poemas humanos

 

 

 

EL ALMA QUE SUFRIÓ DE SER SU CUERPO

 

 

 

César Vallejo

 

 

 

 

 

Obra poética completa preparada por Georgette

de Vallejo (Lima, Francisco Moncloa Editores, 1968)

Lima 2009

 

  

Tú sufres de una glándula endocrínica, se ve,

o, quizá,

sufres de mí, de mi sagacidad escueta, tácita.

Tú padeces del diáfano antropoide, allá, cerca,

donde está la tiniebla tenebrosa.

Tú das vuelta al sol, agarrándote el alma,

extendiendo tus juanes corporales

y ajustándote el cuello; eso se ve.

Tú sabes lo que te duele,

lo que te salta al anca,

lo que baja por ti con soga al suelo.

Tú, pobre hombre, vives; no lo niegues,

si mueres; no lo niegues,

si mueres de tu edad ¡ay! y de tu época.

Y, aunque llores, bebes,

y, aunque sangres, alimentas a tu híbrido colmillo,

a tu vela tristona y a tus partes.

Tú sufres, tú padeces y tú vuelves a sufrir horriblemente,

desgraciado mono,

jovencito de Darwin,

alguacil que me atisbas, atrocísimo microbio.

Y tú lo sabes a tal punto,

que lo ignoras, soltándote a llorar.

Tú, luego, has nacido; eso

también se ve de lejos, infeliz y cállate,

y soportas la calle que te dio la suerte

y a tu ombligo interrogas: ¿dónde? ¿cómo?

 

Amigo mío, estás completamente, 

hasta el pelo, en el año treinta y ocho,

nicolás o santiago, tal o cual,

estés contigo o con tu aborto o con-

migo

y cautivo en tu enorme libertad,

arrastrado por tu hércules autónomo…

Pero si tú calculas en tus dedos hasta dos,

es peor; no lo niegues, hermanito.

 

¿Que nó? ¿Que sí, pero que nó?

¡Pobre mono!… ¡Dame la pata!… No. La mano, he dicho.

¡Salud! ¡Y sufre!

 

 

 

 

 

Vallejo es radical, es despiadado: nunca te da la mano para que cruces sobre el abismo que te separa

de la realidad real por el estrecho puente sin barandillas, que cruje, a punto de quebrarse.

Con una ironía casi cruel, parece acercarse a ti, y te habla como si te conociera o te adivinara, 

para que te sientas menos solo: para que creas que te acompaña. 

Vallejo está siempre en la realidad real, siempre al otro lado del abismo, acostumbrado a la

intemperie interminable, curtido, áspero, socarrón. 

Te ve, te mira, te habla, te reta desde la realidad real; a veces te toma largamente el pelo; a veces

te pregunta algo que es, que parece casi lógico, pero en el último instante -con la última palabra

de la pregunta-, te rompe la pequeña ilusión que casi empezabas a hacerte de escuchar una frase

con sentido, de encontrar un solo verso con significado.

Claro que, muchas veces, en muchos poemas, Vallejo va a la suya: no tiene tiempo para ti, para hacerte

caso, para meterse contigo. Va a la suya en el alto riesgo de la realidad real y encuentra el dolor y lo dice

como puede; o se da cuenta de que dios está enfermo; o ve desde lejos que tú también has nacido:

infeliz y cállate.

Vallejo no hace concesiones: quizá sabía que no le quedaba mucho tiempo para morirse de hambre,

y, en un solo verso, puede someter al lenguaje a todos los requisitos que exige la realidad real: no solo

romper otra vez la sintaxis que acaba de romper, sino la gramática, o la ortografía. 

Y de igual manera trata los procesos mentales, incluyendo las leyes de la imaginación. Abstrae cuando

tendría que concretar; vacía de contenido los conceptos, o les pone otro nuevo, inesperado; aúlla 

en vez de hablar.

Con todo, debe quedar claro, clarísimo, que aunque Vallejo tiene su estilo propio para manejarse

en la realidad real, y que con frecuencia nos increpa, nos insulta, nos reta desde allí -tal vez porque

sabe que son muy pocos los que pasarán a aquel lado, a la realidad real, o que son muy pocos,

incluso, los que comprenderán qué está sucediendo en uno de sus poemas-, Vallejo, irónico, socarrón,

se la está jugando: ninguna palabra, ninguna expresión suya es gratuita o caprichosa. 

Encontró, entre otras muchas cosas, las piedras reales: las piedras de la realidad real, y las utilizó

bastante. Quizá no sea necesario que lo diga, pero esas piedras no tienen nada que ver con las

que llenan los caminos, los campos de la tierra. 

¡Pobre mono!… ¡Dame la pata!… No. La mano, he dicho. ¡Salud! ¡Y sufre!

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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