La caja negra de SALINGER

 

LA BIOGRAFÍA IMPOSIBLE

 

 

 

david shields

&

shane salerno

 

 

 

salinger

 

 

Traducción de Javier Calvo

Seix Barral, 2014

736 pp.

 

 

 

La mayoría de los personajes célebres

de la historia de la literatura serían,

muy probablemente, unos vecinos bastante

molestos, unos amigos pésimos y unos

familiares dignos de vergüenza y repudio.

¿Quién querría ser pariente de Raskolnikov,

compañero de estudios, y aun de asiento

en un autobús, de Humbert Humbert?

Buena parte del mérito de un narrador reside

en su capacidad para crear seres detestables

y, aun así, despertar en el lector el interés

por sus vidas e incluso la estima y el cariño.

 

  

 

Así J. D. Salinger, autor de una sola

novela cuyo protagonista, Holden

Caulfield, no deja de ser un niño pijo

con tendencia al melodrama, y de

varios relatos protagonizados por un

puñado de hermanos, los Glass, de los

que lo menos que se puede decir es

que no nos sentiríamos muy inclinados

a pasar junto a ellos más de media

hora al año, y eso haciendo un esfuerzo.

 

No obstante, tanto Holden como

Seymour, Buddy, Zooey, Franny y el

resto de la pandilla Glass son fascinantes,

verosímiles y verosímilmente

fascinantes, y es en ese triple salto

mortal sin red donde la maestría de

Salinger resalta como un hecho

difícilmente discutible.

 

Salinger hizo consigo mismo lo

que ya había ensayado con éxito en

sus personajes: proyectó una imagen

de artista herido, misántropo y

perfeccionistay la alimentó durante

décadas a fuerza de vetar toda tentativa

de acceso a su intimidad.

 

Es evidente

que los cientos de admiradores que

trataron de aproximarse a Salinger

por uno u otro medio no se plantearon

nunca si esa proximidad les aguaría la

fiesta o, a falta de fiesta, el mito al que

habían dado crédito. Haría bien en

planteárselo quien se disponga a leer

su biografía.

 

 

Biografía es Salinger, y biografía

bifronte, libro y película al mismo

tiempo. La película, dirigida por

Shane Salerno y producida por los

hermanos Weinstein, ha recibido

duras críticas, y ahorraríamos tiempo

si adelantásemos que alguna de

ellas puede aplicarse con idéntica

justicia a su hermano de tapa dura,

cuya autoría comparte Salerno con

David Shields.

 

En primer lugar, dado

que no suele haber muchas horas

de filmación sobre la vida de un autor

de novelas y relatos, y menos si

ese autor se mantuvo apartado del

mundo durante casi sesenta años, es

comprensible, pero tedioso, que el

documental supla esa carencia con

entrevistas y material audiovisual de

segunda mano (la Segunda Guerra

Mundial, el asesinato de John Lennon

y muchas máquinas de escribir

en primerísimo primer plano).

 

En

segundo lugar, y tal vez como

consecuencia de lo anterior, el lector/

espectador tiene la impresión de que

los autores han privilegiado los elementos

espectaculares en perjuicio

de otros menos impactantes.

Considero

que estos dos defectos, cuya

sombra se proyecta sobre la estructura

del libro, tienen su explicación

en el origen fílmico del proyecto, y

por eso me he referido en primer lugar

a la película.

 

Atengámonos, en lo

sucesivo, a la biografía escrita.

Pocas de las más de seiscientas

páginas de Salinger han sido escritas,

en realidad, por Shields y Salerno: la

mayor parte del libro está constituida

por declaraciones de otras personas,

citas de cartas y libros de Salinger y

extractos de otras biografías y estudios

críticos.

 

Al lector interesado en

la obra de Salinger le resultará atractiva

la mayor parte de ese material, y

sabrá pasar de puntillas por esa parte

menor formada por cotilleos y opiniones

irrelevantes.

En buena medida, al

lector se le da la posibilidad de construir

su propio libro. A no ser, naturalmente,

que tengamos en cuenta

el enorme poder que los autores se

han reservado para sí mismos:

la selección y disposición de esas

fuentes escritas y orales en beneficio

de una tesis de fondo sobre la

personalidad de J.D. Salinger.

 

 

Tesis: J. D. Salinger fue un escritor

profundamente trastornado por

su experiencia durante la Segunda

Guerra Mundial. Tanto su obra como

su alejamiento de la vida pública

y su renuncia a seguir publicando

después de 1965, se hacen comprensibles

a la luz de esa experiencia

traumática.

