la identidad como resistencia

 

 

 

reedición de la pasión según G. H.

de clarice lispector

 

 

 

Aitor Francos

 

Clarice Lispector está considerada una de las escritoras brasileñas más importantes del siglo xx, en parte porque renovó la expresión literaria con obras como La pasión según G. H.

En ella relata la vivencia de una mujer que un día encuentra una cucaracha en el armario del cuarto de la criada.

La protagonista no puede evitar quedarse paralizada por la contemplación de ese insecto, que está atrapado en la puerta; a pesar de la repulsión que le produce, continúa mirándolo obsesivamente, hasta hacer de esa experiencia el desencadenante de una renovación vital.

G. H. pasa de retraerse frente al insecto a aplastarlo e ingerir una substancia que emana de él: la metáfora, una nueva forma de entender y posicionarse en el mundo.

Una introspección psicológica y metafísica, donde se camina hacia el horror de la abstracción.

Es la despersonalización del personaje volcándose e integrándose a una materia ajena

 

«Pero ¿qué hacer ahora? ¿Debo encararme con la visión entera, incluso si ello significa tener una verdad incomprensible?

¿O debo dar una forma a la nada, y este será mi modo de integrar mi propia desintegración en mí?»

 

Voy a recordar aquí una anécdota de Kafka: en febrero de 1915, se enteró de que el ilustrador Ottomar Starke iba a hacer, para la segunda edición de La metamorfosis, varios bocetos.

Uno de ellos iba a ser el retrato del insecto, para la portada del volumen. 

Kafka se asustó: «No, eso no, por favor —escribió a su editor, Verlag Kurt Wolff—, no se debe dibujar al insecto. No hay que mirarlo ni de lejos».

No en vano uno de los pasajes de La pasión según G. H. dice:

 

«La misma cucaracha está al revés. No, no, ella misma no tiene ni derecho ni revés: ella es aquello. 

Lo que en ella está visible es lo que oculto yo en mí: de mi lado que debería estar visible he hecho mi revés oculto. 

Ella me miraba. Y no era un rostro».

 

Y es que Lispector nos prepara para una transformación similar a la de La metamorfosis, solo que su mirada sobre la cucaracha es más exploratoria y sanadora, más sostenida en lo reflexivo y mucho más metaliteraria que la de Kafka; una observación fija que se encierra en sí misma para reconocer la náusea y hacer de lo repugnante un ritual de resurgimiento y esperanza.

Lispector recuerda y mucho a Knut Hamsun. También, de un modo visual e irremediable, a Polanski. Como en Hambre del noruego, hay en todo el volumen un empuje involutivo, un retorno a lo primario, a la nada más absoluta y desasosegante.

Creo que fue Walter Benjamin quien escribió aquello de que nadie disfruta tan intensamente de la vida como el convaleciente.

En G. H. algo impide vivir y paraliza la acción desde el temor a lo desconocido.

Algo que, por ser tan catastrófico, petrifica a la protagonista, como si esta quedase demarcada y aislada, y cuya única libertad fuese la de adquirir un lenguaje y la de reestructurarse en él.

A este respecto, conviene aludir a lo que escribió en Un soplo de vida:

 

«La palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico.

Después del final de la palabra empieza el gran desafío eterno».

 

Recluida en un rincón, G. H. hace del monólogo un elemento de purga, a través del cual aprende a designar y simbolizar el mundo.

A dar un nuevo sentido a todo. Es el desdoblamiento de la narradora mediante la búsqueda de una identidad en el habla, que ensalza al yo como territorio seguro frente al desmoronamiento de lo real.

Lispector, al escribir, intenta situarse en un lenguaje vinculado a la propia incomprensión de su experiencia interior:

 

«Tal vez lo que me ha acontecido sea una iluminación, y, para ser yo verdadera, 

tenga que continuar no estando a su altura, tenga que continuar no entendiéndola.

Toda comprensión repentina se parece mucho a una intensa incomprensión».

 

La narración es una indagación retrospectiva de la identidad del personaje G. H. (de quien, no es casual, solo conocemos esas iniciales) a través de las asociaciones del lenguaje y por medio de su integración en un ser inferior:

 

«El recuerdo de mi pobreza de niña, con las chinches, las goteras, cucarachas y ratones, era como de un pasado mío histórico,

yo había vivido ya con los primeros animales del planeta».

 

Lispector se refiere a la extrañeza de experimentar en primera persona esa transformación, densa y unitaria, como si caminase hacia un descubrimiento, tal vez a un optimismo existencial ligado a su reubicación en ella misma y en su historia.

Y es que en La pasión según G. H. la identidad se propone como un lugar de resistencia, un espacio compartido, en el que la unión de lo que es ambivalente y contradictorio en el personaje de G. H. es solo causal, circunstancial: un proceso de asimilación de lo monstruoso y lo deífico en el mismo cuerpo.

Una lectura del asco, de discurso intencionadamente sensorial, en el que la palabra vuelca una mirada que adquiere el dominio de la percepción, hecha para desprender organicidad y repugnancia. 

 

 

 

 


 

 

 

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