rené char y la definición de poema

 

Hablar de poesía

Número 7 » René Char y la definición del poema

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Traducción de María Julia De Ruschi Crespo

 

No hay un poema o una simple línea de René Char que no nos dé la sensación de apertura. Un espacio acrecentado

aparece frente a nosotros, se ilumina en nosotros, se ofrece a nuestros ojos abiertos. Este espacio no posee el bienestar

del sueño: es el territorio hormigueante y áspero de nuestro tiempo terrestre, es el instante de nuestro aliento presente,

revelados en su plena extensión.

Un lugar habitado imperiosamente se anuncia; y su amplitud se nos hace sensible por el ímpetu de una emoción que

no soporta sentirse separada de las grandes energías naturales: reconocemos el advenimiento de la “materia-emoción

instantáneamente reina”. Pero el sentimiento de apertura que experimentamos al leer a Char no depende tan sólo de este

desgarrante acrecentamiento del lugar y del instante presente.

El poema, tan netamente trazado frente a nuestra mirada, nos hace sentir sus dos márgenes de silencio; se desarrolla

entre un pasado y un futuro, se aparta hacia un espacio originario, se dirige hacia una lejanía que sólo puede ser presentida

y que está destinada a permanecer inaccesible. La palabra poética se rodea de un más acá y de un más allá que no son

alcanzados ni nombrados, pero que la energía del poema no cesa de designar.

El sentimiento de apertura no se deriva tanto de la extensión que se le ofrece al poder de nuestra mirada, como del

modo en que Char, al conferirle al presente y a la presencia todo su esplendor, salvaguarda la integridad de la lejanía y de

la ausencia. La gran alquimia del poema consiste en lograr implicar en el presente del lenguaje, en el movimiento actual de

la palabra, una atenta relación con aquello que no se deja ni poseer ni nombrar, con aquello que se anuncia y se sustrae en

el intervalo absoluto. A la admirable definición –“el poema es el amor realizado por el deseo que ha seguido siendo deseo”

– se agrega esta palabra más reciente “Suprimir la lejanía mata. Los dioses sólo mueren por estar entre nosotros”.

La apertura, como se ve, no se limita a la conquista positiva de un vasto horizonte ofrecido a la contemplación. Ella

se apodera negativamente de todo cuanto nos es escatimado; nace del contraste dramático entre un aquí y un otro lugar,

entre el destellar del presente y el fondo inaferrable del cual se desprende. La función de la poesía, como Char repite

constantemente, es mantener este enfrentamiento de contrarios, es recoger el sufrimiento y el fruto; el poeta puede así

aparecérsenos bajo el doble aspecto del herido y del conciliador.

Los aforismos de Char ofrecen un perfecto ejemplo del comercio amoroso y belicoso que mantienen los contrarios.

Estos textos, singularmente vivos, no están escritos con una tinta diferente a la del resto de su obra. Son poemas que

tienen apuro en afirmar lo universal; en ellos, como dice muy bien Maurice Blanchot, “la poesía, …poema de la esencia

del poema, …poesía puesta de frente a sí misma y hecha visible en su esencia, a través de las palabras que la buscan”.

En una escritura así de fuerte e imperiosa, los aforismos parecen a primera vista cerrarse sobre una definición,

circunscribir una verdad, contener un precepto. Pero concedámosles toda nuestra atención: veremos poco a poco hacerse

interrogativa la respuesta; la ausencia, el futuro, la lejanía, instalarse en el corazón de esta forma aparentemente cerrada,

hasta resquebrajar la envoltura; la definición puesta al servicio de lo indefinible, y el precepto a los fines de la desobstrucción.

Habiendo elegido, entre todos los modos de expresión, ése que presupone la mayor estrechez, Char lo convierte en

instrumento de liberación. El centrarse de la palabra genera el ensanchamiento del sentido. El aforismo enuncia de modo

autoritario el orden del mundo, pero, según la bella expresión de Char, se trata de un “orden insurgente”.

 –

Le poète transforme indifféremment la défaite en victoire, la victoire en défaite, empereur prenatal seulement soucieux du

recuiel de l’azur.

El poeta transforma indiferentemente la derrota en victoria, la victoria en derrota, emperador prenatal únicamente preocupado

por la cosecha de lo azul.

Magicien de l’insécurité, le poète n’a que des satisfactions adoptives. Cendre toujours inachevée.

Mago de la inseguridad, el poeta sólo tiene satisfacciones adoptivas. Ceniza siempre inconclusa.

Estos textos, para los cuales sería muy adecuado el término baudeleriano de fusées, llevan en sí una reserva de energía

suplementaria, aviso de su inflamarse en el alto cielo iluminado. La contracción formal del aforismo guarda relación con el

antagonismo hacia un espacio iluminado que le es extraño, pero que, no obstante ello, llegará a ser su perfecto complementario.

 –

L’intensité est silencieuse. Son image ne l’est pas.

(J’aime qui m’éblouit puis accentue l’obscur à l’intéreur de moi.)

La intensidad es silenciosa. Su imagen no.

(Amo lo que me deslumbra y acentúa luego la oscuridad en mi interior.)

