tiros de gracia

umbral

 

Canibalismo estético

Solo robando de otro se aprende a escribir, y, por eso, la literatura está entre los delitos

comunes. El estilo es una cosa de juzgado de guardia. A la burguesía y a los críticos

burgueses siempre los han ofendido los estilistas como cosa personal, y los denuncian en la

comisaría. Críticos como Clarín necesitan novelistas como Galdós. Prefiero el robo a la

influencia. El robo y el asesinato. La literatura se erige sobre un crimen o no es verdad. El

robo o el asesinato de otro autor es lo que puede nutrir de sangre y adjetivos toda una

obra.

Toda gran obra es un botín múltiple. Al artista le está permitido llevarse el oro de los

palacios, siempre que no lo empeñe al día siguiente en Veguillas, sino que haga, de un

tenedor, una miniatura a lo Cellini.

El periodista

Nosotros, los chicos, como teníamos poco dinero para libros, leíamos muchos periódicos,

muchos artículos, y así, por razones económicas, no hicimos articulistas. El artículo era la

flecha rápida que se dispara al aire. Para conseguir un buen artículo hay que quemar un

ensayo, un soneto y una noticia. Así era como nos hacíamos articulistas. Una idea rápida,

un dinero rápido, la guerra de guerrillas, la lucha de cada día. Se da el golpe aquí y se sale

huyendo hacia el otro extremo de la ciudad. Unos artículos pegaban mucho, y entonces

convenía salir con unos lirismos refrescantes. El descubrimiento del artículo fue vital para

uno, como forma de vida, como forma de lucha, como arma de trabajo, como instrumento

de guerra, como explosión lírica, siempre entre el estilismo y el terrorismo, que es como

debe moverse un articulista.

Rubén Darío

Indio con entorchados (casi se adivinan los pies descalzos por debajo del uniforme

diplomático), “negro” con alma de princesa cachonda y pianista (“negro” lo llama Valle-

Inclán, que tanto robó y plagió de él), cuaco idolizado, fabuloso derrumbe humano que

iluminó Madrid, que habitó París. Impar como una ruina, precolombino y único,

parisiense, madrileño, poeta solo de la noche occidental. Rubén es el que mata a

Campoamor, a Núñez de Arce, a los neoclásicos escayolados y a los últimos románticos

de peluche. Rubén tiene esa cosa inaugural y festival del que vuelve la esquina de un siglo.

Todo genio revolucionario, nuevo, todo el que entorna un siglo y abre otro (y no hablo del

calendario), es el hombre que deserta de la realidad dada, que trae una realidad nueva, no

sabe de dónde. Lleno de las abrumaciones de todo lo que ya le pesa en la espalda, atlante

que carga con el mundo para instalarlo en alguna parte, Rubén se tambalea bajo el peso

del universo venidero que se le ha subido a hombros, y los madrileños y los críticos creen

que se tambalea de whisky.

Valle-Inclán

Cuando Valle-Inclán cambia de estética y empieza a ser un gran escritor, es cuando

comienza a escribir con la mano que le falta, a trabajar su obra con el brazo que no tiene, y

entonces le sale un Modernismo zurdo que es ya el esperpento. El esperpento no es sino

un subrayado violento de lo que no se ve, para que se vea. Juan Ramón [Jiménez]

espiritualiza a Rubén, suprime la orquesta.

Valle-Inclán tremendiza a Rubén, principia a hacer la estética del horror. Valle-Inclán es un

pájaro piparro y galaico con los ojos de Quevedo, la barba de los quietistas, el dandismo

desplanchado de los malditos y la dignidad aventajada de los hidalgos, con manchas de

café. Valle, por supuesto, no respeta los géneros, y pasa de unos a otros como cruza las

habitaciones de su casa. Valle-Inclán está en la corriente antigua, violenta y fecunda del

pensamiento euroasiático. No en vano escribiría unos ejercicios espirituales que tienen

mucho de hindú.

Pérez Galdós

Galdós es exactamente el cadáver ni siquiera exquisito que hay que enterrar, porque, con

su obra ingente, memoriosa y vulgar, está apuntalando la realidad convencional y

burguesa, la idea burguesa y utilitaria de la realidad. Galdós, pues, es el gran estorbo del

98 y del Modernismo. Galdós, cuando se pone estilista, dice que Tristana tenía “una

boquirrita”… Y es cuando arrojamos el libro.

Tuvo, desde muy pronto, cara verde de billete de mil pesetas, avaricia literaria de solterón

putañero, alma de portera y una grandeza de indiano enriquecido que se explica por su

origen canario, casi americano.

Miguel de Unamuno

Unamuno viste a Dios de barbita de prestamista, jersey alto, zapatos feos y voz aguda e

imperativa. Unamuno viste a Dios de Unamuno. Aparte la falta de oído, Unamuno no

puede ser poeta porque el moralismo (Dios está obligado a ser moralista) se lo impide.

Desprecia los géneros y los destroza, no por una saludable acracia literaria, sino porque

pretende convertirlos en herramientas de su relojería divina.

El místico Unamuno no ve la Creación como obra del Creador, sino al Creador como

creador de Unamuno. Unamuno, más que buscar a Dios, pretende denunciarlo. De modo

que es un místico puro y absoluto, un hombre que se busca a sí mismo a través de Dios, o

a la inversa. En estos largos monólogos con Dios (consigo mismo) es donde está el gran

Unamuno lírico, adivinador, fluente, profundo y fecundo. Ortega filosofa para marquesas,

y Unamuno para seminaristas.