 

Incluso su adhesión a los

principios del vedanta y su tendencia,

cada vez más acusada, a convertir la literatura

en una forma de propaganda

religiosa parecerían explicarse también

por la necesidad de superar las

heridas psicológicas que la guerra le

infligió a Salinger.

 

 

 

múltiples rostros

 

La tesis es sugerente y cuenta con

abundante apoyo empírico. Ahora

bien, lo justo, tratándose de una biografía,

es preguntarse no solo por la

adecuación de la interpretación a los

hechos, sino también, y muy especialmente,

por su verosimilitud.

Al

igual que una autobiografía no cuenta

solo por su grado de fidelidad a la

imagen que el autor tiene de sí mismo,

sino también por su pericia al dar

a luz un relato verosímil, no es menos

cierto que en una biografía el personaje

construido tiene que parecer

creíble, sea a la luz de presupuestos

hagiográficos, sea en consonancia

con postulados críticos y desmitificadores.

 

Shields y Salerno lo consiguen

en parte, y hay que reconocer

que, cuando fracasan, lo hacen al amparo

de la magnitud del reto al que

se enfrentan:

durante toda su vida,

J. D. Salinger representó varios personajes

a un tiempo, la mayoría de ellos en

privado y uno en público,

sobreactuados todos, y es dudoso que

se pueda hallar sin más un común

denominador a todas esas manifestaciones

del escritor.

 

Ahora bien, si 

bucear en la conciencia de un escritor

a partir de sus escritos constituye

siempre una tarea arriesgada, hacerlo

a partir de sus silencios tiene todo

el aspecto de un reto quijotesco con

muchas probabilidades de degenerar

en parodia.

 

Nos enfrentamos a un

problema epistemológico: la imagen

de la caja negra que Skinner aplicaba

a la mente humana se ve sustituida

aquí por la del búnker donde Salinger

trabajó durante más de la mitad

de su vida, y sustituida de nuevo, después

de su muerte, por la de la caja

fuerte donde según algunas fuentes

reposa su legado.

 

A propósito de ese legado, las muchas

hipótesis que plantean Shields

y Salerno al final del libro tienen la

ventaja de ser falsables en gran medida:

si es cierto que Salinger se recluyó

para seguir escribiendo, esos escritos

aparecerán a partir de 2015, y ganará

fuerza el mito del autor instalado en

la cúspide de la fama que ya solo escribe

para sí mismo y para una lejana

y ansiosa posteridad.

 

En cambio, si

no es así y no hay tales textos, habrá

que optar por la hipótesis alternativa,

a saber: que Salinger se bloqueó

y fue incapaz de terminar nada después

de «Hapworth 16, 1924», su

último y discutido relato aparecido

en The New Yorker en 1965.

 

También

cabe la posibilidad de que esos textos

aparezcan y sean ilegibles o, lo que es

peor, mediocres: el mito sufrirá daños,

inevitablemente.

 

Quizá lo más sorprendente (y

desasosegante) de esta suerte de collage

biográfico sea el modo en que

coexisten dos tipos de superposición

entre el personaje objeto de investigación

y los sujetos de la misma,

esto es, sus autores.

«Al hacer relato

de una vida de la que no soy autor en

cuanto a la existencia, me hago su

coautor en cuanto al sentido»,

escribió

Paul Ricoeur, comentando la singularidad

del biógrafo como autor

adoptivo.

 

Shields y Salerno asumen

la autoría de la trama sobre la vida

de Salinger: localizan las fuentes,

entrevistan a los supervivientes, dan

relevancia a unos episodios sobre

otros, diseccionan El guardián entre

el centeno en busca de pruebas que

legitimen su tesis de fondo, pero no

consiguen, pese a todo, mostrarse

coautores de una vida con sentido.

 

Por todas partes siente el lector que

se aproximan personajes arquetípicos,

o simplemente célebres, a

disputarse la identidad de Salinger,

confundiéndola con la suya: no tanto

Holden Caulfield cuanto una especie

de híbrido de Gustave Flaubert y el

señor Rochester de Jane Eyre.

 

Uno no

sabe a ciencia cierta si esta es la única

biografía posible que podría escribirse

sobre Salinger, un texto donde la voz

principal subyace enterrada bajo docenas

de voces no demasiado afinadas

y en absoluto melodiosas, pero es probable

que una biografía fracasada sea la

mejor biografía imaginable sobre una

vida fracasada.