El instante fulgura: lacera el silencio y la noche de la espera. Luego la noche se rehace. Es sólo una imagen, entre las

otras, del nacimiento del evento poético: el poeta es dueño de designar a su gusto (y según la gracia que el mundo le concede)

este instante que permanecerá como una huella turbadora. Y la potencia que circunda al instante, sobre las dos orillas del

pasado y del futuro, es demasiado inaferrable como para no reclamar el juego de las imágenes más variadas.

¿De dónde nace el poema? ¿A qué horizonte está destinado? Tal origen y tal fin están contenidos dentro del poema en

las tensiones internas y en sus más vivas aserciones. La imagen de la noche vuelve sin defecto, con insistencia, a asociarse

a la imagen del humus, de la roca, del invierno, de la angustia. Reléase sobre todo el admirable poema titulado Sur une nuit

sans ornement . Y en muchos otros poemas se deja percibir un fondo oscuro, una ansiedad dolorosa “en la base”. Pero

rápido hay que agregar que se trata de una ansiedad combatida, una ansiedad que se ha hecho fecunda porque nutre el impulso

que la niega. Se advierte con fuerza el tenebroso silencio del cual se desprende más de un poema; y se percibe también el

silencio que cada frase, tras haberse formado, deja tras de sí, un silencio equiparable a un agua estancada y negra, donde

fermenta la vida que nace.

René Char no es un poeta de la nostalgia; no está fascinado por los orígenes y por la tensión de la mirada retrospectiva.

Si evoca los lugares nocturnos del origen, es porque pertenece, con la “base”, al movimiento que se separa de ellos. La

obra de Char, en sus características más generales, se manifiesta como un alzamiento que, dejando a sus espaldas una región

nocturna, tiende, a través de la pura claridad del día, hacia un riesgo ulterior. Pero el evento poético no asegura la continuidad

de la duración: no es el punto de transición a través del cual el pasado fluye perezosamente hacia el futuro. Aquí la temporalidad

se manifiesta en el aspecto de la fractura, de la separación.

 

*

 

Un alzamiento de la palabra. Alzamiento, en sus múltiples acepciones, es ciertamente el término más adecuado. Se

aplica en primer lugar a las imágenes del ascenso, tan numerosas en la poesía de Char, e indica el movimiento de aquello

que se eleva –el surgir de un archipiélago volcánico, la acometida de la ola, el sobresalto del corazón, el vuelo ascencional

del águila; designa también la elevación del lenguaje a su sentido más pleno, a su eminencia dominante, región en la cual

la entera literalidad de las palabras se revela compatible con la más amplia disposición metafórica (en el intercambio de

poderes entre lo abstracto y lo concreto).

La poesía de Char es además alzamiento en el sentido de insurrección, de resolución sediciosa, de energía rebelde.

La imagen del alzamiento permite por lo tanto advertir las virtudes cardinales de la poesía de Char: la angustia movilizada,

la altitud conquistada, el adversario desafiado; son las virtudes de un hombre, más que las de una obra.

El poeta es completamente contemporáneo a su palabra: si se ha podido decir, a propósito de Char, que el poeta es

generado por el poema, es preciso agregar rápido que el poema es el peligro aceptado, en el cual un hombre desaparece

para renacer poeta. Hay alguien en el origen del alzamiento –que ya no será más el mismo en “la cresta del conocimiento”

hacia donde lo lleva su movimiento. Lo que quiere decir que el acto poético es inseparable de una confrontación: la angustia,

la altitud, el adversario, todo aquello que René Char ha experimentado, en su máxima intensidad, tanto en la lucha concreta

como en la dimensión imaginaria.

La altitud es prerrogativa gloriosa del poema, y, al mismo tiempo, la región donde esplende el doble sol del amor (“camino

de parhelia”) ; en cuanto a la angustia, haciéndole frente a lo peor, desafiando durante la Resistencia a los más terribles

adversarios reales, el poeta se ha hecho garante de su palabra rebelde.

He nombrado la región secreta que aparece en el origen del poema, su lugar prenatal: la noche, la tierra, la angustia,

la roca. Pero un principio antagonista entra inmediatamente en acción; un principio portador de energía concentrada y capaz

de hacer resistencia, ya en el esfuerzo paciente, ya en la irrupción repentina.

Char nos transmite esta evidencia con imágenes de una significativa diversidad: la semilla en la tierra, el manantial en la

roca, el relámpago en la noche, el fulgurar de los astros sobre un fondo de tinieblas. (En un modo que pone particularmente

en relieve la exigencia siempre extrema de Char, la imagen de la constelación o del enjambre de meteoros manifiesta la

oposición entre el esplendor luminoso y la oscuridad en el aspecto de un esplendor múltiple en lucha con la uniformidad

monótona del cielo nocturno; el contraste entre la luz y la sombra se duplica, por así decirlo, en ese otro de pluralidad y unidad.)

