a una luz de carburo. Esto no es campo ni ciudad. La máquina, tan ligera, empieza a pesarme con toda la literatura que lleva dentro de sí, cien libros, miles de artículos, una vida de escritura que a mí mismo me avergüenza. Da vergüenza haber jugado tan limpio y andar ahora con la máquina a cuestas, por los desmontes y los retazos de campo que nos quedan, cargando una tonelada de literatura, cómo pesan los libros una vez escritos, nada más llegar de la imprenta, reciente, vivo, casi caliente, un libro se muere, se muere para siempre, se cierra herméticamente conmigo dentro.

Amo esta máquina, este pequeño ente de hierros y literatura que es como el esqueleto de un pequeño animal, la osatura de una metáfora. Algo así como un gato muerto que he llevado colgado de mi mano toda la vida, por el mundo, en los viajes y las vacaciones, dando la vuelta a Europa o escribiendo en un alto rascacielos de Nueva York. No quiero nada, no aspiro a nada. Me basta con que a esta máquina no se le caigan los dientes.

Una letra en cada diente. Las articulaciones le funcionan mejor que a mí. Qué dulcemente envejecen las cosas. Mi pobre máquina, mi máquina pobre envejece prestando servicio, suena joven su tecleo todas las mañanas, y es como si sonase mi vida, que en realidad es mucho más opaca. Se hace de noche y dejo la olivetti en el taller callado y tedioso, con una pequeña oficina delante y un fondo de mecánicos no sé dónde. Dentro de unos días volveré para llevarme la máquina, este peso duro y familiar en mi mano, en mi hombro, esta carga que es toda la realidad de mi literatura, lo único que me hace verdadero, puntual y funcionario de mí mismo.

Y la vuelta por barrios de sombra, ya con anovelada luz de luna, improvisado arrabal. De mi caminata hago un paseo sin prisa, la tarde se ha ido y sólo nos ha dejado su tristeza. Mañana, con luz de parra y sol de noviembre, la máquina madrugará como la gata. Este chisme me ha dado de comer durante casi medio siglo, me ha salvado de la biografía negra y negativa que me esperaba, ha sido el garfio de todos mis naufragios. El ingeniero la hizo a conciencia. Es frágil y segura como algunas mujeres. Tengo con ella la intimidad casta y la amistad sobria del gato, la herramienta y el arma.

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La metáfora. Me he pasado la vida monetizando y acuñando metáforas. Más que ideas o verdades he vendido metáforas. La pasión última de mi pasión literaria es metaforizar. Un baldado de las letras dijo que «escribir con metáforas es hacer trampas». Sólo estaba defendiéndose y justificando su incapacidad metafórica. La escritura metafórica es la única escritura literaria. Incluso la adjetivación es tributaria de la metáfora. Un buen adjetivo es el principio o el final de una metáfora incompleta (y quizá por ello más sugerente).

¿Dónde está el placer de la metáfora? En la fruición de un encuentro inesperado, de dos cosas que copulan sin conocerse. Desde niño fui metaforista. «Esto se parece a lo otro.» La coincidencia de dos cosas o de una persona y una cosa en un rayo de sol o de luna es un milagro del ver o del imaginar. Hay quien disfruta presentando a personas que no se conocían. El metaforizar es el mismo proceso hedonista. Que el invierno sepa lo que tiene de capote de campaña. Que la muchacha sepa lo que tiene de cabra griega. Que el gato sepa lo que tiene de capitular gótica. Y a la inversa.

Este continuo mercadeo con las imágenes nos da un lenguaje simbólico, irracional, eficacísimo, que ha sido siempre mi lenguaje secreto. Sólo lo que está dicho en metáfora me interesa. Incluso el filósofo que metaforiza, expresa más cosas que los demás.

La metáfora es la elocuencia del mundo. Nunca he hablado otro lenguaje. Incluso en el periodismo. Me basta con metaforizar un amor o una desgracia para exorcizarlos. Cuando la cosa se constituye en metáfora se salva del tiempo y de la ruina. La mujer no es sino un jarro tembloroso de agua. Si disociamos esta imagen, la mujer se marchitará pronto. He pasado mi vida, sí, urdiendo metáforas. Es como si hubiera sido joyero u óptico, como Spinoza. Y cada mañana continúo la fabricación y perfeccionamiento de la metáfora, en la que se pueden dar cada día saltos más audaces. Cuanto más distantes los dos polos de la metáfora, más intensa la imagen. Todo esto quiere decir que la realidad no me interesa (ni los realistas). Toda cosa se está abriendo hacia otro significado. Todo significado es consecuencia de una metaforización previa. Me siento un poco el chino de los collares cuando salgo con mi carga ligera de metáforas.

Me paseo con ellas por los confines de la literatura, por el estrépito de los periódicos, por el vacío de los salones llenos. No soy un triunfador, como dicen las noticias. Soy un vendedor de metáforas que tiene parroquia. He realizado un sueño casi infantil de fabricar cosas imposibles para luego regalarlas o venderlas. (Vender no es sino una manera honesta de regalar.) No colecciono metáforas. Sólo recuerdo unas cuantas de Breton, Neruda o Dante. Hay que dejar a las metáforas en libertad para que sigan reproduciéndose.

Metaforizar el mundo es la manera más luminosa de explicarlo. Por supuesto, a una mujer sólo se la puede explicar metafóricamente. El poeta llega más lejos que el pensador en su resumen del tiempo o de la tarde. Evito pensar en metáforas, pero al final remato con una metáfora que enceguece involuntaria, como consecuencia inevitable de todo lo pensado. La metáfora es una iluminación no deliberada, pero que se viene gestando entre la pupila y la imagen.

Las metáforas se hacen con los cinco sentidos más ese sexto sentido del poeta que es el sentido de la sinestesia. Cuando empecé a escribir este libro, como confesión inútil y definitiva que nada confiesa, ya sabía que me iba a salir un libro metaforizante. Puedo escribir plano, pero mi dialecto interior para decir las cosas es la metáfora. Creo que las personas y los objetos, las miniaturas del mundo, los frutos y las monedas, quedan mucho más dichos mediante metáfora. La metáfora dice más las cosas y dice más cosas. La filosofía es la iluminación hacia adentro. La metáfora es la oscuridad hacia afuera. Metáforas nocturnas y metáforas diurnas. No encuentro la metáfora para acabar este capítulo, pero sigo abierto, como debe estar siempre la escritura, a la más inesperada metáfora, a la más intolerable imagen, a esa sola palabra que nos asfixiará de belleza si la pronunciamos.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

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