vicente huidobro

manifiestos

 

 el futurismo

 

      

Y he aquí que un buen día se le ocurrió al señor de Marinetti proclamar una escuela nueva: El Futurismo.

¿Nueva? No.

Antes que él lo había proclamado un mallorquín, Gabriel Alomar, el admirable poeta y sagaz pensador.

Y antes que Alomar lo proclamó un americano, Armando Vasseur, cuyo auguralismo no es otra cosa en el fondo que la teoría futurista.

Por lo tanto el Futurismo es americano. En todos los grandes cantos de Vasseur vibra el clarín futurista, en todos ellos fulgura la llama de potencia, de vigor y movimiento tan gritada hoy por Marinetti.

Las doctrinas del señor Marinetti, que es sin duda un gran poeta y un hábil prosista, como lo demuestra su Oda al Automóvil de carrera y su vibrante manifiesto, son las siguientes:

1.º Queremos cantar al amor al peligro, el hábito de la energía y la temeridad.

2.º Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el valor, la audacia y la religión.

3.º Puesto que la literatura ha glorificado hasta hoy la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño, nosotros pretendemos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso gimnástico, el salto peligroso, el puñetazo y la bofetada.

4.º No tenemos inconveniente en declarar que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carrera, con su caja adornada de gruesos tubos que se dirían serpientes de aliento explosivo… un automóvil de carrera que para correr sobre metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia.

5.º Queremos cantar al hombre que domine el volante cuya espiga ideal atraviese la tierra, lanzada en el circuito de su órbita.

6.º Es preciso que el hombre se desarrolle con calor, energía y prodigalidad para aumentar el fervor entusiasta de los elementos primordiales.

7.º Ya no hay belleza más que en la lucha ni obra maestras que no tengan un carácter agresivo. La poesía debe ser un violento asalto contra las fuerzas desconocidas para hacerlas rendirse ante el hombre.

8.º Estamos sobre el promontorio más alto de los siglos… ¿Por qué mirar atrás, desde el momento en que nos es necesario romper los velos misteriosos de lo imposible? El Tiempo y el Espacio han muerto ayer. Vivimos ya en lo absoluto, puesto que hemos creado la eterna velocidad omnipresente.

9.º Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, la acción destructora de los anarquistas, las hermosas Ideas que matan y el desprecio a la mujer.

10.º Deseamos demoler los museos y las bibliotecas, combatir la moralidad y todas las cobardías oportunistas y utilitarias.

11.º Cantaremos a las grandes multitudes agitadas por el trabajo, el placer o la rebeldía; a las resacas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas; a la vibración nocturna de los arsenales y las minas bajo sus violentas lunas eléctricas, a las glotonas estaciones que se tragan serpientes fumadoras; a las fábricas colgadas de las nubes por las maronas de sus humos; a los puentes como saltos de gimnastas tendidos sobre el diabólico cabrillear de los ríos bañados por el sol; a los paquebots aventureros husmeando el horizonte; a las locomotoras de amplio petial que piafan por los rieles cual enormes caballos de acero embridados por largos tubos, y al vuelo resbaladizo de los aeroplanos, cuya hélice tiene chirridos de bandera y aplausos de multitud entusiasta.

Todo eso de cantar la temeridad, el valor, la audacia, el paso gimnástico, la bofetada, es demasiado viejo. Lea sino, el señor Marinetti, La Odisea y la Ilíada, la Eneida o cualquiera de las Odas de Píndaro a los triunfadores en los Juegos Olímpicos y encontrará allí toda su gran novedad.

Ahora, eso de declararle guerra a la mujer, aparte de ser una cobardía impropia de hombres tan vigoroso como los futuristas, es una gran ridiculez.

Como ha dicho muy bien Rubén Darío: ¿Qué es más bello, una mujer desnuda o la tempestad? ¿Un lirio o un cañonazo?

Sin embargo, el señor Marinetti prefiere un automóvil a la pagana desnudez de una mujer. Es esta una cualidad de niño chico: el trencito ante todo. Agú Marinetti.

Marinetti prefiere una fábrica a un museo lleno de cuadros hermosos… (sin ser pintura cubista).

En lo único en que estoy de acuerdo con Marinetti es en la proclamación del verso libre. Y esto antes lo hicieron a la maravilla María Krysinska, Gustave Kahn y Vielé-Griffin.