El movimiento ya incontenible nace de un encuentro de adversarios belicosos y amorosos, cuyo teatro no es ni el mundo

“externo” ni la “conciencia” aislada, sino su raíz común… Para quien tenga oídos, detrás de más de un poema de Char se

descubre una pareja fecunda, un juego de antagonistas o incluso de refractarios, que se sostienen recíprocamente con

vista a una sacudida, a un desbordamiento, de un avante que no podrán detener antes de haber gastado toda la energía

motriz de que los ha dotado la conmoción del origen. En el bello poema luminoso Déclarer son nom, en el cual Char evoca

su infancia, la pareja generatriz es la despreocupación y el dolor. No bien son evocados, estos dos antagonistas generan

una aceleración:

 –

J’avais dix ans. La Sorgue m’enchâssait. Le soleil chantait les heures sur le sage cadran des eaux. L’insouciance et la douleur

avient scellé le coq de fer sur le toit des maisons et se supportaient ensemble. Mais quelle roue dans le coeur de l’enfant

aux aguets tournait plus fort, tournait plus vite que celle du moulin dans son incendie blanc.

Tenía yo diez años. El Sorgue me engastaba. El sol cantaba las horas sobre el reloj sosegado de las aguas. La despreocupación

y el dolor habían empotrado al gallo en el tejado de las casas y se aguantaban juntos. Pero, ¿qué rueda en el corazón del niño

al acecho giraba con más fuerza, giraba más deprisa que la del molino en su incendio blanco?

Se advierte, en el inicio de este poema, la típica lentitud de las imágenes de la memoria y, en particular, de los recuerdos

de infancia. Además, un movimiento rápido y casi instantáneo lleva al poema del origen a la cima, de nacer inicial al “punto

adamantino actual”, donde alumbra el presente precario y punzante.

A menudo, como hemos visto, el instante múltiple, el haz de chispas, el racimo y el enjambre –figuras plurales en las

cuales la unidad del presente se hace trizas– se configuran como temas privilegiados. Pero no podemos someter a un poeta

libre como Char a la repetición obsesiva de un mismo recorrido y de un único esquema dinámico. Cuántos poemas, en esta

obra, nos hablan del impulso retardado, de la paciencia, de la resistencia en un elemento hostil (la extensión nocturna, el

tiempo de inclemencia y de injusticia), ¿elemento que se torna fecundo merced a la espera que habita en él aguardando la salida?

“Llevarán ramos los que se obstinen en limar la noche nudosa que precede y sigue al relámpago”.

Para que la palabra nazca no bastan, en la experiencia poética, sólo el origen y la cima: Char sabe el valor que es preciso

asignarle al límite, al margen, a la frontera, a la brecha, a todos los lugares en los cuales se realiza la salida decisiva, entre el

origen oscuro y el término aún no formulado. El poeta, nos dice, es un “pasador de justicia”, “un pasajero que tiende a pasar”.

Y si se cuenta entre los “madrugadores”, ello no obedece tan sólo al hecho de que pertenezca al primer sol, sino también

porque ha sabido acechar en plena noche el alborear de la mañana. En el lugar del pasaje, el conflicto no se anula: los contrarios

perseveran el uno frente al otro, el aspecto trágico de la oposición persiste íntegramente, pero se anuncia un nuevo impulso,

al cual el poeta consiente:

 

L’état d’esprit du soleil levant est allégresse malgré le jour cruel et le souvenir de la nuit. La teinte du caillot devient la rougeur

de l’aurore.

El estado de espíritu del sol naciente es alegría a pesar del día cruel y del recuerdo de la noche. La coloración del coágulo

deviene el color de la aurora.

Nous ne pouvons vivre que dans l’entrouvert, exactament sur la ligne hermétique de partage de l’ombre et de la lumière. Mais

nous sommes irrésistiblement jetés en avant. Toute notre personne pret aide et vertige à cette poussée.

Sólo podemos vivir en lo entreabierto, exactamente sobre la línea hermética de partición de la sombra y de la luz. Pero somos

empujados hacia adelante irresistiblemente. Todo nuestro ser presta ayuda y vértigo a ese empujón.

Toda insurgencia traspasa un límite, supera un obstáculo, se aventura en un espacio insospechado: los primeros instantes

del poema, del amor o del río están ligados entre sí por potentes analogías. Llevan inscripta la revelación del pasaje; y si hay

lugares u objetos privilegiados –digamos incluso: sagrados– en el universo de Char, son aquellos en los cuales se inscribe la

huella de un pasaje: la losa del umbral, el paso atravesado por una fuerza dominante, la roca de la Fuente de Vaucluse, donde el 

carreau , que une y separa, y el interior y el exterior, indican su coincidente frontera.

En el límite extremo del alzamiento poético, encontramos un nuevo umbral, pero un umbral prohibido que ya no puede ser

transpuesto. La cima no constituye una meta que permita la conquista y la posesión. Si el poema se arroja hacia la más grande

altura –y suele suceder que arribe a ella con desconcertante rapidez– se encontrará menos enriquecido por su conquista que

anhelante de aquello que le falta y aún lo rehuye. La cima es cosa de un instante, en que lo desconocido, el futuro, el silencio,

se manifiestan en tanto se sustraen:

 –

Après l’ultime distorsion, nous sommes parvenus sur la créete de la connaissance. Voici la minute du considerable danger: l’extase

devant le vide, l’extase nueve devant le vide frais.

