balada de gamberros

francisco umbral

1965

 

prólogo

 

 

 

BALADA DE GAMBERROS es mi primera novela y, por lo tanto, una novela corta. Digo por lo tanto porque al escritor nuevo se le suele quedar corto el material. La novedad es impaciencia y la impaciencia lleva a resumir, naturalmente. Hay escritores nuevos que hacen un primer libro muy largo, pero esto es también por impaciencia, sólo que entendida o practicada a la inversa: la impaciencia de decirlo todo de una vez. BALADA DE GAMBERROS es una novela necesaria, convenientemente truncada, y me la publicó Camilo José Cela en Alfaguara, año 1965 o cosa así. Juan Ramón Jiménez lo llamaría un “borrador silvestre”.

 

Borrador silvestre de todo lo que había de ser mi literatura de infancia y provincia: Memorias de un niño de derechas, Los males sagrados, Las ninfas, Los helechos arborescentes y lo que salga. Yo a estos libros —y a otros— los llamo novelas para vendérselos a los editores. Luego ya me da igual. Escribir sobre la propia vida, mediante la memoria involuntaria, voluntaria, proustiana, mágica, es hacer una lectura en profundidad de nuestro pasado, del que fuimos y somos, “presentes sucesiones de difunto”, con lo cual, conociendo al desconocido que tenemos más cerca, o sea uno mismo, conocemos un poco a los demás, al hombre en general, que es siempre el hombre en particular. Pero más que esta última coartada didáctica de la literatura —didactismo en el que ya ninguno creemos—, la escritura/lectura de mi pasado remoto, mediato o inmediato, de mi presente absoluto (que también practico y que requiere aún más larga memoria), es una manera de recrear la propia vida, y no sólo en el sentido de reformar o crear de nuevo, sino en el sentido lúdico de recrearse con lo recordado, con lo imaginado, con lo inventado, porque dijo Valle-Inclán que las cosas no son como son, sino como las recordamos.

 

Mis autobiografías van siendo cada vez más inventadas, más fantásticas, y por lo tanto más reales. Más que dar información sobre mi vida, prefiero ya dar la imaginación de mi vida. Un hombre es su imaginación. Lo que imagina y, sobre todo, cómo se imagina a sí mismo. Pero toda esta arborescencia nace del realismo corto —secamente poético, tal vez— de BALADA DE GAMBERROS.

 

Mediados los sesenta, esa década prodigiosa para tantos y para tanto, aún gravitaba sobre un germinal escritor español el socialrealismo de lustros, sólo contrarrestado por la lectura desodorante de Henry Miller y los beats, Kerouac, etc. Ésas son las fuerzas encontradas que hay en BALADA DE GAMBERROS: un intento de escritura en libertad, contenido, frustrado por el entorno castieño, madrileño, español, franquista, antifranquista, realista, socialrealista.

 

La novela la escribí en un pequeño apartamento de General Oráa, donde vivía entonces, se publicó y en seguida fue desbordada por otros libros míos, sucesivos y de alguna mayor entidad, parece. Por las mañanas hacía yo periodismo, luego comía en un tabernón de albañiles, en Velázquez, y después de comer me subía a escribir tres o cuatro folios de mi BALADA. Cumplido el rollo, cogía uno de los tranvías amarillos de la Castellana y me tiraba en marcha al llegar al Café Gijón. Madrid, la noche, la libertad (vigilada) se abrían para mí como flores de violenta actualidad. Habría que escribir la novela de cómo hice esta novela. Pero me parece que eso también lo tengo escrito y publicado.

 

 

Menos mal.

Francisco Umbral

Madrid/julio/80