(Algunos confunden el verso libre francés, al que aquí se refiere, y que es una mezcla de ritmos armoniosa en su conjunto y de versos perfectamente rimados en consonante o asonante, con el verso libre o blanco español que es siempre de igual número de sílabas y sin rima). No puede negarse que hay en el fondo de todo esto un muy plausible anhelo furibundo de rebelión.

Era necesaria una revolución contra tantos imbéciles que llaman herejía a toda opinión que no esté bien con sus ideas adoquinadas en el cerebro, bien encuadradas y tradicionalistas.

Y nosotros proclamamos el verso libre aunque Verlaine haya dicho a María Krysinska: esto en mi tiempo se llamaba prosa.

Lo que es lírico y armónico será verso siempre a pesar de Verlaine y de todo el mundo.

El verso libre sólo ha roto con el pesado y monótono compás antiguo. Decir que eso no es verdadero verso, sería casi como decir que no es verdadera música la música wagneriana o mejor dicho la de Debussy.

Esto no quiere decir que el verso antiguo no pueda estar lleno de encantos y armonías.

Gabriel Alomar encerró la idea de futurista más bien en la personalización, en la individualidad que no teme manifestarse tal como es, en una palabra, en el yo inconfundible. Por lo tanto la doctrina de Alomar viene a negar toda escuela.

No así Marinetti que ha instituido el Futurismo en una verdadera escuela y que, por lo tanto, no da su debida importancia al yo. Es lamentable.

Alomar adivina el futurista en el hombre que siente un gran impulso de más allá, de suprasensible, de ultraespiritual que le insufla chispazos de la vida nueva. «La esperanza del advenimiento de una humanidad mejor».

Alomar dice: «El Futurismo no es un sistema ocasional o una escuela de momento, propia de las decadencias o de las transiciones, no: es toda una selección humana, que va renovando a través de los siglos las propias creencias y los propios ideales, imbuyéndolos sobre el mundo en un apostolado eterno. Es, en fin, la convivencia con las generaciones del porvenir, la previsión, el presentimiento, la precreencia de las fórmulas futuras».

El Futurismo de Marinetti es, sin duda, más impulsivo, más sonado, más loco. Marinetti grita:

«Finalmente, la mitología e l’ideale mistico sono superati.

… Ma noi non vogliamo più saperne del passato, noi, giovani e forti futuristi».

El de Alomar es más razonado, menos de reclam y más serenamente lógico.

Pero a Vasseur toca la gloria de ser el primer futurista… ¡qué gloria!

Él dijo mucho antes que los otros dos más o menos la misma tan decantada idea, sólo que él la llamó auguralismo:

«Para el poeta augural, como el filósofo pragmatista, lo esencial no es el pasado estratificado en hechos, sino el devenir, y de éste, el acto de creación, de renovación, más que el de cristalización, lo que va siendo, lo que va a ser, no lo que ya es».

Todo es lo mismo con diferentes palabras, con mayor o menor claridad, con más o menos arte fraseológico, según quien habla.

Marinetti ha sabido hacerse más reclame, llenarse de discípulos y meter bulla por donde pasa.

Entre sus discípulos son los más notables Lucini, Paolo Buzzi, Palazzeschi, Jovoni, Cavacchioli y, algunos otros.

Marinetti es indiscutiblemente un gran poeta y un gran escritor; él es autor de Le Roi Bombance un amasijo de lo más cómico y trágico que pueda darse, de Mafarka, la novela más brutalmente inmoral que ha llegado a mis manos. Aquellas escenas de la guerra de África, en Abisinia, repugnan. Uno de sus libros de versos se llama La Conquista de las Estrellas y el otro Las Muñecas Eléctricas.

En el manifiesto que hemos comentado puede verse su manera de escribir rápida, nerviosa y vibrante.

Su poesía «A Mon Pegase», el automóvil, principia así:

Dieu véhément d’une race d’acier,

Automobile ivre d‘espace.

Qui piétines d’angoisse, le mors aux dents stridentes!

O formidable monstre japonais aux yeux de forge…

Uno de sus discípulos, Cavacchiole, en su libro Le Ranocchie Turchine, tiene cosas tan bellas como ésta:

Lenta accozzaglia di gnomi, di tutti i colori, di tutti

i géneri, lívidi e brutti, con grandi e con piccoli nomi, satella,

e ridé a una vecchia carcassa di vecchio cavallo, sdentato

che giace pel mezzo di un prato, sul grano che scatta e sábassa

al ritmo d’una tarantella.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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