Después de la última dislocación, llegamos a la cima del conocimiento. He aquí el minuto de inmenso peligro: el éxtasis delante

del vacío, el éxtasis nuevo delante del vacío puro.

Sea cual sea la imagen que el poeta propone para el límite alcanzado –culminación del placer, delta del río, cresta de la ola,

cenit de la flecha o del astro– la victoria se invierte gloriosamente en derrota. Así, consciente de sus límites, pero obstinadamente

decidido a no someterse, el poeta es vuelto a llevar a la noche ilimitada de sus orígenes, al manantial de su impulso.

La cima, para Char, excluye la acumulación progresiva. Entre un pasado abolido y un “futuro no prefijado”, la cresta más viva

del presente –donde se reúnen el acecho, el ímpetu, la emoción, el pensamiento, el vértigo– no es lugar para una morada posible.

La dinámica del acto poético, en Char, no autoriza a encontrar calma sobre las cimas:

“El arca de todos nosotros, la muy perfecta, naufraga en su momento de gloria. En sus restos y su polvo, el hombre con cabeza de

recién nacido reaparece. Mitad líquido, mitad flor ya” .

Cuando padecía en la noche, el poeta expiaba el instante del pasaje; pero a la palabra, en el punto extremo de su trayectoria,

le está prohibido detenerse.

 

La poésie vit d’insomnie perpétuelle.

La poesía vive de insomnio perpetuo.

*

 

El poeta va hacia lo desconocido. “¿Cómo vivir sin un enigma delante” . Este aforismo de Char, al que Maurice Blanchot

le ha dedicado un comentario admirable , sitúa la vida –la poesía, por lo tanto– sobre la línea de avanzada de una confrontación.

Lo desconocido: aquello de lo que no puedo disponer, aquello que no me da reposo, que me mantiene despierto; aquello que me

circunda y me provoca, la parte adversa que me embiste, el horizonte inaccesible donde se forja mi destino.

Pero así como el poeta no permanece inactivo, del mismo modo lo desconocido no permanece neutro y sin rostro: se

manifestará en el evento que rompe el inmóvil acecho. El destino se produce, y el poeta debe producir como respuesta “la inextinguible

realidad increada” . Del horizonte todavía indefinible, donde permanece intacta la reserva de lo desconocido, he aquí que vienen

los enviados de lo desconocido: la desventura y el riesgo, o la suerte. Un ataque, o un regalo. Los carniceros y los monstruos, o la

belleza repentina, siempre esperada. El poeta va a su encuentro, con la respuesta justa.

En todas partes, en la obra de Char, descubrimos la escansión, dos tiempos: una provocación del mundo y una respuesta del

poeta; a no ser que, en orden inverso, el acto humano preceda la manifestación del mundo; el cazador dispara, la floresta llamea ;

en Le Soleil des eaux, los pescadores hacen saltar el dique, “después el agua huye turbulenta, el agua liberada por la explosión,

el agua a imagen del manantial” . Al instante violento, a la sílaba breve de la explosión, sigue una sílaba larga, réplica tumultuosa

de la naturaleza liberada en el acto puntual y puro de la rebelión humana.

Ligado a lo desconocido, el poeta está consagrado al duelo y debe ceñir su respuesta a la provocación del mundo. Cuando la

historia se satura de crímenes, la respuesta justa radica en la suspensión de la voz, en el “sueño” de la poesía. El hombre pasa entonces

a la acción, le deja a la poesía un lugar marginal. Las Feuillets d’Hypnos, de las cuales “también un fuego de hierbas secas hubiera

podido ser su editor”, dan testimonio: el poeta salva la verdad de la poesía empujándola hacia el silencio, apretando los dientes junto

a la sangre derramada.

“He respondido a los golpes” , escribirá. Los textos de la época de la Resistencia constituyen las huellas de la ausencia y de

la invernada del poeta, totalmente absorbido por sus “deberes infernales”. Pero son al mismo tiempo garantes de una “presencia común”,

promesa hecha al futuro, ya anticipada en la prueba. Hubiese sido inadecuado cantar a voz desplegada. Sólo el mutismo, en esos

momentos, está en condiciones de proveer la justa medida de la esperanza: el mutismo, o esas notas próximas al silencio que dicen

de la espera y la vigilia en las tinieblas… Vivir una vocación de oponente de un modo tan generoso, tan auténtico e intransigente, sólo

es posible para un hombre capaz de probar en sí mismo la fuerza de la oposición. Lo desconocido, el adversario, se hace presente en

la relación con el lenguaje, en su duelo con la poesía.

Au centre de la poésie, un contradicteur t’attend.

Cést ton souverain. Lutte loyalement contre lui.

En el centro de la poesía, un antagonista te aguarda.

Es tu soberano. Lucha lealmente con él.