Eugenio D’Ors

Era demasiado cínico para la izquierda, demasiado heterodoxo para la derecha (prefería la

liturgia a la Verdad), demasiado irónico para todos, goethiano en un país que no ha leído a

Goethe, clásico en un país barroco, estético en un país que sólo hace guerras civiles por la

ética. Él se sitúa bajo el signo del oso, añadiéndole una “de” apostrófica a su apellido, por

eufonía y por d’annunzianismo, y, en efecto, es el viejo y noble oso catalán, que mira con

nostalgia las ciudades de donde ha sido exiliado, hasta que el oso se viste de alpaca clara

de verano y baja a tomarse un café a las Ramblas. Lo hizo todo y todo lo hizo bien.

Aporta a la literatura un nuevo género, la glosa, y deja temblando en el aire, para siempre,

de modo fascinante, una sutil dialéctica entre lo clásico y lo barroco, la dualidad

fecundante de su persona y obra.

Vicente Aleixandre

Estuve con él en Miraflores de la Sierra, un verano, y me dijo: “Este es el paisaje de ‘La

destrucción del amor’. Grandes ondulaciones del espacio, alta montaña, paisajes plurales,

el cielo como un águila al mediodía, el perfume del mundo enverano: perfume macho y

hembra de la gran naturaleza. Luego, no todo era inventado.

Dábamos algún paseo por el pueblo y nos hicimos una foto bajo un árbol milenario, de

tronco muy ancho, en torno del cual se sentaban los viejos. Vicente, como Rilke,

escuchaba el rumor interno de aquel tronco, por el que subían los siglos hasta el esplendor

verde de la cúpula. Y, en la cúpula, claro, había pájaros inéditos diciendo su palabra

minutísima a los hombres.

Manuel Azaña

Azaña, feo y grande, miope y antipático, lleva dentro un dandy madrileño que luego se

afinaría en París, entre putas y libros, hasta llegar a la displicencia desplanchada de los

grandes indiferentes, que son los grandes apasionados. Ortega es el juguete filosófico de

las princesas, y Azaña no es más que un ateneísta, pregnado de esa aura de sopa vieja y

derecho administrativo que tiene el Ateneo de Madrid. Azaña es el que se queda plantado

entre la política y la literatura; en Azaña, el verbo se hace carne republicana y habita entre

nosotros. A la derecha y los agrarios debiera bastarles con las verdades de plata qual

gordo más esbelto de España, al genio natural y moderado de la política, al que los iba

salvar a todos, y claro que se enteraron, pero preferían no hablar de eso, sino de las

verrugas de Azaña y de su “marxismo” (!).

Estaban ciegos de luz, la luz del gran estadista, y organizaron las tinieblas con brillos de

espada. Señorito golfo untado de almagre femenino y popular, iba comprendiendo que

sólo podría ser mártir o malogrado. Putas de París y chalequeras de Madrid que lo

hicieron hombre, hoy asciende a los cielos en una nube de humo de churros y convento en

llamas.

La Guerra Civil

La prosa es el pulso de un país, así como la poesía puede que sea su perfume. España se

queda sin pulso durante los tres años de la guerra, como se queda sin cosechas. Jamás un

himno militar sustituirá a una metáfora. Las guerras producen mucha literatura, pero

después. La guerra, que queda como un formidable estruendo en mitad de la Historia, es,

en realidad, un pavoroso silencio: el silencio de un pueblo que ya no piensa, que ya no

trabaja con el idioma, que ya no hace todos los días su tarea intelectual, gramatical,

creadora. Ese gran silencio, cementerial y obtuso, es lo que oigo yo cuando aplico el oído

al pecho de España, aquella España muerta del 36-39, donde solo pegan gritos los

cadáveres. Entre la ingente chatarra de la guerra, nadie ha hablado nunca de la chatarra

gramatical, literaria, herrumbrada y muda, en que vienen a parar diez siglos de caligrafía y

bellas palabras.

Mujeres

[Vedettes] Las supervedettes solían estar en el camerino con una gran capa de vuelo, toda

roja y abroquelada, y de la abertura de la capa salían sus piernas largas, sus muslos

cónicos, su femineidad temblorosa, excesiva, reiterada y como en peligro. Era la mujer

que lo tenía todo, el flan humano, la de ojos claros y luminarios, y los pechos le quedaban

grandiosos dentro del corpiño de lentejuelas, como dos palomas gordas en el nido de

plumas azules y verdes del vestido, y su piel tenía una calidad que solo tiene la piel de las

supervedettes, una calidad de pastelería y de momia egipcia el mismo tiempo, algo

atractivo y nauseabundo, una sexualidad oceánica en la que hubiéramos querido perdernos

los jóvenes entrevistadores de provincias.

[Flamencas] Las grandes flamenconas, las de mi arma, las que triunfaban en teatros

enormes y escorados, como barcos viejos, quietos y salobres. Demasiada mujer. Tenían un

algo de axila populosa que nos echaba para atrás. Qué señoras. Movían las manos oscuras

y anilladas como mariposas grandes del trópico, con redondeles en las alas, que eran los

anillos. Nuestra aparición pálida y delgada era algo a lo que no estaban hechos sus ojos de

selva. No tenían la pupila hecha a visiones tan vagas. Sus hombres eran cetrinos,

cenceños, remorenos, oscuros, compactos, con la voz negra y el pelo furioso.