“Que el riesgo sea tu luz” , dice todavía René Char. Estamos en el lugar en el que el riesgo se invierte y muestra la otra

cara, que es ventura; en la cual, consiguientemente, la réplica debe tomar el nombre de la acogida y el desafío transformarse

en confianza. La posibilidad del poema también es un evento: vale decir, una presencia que viene a nosotros desde el fondo

de lo desconocido. Así, lo desconocido mismo está presente en la respuesta que el poeta le da a lo desconocido:

 –

Comment me vint l’écriture? Comme un duvet d’oiseau sur ma vitre. Aussitôt s’éleva dans l’âtre une bataille de tisons qui n’a pas,

encore à preésent. pris fin.

¿Cómo me vino la escritura? Como un plumón de pájaro sobre mi ventana, en invierno. Inmediatamente se levantó en el hogar

una batalla de tizones que ni siquiera ahora ha terminado.

Una declaración de sorprendente riqueza, en la cual los contrarios se apoyan recíprocamente: el exterior y el interior, el frío

del invierno y el calor de la chimenea, la dulzura de la pluma y la violencia de la batalla. En el orden temporal, el antagonismo

está entre la aparición instantánea sobre el vidrio y la batalla interminable, sílaba breve y sílaba larga…

Char es considerado, por lo general, como un poeta de la energía violenta y del conflicto; pero se omite, demasiado a

menudo, agregar que es precisamente eso lo que lo habilita para ser un poeta del amor. Violencia y ternura, lejos de excluirse,

deben aliarse para darle una respuesta a lo desconocido, cuando lo desconocido viene a nuestro encuentro con la apariencia

milagrosa de la ventura o del favor. La ventura se anuncia en las personas, en los seres vivos, en los rostros: ya no es más un

horizonte neutro, es un ser que se ofrece en su singularidad carnal: “El poema está siempre casado con alguien” .

Il n’y a que mon sumblade, la compagne ou le compagnon, qui puisse m’éveiller de ma torpeur, déclencher la poésie,

me lancer contre les limites du vieux désert afin que j’en triomphe. Aucun autre. Ni cieux, ni terre privilégiée, ni coses

dont on tressaille.

Torche, je ne valse qu’avec lui.

Sólo mi semejante, la compañera o el compañero, podrían despertarme de mi torpor, desencadenar la poesía, lanzarme

contra los límites del viejo desierto para que yo lo venza. Nadie más. Ni cielos ni tierra privilegiada, ni cosas que nos

estremecen.

Antorcha, yo sólo valso con él.

La respuesta es entonces de fraternidad y de amor, no sin que se le mezcle aunque más no sea el simulacro de una

violencia. La felicidad de la pareja, ¿no es acaso “una guerrilla sin reproche”? Ya que la compañera, la amada, siempre

es enviada por lo desconocido: es la ventura venida de las profundidades misteriosas del mundo; suscita en nosotros el

impulso de reconocimiento, pero no se deja capturar. “Asir” la cabeza amada no puede ser otra cosa que “codicia cómica”.

La unidad del amor no se cumple en la fusión de los semejantes, sino en la relación asimétrica en la cual el deseo hace

frente a la parte de desconocido y de ausencia que, en la ventura ofrecida, nunca deja de escapársenos. Por próximo que esté

a su semejante, a su compañero, el poeta permanece hombre de la “estabilidad unilateral”. El intervalo debe ser salvaguardado;

es preciso tomar la ventura, la adversidad amada, con todos los cuidados que se le deben a un huésped extranjero.

Nunca se subrayará lo suficiente que la intensidad del encuentro, en Char, está ligada al respeto de una distancia irreductible.

La prueba se manifiesta claramente en un poema famoso, Congé du vent ; pero puede hallársela en innumerables textos. Así,

en Le Bois de l’Epte , la súbita aparición de “dos rosales silvestres”, “procedentes de la tapia esquinera de una ruina abandonada

antaño por el incendio”: el encuentro es señal de un perturbador despertar: pero es volviendo atrás, “sobre el talón de la media

vuelta”, que el poeta se adapta a la exigencia de la poesía.

Dos rosales silvestres: de la mutua relación entre el poeta y el mundo, he aquí que el mundo mismo le antepone la imagen

duplicada: “Se adivinaba algún trato de seres desaparecidos en vísperas todavía de su anunciación”. La doble presencia vegetal,

repite, con la punzante evidencia de una alegoría sensible, la pareja que el poeta forma con lo desconocido. Lettera Amorosa,

poema de la amada ausente, concluye con la imagen de “dos lirios amarillos en el agua verde del Sorgue”.

En Le jugement d’octobre, “dos pordioseras en su desamparo rígido”, dos rosas de fin de estación, se erigen como emblema

de la perseverancia del amor:

 

…Une nuit, le jour bas, tout le risque, deux roses,

Comme la flame sous l’abri, joue contre joue avec qui la tue.

…Una noche, el día bajo, todo el riesgo, dos rosas,

Como la llama a cubierto, mejilla contra mejilla con quien la mata.

De hecho, la verdadera pareja no es la que está formada por la rosa y la hermana demasiado semejante a ella, sino esa

otra que forma con el frío mortal y la noche inminente. Esta fundamental asimetría resulta todavía más evidente si se pasa

del universo vegetal al admirable bestiario de Char. El animal no hace pareja con su análogo: en La Complainte du lézard

amoureux , la lagartija está enamorada del jilguero; y con la gaviota se comunica el tiburón en el día de la “nueva inocencia” .

Una atadura todavía más estrecha vincula al animal con cuanto lo amenaza y lo mata. El martinete es acechado por “un magro

fusil” ; el toro solar muere “rodeado de tinieblas que gritan” bajo la espada del asesino ritual; la alondra, “extrema brasa

del cielo y primer ardor del día” , encuentra la muerte en el espejo que la encanta; la bestia de Lascaux pierde las vísceras

junto al cazador que se ha herido al capturarla . En el límite, la relación amorosa-agónica es esa que liga al ser vivo con el

espacio que lo circunda, espacio ofrecido al arrojo pero habitado por el peligro. El bestiario de Char es un símbolo inquietante

de la libertad del corazón y de su riesgo esencial. Los animales que lo fascinan son creaturas que no tienen patrón: viven en la

pura intimidad de los elementos: como la trucha en su río, el lución en la tierra, o los lobos desaparecidos a los cuales el poeta

se siente fraternalmente unido. Libres, generosos, son al mismo tiempo “incorruptibles” y vulnerables, expuestos a la muerte a

causa de su misma libertad.

 

*

 

Que este bestiario, estos olivares, estos rosales sean de una zona de la Provenza; que los bosques, montañas y pueblos

(cuyos nombres aparecen a menudo en los títulos mismos de los poemas de Char) sea posible hallarlos en el mapa de los

alrededores de L’Isle sur la Sorgue, constituye por cierto un indicio de fidelidad a la comarca natal, pero, nuevamente, será

provechoso comprender estos vínculos dentro de la perspectiva de la unión de los contrarios.

Porque, por otra parte, no hay poeta más libre de toda sujeción, más resuelto a erguirse en un hoy sin pasado, sin más

allá y sin descendencia. Entre estos lazos a toda prueba, y la gran libertad sin límites, se instaura un diálogo vehemente:

fidelidad y libertad acentúan su diferencia para fortalecerse a su vez, como la “base” y la “cima”, como el lugar en el valle y

el lugar río arriba. El poeta está en ese sitio, para adelantarse mejor a lo que no es de ningún sitio. No es de esta tierra, de

este “valle cerrado”, para vivir separado, inmóvil, sino para vivir el movimiento y el pasaje:

 

Se mettre en chemin sur ses deux pieds, et, jusqu’au soir, le presser, le reconnaître, le bien traiter ce chemin qui, en dépit de

ses relais haineux, nous montre les fétus des souhaits exaucés et la terre croisée des oiseaux.

Ponerse en camino sobre ambos pies y, hasta la noche, apremiarlo, reconocerlo, tratarlo bien a ese camino que, a pesar de

sus demoras odiosas, nos muestra los fetos de los anhelos cumplidos y la tierra cruzada con los pájaros.

La tierra atravesada por el vuelo de los pájaros, la marcha por el inmutable camino, y, una vez más, el curso del río.

Son todas imágenes ejemplares, preceptos sensibles que enseñan la alianza entre la materialidad y el movimiento, entre el

estar arraigados y el fluir. El poeta encuentra en el mundo las grandes figuras que reflejan su destino de hombre desgarrado

y conciliador, imágenes cuyo trazo deberá repetir el poema. Descifrar el mundo, corresponderá, en buena medida, a entrever

la analogía del poema; de modo que decir el mundo, proferir el poema y decir la esencia de la poesía (esto es: levantar la palabra

hasta el poema del poema) será un solo y único gesto.

Así, en un texto reciente, la desaparición del álamo dirá la desaparición del poeta: admirable modo de repetir que “en poesía,

se habita sólo en el lugar que se abandona, se crea sólo la obra de la cual uno se distancia, se obtiene la duración sólo con la

entrega del tiempo” . Releamos Effacement du peuplier, ese texto tan lacónico y espacioso, en el cual aparecen, además de

los cuatro elementos, la verdad y el engaño, la violencia y la ternura, la naturaleza y el hombre unidos:

 –

L’ouragan dégarnit les boix.

J’endors, moi, la foudre aux yeux tendres.

Laissez le grand vent où je tremble

S’unir à la terre où je croîs. 

Son soufflé affile ma vigie.

Quíl est trouble le creux du leurre

De la source aux couches salies!

Una clé sera ma demeure,

Feinte d’un feu que le coeur certifie;


Et l’air qui la tint dans ses serres.

El huracán desmocha los bosques.

Yo duermo al rayo de tiernos ojos.

Dejad que el gran viento en donde tiemblo.

Se una con la tierra en donde crezco.

Su aliento afila mi atalaya.

¡Qué turbio es el vacío del señuelo

De la fuente que mana de estratos sucios!

Una llave será mi morada,

Finta de un fuego que certifica el corazón:

Así como el aire que la sujetó en sus garras.

El huracán es la verdad desencadenada: fluir inagotable del viento y fuego de rayo. Pero el árbol que la soporta, en su

tenaz crecimiento, adormece al rayo: que es llamado “rayo de tiernos ojos”, la dulzura se mezcla a la violencia.

Si escuchamos el mandamiento del árbol, la furia móvil del huracán se unirá a la tierra inmóvil. El árbol pertenece,

al mismo tiempo, al aire y a la tierra; el conflicto de los elementos que inflige la pasión; pero, simultáneamente, él es el

conciliador. Está derecho, anclado en el suelo firme, pero tiembla en brazos del huracán. Su estremecimiento es indicio

de la doble pertenencia. Porque temblar es un movimiento estático en el cual se expresa, al mismo tiempo, la obediencia

a la tierra y la obediencia al viento. Así, el álamo es partícipe del flujo vagabundo, aunque permanezca aprisionado en su

lugar. En su verticalidad sublevada, con su cima dirigida hacia el corazón del tumulto aéreo, el álamo rechaza el destino

indolente del manantial: el signo de la altitud despierta (la “atalaya”) se opone a la imagen de un turbio origen mezclado

al humus. (La figura del árbol recto en el aire tumultuoso se emparenta a otras figuras de la libertad en contacto con el

elemento antagonista: sobre todo, la del remo en el océano.)

“Una llave será mi morada.” La palabra del árbol se transforma aquí en la palabra del poeta. Porque el poeta es el

hombre de la apertura, es el que rechaza afincarse. “Una llave será mi morada”: esta palabra puede parecer enigmática:

el laconismo de Char se presenta como emblema y celeridad; la palabra no acepta que se descifre rápido su singular intento

y su valor universal. Y sin embargo, para iluminarse, ella requiere nada más que paciencia y el sostén de nuestra mirada;

así se descubre que define el lugar de la poesía, y que hace alusión, otra vez, a la unión de los contrarios.

Char nos dice con fuerza que la única morada posible para el poeta es el instrumento del pasaje, aquello que hace que

un umbral pueda ser atravesado. (“Átate y no te ates a tu casa” , afirma en otro lugar.) El poema es esa llave, una llave

que a nosotros, los lectores, nos libera, mientras el poeta continua entregado a su vigilia. Ahora, la llave ha sido forjada por

“un fuego que certifica el corazón”, y, por otra parte, ella pertenece también a la fuerza soberana del viento (“el aire que la

sujetó en sus garras”). ¿Cómo decir mejor que el poema –finta, objeto imaginario– tiene como garantía de su verdad el fuego

interno del hombre y el reino exterior del viento? ¿Que así, bajo ese doble auspicio, la palabra poética no puede extraviarnos,

por lejos que ella nos lleve de nuestros refugios habituales? El poema, llave fuerte y débil, nos otorga una más vasta morada

bajo el cielo común; nos permite acceder a ese hogar instantáneo “donde la belleza, después de haberse hecho esperar

largamente, surge de las cosas comunes, atraviesa nuestro fulgurante espacio, une todo lo que puede ser unido, ilumina

todo aquello que debe ser puesto bajo la luz en nuestro ramo de tinieblas”.

Notas al pie 
  1. “Partage formel”, Fureur et Mystère, 1962, p. 76. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre / René Char, Antología, Ediciones del Mediodía, Buenos Aires 1968, p. 114.
  2. L’Age cassant, 1965, XXIX. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 193.
  3. Maurice Blanchot, La Part du feu, 1949, p. 107
  4. El poeta transforma indiferentemente la derrota en victoria, la victoria en derrota, emperador prenatal únicamente preocupado por la cosecha de lo azul. “Partage formel”, Fureur et Mystère, 1962, p. 68. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 107.
  5. Mago de la inseguridad, el poeta sólo tiene satisfacciones adoptivas. Ceniza siempre inconclusa. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 107.
  6. La intensidad es silenciosa. Su imagen no. (Amo lo que me deslumbra y acentúa luego la oscuridad en mi interior.) ”Rougeur des Matinaux”, Les Matinaux, 1964, p. 81. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 149.
  7. La parole en archipel, 1962, p. 115
  8. “Lettera Amorosa”, Commune Présence, 1964, p. 135. (Traducción de Alicia Bleiberg / René Char, Común presencia, Alianza Editorial, Madrid 1986, p. 157.
  9. Tenía yo diez años. El Sorgue me engastaba. El sol cantaba las horas sobre el reloj sosegado de las aguas. La despreocupación y el dolor habían empotrado al gallo en el tejado de las casas y se aguantaban juntos. Pero, ¿qué rueda en el corazón del niño al acecho giraba con más fuerza, giraba más deprisa que la del molino en su incendio blanco? “La parole en archipel”, 1962, p. 129. (Traducción de Jorge Riechmann / René Char, La palabra en archipiélago, Hiperión, Madrid 1986, p. 121.
  10. Retour Amont, 1966, p. 28
  11. Les Matinaux, 1964, p. 86
  12. El estado de espíritu del sol naciente es alegría a pesar del día cruel y del recuerdo de la noche. La coloración del coágulo deviene el color de la aurora. “Les Matinaux”, 1964, p. 79. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 147.
  13. Sólo podemos vivir en lo entreabierto, exactamente sobre la línea hermética de partición de la sombra y de la luz. Pero somos empujados hacia adelante irresistiblemente. Todo nuestro ser presta ayuda y vértigo a ese empujón. “Dans la marche”, Commune Présence, 1964, p. 266. (Traducción de Alicia Bleiberg, Ed. cit., p. 327.
  14. Les Matinaux, 1964, p. 53
  15. Después de la última dislocación, llegamos a la cima del conocimiento. He aquí el minuto de inmenso peligro: el éxtasis delante del vacío, el éxtasis nuevo delante del vacío puro. “Recherche de la base et du sommet”, 1965, p. 266
  16. “Lettera Amorosa”, Commune Présence, 1964, p. 140. (Traducción de Alicia Bleiberg, Ed. cit., p. 165.
  17. La poesía vive de insomnio perpetuo. ”Les Dentelles de Montmirail”, Commune Présence, 1964, p. 284. (Traducción de Alicia Bleiberg, Ed. cit., p. 349.
  18. “Le Poème pulvérisé”, Fureur et Mystère, 1962, p. 175. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 143.
  19. “Rene Char et la pensée du neutre”, L’Arc, n. 22, p. 9-14
  20. “Partage formel”, Fureur et Mystère, 1962, p. 67. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 106.
  21. “Fête des arbres et du chasseur”, Les Matinaux, 1964, p. 20
  22. Trois Coups sous les arbres, 1967, p. 208
  23. Commune Présence, 1964, p. 19. (Traducción de Alicia Bleiberg, Ed. cit., p. 29.
  24. En el centro de la poesía, un antagonista te aguarda. / Es tu soberano. Lucha lealmente con él.  “Recherche de la base et du sommet”, 1965, p. 127
  25. Op. cit., p. 129
  26. ¿Cómo me vino la escritura? Como un plumón de pájaro sobre mi ventana, en invierno. Inmediatamente se levantó en el hogar una batalla de tizones que ni siquiera ahora ha terminado.”La bibliothèque est en feu”, Commune Présence, 1964, p. 211. (Traducción de Alicia Bleiberg, Ed. cit., p. 259.
  27. “Partage formel”, Fureur et Mystère, 1962, p.71.  (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 110.
  28. Sólo mi semejante, la compañera o el compañero, podrían despertarme de mi torpor, desencadenar la poesía, lanzarme contra los límites del viejo desierto para que yo lo venza. Nadie más. Ni cielos ni tierra privilegiada, ni cosas que nos estremecen. / Antorcha, yo sólo valso con él. “La bibliothèque est en feu”, Commune Présence, 1964, p. 212. (Traducción de Alicia Bleiberg, Ed. cit., p. 259.
  29. “Lettera Amorosa”, Commune Présence, 1964, p. 139. (Traducción de Alicia Bleiberg, Ed. cit., p. 163.
  30. Op. cit., p. 143.  (Traducción de Alicia Bleiberg, Ed. cit., p. 171.
  31. Fureur et Mystère, 1962, p. 14.
  32. La parol en archipel, 1962, p. 14. (Traducción de Javier Zugarrondo / René Char, Los matinales, seguido por La palabra en archipiélago, Alción Editora, Córdoba 1998, p. 127.
  33. …Una noche, el día bajo, todo el riesgo, dos rosas, / Como la llama a cubierto, mejilla contra mejilla con quien la mata.  Retour Amont, 1966, p. 35. (Traducción de Jorge Riechmann / René Char, El desnudo perdido, Hiperión, Madrid 1995, p. 49.
  34. Les Matinaux, 1964, p. 25
  35. “Le Requin et la Mouette”, Fureur et Mystère, 1962, p. 197.  (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 139.
  36. Fureur et Mystère, 1962, p. 223.  (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 130.
  37. “Quatre fascinants”, La Parole en archipel, 1962, p. 30.  (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 164.
  38. Op. cit., p. 33. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 165.
  39. “Lascaux”, La Parole en archipel, 1962, p. 25
  40. “Quatre fascinants”, La Parole en archipel, 1962, p. 31
  41. Ponerse en camino sobre ambos pies y, hasta la noche, apremiarlo, reconocerlo, tratarlo bien a ese camino que, a pesar de sus demoras odiosas, nos muestra los fetos de los anhelos cumplidos y la tierra cruzada con los pájaros. L’Âge cassant, 1965, XLIII. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 196
  42. Recherche de la base et du sommet, 1965, p. 104
  43. El huracán desmocha los bosques. / Yo duermo al rayo de tiernos ojos. / Dejad que el gran viento en donde tiemblo / Se una con la tierra en donde crezco. // Su aliento afila mi atalaya. / ¡Qué turbio es el vacío del señuelo / De la fuente que mana de estratos sucios! / Una llave será mi morada, / Finta de un fuego que certifica el corazón: / Así como el aire que la sujetó en sus garras. Retour Amont, 1966, p. 14. (Traducción de Jorge Riechmann, Ed. cit., p. 21.
  44. “Feuillets d’Hypnos, 34”, Fureur et Mystère, 1962, p. 99. (Traducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ed. cit., p. 65.
  45. Recherche de la base et du sommet, 1965, p. 130.

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